martes, 15 de abril de 2014

Expolios nacionales


Con buenas o malas artes, pero de seguro asistido por ese inquebrantable derecho de pernada estatal, el feudalismo aplicable a los grandes museos, consigue que en determinadas ocasiones, recordemos con cierta amargura ese antiguo refrán, surgido de la anónima pero brillante mente popular, que afirma con categórica rotundidad que siempre el pez grande termina comiéndose al chico. Hay muchos peces chicos que nutren a ese gran tiburón blanco que es, después de todo aunque no el único, desde luego, el Museo Arqueológico Nacional. Recientemente abiertas de nuevo sus puertas, después de seis largos y costosos años de inversión y reforma, resulta -no obstante el placer de contemplar las innumerables joyas que contiene- de un intenso dramatismo el contemplar como las escamas más vistosas de numerosos peces chicos, languidecen en los rincones, huérfanas para siempre de ese entorno al que pertenecieron, para el que fueron concebidas y en el que tenían su espacio a medida.


Uno de esos peces chicos, metafóricamente hablando y sin ningún género de dudas, es una provincia, Soria, que ha visto como parte de lo más florido de su Patrimonio Histórico-Artístico -fruto no de la casualidad, sino de la rica variedad cultural que la caracterizó en el pasado, donde multitud de pueblos dejaron constancia de su variopinta diversidad e idiosincrasia-, cogió un día las de Villadiego, como el emigrante de cruzaba el Charco con su chaqueta remendada y su maletilla de cartón, exiliándose en tierra extraña para nunca más volver. Obviando las irreemplazables pinturas de San Baudelio de Berlanga, donde un día intervino la mano larga, huesuda y calculadora del Judío Errante, así como esa otra mano, larga, quizás no tan huesuda pero igualmente fría, calculadora y enfundada en guante blanco del famoso ladrón Erik el Belga, da pena ver como otras piezas de incalculable valor y belleza, pasan desapercibidas entre un público que apenas se detiene a leer unos carteles explicativos que, en el fondo, y en la mayoría de los casos, se abstienen de ofrecer más detalles de la cuenta, quizás sea por no fomentar los malos hábitos -léase con idéntica ironía a como se escribe- que está haciendo que gobiernos cansados del expolio, como el egipcio, comiencen a reclamar ese inmenso Patrimonio, desperdigado sobre todo por Occidente cuando las fronteras estaban abiertas a la impunidad de los poderosos Sahibs, que sin duda les pertenece.
Sea cual sea la opinión de cada uno -que Dios la dé, y San Juan se la bendiga-, y a falta de saber cuál de las Vírgenes románicas es la que un día se veneraba en la iglesia de San Juan Bautista de Tozalmoro, quedan, entre otras, dos extraordinarias piezas, que cuando menos, si no una misa como París, sí merecen un toque de atención y respeto: una, el fabuloso mosaico de Cuevas de Soria, y la otra, parte de un magnífico sepulcro medieval de Calatañazor.

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La falta absoluta de referencias, hace que sea poco menos que imposible discernir a cuál de las numerosas iglesias y ermitas que como luciérnagas rodeaban esta hermosa villa medieval de Calatañazor -donde Almanzor perdiera su atambor, o mejor dicho, su buena estrella-, pertenecía este curioso fragmento de sarcófago que, curiosamente, y a juzgar por los motivos que luce, hace honor a una Adoración un tanto peculiar, donde las figuras de Pastores y Magos, parece que fueron sustituidas por ángeles surgidos de la imaginación del artista anónimo. Por el contrario, el caso del mosaico encontrado en lo que fuera una antigua villa romana, en las cercanías de la población de Cuevas de Soria, y que lleva por título algo tan simple como 'mosaico geométrico con anagrama', es algo que, sin pretenderlo, me obliga a hurgar en ese universo con olor a podrido, en el que ningún hombre, en su sano juicio, debería jamás penetrar: la política. No consigo entender, por qué se levantó, teóricamente para salvaguardar y exponer tan maravilloso hallazgo, un edificio moderno, vanguardista, costoso, para terminar cerrado a cal y canto y acumulando abandono y tormentas de arena en sus acorazadas cristaleras. O quizás sí que lo entiendo, pero por prudencia, me la callo. Al menos de una cosa creo estar completamente seguro: y es del por qué me lo he encontrado siempre cerrado cada vez que he acudido al lugar.
Sea como sea, y con el fin de que lo contemplen y disfruten con nostalgia aquellos que no puedan, o no quieran -lo cual es comprensible-, acudir a los viejos Madriles para reencontrarse con parte de su historia, dejo aquí constancia del detalle y que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero, por más que me fascine contemplar tanta maravilla, siempre, siempre estaré a favor de que las cosas se valoren y se contemplen en el lugar al que pertenecen. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Misterios de Fuentelsaz: Segunda Parte




Fuentes, glorias lejanas y reliquias desaparecidas
Afirmaba con rotunda sinceridad el inmortal Santero de San Saturio, o de Gaya Nuño (1) si se prefiere  -que al fin y al cabo, autor y personaje suelen ser almas gemelas con más frecuencia de las que uno se imagina-, que las villas, aldeas y lugares sorianos cautivan, ante todo, y frecuentemente sin otro señuelo, por sus nombres. Posiblemente, no haya una aseveración más cierta y más evidente, y sea precisamente buscando el auxilio, por regla general agradecido de las etimologías, como podamos hacernos una idea, en principio puede que con ciertos visos de certera aproximación, de los orígenes de un determinado lugar. Siquiera sea aplicando este principio y dejándose llevar, quizás, por la gracia de las Musas –que en ocasiones gratifican con cal y en otras con arena, pero de una u otra forma, cuando menos sugieren-, asentemos la piedra angular de una probable verdad, si afirmamos –temerosos siempre de equivocarnos, por supuesto, que al fin y al cabo errare humanum est-, que en la etimología compuesta del nombre de Fuentelsaz, puede haber humores de inequívoca naturaleza celtíbera capaces de despertar los sentidos de una posible verdad histórica, señalándonos, de paso, el génesis de una sencilla clave que nos pueda servir para ajustarlo a alguno de esos hipotéticos misterios que pretendemos comentar. También es cierto, que admitiría ignorancia si yerro en la interpretación de un vocablo aparentemente fácil, saz, que por raíz, bien pudiera derivar de la palabra sauce; detalle éste que, unido al vocablo fuente, podría encajar perfectamente, definiendo dos objetos que se encuadran dentro de la práctica de esa religión, animista y natural, que celtas y celtíberos practicaban habitualmente y que con posterioridad, el triunfo del Cristianismo sobre la Antigua Religión, se encargó convenientemente de eliminar o, por el contrario, de reutilizar en su propia conveniencia. No olvidemos al respecto, -y lo cito textualmente del trabajo del historiador inglés Andrew Sinclair (2)-, la misiva que el Papa Gregorio el Grande envió a su hombre de confianza en Inglaterra, el abad Mellius, donde le daba unas instrucciones muy precisas para Agustín (San Agustín): ‘He llegado a la conclusión de que los templos en Inglaterra no deben ser destruidos de ninguna manera. Agustín tendrá que destrozar los ídolos, pero deberá rociar los templos con agua bendita y construir en ellos los altares donde se depositarán las reliquias. Debemos aprovechar la ventaja de tener templos bien construidos purificándolos del culto al demonio y dedicarlos al servicio del verdadero Dios. De esta manera, confío en que la gente (al ver que sus templos no son demolidos) abandone la idolatría y continúe frecuentando los templos como hacía antes, y así llegue a conocer y reverenciar al verdadero Dios… Y lo que se aplica a Inglaterra, se aplicó también –por desgracia, después de que siguiendo el ejemplo de San Martín Dumiense, se demolieran un número considerable de lugares de culto considerados como paganos- en esta imaginaria piel de toro que es la Península Ibérica, donde Soria también existe, con todo el derecho y rango, aunque continúe siendo la Extremadura Castellana.



Pero vayamos por partes, comenzando a situar el origen de los misterios, si es que como a tales puede denominarse, aunque sin olvidar algunas otras correspondencias interesantes, como sería la oportuna aseveración hecha en su momento por los autores Blas Taracena y José Tudela (3), acerca de la disposición de algunos pueblos de las Tierras Altas y sus cercanías, a repetir en sus nombres pueblos de la provincia de Madrid. En este caso, la correspondencia no sería otra que Fuente el Saz del Jarama, lugar que, curiosamente, conlleva la aparición milagrosa de una Virgen, cuya imagen medieval fue encontrada por mediación de unas cigüeñas –no olvidemos, por ejemplo, que la imagen de la Virgen del Mirón fue encontrada de una manera muy isidril, negándose los bueyes que tiraban del arado a pasar con éste sobre un punto determinado- y por ello es conocida como Nuestra Señora de Cigüiñuela. Incluso, yendo más allá, y rizando el rizo de las etimologías, se podría añadir que el vocablo saz, hace también referencia a un instrumento musical, de cuerda y parecido al laúd medieval, procedente de países orientales como Turquía (la antigua Bizancio), Irán e Irak, lo que podría considerarse, así mismo, como una babilla islámica heredada tras largos siglos de dominación.


Por otra parte, es una gran verdad,  reconocer que con relación al patrimonio histórico-artístico es tanto lo que se ha perdido –de una manera cínica, también se podría decir que no todo se ha perdido en realidad, sino que mucho se ha transformado (4)-, que en muchas ocasiones a falta de documentos –el mundo científico es eminentemente tomasiano-, resulta poco menos que imposible llegar a determinar con absoluta certeza, cuál era la naturaleza exacta de lo que existió en tiempos en un lugar determinado. Probablemente, en Fuentelsaz se produjo idéntico fenómeno que en el resto del territorio nacional y un lugar de culto antiguo fuera irremediablemente absorbido por la fuerza expansiva de otra religión, en este caso, el Cristianismo, que impone su verdad como dogma absoluto de fe, anatematizando y diabolizando todo lo anterior. A tal respecto, las fuentes –si tal pueden denominarse- difieren realmente en la forma, pero no en lo sustancial del contexto. Porque de manera oral, el amable vecino que nos franqueó la entrada a la iglesia de Santo Domingo de Guzmán y cuyo nombre me reservo por prudencia, que no por falta de agradecimiento, comentó un detalle muy curioso: que en el cerro de San Juan o en sus proximidades, hubo en tiempos dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres. No obstante, las pocas fuentes que se localizan, pongamos por ejemplo en internet, hablan de dos ermitas: la de San Juan y la de la Trinidad.



De ellas, probablemente, proceda alguna de las pilas románicas que se guardan actualmente en la parroquial; puede que también alguno de los retablos, e incluso hasta es posible que las estelas funerarias que acumulan polvo en un rincón, y que lucen un tipo muy particular de cruz: la cruz paté o patada. Un tipo de cruz que, aunque no determinativa por sí sola, sí podría sugerir, no obstante, la posibilidad de la presencia templaria en el lugar; detalle que tampoco sería extraño, después de todo, pues su presencia en determinados lugares de la provincia está demostrada y como en el caso de Morón de Almazán, bien pudieran haber tenido un convento en las cercanías, del que no queden ya evidencias, de igual manera que tuvieron también, al parecer, a las afueras de San Pedro Manrique, en unas ruinas situadas estratégicamente sobre un altozano, conocidas como San Pedro el Viejo.



Como conocida era también, su extraordinaria fascinación por tales objetos, tampoco sería extraño imaginar su cercanía a un lugar que, después de todo, parecía contar con una reliquia sacra de cierta alcurnia, como era esa parte del carpio o del metacarpio que, según la tradición, perteneció al mismísimo San Bartolomé: uno de los doce apóstoles que, como hicieran siglos después de él oscuros pero relevantes santos de origen godo, como San Saturio o San Frutos, vendió su finca y entregó los beneficios a los otros apóstoles para que lo repartieran entre los pobres. A este respecto, y dejando el tema templario a un lado, no deja de ser curiosa la existencia de reliquias de cierta relevancia –si es que tal cosa puede considerarse, pues no olvidemos que el tema de las reliquias constituyó un lucrativo negocio en la Edad Media y si juntáramos todas, se harían verdaderos ejércitos de santos-, en lugares que, causal o casualmente, están situados dentro o en las proximidades de las Tierras Altas. Con ésta de San Bernabé, se podría citar parte del labio de San Antonio, que se expone en un pequeño relicario que cada 13 de junio, pueden ver los invitados a participar en la ceremonia que se produce en Garrejo, en la finca que la familia Marichalar tiene en Garray o el milagroso Santo Rostro que había en La Cuesta, y que, una vez despoblado el lugar, parece ser que fue trasladado a la catedral de El Burgo de Osma. Relevante o no, el hecho es que, de la supuesta reliquia de San Bernabé, tan sólo queda un curioso cofre artesano, de madera, realizado según reza en su interior, en 1856, con doble cerradura y doble fondo. Pero del trozo de carpio o de metacarpio del santo, nada de nada. Frente a esto, y en vista de la cara de estupefacción del amable vecino, sólo cabe una pregunta: ¿qué ha sido de la reliquia de San Bernabé?.


Pero si esto constituye, a la postre, un fascinante enigma histórico, no lo es menos la presencia de elementos de culturas anteriores, los cuales, como ya avanzábamos al comienzo de la presente entrada, podrían perfectamente hacer referencia a antiguos cultos relacionados con el agua y que, en principio, poco o nada difieren de los que se pueden rastrear en otros lugares de la provincia. En base a ello, resulta interesante observar algunas interesantes similitudes entre los restos dispersos en una casa y probablemente pertenecientes a las cercanas ruinas de Numancia, y aquellos otros que todavía sobreviven en muchos lugares del norte peninsular, siendo un buen ejemplo con el que comparar, la fuente que se muestra en el vídeo, la cual se encuentra en la atractiva ciudad orensana de Allariz, en las inmediaciones del Ayuntamiento y enfrente de la iglesia románica de Santiago.

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(1) José Antonio Gaya Nuño: 'El Santero de San Saturio', Editorial Espasa Calpe, S.A., cuarta edición, 3-XI-1999, página 136.
(2) Andrew Sinclair: 'El descubrimiento del Grial', Editorial Edhasa, 1ª edición, febrero de 2003, páginas 40-41.
(3) Blas Taracena y José Tudela: 'Guía de Soria y su provincia', EOSGRAF, S.A., 3ª edición aumentada, 1968.
(4) Tal vez no resulta tan descabellada, después de todo, la reflexión que hacen de su Viaje por España (Ediciones Grech, S.A., 1988), el baron Ch. Davillier y Gustave Doré, conocido por sus extraordinarios grabados, sobre todo aquellos relativos a la Divina Comedia de Dante, en torno a la histórica rapiña de las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia. Rapiña que no niegan, pero que sí observan exagerada, ateniéndose a las declaraciones de anteriores viajeros europeos, en cuyas crónicas consignan la gran cantidad de antiguos y valiosos objetos sacros, fundidos por sus propios custodios, con el fin de obtener suculentas rentas en dinero contante y sonante.

miércoles, 29 de enero de 2014

Misterios de Fuentelsaz: Primera Parte


Soria se hace camino al andar se pone otra vez en marcha. Después de una prolongada parada vacacional, es hora de ponerse otra vez las pilas y comenzar una nueva etapa. Hora, pues, de continuar recorriendo con paciencia e ilusión esos infinitos caminos de la bien denominada Extramadura Castellana y acercar al mundo, en la medida de lo posible –y en eso, hay que reconocer que Internet es una poderosa herramienta global- esos circuitos personales repletos de lugares especiales, de pueblos que se mantienen felizmente ajenos a las complejas guías de gourmets;  de personajes carismáticos y nobles como esa tierra de la que se nutren; de Historia, de Leyenda, y sobre todo, de Misterio y Tradición. Lugares, personajes y circunstancias que, después de todo, hacen bueno el dicho de que hablar de Soria resulta siempre una fascinante aventura.
Como aventura empezó, qué duda cabe, aquélla memorable jornada en la que, de camino a las fascinantes Tierras Altas y sus mediáticos enigmas, recalamos en este curioso pueblo de Fuentelsaz. Un pueblo pequeño, asentado en las faldas del Cerro San Juan, en la denominada Comarca de Almarza, a apenas unos insignificantes kilómetros de distancia de Garray, su interesante iglesia románica dedicada a la figura de los Santos Mártires –antiguamente, de San Miguel- y sus celebérrimas ruinas de Numancia y apuntando en dirección a esa otra tierra de misterios y milagros que tanto sorprenden al peregrino y que llevan siglos consignados en el histórico Codex Calistino de Aymeric Picaud, como es la vecina provincia de La Rioja. Un pueblo del que, a pesar de esas carencias de información que obstaculizan un mayor conocimiento en la Red, se pueden contar muchas cosas, si se tiene la sutileza de visitar el lugar y dejarse llevar por lo que el mismo tenga a bien sugerirnos. En base a ello, se puede decir que en Fuentelsaz, como en tantos otros pueblos, existe en la actualidad esa disparidad de clases que define y a la vez limita su pequeño casco urbano, propiamente dicho, entre las ampliaciones o las casas de nueva creación, que demuestran, al menos teóricamente, cierta holgura económica y aquellas otras que todavía permanecen fieles a la tradición. De la tradición, precisamente esa cualidad que hace de nuestros pueblos lugares de pintoresco encanto, sobrevive un número determinado de antiguos atanores que conjugan alquímicamente piedra, cal y teja, hasta conseguir el elemento hogareño tradicional, que destaca, como una rima proporcionada, con la áspera dureza del entorno, que de alguna manera, anticipa la proximidad de esas simas y cerros que con tantos y con tan buenos guerreros pelendones nutrieron al desventurado bastión numantino. De la bonanza, haciendo honor, como en muchas ocasiones ocurre, a que apariencia económica parece tener una ancestral riña con el respeto a la cultura, alguna casa muestra, como adorno caprichoso y disimulado en la vileza del relleno, parte de unos antiquísimos misterios, que se tratarán en una próxima entrada.
Por ello, y una vez llegados a este punto, resulta conveniente que pongamos rumbo a la parte más alta del pueblo y ascendiendo la cuesta, nos detengamos en la vieja parroquial románica, dedicada a la figura de Santo Domingo de Guzmán, sabueso dominico nacido en Caleruega, provincia de Burgos, que fue contemporáneo y participó activamente en la sangrienta cruzada librada en la Occitania francesa contra la denominada herejía cátara. Digno, aunque muy reformado exponente del románico rural de la provincia, puede que este templo tuviera, en sus orígenes, una pequeña galería porticada, totalmente tapiada en la actualidad, como así parecen indicarlo los dos pequeños arcos situados a ambos lados del arco principal. Muestra éste, como motivo destacable en los capiteles -en parte muy desgastados por el tiempo y la erosión-, rosetas hexafolias, muy comunes en el románico en general, y de más que probable origen oriental. De nave rectangular y ábside semicircular, se localiza en éste una pequeña, estrecha y alargada abertura en su parte central y una ventana en la zona izquierda que, a juzgar por la fecha grabada en el sillar inferior, debió de ser añadida durante alguna obra de reforma realizada en el año 1801.
 
En el interior, destacan el retablo central y los retablos laterales, de aspecto barroco, que contienen diversas imágenes de época, entre las que sobresale, luciendo en el pecho su característica cruz en forma de Tau, la figura de San Antón con el tradicional cerdito a los pies. Curioso y a la vez tradicional también en numerosos templos de la provincia, es el retablo que acoge la Crucifixión en su parte central. De igual manera que, por poner un ejemplo, aquél otro que contiene la imagen crucificada del Cristo de la Agonía, en la ermita templaria de San Bartolomé, situada en lo más profundo del Cañón del Río Lobos, en el caso de la iglesia de Fuentelsaz y el retablo al que se hace referencia, se aprecian, así mismo, en ambos laterales, los diferentes elementos de la Pasión, aunque con algunos añadidos, como son el cáliz con la hostia sagrada y el tambor, elemento musical de carácter ctónico, generalmente presente en todas las procesiones, acompañante de los hombres a lo largo de los tiempos en trances significativos de la vida, como pueden ser batallas o ejecuciones, siendo objetos, que a la vez llevan interesantes leyendas añadidas, como puede ser la famosa leyenda turolense del cojo de Calanda. En definitiva, elementos simbólicos, en su mayoría, que posteriormente serían adoptados por las hermandades de canteros medievales; que incluso conforman una significativa, cuando no determinante posición de protagonismo mistérico en los principales relatos caballerescos de la literatura griálica, tan popular en los siglos XII y XIII y que además han permanecido vigentes hasta la actualidad, como símbolos tradicionales de las asociaciones de carácter masónico de todo el mundo.
 
En el Retablo Mayor, coronado por un cuadro que muestra otra Crucifixión, con las figuras de la Virgen y el Evangelista al pie de la Cruz, la parte central está presidida por una figura de Santo Domingo de Guzmán, ataviado de dominico y el Libro Sagrado abierto en la mano. A ambos lados de ésta, la mencionada figura de San Antón y una Virgen con Niño. Más interesante, posiblemente, sea la Virgen con Niño que se encuentra en otro de los retablos laterales, no sólo por el color de su manto, verdoso en casi su totalidad, siendo éste un color asociado tradicionalmente con las Vírgenes Negras –aunque la figura sea de época muy posterior y ya no tenga ni el hieratismo ni la entronización de aquéllas-, sino, quizás, por esa mano desproporcionada que sujeta una bola, así mismo, de considerable tamaño, sobre la que se apoya, curioso detalle, el pie izquierdo del Niño. En la parte superior de este retablo, otro cuadro nos recuerda una escena de la Sagrada Familia, no exenta de simbolismo, como es la huida a Egipto previa a la matanza de infantes ordenada por Herodes, donde se observa otro importante elemento simbólico, que tiene unos magníficos antecedentes en la provincia, como es la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. Un árbol, la palmera, que no son pocos los científicos que consideran como el más antiguo del mundo, sino que también en cierta Sura del Corán, se le reconoce como el árbol que proveyó de sombra, alimento y agua a la Sagrada Familia; un Árbor Vitae que, además de ser sus hojas distinción de santidad, suele servir, en numerosas representaciones, de báculo o cayado a ese gigantón caminero portador del Niño, tan apreciado popularmente, pero a la vez tan menospreciado por el facto eclesiástico, pues en el fondo no hace sino referencia al paganismo asociado con los gigantes de los antiguos cultos, siendo, quizás, los personajes más representativos, además de éste, los jentillaks de las tradiciones vasco-navarras: San Cristóbal o San Cristobalón.
Digno de mención, por otra parte, es el artesonado de madera, que en algunas partes todavía conserva restos de la policromía original. Detalle significativo, además, son los canecillos que se localizan a la altura de la cabecera, pintados de blanco, como las paredes de la iglesia y que, representando cabezas humanas, tienen ojos y labios resaltados en negro, observándose en los cuellos, cruces igualmente pintadas.
 
En la pila románica, al menos dos, se está procediendo en la actualidad a su restauración, y aunque se observa alguna rotura, tiene forma de copa y una decoración basada en arcos. En el coro, y muy deteriorados, se observan algunos bancos, en los que figura grabada la siguiente inscripción: Soy del Arciprestazgo.
 
Por último reseñar, algunas estelas funerarias, almacenadas al fondo de la nave, que lucen como motivo principal un tipo de cruz que, aunque muy común, no dejaba de representar, también, a las órdenes militares: la cruz paté o patada.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo


Recapitulando: estamos en Navidad. Una vez pasado el puente de la Constitución, el río que nos lleva, se adorna con campanas, los hogares se cubren de acebo y grandes esperanzas, y se limpia el polvo de las viejas bolas que adornarán, una vez más, ese ceniciento arbolito que, sea natural o artificial, cumplirá con el sacrificio anual en el altar familiar. Los precios se disparan. Primero ha sido la gasolina, y de la luz y el gas, mejor no hablar. Hay quien compra ya productos congelados, temiendo la previsible especulación típica de estas fechas; y no importa si estamos a varios grados bajo cero y la gripe juega a bolos con tó quisqui, como se diría en hispánico vulgatis, porque siempre brota ese milenario germen fenicio que nos acompaña desde que éramos colonia de mercachifles mediterráneos y algunos se frotan las manos pensando en un agosto que prevén comience a colarse como un siroco en sus bolsillos. Es Navidad, y esos sufridos animales que son el cordero y el lechón se convertirán en auténticos profetas en su tierra y serán buscados en olor de multitudes, porque ante la fe de la tradición, no hay crisis que valga. Del marisco también podríamos hablar. Aunque no sabría yo muy bien decir para qué. Corríjanme si me equivoco, pero con el marisco presiento que ocurre un fenómeno singular en estas fechas: y es que todos podemos ser videntes y adivinar que estará por las nubes. Supongo que también es tradición. No ya por lo que ha caído del defenestrado Monte Pindo; o lo que todavía arrastra la marea del Prestige; o ese cambio climático -que parece que vemos todos, menos los Gobiernos, faltaría más-, que está afectando a los criaderos; o quizás el moro, que lo custodia a precio de hashish; o la culpa es del francés, que vous voulez dancer avec moi, pero cuando llega Navidad, la supuesta escasez se convierte en la disculpa perfecta de la especulación y si en estos días el lechón y el cordero se convierten en reyes de la tierra, de la mar todos estos bichillos -gambas, gambones, cigalas, nécoras, centollos y langostinos- dejan en paños menores al pobre mero. Lo cierto, es que al final la magia existe, porque siempre, después de cenar, sobra de todo. Debe de ser que ya estamos acostumbrados a las temidas cuestas de enero. Pero eso sí, qué bien queda tirar la casa por la ventana. En fin amigos, que estamos en Navidad. Y qué mejor momento para brindar con todos vosotros, amenazaros con seguir calentándoos las molleras con mis pestiños y desearos, eso sí, de todo corazón, una muy Feliz Navidad y un Próspero Año 2014.
 
O mejor aún, para que nadie se sienta excluido, que en la diversidad está el gusto, como diría ese gran cínico que fue Ambrose Bierce, con respecto al día de Navidad: día distinguido y consagrado a la glotonería, las borracheras, el sentimentalismo, la recepción de regalos, el aburrimiento público y la vida doméstica.

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domingo, 1 de diciembre de 2013

Una pasión por la Pasión


Lo reconozco como una debilidad, pero cuando cualquier asunto requiere una visita al Museo Numantino, no puedo por menos que acercarme a esa sala de la planta baja, atestada de elementos romanos, visigodos y cristianos y detenerme unos minutos, soslayando con íntimo reconocimiento, esa maravillosa recreación de un Calvario, que contiene, según mi modo de ver, por supuesto, todos los ingredientes necesarios para considerarlo, cuando menos, un auténtico thriller histórico. Se trata de una fenomenal tabla anónima, aunque no obstante calificada por los expertos como perteneciente a esa floreciente Escuela Castellana, que allá por los siglos XV y XVI, sembró de rotundas maravillas, numerosas iglesias, catedrales y palacios de ricos hacendados, muchos de los cuales se vinieron a menos llevados por las riadas incontenibles de una Historia en expansión. La Tabla, además -y lo digo en alto con la nostalgia de muy gratos recuerdos y agradecido a unas personas que, aunque no las nombre, si algún día leen esto, sabrán perfectamente que me refiero a ellas-, procede de un pueblo cercano, Peroniel del Campo, que si bien es cierto que ha conocido épocas mejores, no es menos cierto que, a pesar de todo, todavía guarda numerosos enigmas, así como unos pendones y una entrañable tradición, que se remonta a la Edad Media y se realiza en el sagrado entorno de un auténtico santuario, como es el de la Virgen de la Llana.
La Tabla, de respetables proporciones y realizada en tres partes, cuyas junturas resultan evidentes y quizás le reste un poco de encanto, se localiza al lado de un fragmento del artesonado original y románico que, mostrando a una sanguinaria bestia apocalíptica semejante a las contenidas en cualquier Beato -y aquí me otorgo a mí mismo el derecho de la libre interpretación-, perteneció en tiempos a otro lugar, algo más alejado de la capital que Peroniel, pero que sin embargo, conserva una de las más enigmáticas construcciones románicas de la provincia, incluidas unas curiosas marcas de cantero que, comparativamente hablando, se localizan en numerosos lugares del noroeste de la Península, siendo uno de ellos, el monasterio zamorano de Santa María de Moreruela. Arpías aparte, el lugar no es otro que la iglesia de San Miguel Arcángel, en Caltójar. Y este resto, prácticamente, es lo único que se conserva de una obra de Arte, que si hubiera sobrevivido entera a los avatares del tiempo y la más que probable estupidez humana, hubiera constituido una joya de excepcional valor. Aunque claro, quizás hubiera terminado, como tantas otras, en un museo de Nueva York.
Lejos de tan ingrato destino, en el Calvario, y a juzgar por los personajes que acompañan a un Cristo que muestra ya en su rostro la paz de la expiación, me siento incapaz, quizás dejándome llevar por ese afán incontenible de verdad que acompaña siempre a toda búsqueda, de no pensar en los viejos mitos, en las viejas historias que incitan a la especulación, observándote con la mirada fría de las cosas aparentemente inanimadas, pero cuya alma se presiente, en este caso escondida en lo más profundo de la materia que la contiene. La Madre, con la cabeza gacha, los ojos cerrados y las manos apretadas, conteniendo la rabia, así como un grito de dolor, lacerante como un latigazo en el alma, y los colores de pureza en el hábito. La apócrifa heroína gnóstica, quizás aquella temprana mujer que soportó los primeros rigores de un machismo que la hizo acreedora, simplemente por amar y ser correspondida, al desprecio y a la infamia, arrodillada con humildad a los pies del crucificado, preparados los lienzos para la honra y unción del sagrado cuerpo. En contra de otras representaciones y tradiciones, lleva su cabello recogido, pero en los colores de su vestido, quizás el artista jugó también con la alquimia del simbolismo, pensando en el rojo del pecado, el verde de la esperanza y la pasión, y el azul del cielo y el perdón. Por otra parte, quién sabe lo que pasó por la mente de éste cuando imaginó, al otro lado de la cruz, a un Evangelista de gesto indefinible y aspavientos comparables, quizás, con la mística incomprensible de los locos sagrados de las historias del Grial.
Quién sabe, si en el fondo, el anónimo artista no habló, a través de los colores de sus pinceles, más de lo que en principio aparenta la representación. Pero de lo que no cabe duda, es de que muchas veces, a través del Arte, se hace buena la aquélla frase de Hamlet, dicha a modo de buen cubero, de que hay más cosas en el cielo y en la tierra, de las que nos podemos imaginar.
En mi caso, una pasión por la Pasión.


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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Morón de Almazán, visitando los interiores de la ermita de Nª Sª de los Santos



Si de puertas abiertas se trata, sería imperdonable abandonar un pueblo como Morón de Almazán, sin aprovechar la oportunidad de visitar esa curiosa ermita, denominada de Nª Sª de los Santos o de los Santos Nuevos, que las canciones del pueblo –ese maravilloso correveydile tradicional, que brota del alma de los siglos- insisten en considerar –o al menos así lo hacían, en un pasado que están dejando escapar las nuevas generaciones que imprudentemente pasan de los cuentos de la abuela-, como un antiguo y venerable convento de templarios. Si lo fue o no en el pasado, lo cierto es que actualmente, y en referencia a su fábrica primigenia, quedan tan escasos restos, o mejor aún, no queda prácticamente nada, que ni siquiera el recurso de las comparaciones, por muy odioso que resulte, puede convertirse en el de un remedio inefable y eficaz, cuando menos para conformar los pilares de una historia. Tampoco es la intención del que suscribe la presente entrada, llamar a rebato y reivindicar contra viento y marea una templaria dimensión, de la que, por otra parte, sí hay indicios más que suficientes en la provincia. No es el territorio apropiado para ello ni hay, por tanto, banderas que plantar; aunque bien que lamento, no obstante, no haber llegado a tiempo de contemplar ese pendón o estandarte arrebatado a la morisma –que no sólo en el monasterio de las Huelgas de Burgos, han existido reliquias del tiempo en el que los miramamolines almohades eran el coco que asustaba a los infantes cristianos-, desaparecido, como muchas otras reliquias –como por ejemplo, supuestamente el dedo o parte de un dedo, de San Bernabé, en la parroquial de Fuentelsaz-, en misteriosas circunstancias. De manera que, dicho lo dicho y continuando con ese reflejo de la historia que en ocasiones puede ser la especulación, sí se recomienda, antes de entrar en el interior de esta irreconocible en su románico origen pero interesante ermita, echar un vistazo y observar el Calvario y la Virgen de piedra que sobresalen de los muros de la zona oeste, semejando un típico crucero gallego empotrado en la pared. Sorprende, sobre todo, la imagen de piedra de la Virgen, entronizada y hierática, con el Niño en la rodilla, esculpida, no obstante, con todo lujo de detalles e inserta en una hornacina en la que se aprecian arcos y capiteles de índole románica, quedando el conjunto enmarcado en una formidable concha marina, ofreciendo una recatada imagen de lo que posteriormente el Renacimiento –sobre todo en la figura de Bottichelli- volvería a recordar con la voluptuosidad de Venus y el culto a la perfección del cuerpo.
Del interior de la nave, de forma rectangular y austera no sólo en detalles, sino también en ornamentos –al menos de época-, destaca, qué duda cabe, el soberbio entarimado de madera del coro. Un entarimado que, a pesar del tiempo y cierto grado de abandono, denota una meritoria maestría, recordando, de paso, esa España de toda la vida, ajena a la manufactura a destajo tipo Ikea, en la que existía una figura imprescindible, mantenedora de la tradición de los antiguos gremios y negligentemente condenada a desaparecer: el maestro artesano. En un mundo, como digo, abocado al destajo y al consumo desmesurado, asistimos, en algunos casos nostálgicos, a la desaparición de las maestrías y los oficios, cuyo arte estaba encaminado a realizar obras de calidad destinadas a perdurar; lo que, después de todo, suponía un ahorro para las familias y un respeto también por el medio ambiente. Por eso, cuando se observan éstas genuinas obras artesanas, independientemente de su estado de conservación, no es difícil llegar a la conclusión de que se está frente a un detalle artístico digno de ser respetado y valorado. En este caso, el maderamen del coro de la ermita de Nª Sª de los Santos ofrece, en sus motivos principales, elementos que en modo alguno son ajenos a la antigua tradición: motivos vegetales, crucíferos y solares que, de algún modo, mantienen la continuidad de una tradición simbólica que se remonta al alba de los tiempos.

El arte popular, aunque moderno, juega aquí también un interesante protagonismo sociológico, mostrando, y a la vez conservando, en algunas de sus representaciones pictóricas, esas viejas tradiciones de veneración y respeto debidas a deidades, como la Virgen de los Santos o la Virgen de la Muela (1) que, por sus características, conserva la entronización, el hieratismo y los atributos de las antiguas y venerables Vírgenes Negras. Por eso, no es de extrañar que, por ejemplo, en el cuadro de Ofelia Peña Hernández (2), que se encuentra a un lado del retablo mayor y lleva por título Ofrenda Floral a la Virgen de los Santos, la autora recuerde la devoción con la que las gentes acuden en agosto –o al menos, lo hacían en el pasado- a la romería, descendiendo desde la iglesia de la Asunción, cuya torre y parte de la nave se ve en el centro superior del cuadro, a la ermita, tal y como se venía haciendo desde tiempos medievales. Curiosa resulta, así mismo, la representación de la Anunciación, donde el artista –siento decir en este caso que anónimo, pues no recuerdo que hubiera nombre o placas en el cuadro o quizás se me escapó ese detalle- ofrece una visión curiosa, donde al ángel Gabriel –figura que se localiza en varios de los episodios afines a la Sagrada Familia, como podría ser también en la huida a Egipto- y la Virgen ocupan la parte principal de una escena donde se aprecia una rueda –elemento mistérico asociado a la figura de Santa Catalina, así como también uno de los Arcanos Mayores del Tarot- y una curiosa iglesia, con ábside románico que, por las características de la torre, tal vez pudiera tratarse de una visión personalizada de la iglesia de la Asunción.
En definitiva, cualquier lugar puede depararnos interesantes detalles, si no nos dejamos llevar por los prejuicios relativos a la brillantez de su aspecto y ponemos en práctica, cuando menos, ese poder que siempre debería acompañarnos cuando visitamos cualquier entorno nuevo: el de la observación. Y después de todo, del aspecto, de los cambios sufridos a lo largo de la Historia, la ermita de Nª Sª de los Santos, situada a escasos cien o doscientos metros del casco urbano de Morón, siempre ha de ofrecernos algún detalle de interés.


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(1) Relacionada con una de ellas y un hecho milagroso, se conserva en la iglesia de la Asunción de Morón una piedra de la Virgen.
(2) Me es grato afirmar que durante los últimos años, se están fomentando las actividades culturales en la provincia, entre las que destacan aquéllas dedicadas a taller de pintura; y a este respecto,  pongo por ejemplo el Taller de Pintura de Jaime del Huerto, entre cuyas integrantes figura una excelente persona y amiga, como es Edelia García. Quiero pensar, que en Morón, y dadas las obras mencionadas, existe otro similar.
 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Morón de Almazán: iglesia de Nª Sª de la Asunción


En las proximidades de Almazán, el Arte, la Belleza y el Misterio también incluyen a otras poblaciones que, no por mucho pasearlas, se cansa uno de verlas. Una de ellas, qué duda cabe, no es otra que Morón de Almazán. Morón, dicho sea de paso, tiene galanura más que suficiente para presumir; no en vano, constan en su haber de beldades su famoso gallo, su presumida Plaza y su monumental iglesia de Nª Sª de la Asunción, donde, paradójicamente, se venera una imagen cuando menos gótica, cuyo nombre –de la Muela-, ya advierte al visitante de unas longevas raíces de inequívoco caldo celtíbero. Feudo, como fue, de aquél conocido mercenario francés –Bertrand du Guesclin, cuya famosa frase de ni quito ni pongo rey, tan sólo sirvo a mi señor, pasó a la Historia como lema del cinismo servil-, en el silencio de sus calles todavía vagan presencias inquietantes y de oscuros antecedentes, que reclaman, aún hechas añicos, una oportunidad de recuerdo. Tal sería el caso, por ejemplo, de algún símbolo de posible filiación templaria, sobreviviente sobre casonas que se caen de puro viejo; o esa oscura magia que todavía desprenden los símbolos y grabados en la fachada de la casona del marqués de Camarasa, hoy día reconvertida en sucursal de Caja Duero. Y puestos a pensar, no sería descabellado suponer que algo de las inquietudes de este señor debieron de heredar los canteros que dedicaron buena parte de su vida a levantar esa impertérrita conjunción de sagradas geometrías, que es la parroquial de la Asunción.
Se intuye no sólo en sus formas, anchas de planta y tallos apuntando indolentemente al firmamento, herencia de ese estilo gótico que rompió moldes huyendo de las oscuridades del románico, sino también en los símbolos, que hablan de esos maravillosos sueños medievales de virtud e inmortalidad, de griales y búsquedas de vida eterna, sufragados en gran medida, por algún miembro de la influyente y poderoso familia de los Mendoza, cuyo sepulcro, situado a la vera de la cabecera nos habla de otra forma elaborada de entender el Arte, transpondiendo la piedra al estado de inmortal biografía del poderoso difunto.
Custodios en sus trajes relicarios de madera, innumerables tallas de santos, de diferentes estilos y épocas, despliegan la magia particular de sus símbolos determinativos, lanzando un reto a la interpretación. De tal manera que, bajo la grotesca presentación de unos ojos en un plato o bandeja, Santa Lucía, lejos de ser heralda del literalismo, nos induce a pensar, por el contrario, en esa visión interior que iluminó a los grandes místicos y místicas de nuestro olvidado Siglo de Oro y que, comparativamente hablando, podría equipararse con esa visión trascendental, cuando no supranatural, a la que los orientales se refieren, desde el alba de los tiempos, como el Tercer Ojo; ese mismo que quizás inspirara, en fecha tan temprana como 1163, las maravillosas visiones de místicas extranjeras como Hildegarda de Binden, las cuales han llegado hasta nosotros consignadas en su Liber Divinorum Operum. La Visión del Espíritu, pues, común a todos los grandes Maestros de la Mística Universal, y que sin duda, abonó providencialmente los sueños artísticos del hombre a lo largo de los avatares de su fragmentaria Historia. Sueños y Mística que aquí, en Morón, constituyen una notable herencia, basada, cuando menos, en sus singulares retablos de los siglos XV y XVI, en cuyo coste también participaron cofradías del pueblo –como la de Nª Sª del Rosario, que costeó uno de los espléndidos retablos, fechado en 1649- con un sacrificado tributo en pro de una fe que ya comenzaba a vislumbrar ideas humanistas en el horizonte.

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Penetrar, pues, en este sacro recinto, significa embarcarse en un viaje espiritual en el que difícil resulta no rendirse ante la evidencia de las lecciones simbólicas contenidas en el polvo de oro que recubre algunas de las principales figuras de este reducido museo. De tal manera, que vemos a un Evangelista pletórico en su óptima juventud, acompañado de todos sus extraordinarios atributos simbólicos: el águila, indiscutible rey de los Cielos, que lo representa; la Copa o Grial, alimento de vida eterna y el Libro, cuyo críptico Apocalipsis le convierte, de facto en el más hermético de los evangelistas. Y no lejos de él, San Francisco de Asís, que aún no muestra los estigmas de la Pasión en sus manos, pero que, portando una calavera, cual dubitativo Hamlet medieval, nos recuerda ese Tempus Fugit, que nos acerca cada día más a las visiones de San Juan. Piedad y Pasión, se desbordan a raudales en las facciones y gestos de una Madre que asiste desesperada a la muerte del Hijo, la sangre de cuyas heridas abonan de perdón una tierra ensombrecida por la barbarie. San Roque y San Miguel, custodios a su manera de cielos y caminos, ocultan complejas personalidades, similares, comparativamente hablando, a las que se ocultan en las calabazas de los brujos mexicanos, portadoras del Mescalito: visiones que inducen inequívocas sensaciones de Luz y Oscuridad, dirimidas entre ángeles y demonios, custodios, al fin y al cabo, de un Conocimiento Superior. Conocimiento, quizás, que el cantero implicó detrás de la sonrisa burlona de las figuras leoninas de los capiteles que casi lamen el artesonado, allá, al fondo de la nave, donde el coro espera en silencio su corte de voces angélicas que alivien el sufrimiento del magnífico Cristo gótico, cerca de cuyos pies llama la atención un escudo con una cruz de ocho beatitudes. Y la Piedra de la Virgen, en retablo de enfrente, por encima de encima de la representación de un Santo Rostro de la Verónica, uno de cuyos paños -considerado como muy milagroso- se custodiaba antaño en lo que hoy es el despoblado de La Cuesta y que, según uno de los párrocos de San Pedro Manrique, hoy guarda polvo y olvido en la catedral de El Burgo de Osma. Un pequeño viaje por las Edades Espirituales del Hombre, coronado, al fondo de la nave, por una excelente pila románica, con forma también de Copa o Grial y un diseño conocido, incluso en el Norte, que recuerda parte de los modelos de una joya única del románico peninsular, como es el claustro del monasterio de San Juan de Duero. Eso por no hablar del curioso capitel que representa una rubicunda cabeza y que es conocido popularmente como el inca, y del extraño símbolo grabado en el pórtico de entrada, que algunos atribuyen a los sufridos templarios y que se localiza, aparte de en la iglesia de San Miguel de Andaluz -por citar otro precedente en la provincia- en lugares de las Cinco Villas, como la homónima iglesia de San Miguel, en Biota, e incluso en Camino de Santiago a su paso por Navarra, como sería la también iglesia de la Asunción, en Villatuerta.
Bienvenidos, pues, a Morón de Almazán y este pequeño viaje en el tiempo y el espíritu.