miércoles, 29 de octubre de 2014

Fuentelárbol


Dejamos atrás Torreandaluz y la mediática portada de su parroquial dedicada a la figura de Santo Domingo de Silos, y en apenas una breve andadura de cinco kilómetros, seis a lo sumo, llegamos a Fuentelárbol, población que, en opinión de este viajero, conserva en su nomenclatura unas raíces celtíberas que determinan el lugar y, en muchas ocasiones, señalan, así mismo, con la presencia de una iglesia, la posterior cristianización. Un ejemplo de ello, podría encontrarse en otro pueblecito soriano, distante tres kilómetros de Almazán, de nombre Fuentelcarro, cuya parroquial tiene la fuente o pozo adosada a su pared oeste, como interesante podría resultar señalar, además, la existencia de un ancestral pozo en uno de los laterales de la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria capital, templo en el que, como se sabe, se reutilizaron numerosos elementos de la cercana y arruinada iglesia de San Nicolás, en uno de cuyos lienzos todavía se pueden apreciar unas bellas pinturas románicas que representan el asesinato de Tomas Beckett, famoso arzobispo de Canterbury. Discutible o no esta cuestión, y continuando con la visita a Fuentelárbol, lo cierto es que la carretera general atraviesa el pueblo, dividiéndolo por la mitad, quedando la parroquial situada a pie de carretera, en su lado izquierdo si, como en el presente caso, se viene de Torreandaluz.
A diferencia de la iglesia de Santo Domingo de Silos, ésta parroquial de Fuentelárbol conserva buena parte de su planta románica original. Eso no significa, no obstante, que sucesivas obras y reformas hayan dado al traste con importantes elementos. Uno de tales elementos, bastante evidente cuando uno se encuentra frente a su portada sur, es precisamente la pequeña galería porticada que a buen seguro debió de tener en sus orígenes, sustituida por otra galería que, en base a la utilización del ladrillo en su confección, le confiere un curioso carácter híbrido -comparativamente hablando-, entre románico y mudéjar que recuerda, en parte, un estilo que se utilizó en numerosas regiones, siendo no sólo la influencia árabe de los territorios que iban siendo reconquistados, sino también motivos eminentemente económicos, los que primaban para su utilización.

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Conserva, no obstante también en no muy buen estado en lo referido a los motivos historiados de sus capiteles, una portada original que, si bien no alcanza las dimensiones de la que tuvimos ocasión de ver en la parroquial de Torreandaluz, también destaca por su tamaño, denotando ese detalle, la posible influencia de canteros de origen burgalés, e incluso, si me apuran, quizás palentinos, arrastrados por las sucesivas repoblaciones cuando fueron retrocediendo las denominadas fronteras del Duero frente al empuje de los reinos cristianos en expansión. Coincidente, así mismo, con la temática desplegada por los canteros que labraron los capiteles de la iglesia de Santo Domingo de Silos, no sólo los motivos foliáceos, sino también la presencia de las terribles arpías –motivos, desde luego, bien comunes a este tipo de arte y que, como ya tuvimos ocasión de reseñar, el gran poeta Dante Alighieri situaba en el Séptimo Círculo de su Divina Comedia como bestias torturadoras del tronco de árbol en el que se convertían los suicidas-, se reparten protagonismo a uno y otro lado de esa imaginaria porta coeli –en su sentido literal-, conformada por el arco de la portada. De la galería, parten unos escalones de piedra, posiblemente originales también, que facilitan o facilitaban el acceso a la sólida torre del campanario.
Todavía conserva, en su ábside o cabecera, algunos canecillos historiados, donde también se constata la presencia de arpías, aunque con la salvedad –se me ocurre pensar al respecto, que quizás no haya otro misterio que el haber sido realizadas por manos diferentes-, de que si las que están presentes en el capitel del pórtico se caracterizan por tener la cabeza de animal –lobo, probablemente-, las del ábside conservan esa naturaleza humana, tan afín al pecado o a la lujuria que generalmente representan. Completan las imágenes representativas de los canecillos originales sobrevivientes, aquellas que muestran dos rostros humanos; otro, irreconocible por estar machacado y un atípico canecillo que muestra un motivo ajedrezado, del tipo denominado generalmente como jaqués, que también se utiliza como símbolo en algunos escudos nobiliarios.
En el lateral norte, actualmente cegada, se evidencia la existencia de una puerta más pequeña. Como colofón a la presente entrada, añadir que algunas casas cercanas, todavía conservan los arcos góticos de sus antiguos portalones.
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martes, 28 de octubre de 2014

Torreandaluz: iglesia de Santo Domingo de Silos


Sin duda, el otoño es una buena estación para recordar. Tal vez no sea la mejor, pero me consta, que al menos lo disimula muy bien, hasta el punto de parecerlo. Como hojas que se balancean al menor atisbo de brisa, los pensamientos adquieren la dimensión de esas pompas de jabón que inundaban los mundos sutiles de un hombre bueno, otorguémosle el apellido Machado, sólo por poner un ejemplo relevante y revoloteando con imperiosa rebeldía, rechazan la barrera física de los candados, abandonando los carcomidos barrotes del Semper fidelis y nostálgico baúl de los recuerdos. Se convierten, comparativamente hablando, en reos atrapados y reducidos sin misericordia por los sabuesos de la prosa. Cualquiera diría, que en apenas unos segundos, demostrando la teoría de la relatividad de Alberto Einstein -me otorgo a mí mismo el capricho de la familiaridad, porque tal vez ambos pertenezcamos a alguna de esas doce tribus perdidas de Sefarad-, punto de partida y de llegada se fraccionan en apenas unas décimas de segundo, hasta el punto de tener la relativa sensación -que si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, será porque quizás nace con la habilidad innata para el tropezón- de que en realidad, uno ni se ha movido; y si lo ha o hubiere hecho, ni siquiera se ha percatado de ello. Tal vez por eso, tengo ahora la impresión de que ya no estoy plácidamente sentado en esa habitación que destila sabor a hogar por sus cuatro paredes, atestada de libros y recuerdos que se acumulan también en el alma como pequeños e inquietos bastardos que me producen interminables instantes de satisfacción y sinsabor, ni me dejo tampoco embelesar por las volutas de humo del cigarrillo que ascienden suave y perezosamente, explotando como frágiles supernova contra esa frontera del caos final que es el techo.

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Desde luego, no creo mentir, si afirmo que la prosa hace que, una vez atrapados tan rebeldes e inestables pensamientos, un servidor, que no en vano lleva el merecido apodo de Caminante -ganado posiblemente con más derecho que muchos honorables caballeros que lucen sin escrúpulo la Cruz Laureada de San Fernando en sus pechos, sin otros méritos que una chusquera y ordenancista vida de cuartel-, se imagine, sienta o recuerde que acaba de dejar atrás Rioseco de Soria -localidad a la que en su momento piensa hacerle el cumplido homenaje que merece-, y enfila como una estrella fugaz hacia unas infinitas soledades que alternan monte bajo, algunos solitarios campos de labor y una extensa zona de paradigmática, misteriosa e indefinible frontera paramérica, cuya sola visión, siempre hace que el espíritu se solidarice con la lírica del viento, con el susurro de lo desconocido agazapado entre las matas y los arbustos, así como con la acuciante sensación de una épica aventura en ciernes. Pocos kilómetros más allá, tres, tal vez cinco a lo sumo -que en España, el ojo de buen cubero siempre ha sido un deporte genuinamente practicado-, un cartel señala hacia un lugar -Escobosa de Calatañazor- que desde hace años engrosa la terrible lista negra de los despoblados de la región. Aunque no se ve a simple vista, las copas de los álamos, tristes en su soledad, mecen unas ramas que todavía conservan el mortal abrazo del gélido invierno, inmutables en el mismo lugar donde sus fenecidas hojas estancan el agua que antaño rebosaba alegremente de la vieja fuente, situada en la parte baja de una cuesta sobre la que impera el entramado desmochado de una no menos vieja iglesuca, en cuya sencilla espadaña, el campanil ya no entona ni siquiera el lastimero toque de ausencias la víspera de la noche de difuntos y la cigüeña, quizás sólo por este año, pasó completamente de largo por San Blas.
 
Siguiendo el ejemplo de la cigüeña, y pasando, pues, de largo, Torreandaluz aparece, seis kilómetros más adelante, como una jaima mahometana extendida entre las finas arenas del desierto. Más allá de las casitas de blanca fachada y de rojo tejaroz -algunas luciendo símbolos que ya eran paradigmas desde el alba de los tiempos-, se divisa, cercana a ese punto donde el camino continúa, dándole la espalda al pueblo como un río que se aleja hasta fundirse con el mar, la torre de la iglesia. Se trata de la parroquial de Santo Domingo de Silos, y de ella, parte una pequeña pero interesante ruta románica que, no obstante el grado de remodelación o deterioro de sus templos, proporciona, sin embargo, multitud de detalles de interés.
 
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Cierto es, por otra parte, que en ésta parroquial de Torreandaluz, se conjugaron otros humores que, previsiblemente en el siglo XVII, terminaron por modificarla casi por completo. De tal actuación, apenas sobrevive la portada principal. Una portada, por más señas, espléndida, que no deja de sorprender, en primer lugar, por su voluminosa constitución, que denota, probablemente, la grandes del templo románico original que la albergaba, y en segundo lugar, por los interesantes elementos, si bien escasos, que todavía contiene. Aparte del ajedrezado tipo jaqués que se evidencia en una de sus arquivoltas, estos elementos no son otros que los varios capiteles historiados, cuya esmerada labra y temática, llaman poderosamente la atención. En ellos, no es difícil apreciar esa lucha de caballeros, similar a aquella otra en la suele fijarse el peregrino que en Estella y dirigiéndose hacia la iglesia de San Pedro de la Rúa, repara en el Palacio de los Reyes de Navarra. Tremenda, así mismo, es la lucha de un Sansón, ajeno a la pérdida de cabellera en la Salomé le arrebató su fuerza, desquijando al león. Evidentemente, y esto es una llamada de atención, pues el elemento abunda hasta el punto de parecer, comparativamente hablando una marca personal del cantero, las arpías, aquéllas terroríficas bestias que el gran poeta Dante Alighieri situaba en la segunda zona del Séptimo Círculo de su Divina Comedia con el cometido de desgarrar los troncos de árbol en que se habían convertido los suicidas, campean a sus anchas, no muy lejos de otro capitel que muestra, quizás para serenar el alma aterida del cristiano, una humilde y melancólica hoja de acanto. Pero posiblemente, por la perfección de su labra, por el equilibrio de sus figuras y quizás porque al fin y al cabo, la música y la danza siempre ha tenido una importancia capital desde el alba de los tiempos, el capitel de los músicos y las danzarinas podríamos, incluso, llegar a considerarlo como poco menos que único en la provincia.
 
En definitiva, un pequeño tesoro, que merece la pena descubrir.

domingo, 5 de octubre de 2014

Villaciervos


De la medieval Villaciervos de Yuso, o de Abajo, como se la conocía allá por el siglo XII, cabe reseñar esa curiosa torre del reloj, construida hacia 1884, que el viajero se encuentra prácticamente de sopetón unos tres kilómetros más adelante, apenas abandonado Villaciervitos, continuando viaje por la carretera nacional 122 que une Soria con Valladolid. Cuentan, que entre sus tradiciones perdidas, estaban unas curiosas danzas que se crearon hace justamente cien años; que se cantaban albadas en las bodas, como en Aragón y que los mozos pedían la gallofa el Martes de Carnaval, el segundo día de Pascua y también por Santa Ana, la Madre de la Madre. De sus cofradías, dicen que todavía continúa vigente la de la Vera Cruz. Dicen, así mismo, que ayudaron a una reina y su séquito, que se quedaron atascados en el puerto, en el lugar conocido a partir de entonces como Cuesta de la Reina, y que de similar manera a como ocurriera frente al moro, que había puesto cerco a las murallas del castillo toledano de San Servando, fueron las mujeres quienes resolvieron la situación. Que en su término, nacen los ríos Mazos e Izana y que el santo titular, aquél que brilla por encima de San Cristóbal y San Roque -titulares de sencilla ermita-, no es otro que San Juan Bautista. De su caldero histórico, pues, no hay duda que se desprende, en lo más espeso de su caldo, cierto aromilla heterodoxo, que no hace justicia, en la actualidad, a un pueblo que parece dormido sobre sí mismo, observando con parsimoniosa monotonía el ir y venir los vehículos por una carretera nacional distante trece kilómetros de Soria.
 
Cumplidas las exigencias del guión, de mis recuerdos, me quedo, Dios mediante, con el momento especial de una tarde de abril y una imagen detenida en el tiempo. Una imagen extramuros de la ciudad, que quedaba detrás, enmarcada en la resaca de unos cielos de tormenta, que horas antes habían soltado todo el agua que precede a la ventosa del viento del norte. Los prados del color de las esmeraldas que portan las casacas de los elfos; los álamos, tristes y silenciosos, llorando melancolía sobre las aguas tranquilas de una charca, apenas mecidas por un viento que parecía haberse sosegado a instancias de un invisible San Telmo. Y algo más allá, reflejados sus tejadillos de roja porcelana en el espejo transparente de las aguas, una iglesia que, aunque moderna, imitaba en su concepción la magia arqueométrica de la ilusión de los sapientes canteros medievales.

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lunes, 29 de septiembre de 2014

Villaciervitos


Decía Juan Antonio Gaya Nuño, siempre por boca de su fiel e inolvidable personajes, claro está, nuestro inmortal Santero de San Saturio, que las villas, aldeas y lugares sorianos cautivan, ante todo, y frecuentemente sin otro señuelo, por sus nombres. Lejos del espíritu sanguino del cazador -que a mí la caza, como la música militar, nunca me supo levantar-, arribar a una población con un nombre tan romántico como Villaciervitos, me produce una peculiar tormenta de sensaciones, capaz de levantar en el alma pequeños aguaceros de especulativa imaginación. Pienso, luego he de suponer que existo, que si a apenas a unos breves kilómetros, otro pueblo lleva el no menos expresivo nombre de Villaciervos -por el que pasaremos también en breve-, ambos lugares debieron de constituir para el cérvido -cuya esbeltez, agilidad y gracia parecía ejercer una poderosa fascinación sobre el hombre primitivo, a juzgar por su representatividad en numerosos grabados rupestres, incluidos los del cercano monte de Valonsadero-, santuarios idílicos o cuando menos hábitats ideales, desde tiempos inmemoriales, antes, durante y después de sus conocidas becerreás que, oportuno es decirlo, adquieren el carácter de imperiosa necesidad sobre todo ahora, en época de otoño, cuando el cambio del tiempo, la caída de la hoja y la despedida progresiva de la luz diurna invitan al recogimiento, a las tardes de sofá y al brandy solitario de la nostalgia.
 
Muchos son los otoños, por otra parte, que han hecho de ese imaginario paraíso, una Atlántida perdida para el ciervo, anegada la dulce pradera por tsunamis humanos que, a juzgar por la solitaria iglesota cuyo cuerpo, de inequívoco pedigrí románico y rural, se vislumbra en la distancia muy cerca de la carretera nacional 122 que conecta Soria con Valladolid -destino encumbrado de muchos universitarios numantinos-, y que atestigua, cuando menos, una presencia con sabor a siglos XII ó XIII, en los que el Santo Iacobus -que para eso se inventó Clavijo, para sustituir al General Invierno, que siempre se constituyó en la badana de los ejércitos invasores- se convirtió en juez y parte, firmando su adhesión a los ejércitos cristianos al célebre grito de y cierra España. Huído y consternado, pues, el morito, con el rabo entre las piernas y entonando el miserere de Inshallah o Dios lo quiere camino de Granada, esperaría con resignación la presentación de las credenciales de los más Católicos de nuestros reyes. También es probable, -que la Historia en muchas ocasiones se disfraza de eterno burlador, como nuestro clásico Don Juan-, que mucho antes de eso, cuando las espuelas morunas estaban todavía bien asentadas en el duro terruño soriano, el artista de San Baudelio pasara por aquí e imaginara algún tema sublime para sus místicas cacerías, como conocerá todo aquel que se haya pasado por su ermita en Casillas de Berlanga.
 
Suponer por suponer, lo que parece seguro es que al maestro de obras que levantó el templo de Villaciervitos, no le debía de preocupar en absoluto el árabe pues, a diferencia de aquél otro que sí lo representó en la que sospechan sea la más decana de las iglesias románicas sorianas -la de San Miguel, en San Esteban de Gormaz-, los arabismos cantan por su ausencia, independientemente de que alguien piense, a la vista de la pareja que, inusualmente situada en los canecillos del pórtico principal, comparativamente hablando pudieran hacer referencia a la becerreá prometida a los guerreros muertos, que si en occidente había valquirias, en oriente no faltaban huríes. Tal vez tanto erotismo influyera en el ánimo del anónimo magister, pues a diferencia de las habituales soserías mitológicas que parecían los cuentos de Calleja del Medievo, el erotismo aquí -eso sí, convenientemente maquillado por el paso del tiempo, que a veces parece que también comparte los martillos obispales-, parece tener más carta blanca que en la mayoría de templos similares repartidos a todo lo largo y ancho de la antigua frontera del Duero. Y ese es un detalle que, después de todo, no deja de llamar la atención. Como llama la atención, también, por su repetitividad, la representación de dobles cabezas y la práctica ausencia de arpías, centauros o sirenas, cuya visión termina cansando en el románico de los pueblos de alrededor, como Nódalo, Fuentelárbol o Nafría la Llana. Y es que quizás, el buen hombre fuera más pasional y humano que sus otros correligionarios.
 
Algo más apartadas, las casas del pueblo también llaman la atención por su peculiar arquitectura de casas alargadas, plurifamiliares donde en el seno de la familia el animal también tenía cabida, de techos inclinados, moteados de teja y las familiares chimeneas celtíberas, cuyos afilados picos resultaban, a la vez, perfectos malleus maleficarum para las posaderas de las impenitentes brujas.
 
Dicho sea todo, con el máximo de los respetos y con la única y sana intención de presentar un hermoso pueblo cercano a la capital, con una arquitectura digna de admirarse y una curiosa iglesia románica que merece la pena visitar.

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domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cuenca, un pueblo con encanto y una iglesia con misterio


De La Cuenca, me llamó la atención ese aspecto, posiblemente más propio de un pueblo serrano -macizo, henchido de tosca piedra, quizás como aquellos que el tiempo ha ido machacando en el mortero de las olvidadas soledades pelendonas cercanas a San Pedro Manrique, Magaña o Castilfrío-, que no el de un feliz asentamiento en un valle más o menos profundo, acariciado con nostalgia por vientos decididamente más cálidos y favorables. Cercana a la capital, de la que dista apenas una insignificante distancia de una decena de kilómetros, su ámbito situacional queda dentro de la influencia de una virgen de la leche, sambernardina, posiblemente tostada por el sol en origen y sin duda oficiosa en el antiguo arte de la alquimia, que no dejando que la movieran de su sitio -de ahí su nombre, según refiere la leyenda, Hinodejo-, consintió, no obstante hay que suponer que de buen grado, ser expuesta en la concatedral de San Pedro -no lejos de donde se custodia el cráneo bafomético de San Saturio-, durante la celebración de las pasadas Edades del Hombre. Hace ya algunos meses que visité el lugar -¿como un árbol que da las flores de la melancolía, aplicando la definición de Álvaro Cunqueiro en relación a ese accidente de la Creación, que es el hombre?-, y quizás mis recuerdos sufran esa artrosis con la que las Musas suelen castigar a los imprudentes que no siguen sus sabios consejos en los escasos momentos en los que, veletas como cinta al viento, revolotean casualmente cerca del corazón para susurrar lecciones magistrales en unos oídos generalmente sordos a los consejos; pero aplicando al recuerdo la técnica del buen cubero, creo recordar que después de la tormenta que me sorprendió desnudando canecillos en la sanmiguelina y románica iglesia de Nódalo, el Sol se confabuló triunfante -quizás no luciendo los treinta y dos rayos que, según las malas lenguas masónicas, representaría el emblema del Rey Pescador-, pero sí los suficientes, como para engañar a los sentidos, proporcionando unos tonos dorados y rosas que, recurriendo de nuevo al Maestro Cunqueiro, no son otra cosa que el polvillo que se desprende cuando Dios se sacude sus manos creadoras.
Humanas, pero sin duda creadoras también, las manos canteras que elevaron casas, casonas y casucas utilizando el método babilonio escalonado de los zigurats para burlar la aspereza obstinada de la viga maestra del insalvable promontorio, pusieron en su empeño artesanía y tradición; hasta el punto de que, si bien la forma de sus picudas chimeneas recuerda esa inolvidable herencia celtíbera, el malicioso gato negro que súbitamente se cuela de rondón hasta en los más sanos pensamientos, me seduce con dardos envenenados de superstición, y pienso en ese remedio, quizás bárbaro pero seguramente eficaz, dispuesto como un ariete contra el trasero de las brujas pertinaces que utilizaban ese aparente punto débil para colarse subrepticiamente en los hogares cristianos. Espantado el gato, que no por negro ha de ser siempre necesariamente malo, no es de extrañar que tal detalle, unido a ese color bermellón de unas tejas de arcilla cocida al amor de un horno de los de siempre; la cal en las paredes, que inmacula las bellezas del tiempo pasado, a las que el poeta Villon llamaba nieves; los cercados habilidosos, donde hasta el chinarro más pequeño tiene sitio y razón; las estrechas callejuelas, especialmente diseñadas para que las comadres cuchicheen de ventana en ventana; las luces mortecinas de los farolillos por los que antaño paseaba esa gente de paz haciendo la ronda; los cables del tendido eléctrico, combados hacia abajo por el peso inevitable de ligúricos grajos invisibles o el perro descansando en el umbral, fueran motivos suficientes para que Roberto Lázaro, director de cine, rodara en tan inmejorable escenario, según exponen con orgullo los vecinos de La Cuenca, una película que fue galardonada como el mejor cortometraje de ficción en la IX Edición de los Premios Goya, celebrada en 1997: 'La Viga'.


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Por otra parte, y como no podía ser de otra forma, la iglesuca, silenciosas sus campanas en vísperas de misa, domina el pueblo desde las alturas, que por algo Iglesia y Estado ocuparon siempre -de hecho, por derecho y cohecho-, los domos más elevados de la miserable pirámide social. De tiempos gloriosos y hazañas de conquista y reconquista en las fronteras del Duero, conserva buena parte de su carácter románico original, añadido su robusto aspecto de iglesia-fortaleza, tipo y detalle de los que la provincia conserva no pocos e interesantes ejemplares. Una valla encalada de blanco y vigas de madera soportando el porche, rodea un recinto al que se accede por una pequeña scala Dei conformada por siete escalones de piedra y forma semicircular. De las referencias ornamentales de su portada, cabe destacar la inclusión de aros olímpicos, flores de lis y esas mitológicas, colquianas arpías, acreedoras en su fealdad a los vicios y pecados, que parecen esculpidas por las manos del mismo Jasón que ejerció su actividad por los pueblos de alrededor. No hay marcas canteriles que reseñar, salvo un intento tímido de emular un símbolo del infinito, allá, en la jamba derecha o quizás una intención frustrada de acusar de participación al sastre cofrade o aludir a los caminos con el símil de los famosos zapatitos.
Llama la atención la presencia allí, en el ábside o cabecera, de uno de los farolillos a los que se aludía anteriormente al hablar de las calles del pueblo. Pero sin duda, el factor más reseñable, aquél que envuelve el alma de congoja y melancolía, es la inclusión de varios canecillos utilizados como relleno sin sentido ni discreción. Como se preguntaba Villon: ¿dónde están las nieves de antaño?.

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lunes, 4 de agosto de 2014

Villálvaro: la ermita de la Virgen de Lagunas


Es Soria una provincia relativamente pequeña, detalle que no impide, sin embargo, que posea, paradójicamente, una gran capacidad para agradar y sorprender. Una buena prueba de ello, son esos pequeños pero a la vez agradables imprevistos, que lejos de reseñarse -quizás como deberían- en las atracciones recomendadas en las principales rutas turístico-culturales, se encuentra uno casi de sopetón, hecho que suele suceder, generalmente, cuando se pierde el miedo y se deja que sea precisamente el azar, o la casualidad o la causalidad -que cada uno se sirva la porción del postre que más le agrade o le llene-, el mejor aliado de la aventura.
 
Villálvaro, es una pequeña población que se encuentra en las inmediaciones de San Esteban de Gormaz, Rejas de San Esteban y otro pequeño pero no menos curioso lugar, llamado Matanza de Soria, que se piensa que debe su nombre a una cruenta batalla medieval y la instalación en el lugar de los numerosos heridos y en cuya iglesia, muy modificada, se descubrieron hace algunos años unos curiosos grafitis, que en algún caso ponen los pelos de punta. Curiosamente, las guías de románico de la provincia, apenas hacen mención a Villálvaro, si no es para referirse al escaso románico que queda en una sencilla iglesita, que actualmente hace las funciones de capilla de cementerio. Ahora bien, apenas uno entra en el pueblo -si se viene de San Esteban de Gormaz en dirección a Matanza-, verá a la derecha, un pequeño caminillo rural, que se pierde en el infinito de unos campos, en los que se alterna, es de suponer que por necesidad más que por capricho, el barbecho y lo labrado y donde algunos arbolillos apenas pueden proporcionar un poco de sombra cuando el sol induce espejismos en las pestañas y grillos y cigarras esperan al fresco de la tarde para dedicar los mariachis al cortejo.
 
Pues bien, apenas a uno o como máximo a dos kilómetros de camino -que el ojo de buen cubero, sigue siendo maestrillo cuando se viaja ajeno a engorrosos utensilios-, en la distancia ya se aprecia, engañoso en la delicada belleza de su cabecera, un prometedor templuco, que parece haber brotado, como rastrojo a su capricho, en mitad de ninguna parte, como fama tienen algunos campos de Soria -pongamos como ejemplo, a Pedro y Barahona-, de hundirse sin motivo aparente, dejando unos agujeros tan perfectos, de los que las malas lenguas -o quizás sean buenas, pero a la vez supersticiosas-, dicen que se asoma el airado dios Airón a respirar. Se trata de la ermita de la Virgen de Lagunas. El nombre, de por sí, ya debería llamarnos la atención, induciéndonos a suponer que quizás antaño, como sucedió en Conquezuela, hubo alguna laguna en los alrededores, que fue desecada para convertirla en campo de labor. Y a juzgar por la excelente planta y aún los escasos detalles, tal vez, sólo digo tal vez, que especulando también se hace camino, hubiera en tiempos, quién sabe si medievales, algún poblado del que ya no queda constancia, aunque las fuentes situadas a pie de ermita, hablan de un lugar llamado precisamente así, Laguna, que figura ya como despoblado en el siglo XVI, y al que también se identifica con aquélla al-Buhayra de las fuentes árabes donde tuvo lugar la novena campaña de Almanzor en el año 980.
 
Otro de los detalles que sorprende, a los que desde luego ayuda una remodelación que la ha dejado el aspecto de chalet suizo, como consta la exclamación de sorpresa proferida por el excelente compañero de viaje, Maese Alkaest -no miento, tampoco, si digo que a pie de ábside, tuve la fortuna de poder hablar también con Maese Syr, que desgraciadamente no pudo acompañarnos en esta aventura, como estaba previsto-, es un acortamiento longitudinal de la nave, cuyos motivos siguen siendo un completo enigma, aunque he de pedir perdón, pues mi primer pensamiento, fue que la mitad del templo había sido reaprovechado, como de hecho ha sucedido en muchos otros lugares, y que muchos de sus formidables sillares andarían huérfanos por casas y vallados de los pueblos de alrededor. Vuelvo a pedir perdón, aunque también es cierto que, como dice el refrán, piensa mal y acertarás.
 
De la parte ornamental que sobrevive, no mucha, también es cierto, llaman la atención algunos detalles de su portada, curiosamente situada al noroeste -ésta sí que se expolió, allí mismo lo dice-, como el ajedrezado de tipo jaqués, flores cuatrifolias inmersas en círculos y curiosos entrelazados de tipo celta. Esos mismos entrelazados, se repiten en las bases superiores de los inexistentes capiteles de la ventana absidal.
 
De cualquier manera, tanto el lugar como la ermita, siquiera sea por su singular curiosidad, sí que merecerían figurar en esas guías y rutas románicas que tan bien se encargan de mostrar otros lugares más o menos heridos de alrededor.

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lunes, 28 de julio de 2014

Señuela se lava la cara


Hace algo más de una semana, algunos medios informativos -entre ellos El Mundo-Diario de Soria, de fecha 13 de julio-, se hacían eco de la finalización de los trabajos de restauración de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en Señuela, aprovechando, de paso, para reseñar las inversiones que se vienen realizando dentro de los acuerdos alcanzados en 1996 por la Diputación y el Obispado de Osma-Soria, con vistas a la restauración de algunos templos de la provincia. Como fruto de los referidos acuerdos, la iglesia de Señuela se ha visto favorecida por la reparación de la torre medieval -una auténtica joya, tanto por dentro como por fuera-, la cubierta y los muros, así como la provisión de pararrayos y la instalación de alarma, inversión y detalles con los que me congratulo plenamente, en base, sobre todo, a los vínculos de amistad que me unen con el lugar.
 
Así mismo, en base a ellos, lamento que en esos medios no se amplíen las noticias, y se mencione, siquiera de pasada, que Señuela lleva tiempo procediendo a un espectacular lavado de cara, en la que los esfuerzos de la Asociación de Amigos de Señuela, de los propios vecinos, así como la de los agregados de otros pueblos y lugares están consiguiendo que este pueblo, situado en las proximidades de Almazán y perteneciente al municipio de Morón de Almazán, comience a tener un aspecto saludable, surgiendo, como un moderno Ave Fénix del ostracismo y el olvido al que se ha visto sometido durante los últimos años. No sólo la remodelación de muchas de las antiguas casas, sino también el asfaltado de algunas de sus calles, su Club Social y su apenas recién estrenado frontón, auguran un prometedor futuro de para Señuela, que hace algún tiempo recuperó, también, parte de sus edificios tradicionales más carismáticos, como son la fragua y el horno de pan.
 
Todo un ejemplo y un motivo de alegría, en una provincia que, después de todo, contiene en su haber un elevado número de despoblados, problema en el que deberían de fijarse, quizás un poco más, los esfuerzos de la Diputación y los medios periodísticos, pues en el fondo, iglesias y pueblos no forman, sino, un conjunto indivisible.

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