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Retorno a Andaluz

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A ndaluz, un nombre en el que algunos investigadores quieren ver cierta posible inluencia de la amplia comunidad mudéjar que residió en tiempos en el lugar. Un pueblo, cuyo aspecto, en la actualidad, no difiere demasiado del aspecto de otros pequeños núcleos rurales que jalonan la provincia, pero que engaña, y mucho, si nos atenemos, por ejemplo, a la importancia que tuvo en el pasado, así como a la amplia comunidad que lo habitó, de la que fue y sigue siendo, cabeza de partido. R esulta poco menos que incomprensible, acudir a una de las sedes más entrañables de la presente edición de las Edades del Hombre, como es la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, y no dejarse caer -siquiera por hacer de ésta una parada ilustrativa y complementaria- por este pueblo, que, dicho sea de paso y con admiración no disimulada, conserva una de las mayores joyas del románico soriano del sigo XII: la iglesia de San Miguel Arcángel. E n efecto, enclavada en el punto más alto del pueblo -como no po...

Quintana Redonda: Iglesia de Nª Sª de la Asunción

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Q uintana Redonda, quizás el núcleo central de la Mancomunidad del Rio Izana, que debe buena parte de su idiosincracia no al dicho tan popular que dice De Quintana Redonda los Cantareros, de tierra colorada, cántaros negros , sino a una historia muy diferente, aunque Historia al fin y al cabo. Una historia de descubrimientos arqueológicos y de tesoros que salen momentáneamente a la luz para después desaparecer misteriosamente en las alforjas privadas del desaprensivo cacique de turno. N o obstante, la intención de la presente entrada no es hablar de este tipo tan generalizado de bochornoso y despótico egoísmo que nos priva de una riqueza artistica y cultural que nos pertenece a todos -en este sentido, recomiendo la entrada de un buen amigo http://ojosoria.blogspot.com/2009/04/quintana-redonda.html -sino de algo que yo, de manera particular, por supuesto, y en referencia a la iglesia de Nª Sª de la Asunción, denomino como el misterio románico de Quintana Redonda. ¿H emos de creer en e...

Andando se hace camino: las Cuevas de Soria

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D e similar manera que Izana, y formando parte del entorno de Quintana Redonda, la pequeña población de las Cuevas de Soria asume, también, una rica herencia celtíbera, cuyas huellas pueden rastrearse en los restos -incluído el de un castro- que a lo largo de los siglos han ido descubriéndose sobre el terreno. Historia y restos que, en el fondo, constituyen la mejor seña de identidad de un pueblo que -es una opinión personal, basada en impresiones- aún situado a una distancia aproximada de 20 kilómetros de la capital de la provincia, se ve -en mayor o menor medida- aquejado de ese mal endémico o peste heredada del siglo XX, que es la despoblación. C on referencia a ello, se puede añadir que son numerosas las casas cuyo estado de abandono y deterioro inducen a preguntarse por el destino de unos habitantes que, motivados por incógnitas circunstancias, adoptaron como propio el poema de Machado, y haciendo camino al andar, emigraron a otro lugar en busca de la quimérica, y casi siempre ev...

San Pedro Manrique: crónica de una noche mágica

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L a M agia del F uego E l Fuego, uno de los cuatro elementos primordiales de la Alquimia. Algo vivo y poderoso, cuyo descubrimiento supuso uno de los mayores hitos en la Historia de la Evolución humana. Un poder que hechiza, y al que se ha venerado desde el alba de los tiempos como a un dios. El Fuego, como un camaleón, adopta formas que actúan sobre el intelecto, dando lugar a mitos y leyendas. En definitiva, un elemento subyugador que protege, conforta y también devora y mata, según sea su estado de ánimo. E l P aso del F uego S e acerca el ocaso, y en las Tierras Altas sorianas, la población de San Pedro Manrique se prepara para vivir, un año más, la nohe de San Juan. Hablar de la noche de San Juan, es hablar -que a nadie le quepa la menor duda- de Tradición, y por supuesto, de Magia; no en vano, cuando nos referimos a ella, la describimos como la noche más mágica del año. Y desde luego, la magia se deja sentir. Basta echar un vistazo a las calles del pueblo, engalanadas con bandero...

Viaje a Izana

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I niciar un viaje, por corto que sea, conlleva siempre riesgos. A los riesgos físicos de sufrir mil y un percances por el camino, se suma, también, otro riesgo que ha de tener en cuenta todo espíritu inquieto y aventurero: el de lo desconocido. Es en este tipo de riesgo, donde yo particularmente incluyo ese factor misterio que, bien por cuenta propia o bien en oscura alianza con el fatum o destino de las tragi-comedias griegas, te lleva por otros derroteros muy alejados de aquéllos que tenías en mente al salir de casa. E ntonces, a medida que uno varía el rumbo y pisa por primera vez lugares nuevos, surgen los enigmas y con ellos, previsiblemente, las preguntas. Y es que éstas, como bien cantaba Bob Dylan allá por los años setenta, quizás se encuentren en el viento. Aunque, particularmente, me siento más atraído -por cuanto a relación con el tema- con ese consejo que en la novela Peregrinatio -esa maravillosa continuación de Iacobus , de Matilde Asensi- el caballero Galcerán de Born...

QUO VADIS, NUMANCIA?

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A noché soñé que volvía a las ruinas de Numancia. Pero a diferencia de otras ocasiones, en mi sueño las contemplaba desde un lugar diferente; un lugar denominado Peñarredonda. No me preguntéis por qué, pero en el sueño, era consciente de que allí, hace milenios, acampó una parte considerable del ejército invasor al mando del ejecutor de Cartago, el orgulloso general romano Escipión, conocido, también, como el Africano. R esulta curioso, cuando no significativo, añadir que en mi sueño -lúcido, como sólo puede llegar a ser un sueño con ciertos visos de realidad- participé en una entrañable romería, antes de que mis pies pisaran por primera vez éstas solitarias parameras impregnadas de tantos recuerdos y de tanta Historia, y sobre las que tantas cosas podrían contar los pastores de antaño: aquellos por cuyas venas ha circulado siempre la auténtica sangre numantina y conocen los secretos de la tierra y del viento. R ecuerdo -como si recordar, a veces, no fuera también un sueño-, una maña...

Soria: ¡no te la puedes perder!

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- D espertad, mi señor Don Quijote. Está amaneciendo y el camino es largo... - C ierto, mi fiel Sancho. ¿Hacia dónde dices que nos dirigimos?. - V amos a Soria, mi señor, tierra de mil y una aventuras. - ¡H um!, no recuerdo que mi buen amigo Cervantes la mencionara en su hidalga novela. - C ierto, mi señor, pero como dice el refrán y sabe bien vuesa merced, nunca es tarde si la dicha es buena... - D ices bien, mi buen Sancho. Partamos, pues, sin más pérdida de tiempo. - ¡E a, burro, ande!. - A delante, Rocinante, sigamos el camino que nos marca el horizonte. Hay mil y un entuertos que desfacer en esta tierra. - Y bien, mi señor Don Quijote, ¿qué os parecido la ciudad de Medinaceli?. - G loriosa, como afirma su nombre árabe: Medinat al Salim , la Ciudad del Cielo. - ¿Y el arco romano?. ¿Y el castillo de Almanzor?. ¿Qué me decís de su Colegiata? ¿Y de su nevero?. ¿Y de las ruinas de San Adrián?. ¿No es, acaso, todo un primor su plaza mayor, de estilo renacentista?. ¿Y los murales roma...