jueves, 17 de noviembre de 2016

Rastreando estelas funerarias medievales por la llanura soriana


A veces, cuando la Musa no acude a mi llamada al tocar suavemente los cascabeles que luce en su volátil tobillo, al contrario que el servil y dudoso genio de la lámpara de Aladino -en la que algún soriano residente en Castilfrío, creyó ver una referencia islámica al Santo Grial cuando interpretaba el papel de cronista de Gárgoris y Habidis y todavía quedaban numerosas huellas y vestigios de eso que una vez fue la España mágica-, suelo acudir al cinismo -en ocasiones, rozando ese sueño de la razón que produce monstruos, elocuente aforismo atribuido a don Francisco de Goya y Lucientes-, de un escritor norteamericano, contemporáneo de Edgar Allan Poe, de probables redaños demócratas y de estar vivo hoy en día, gato que posiblemente saldría huyendo del agua fría de los ultra populismos, llamado Ambrose Bierce. Asociaba éste la palabra espacioso (1) -hemos de suponer, que con conocimiento y causa a partes proporcionales-, con el Hades; y en consonancia, parte de su definición de cementerio (2), venía a decir aquello de: aislado paraje suburbano donde los asistentes al entierro compiten en mentiras, los poetas dedican sus versos y los picapedreros hacen apuestas sobre ortografía.

Pura y cabeza de Extremadura, Soria y su llanura son, metafóricamente hablando, una especie de Hades, cuyo suelo, abonado a la blanca palidez de infinitas heladas, va devolviendo, no obstante como dicen los románticos que hace la mar, numerosos restos escatológicos, cuyo destino, desgraciadamente, no siempre tiene un final digno, ni mucho menos feliz, como cabría esperar de algo que, en base a su naturaleza, habría que considerar sagrado, independientemente del grado de credulidad o agnosticismo de cada uno. Me refiero, a ese gran conjunto de arte y simbolismo, en el que los canteros medievales –que no los picapedreros a los que aludía Bierce, aunque sí, quizás, poetas, en el fondo, del arquetipo y psicólogos por vocación de su tiempo-, legaron un conocimiento ancestral, rico en matices, que constituye por sí mismo todo un compendio de sabiduría: las estelas funerarias. Pocas son, por desgracia, las que van sobreviviendo a la rapiña y el desapego de un mundo cada día más aferrado a su papel de prisionero voluntario de las nuevas tecnologías; unas tecnologías que han conseguido dejar obsoleta la píldora de la felicidad, el prozac, por un universo vacío de contenido, incapaz de sustituir, después de todo, a una experiencia real. Como experiencia, y muy real, jamás una pantalla podrá sustituir esa sensación de vitalidad que se constata, cuando uno se lanza a la aventura por unos caminos en los que no siempre se puede localizar esa miguita de pan que te ha de indicar que sigues la ruta correcta, aunque sea con la lluvia y el viento pegados a los talones y que esas referencias que teníamos, continúan en su lugar.

En ocasiones, la decepción forma parte también de la experiencia, y se echa en falta algún objeto referenciado, pero misteriosamente desaparecido, puede que en combate con el tiempo o tragado irremisiblemente por algún voraz Vietnam humano. Se echa en falta, por ejemplo, no haber tenido ocasión de pasearse hace muchos años por Narros y disfrutar del simbolismo de un cementerio medieval, del que sólo sobrevive una extraordinaria estela que piadosamente los vecinos arrancaron de las garras de la rapiña, adosándola con cemento a la fuente de la plaza mayor del pueblo. U observar, que las cuatro o cinco estelas funerarias sobrevivientes de aquél inmenso cementerio medieval que hubo en Renieblas –lugar donde por cierto, acampó una de las legiones de Escipión que asolaron la cercana Numancia-, todavía continúan en su sitio, aunque, por desgracia, más de una ha perdido la hermosura del simbolismo que la acompañaba. O ver, allá por la parte de Alentisque, que aquéllas otras que un día velaban almas y espantaban contertulios de aquelarre junto a las ruinas de una ermita románica dedicada a la gloria de San Pedro -¿ad Vincula o Encadenado, quizá?-, han ido desapareciendo progresivamente, aunque a poca distancia se descubra el rastro de alguna de ellas, plantada en la fachada de una casa como si fuera un escudo heráldico.  Y es entonces, sin que la experiencia deje de ser objetivamente real, que se siente una profunda decepción y uno, aunque le disgute, entienda y comparta la existencia de esos cementerios, de esos Hades artificiales, a donde se exilian humillados el Arte y la Historia, que son los museos.

Lo que no se comprende, es la actitud –y lo digo sin señalar, sino generalizando-, de los sorianos hacia un patrimonio rico, que deberían proteger, conservar y, como hacen en muchas otras comunidades –fiat lux- bien explotar.

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(1) Ambrose Bierce: 'El diccionario del diablo', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2007, página 195.
(2) Op. citado, página 117.

martes, 8 de noviembre de 2016

Beratón


Situado, aproximadamente, a siete kilómetros de Cueva de Ágreda, con la que mantiene un armónico parentesco en cuanto a raíces celtíberas se refiere, Beratón tiene el privilegio de ser, además, el último pueblo soriano que luce palmito o hace frontera, con Aragón. Aparte de estar situado en la denominada vertiente soriana del Moncayo –como ya aventuramos en la entrada anterior, metafórico cuerno de la abundancia cuyo cierzo transporta incansables contingentes de mitos protohistóricos-, le corresponde, también, el genuino honor de ser el escenario en el que Gustavo Adolfo Bécquer –aquél incomprendido poeta en su época, del que Eugenio d’Ors llegó a afirmar, no obstante ganado por la humilde fuerza emocional de sus rimas, que sus versos eran como un acordeón tocado por un ángel-, inmortalizó una de sus más hermosas y conocidas leyendas: La corza blanca. Ésta leyenda, junto con la de El Gnomo –que habría que situar en la otra orilla, es decir, en la vertiente aragonesa del Moncayo- son, posiblemente, las más conocidas de la zona y las que más se hayan contado en las gélidas noches de invierno, a la dulce vera de los fogones del hogar, con el permiso de las innombrables brujas del vecino pueblo de Trasmoz, en cuya memoria todavía se recuerda la febril actividad de recopilación de cuentos, consejas y leyendas que el ilustrado literato y periodista se empecinó en recoger durante el tiempo de su estancia en las frías soledades del monasterio cisterciense de Veruela.

De los embites, verónicas –y no precisamente con el Santo Rostro- y capirotes del tiempo, siempre contando con la inestimable colaboración de ese aprendiz de maletilla que es el hombre, poco o nada queda de aquéllos escenarios descritos por el poeta latino Marcial y posiblemente conocidos, en parte, por los hermanos Bécquer cuando recorrían la zona a lomos de burra vieja, como esos buenos cristianos a los que aludía el maestro Machado. De manera, que seguramente uno no se tope –no con alguna corza, que suelen cruzarse en carretera sin previo aviso, e incluso el que suscribe se cruzó con una-, con un grupo de druidas recolectando muérdago con sus hoces de oro en el rincón más profundo e ignoto del sobreviviente robledal; ni verá, tampoco, la torre mocha del castillo o torreón desde el que partía y al que regresaba frustrado el fogoso don Dionís, allá, en la cima del alto de San Mateo, persiguiendo a un espíritu del agua reencarnado en hermosísima doncella, del que siglos más tarde diría Campomanes aquello de: ¡ay del que se encuentre una rubia en su camino!, aunque sí puede que alcance a ver aquél roble donde los vecinos del pueblo grabaron tres cruces por los tres bandidos muertos que intentaron asaltar el pueblo en 1874, tal y como consta en el denominado Romance de Beratón.

El camino, precisamente, que se pierde en dirección a Añón de Moncayo y otras estribaciones del sagrado monte, como indica la denominada Cruz de Canto, forma una imaginaria pata de oca con las dos calles principales del pueblo: la de la derecha, con sus casas alineadas como el brazo estirado de un gigante, y el de la izquierda, que asciende, corcoveando, hasta la plaza y la imponente mole de la iglesia, ejemplo de templo muy reformado, como el de Cueva de Ágreda, pero en el que también, como en el caso de aquél, destaca la forma hexagonal de su ábside.

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viernes, 4 de noviembre de 2016

Cueva de Ágreda


Limítrofe con Aragón y anclado poco menos que a la orilla de ese mágico Moncayo de cuyas gélidas cimas desciende a oleadas como un mar picado aquel infernal cierzo en cuyas metafóricas aguas surfean aparatosamente escobas de bruja, capirotes de gnomo, pezuñas de corza blanca y gigantes intempestivos con nombre de chorizo, una pequeña población, Cueva de Ágreda, sorprende gratamente a todo buscador que todavía se entretenga en rastrear esas antiguas alusiones a la España mágica, llevando en mente –cuando no en mientes-, aquélla máxima, no siempre acertada pero en ocasiones indiscutiblemente rondadora de esa anestésica enfermedad del alma llamada nostalgia, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Hablar en pasado podríamos, si no actuara como impedimento que el pueblo, después de todo y de cara a la galería foránea que todos los veranos remite con monitores certificados a una chiquillería exultante de aventuras, exterioriza y alude, en algunos de sus elementos, a leyendas y tradiciones repletas de aquellos arcaicos arquetipos que surgieron en la noche de los tiempos de los lodos de la antigua levadura, tal y como el genial poeta alemán Goethe puso en labios de ese personaje internacional, como es Mefistófeles. No ha de resultarnos extraño, pues, que si tomamos esto como base, veamos, en los orígenes de este lugar –hoy día revestida de galana castellanía-, tema más que interesante sobre el que hablar, o cuando menos, especular. De tal manera, que uno puede imaginarse, en primer lugar y avalado por esa madrastra inflexible que es doña Historia, que esas casitas que se balancean como balandros a merced de la dulce resaca formada por ese promontorio que les sirve de puerto, asientan sus reales anclas en esos lugares de mouros encantados con los que los hombres de otras generaciones comenzaron a llamar a los antiguos castros celtas. Tampoco habría de resultarnos extraño, suponer que algunos metros por encima de ese farallón y no muy lejos de lo que en tiempos fuera el mencionado castro, una cueva posiblemente conllevara el honor de albergar una morenica virgine pariturae, posteriormente cristianizada, según se puede deducir de la advocación de la antigua iglesia: Nuestra Señora de la Cueva, la misma advocación que por ejemplo, en aquél lejano santuario asturiano que se localiza en Infiesto, a orillas del río Piloña, dio origen al famoso cantar, que posiblemente todos hallamos cantado de niños alguna vez (1). Una iglesia que, según las fuentes, habría que remontar al siglo XII, cuando menos, pero que, desgraciadamente, se ha visto tan alterada en su estructura que poco ofrece de interés, si exceptuamos la forma hexagonal de su poderoso ábside. A la cueva, así como al lugar, también están asociados personajes de los antiguos mitos. Sería el caso de Caco –de ahí que se mencionara en esa licencia poética del principio, parafraseando a Fulcanelli cuando hablaba del argot como lengua ya previamente utilizada por los argonautas, como nombre de chorizo-, elemento familiar a esos antiguos mitos de gigantes que ocupan un lugar privilegiado dentro de las distintas mitologías dentro o fuera de la vapuleada Hispania. Y si de mitologías se trata, aumenta todavía más el interés, si para finalizar, dejamos caer aquélla celebérrima presencia de un Hércules, foráneo y chulo donde los haya, que anduvo por estos lares, en tiempos prehistóricos cuando acaparaba trabajos encargados por el Olimpo.

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(1) 'Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva...'.

jueves, 25 de agosto de 2016

Cañón del Río Lobos: festividad de San Bartolomé y romería de la Virgen de la Salud


Madrugada y salida de Madrid. El canto de los gallos resuena en los oídos, animando la salida de un sol que comienza a vislumbrarse sobre el horizonte, si bien todavía somnoliento. Estamos a miércoles, veinticuatro de agosto y tal vez en la India, el país de los templos, de la espiritualidad y del Bollywood, se acuerden -que ciertamente lo dudo- de aquél apóstol cristiano, que cimitarra en mano siniestra y la fuerza de Dios en la diestra -como mandan los cánones, pues siempre se ha dicho aquello de que Dios no tiene mano izquierda-, mantiene firmemente sujeto a un demonio a sus pies. Bartolomé, se llama nuestro héroe. O mejor dicho, San Bartolomé -que no hay por qué quitar laureles a aquél al que la tradición se los otorga y al César hemos de suponer que no le importa, puesto que no rechista-, fue quien, según La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, dominó al demonio Astaroth, al que se encontró en un templo de aquél inmenso país, (que también es casualidad), derrotándolo también en el noble arte de la sanación. Y tal vez fuera en parte por esto, o quizás porque en su nombre, de origen sirio -bartholosmois-, también nos refiere el de la Vorágine, ciertas referencias al agua, y por lo tanto, al lado femenino de Dios -non nobis Domine, non nobis sed nomini Tuo da gloriam-, que en el fondo, no deja de ser la Diosa, si hemos de creer en la realidad de las preferencias santorales templarias, este personaje, evidentemente, ocupa un lugar especial, junto a la Virgen de la Salud.

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Especial, como puede apreciarse en los vídeos, resulta, cuando menos, la espectacular caverna que, a falta de mejor denominación, se conoce como Cueva Grande. Evidentemente, todo el que va saca la foto o el vídeo típico -como me hubiera recordado oportunamente mi amigo y glorioso caminante, Don Jesús García y Jiménez, si no se encontrara ya recorriendo esos infinitos caminos de la Vía Láctea-, y yo siempre que voy, pues no quiero ser más, pero tampoco quiero ser menos que nadie. De cualquier manera, no deja de ser cierto el detalle de que ver la imponente ermita desde el interior de esta gigantesca matriz natural, no deja de ser una invitación, o una tentación, según se mire, para compararla, metafóricamente hablando, por supuesto, con todo un parto cuando menos artístico. Pero como no siento ninguna necesidad de ofender a nadie, propongo olvidarnos de este aspecto de la cuestión, por muy metafórico que pretendamos presentarlo, y compararlo, quizás de manera más oportuna, con ese viejo mito platónico de la caverna, donde el mundo de la idea se ve satisfecho al otro lado del umbral, convertido en realidad en el mundo de la forma.

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A ese mundo de la forma pertenecen, sin duda, esas cuestionables esculturas que adornan una ermita que, después de todo, ha dejado de pertenecer al mundo del misterio, una vez descubierta por el tsunami incontenible del turismo. Otra cosa, desde luego, es la interpretación que cada uno se regale a sí mismo, de ese espectacular conjunto de arquetipos, algunos jocosamente burlescos, que parecen decir, desde la infinita plenitud del granito: ¡atrápame si puedes!. Ahí están los rostros serios, individuados, como diría Jung, de los caballeros; y junto a ellos, más o menos a mitad del pórtico de entrada, la cabeza obscenamente burlona de ese Loco que se ríe de la vida, quizás con la inocencia de un niño chico; y no muy lejos de éste, cristianamente mutilados sus genitales, tal vez el viejo Pan, que alguna vez debió de recorrer estas soledades umbrías, nos invita a bailar con desenfreno las antiguas danzas, al son de su flauta o caramillo. Pero sin duda, genial en su diseño, la consumación sexual encuentra su cénit en ese canecillo que por su forma parece un andador, comparativamente hablando, y que, bien mirado, y nunca mejor dicho, muestra los atributos masculino y femenino como Dios manda; es decir, a punto de unirse o bien, consumado el acto de apareamiento, milagrosamente salvados de ese cierzo inclemente que para algunos constituye el elemento ejecutor de la censura pura y dura: el martillo pilón. En fin, C.G.Jung hubiera estado encantado si hubiera tenido la oportunidad de visitar este lugar. Me pregunto, si fue en un lugar como éste -aparte de en sus sueños- donde concibió la idea para sus Septem Sermones ad Mortuos; o lo que es lo mismo, sus gnósticos Siete Sermones a los Muertos, donde el primero de ellos comenzaba diciendo aquello de: Venimos de Jerusalén, donde no encontramos lo que buscábamos... La pregunta, llegados a este punto, es: ¿encontraron los templarios lo que andaban buscando?. Y de ser así, ¿lo depositaron aquí, en el Cañón del Río Lobos?. Y aún, rizando hasta lo imposible el rizo, cabría preguntarse, en definitiva: ¿lo tenemos, quizás ante los ojos y ocurre tan sólo que somos incapaces de verlo?. Por algo dice el refrán que no es oro todo lo que reluce.

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Tradición y modernidad, son detalles que, inevitablemente, van de la mano, por mucho que intenten repelerse mutuamente. De puertas para adentro de la ermita, la tradición, incluida la puja por tener el honor de levantar el transportín de la Virgen; en el entorno, sobresaltados los alimoches y los buitres, el mundo de la industria pone sonrisa de Mefistófeles, cargando el ambiente con aromas de bareto ambulante, churros, porras y gofres incluidos; pulseras de acero antialérgicas; recuerdos templarios a tutiplén del plén; y todo a módicos precios de turismo made in spain. Es decir, con un cien, un ciento cincuenta o un doscientos por ciento de beneficio. Al menos, eso podría pensarse de los dos euros del bote de cerveza Amstel, con limón: ¡ego os absolvo, porque tenía una sed que me moría!. La nota brillante, mágica, decorosa y con un agradable sabor a Camino, fue, qué duda cabe, la aparición de una joven pastora con su bandada de ocas. Genial. Maravilloso. Sublime. Que se repita el próximo año, aun a pesar del pobre perrito, al que casi se comen cuando se acercó al río a presentarles sus respetos. El amor tiene esas cosas, amigo, no lo olvides nunca y si no puedes con una, mucho menos con una docena.  


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El momento cumbre, la apoteosis del acto: fin de la segunda misa -el párroco anterior, ya había recordado, expresivamente, a todo el mundo, que no eran los templarios, ni la popular piedra de la salud quienes tenían el poder para sanar, sino la Virgen-, subasta del privilegio de sacar a la Virgen de la Salud a cuestas -treinta euros, creo que fue lo que tuvo que soltar cada afortunado ganador- y lores y dolores a la Madre en su vuelta de honor alrededor de la ermita. Un año más, la festividad de San Bartolomé y la romería de la Virgen de la Salud, dejan eco en un lugar cuya soledad debería de considerarse sagrada por Decreto Ley. Por fortuna, cuando me marchaba y recordando las bestialidades en otros puntos de la Iberia Mágica, como Galicia, me congratulé de cruzarme, aparte de con la tradicional pareja de la guardia civil, con un oportuno retén de bomberos.

lunes, 25 de enero de 2016

Soria: románico de acuarela


William Butler Yeats, gran poeta y dramaturgo irlandés, hacía referencia, en alguna de sus prolíficas obras (1), al Ánima Mundo y sus proyecciones. Siguiendo esta sugerencia y aprovechando la melancólica calma chicha que acompaña siempre a las salvajes resacas navideñas, bueno sería dejarse llevar por la imaginación y con el permiso de Jano, mirar con esa otra cara interior hacia ese espléndido mensaje de colorido, simbolismo y delicadeza que proyectan dos sustanciosos elementos de la Soria tradicional: su entorno y su románico. Una auténtica acuarela, digna de admirar.

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(1) Como, por ejemplo, en su obra Rosa alquímica, Editorial Mondadori España, S.A., Madrid, 1992.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Feliz Navidad


No hay discurso: sobran las palabras. Un año va de camino hacia el Ocaso y allá, en la profundidad de las aguas primordiales, reaparecerá completamente renovado, siendo ya Año Nuevo. Es la misma magia de todos los años, desde el alba de los tiempos o desde ese impreciso instante en el que hombre se puso cadenas a sí mismo, humillando la cabeza ante un verdugo llamado Tiempo. Desde la bravura de la Soria celtíbera, la aquiesciencia de la Soria romana, el refinamiento de la Soria musulmana y la tradición de la Soria cristiana, el autor del presente blog os desea a todos -sea cual sea su credo, fe o sentimiento, que para eso en las iglesias de Roncesvalles se rompieron moldes- una muy Feliz Navidad.

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martes, 3 de noviembre de 2015

Ginés de Lara: el último templario de Santo Polo


Fue unos días antes de la Noche de Difuntos, cuando recibí un correo de mi estimado amigo Cándido Heras, en el que me comentaba y de hecho, me confirmaba con unas fotografías, que se estaba procediendo a retirar la venerable piel de hiedra que desde el alba de mis recuerdos –de hecho, no recuerdo haberlo visto de otra manera- cubre lo que en la actualidad es una propiedad privada, pero que en tiempos constituyó el monasterio, se dice que templario, de San Polo o Santo Polo, lugar de paso obligado para acceder a la ermita de planta octogonal y elevada sobre una cueva –a la manera de los antiguos santuarios dedicados a Apolo, que a su vez, muchos de ellos hacían bueno el adagio hermestino de que lo que está arriba es igual a lo está abajo, pues estaban considerados como entradas al inframundo, donde reinaba Hades-Plutón-Saturno y su esposa Perséfone-, del Santo Patrón de Soria: San Saturio. Y también recuerdo que, palabra más palabra menos, le comentaba que aquello –fuera quien fuera el inductor: si el Ayuntamiento, la Diputación o el propio dueño del lugar-, me parecía un auténtico atentado contra ese otro complemento romántico que hace del antiguo cenobio –que al decir de las viejas crónicas, poseía las mejores huertas de la ciudad-, un lugar con un encanto muy especial. Y reconozco, lo digo como lo siento –como sentí encontrarme el año pasado las pezuñas atilanas de la repugnante barbarie mancillando otro lugar no menos interesante y sí seguramente más carismático que éste, como es la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos-, que sentí una tristeza infinita pensando en cómo nos gusta alterar aquello que debería mimarse como algo propio del espíritu del lugar. Pensé, también, en la caótica posibilidad de que a alguien se le ocurriera, de paso, descortezar los álamos dorados asentados junto a la ribera del Duero, en aquél paseo de los enamorados de Machado que conduce a la ermita, reduciendo a polvo y olvido unas cortezas que tienen grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas. Y recordé el lugar y a los grandes poetas y escritores que se habían rendido, sin duda alguna, cautivos de su hechizo. Pero no, no diré que fueron los de siempre –que por supuesto, me fascinan-, los que acudieron a mi herida memoria, sino otro, menos conocido e injustamente olvidado, gran intelectual y nacido, para más señas en Logrosán, pueblo de Cáceres. Me refiero a aquél que, otorgándole el merecido calificativo de mago, reunía, cuando menos, una de las cualidades principales de su homólogo del Tarot: su creatividad sobrehumana. Me refiero, naturalmente, a Don Mario Roso de Luna. Y recordarle a él, es acordarse, a la vez, de aquél entrañable personaje de su novela ocultista La demanda del Santo Grial, Ginés de Lara y Montalbán, del que se nos cuenta, precisamente, que fue el último templario de Santo Polo. Hijo primogénito de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán –he de suponer, que de ese singular pueblo toledano, con su imponente castillo del que salieron buena parte de las fuerzas cristianas y templarias que participaron en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa y en cuyas cercanías se yergue todavía un imponente conjunto visigodo, el de Santa María de Melque-, por cuya sangre corría el más rancio abolengo burgalés, que se remontaba hasta los condes Laín Calvo, Nuño Rasura y el propio Fernán González. Aquél –y cito textualmente a Don Mario-, viejo héroe castellano, oriundo de Nájera, nacido en Soria y desaparecido sin dejar rastro tras de sí, en esas Sierras de la Demanda -¡de la demanda del Santo Grial!, ¿desaparecido, tal vez, en el perdido monasterio de Alveinte, aquél lugar del que se decía aquello de templario, ¿qué hiciste, que Alveinte viniste?- que al este de Burgos, en la zona más misteriosa y menos visitada de toda España, sirve de divisoria al Arlanza y al Arlanzón, afluentes del Duero, al Oca y al Tirón, tributarios del Ebro, al sur de los montes Idúbedos y al norte de los de Neila, Cebollera y Urbión, en ese valle weáldico de Lara… Y además me pregunté, si quizás tan afamado héroe no desapareció en esa mistérica Sierra de la Demanda, sino que yace todavía ahí, bajo una de las tres estelas funerarias que todavía sobreviven del viejo cementerio del cenobio, aquélla, quizás, en cuyo anverso se grabó un pie de druida o una estrella de cinco puntas. Y de ser así –finita speculae-, ¿no se sentiría extraño su espíritu, al deambular por un lugar del que ha desaparecido la magia de la hiedra del familiar monasterio que en vida habitó?.

Dicho sea todo, sin ánimo de molestar.

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