lunes, 13 de mayo de 2013

...y otra de arena: el repoblado de Valdelavilla


'¿Nací alguna vez en estos jardines colgados fuera del tiempo?'
[Fernando Sánchez Dragó (1)]

Si tuviera que definirme, mas que por la arena, sugeriría, sin duda como mas apropiada, la comparación con la mitológica Ave Fénix, pues, al contrario de lo sucedido en Torretarrancho, no es por exceso de orgullo que puedo afirmar bien alto -y de hecho, lo afirmo- que el destino me tenía reservado renacer de mis cenizas. De mis orígenes, puedo suponer que también una vez fui ayo -cuando no encubridor, dada la situación de recogimiento y la profundidad a la que me encuentro- de aguerridos pelendones que dominaron estas duras e infinitas serranías, inmolándose con orgullo en el sitio de Numancia -si tal cosa es posible- antes de perder el más preciado de sus bienes: la Libertad. No recuerdo mucho de otros periodos históricos de conquista y dominación; pero sé que, una vez conquistados estos territorios a los musulmanes, fui repoblado por gentes de la cruz, que avanzaban incontenibles hacia el sur, en aquélla cruzada que denominaban Reconquista. Hablo, por tanto, de los siglos XI y XII, que ofrecen, cuando menos y como tarjeta de presentación, un pedigrí de notable antigüedad. Con posterioridad, sé, por una ejecutoria fechada en 1550 -por entonces, era rey el todopoderoso Felipe II- que ya existía como Concejo de Valdelavilla. Doscientos años más tarde -año más, año menos, que tanto da- y según atestigua el Marqués de la Ensenada, fui tres personas en una: villa, aldea y jurisdicción. Jurisdicción de San Pedro Manrique -hasta aquí llegaba el olor de las hogueras en la noche de San Juan- aunque perteneciendo, Dios mediante, al Excelentísimo Señor Duque de Arcos. Por entonces -continúo parafraseando al Señor Marqués- la población se componía, aproximadamente, de algo más de una docena de vecinos, entre pastores y agricultores. Población que hacia los años cincuenta del siglo XX, apenas consistía en unas veinte familias, cuyos vástagos, heridos por esos curiosos deseos de futuro y prosperidad con que los Dioses -según Homero- tientan a los hombres a través del cuerno de marfil de los sueños, consiguieron que las migraciones se fueran sucediendo. Bien que lo sabe Nª Sª de la Antigua, cuya imagen románica -siempre me he preguntado si, como dice la tradición, fue tallada también por el mismísimo San Lucas- vela las soledades del museo catedralicio de la catedral de El Burgo de Osma. Porque ese fue también su destino, cuando, hacia 1968, las carrascas del camino dijeron adiós a los últimos vecinos. La soledad que vino a continuación, me resulta un recuerdo tan doloroso, como una puñalada en el bajo vientre. El ayo que había visto nacer a infinidad de generaciones, era juez y parte de un geriátrico histórico marcado por el olvido y el abandono. Ventiscas en invierno, lluvias en primavera y otoño y calor insoportable de cantos de cigarra, hendieron como martillo de Dios los tejados, cuyas vigas fueron cediendo, llevándose tras de sí las piedras que hacían robustas y gallardas unas fachadas que habían resistido con orgullo el paso de los siglos. Mi memoria, a partir de aquí, se congeló.
No me pregunten cómo ni por qué. Tan sólo sé, que después de un sueño prolongado, desperté con la cara tan limpia como la luna en su fase llena. Tardé algún tiempo en resolver el terrible enigma existencial referente a si estaba teniendo la mayor de las alucinaciones, o por el contrario, acababa de despertar al más maravilloso de los sueños. No reconocía muchas de las caras que veía, desde luego, pero el pueblo tenía lustre. Los escombros, libres de las zarzas y los nidos de lagartija, habían hecho bueno el principio universal de la energía: nada se destruye, tan sólo se transforma. Y ya lo creo que se había transformado. El pueblo, lamidas su viejas heridas y engalanado de etiqueta, se había convertido en un complejo turístico rural. Un lugar donde la vida llamaba a la vida, con los mejores ingredientes con que se pueda soñar: naturaleza, descaso y paz. Cierto, repito, que las caras no eran las mismas, aunque en algunas observaba cierta familiaridad y que algunas voces se elevaban en idiomas extranjeros, de los que luego supe, eran cursos intensivos de inglés. Cierto, también, que los carteles no eran los mismos, pero ¡qué demonios!, que orgulloso me sentí cuando vi aquél que, aunque sencillo, como la vida misma, decía:
 
'Salen de su cautiverio, viejas campanas calladas y abren sus puertas cerradas, la iglesia y el cementerio. Se llevó el viento el misterio de la triste pesadilla, con verdes prados desiertos y de una nueva semilla. Sin olvidar a sus muertos, renace Valdelavilla' (2).
 
Que venga alguien y lo supere.


video

(1) Fernando Sánchez Dragó: 'El camino del corazón', Editorial Planeta, S.A., 10ª edición, mayo de 1991, página 179.
(2) L. Arevaco. Hay también otro, de Artemio del Valle, que dice: 'Era un pueblo apacible, silencioso, lleno de dulce paz'.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Una de cal: el despoblado de Torretarrancho...


'Mi alma es un carrousel vacío en el crepúsculo...'
[Pablo Neruda]

Dicen que la memoria es un cáncer que afecta a los pueblos, cuando sus habitantes se alejan para siempre con la intención de buscar fortuna en otro lugar. Tal vez por eso, yo me sienta irremediablemente enfermo y mis recuerdos sean como una ciénaga profunda, difícil cuando no imposible de vadear. Sé que tuve nombre; y que éste, durante generaciones, figuró con gallardía en las partidas de nacimiento. También lo hizo, por desgracia, en las partidas de defunción. Curiosamente, ahora que lo pienso, no sabría decir en qué lugar de mi solitario terruño, estaba el cementerio. Quizás no lo hubiera, y mis amados vecinos volvieran a la tierra en el sacrosanto suelo de un pueblo más grande. Puede que las cruces se las haya llevado el viento, como el campanillo de la vieja iglesia de San Miguel –las lenguas, buenas o malas, dicen que se conserva en la iglesia de Valtajeros, así como una representación de la Virgen del Castellar- y que la mortaja de hierba, que este año ha brotado con fuerza inusual, haya arropado con amor unas sepulturas hace tiempo acostumbradas al anonimato. De cualquier manera, qué gran verdad es aquél refrán tan humano que hace hincapié en la Sabiduría de la Naturaleza. Me pregunto, si dentro de esa sabiduría no habrá también un sutil despliegue de poesía. Tal vez por eso, haya querido que una planta naciera precisamente, en el vano desnudo de una ventanuca, cerca del pequeño retablo donde antes los niños acudían cantando, precisamente en este mes de mayo, con flores a María. Es desde esta ventana, curiosamente, donde se tiene una excelente panorámica del majestuoso Moncayo. Tan fantástica, añadiría sin un ápice de vergüenza, que en los días claros y soleados, su visión semeja un auténtico espejismo. Puede que sea un efecto óptico ocasionado por la nieve que se acumula en su jupiteriana cima. Allá donde dicen también las lenguas, buenas o malas pero lenguas al fin y al cabo, que los romanos elevaron un altar a su dios supremo. Me pregunto, entonces, si la situación de la iglesia y su advocación al arcángel guerrero no sería, al fin y al cabo, una especie de puesto de vigilancia ante el temor al resurgimiento de los antiguos paganismos.
No deja de ser curioso, por otra parte, el detalle de esa intermitencia en los recuerdos, a medida que uno se va animando a hablar. Cualquiera diría, que después de todo, los recuerdos son algo así como aves migratorias que se marchan lejos cuando el verano toca a su fin y regresan otra vez con inesperada alegría en primavera. Hablando de ellas, supongo que son infinitas las primaveras que han transcurrido desde los orígenes de lo que fue mi primer asentamiento, allá, en la parte superior de un cerro que ahora llaman El Castellar. He de suponer, por ello, que fui algo así como un ayo de valerosos celtíberos, seguramente de aquellos mismos que nutrieron con su sangre el derecho a la libertad en el sitio de Numancia. Más cercano en el tiempo, pero quizás no lo suficiente como para que el cáncer que corroe mi memoria no sufra alguna recaída, creo que mi nombre era algo así como Torre Tarrancio. Por entonces, recuerdo que apenas me consolaba con once vecinos -seis o siete pastores, tres labradores y un carpintero-, que dependían del duque de Alba, al que pagaban religiosamente las rentas, y a la jurisdicción de Suellacabras, donde había un cenobio dedicado a un curioso santo, cuyo nombre, ya de por sí, despedía un ligero tufillo a heterodoxia: San Caprasio.
Si bien hasta el siglo XX sobreviví a numerosas catástrofes, no recuerdo ninguna tan fatal como aquélla, acaecida en los años sesenta, en que el último morador del pueblo, aquél que se alimentaba de los gorriones que emborrachaba añadiendo aguardiente a las migajas de pan -según refiere el escritor soriano Avelino Hernández (1), desapareció misteriosamente, como los demás, y nunca más volvieron por aquí. A veces, el viento, inseparable compañero, me trae el eco lejano de los bramidos de los rebaños de ovejas y sollozo recordando el paso alegre de los rebaños, pues si algo no he olvidado, es que en estas Tierras Altas en las que apenas soy un recuerdo, las merinas, pura raza, hicieron Historia.
Hasta entonces, fui el pueblo de Torretarrancho. Ahora, sólo soy el fantasma de otro despoblado más. O quizás, como dijo el gran poeta chileno, mi alma sólo sea un carrousel vacío en el crepúsculo... 


 
(1) Avelino Hernández: La Sierra del Alba.

viernes, 3 de mayo de 2013

Revisitando el claustro románico de la concatedral de San Pedro


Sorprende pensar, que los primeros orígenes de este representativo monumento histórico-artístico, se remonten, según algunas fuentes que se reparten en la propia concatedral, al año 1118, fecha en la que, en Tierra Santa, se concibió un proyecto religioso-militar, cuya historia continúa atrayendo la atención de un mundo todavía ávido de respuestas imposibles hacia los grandes misterios de todos los tiempos: la creación de la Orden del Temple. Pobres y poco conocidos, como suelen ser, generalmente, todos los inicios que se remontan milenios en el tiempo, se supone que los orígenes de la actual concatedral, se constituyeron alrededor de una humilde ermita dedicada a la figura de San Pedro, el guardián de la Llave, figura a la que, vaya Vd a saber por qué, los gremios compañeriles no hicieron santo patrón de las canteras de las que se nutrían, para hacer Arte de su esfuerzo y su sudor. Y no obstante, a juzgar por los restos de aspecto prerrománico que aún pueden observarse, quizás hubiera que plantearse la posibilidad de que dichos orígenes fueran incluso mucho más antiguos de lo que generalmente se cree. Quizás fuera por lo que, a juzgar por estos datos relativos, casuales e insignificantes, así como por las innumerables huellas dejadas en su maravilloso claustro románico, o quizás por una mala jugada de las Musas, escritores de talla y sorianos por derecho de nacimiento, como Fernando Sánchez Dragó, hicieran, en una de sus obras más atrayentes y fascinantes (1), mención a la templariedad de cierta ermita de San Pedro, situada a los pies del celebrado Monte de las Ánimas (2).
Cabría pensar, que con tal descripción, pudiera haberse referido a un lugar no menos emblemático, mágico sin duda alguna y ejemplo merecido de belleza y perfección, como es el monasterio de San Juan de Duero, del que se sabe, que perteneció a la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Pero no se entiende tal confusión, a no ser que se dejara llevar por la irresistible atracción de las leyendas de Bécquer. O quién sabe, hipotetizando con la idea de que, de una manera subjetiva –en ningún momento, se me ocurriría poner en duda la inteligencia y la asombrosa capacidad intelectual de una persona a la que admiro en su faceta de escritor- pretendió hacer un guiño a este templo que, con las sucesivas modificaciones y ampliaciones que se acometieron a lo largo del tiempo, hicieron de él la actual concatedral.
Sea como sea, y lejos de enfatizar una cuestión que me temo, pocos investigadores tienen en cuenta –de hecho, Soria tiene los suficientes lugares templarios y también las suficientes confusiones como para no pretender marear más la perdiz- es un hecho remarcable –y con esto, voy finalizando esta soberana especulación- que el lugar fue repoblado por el rey aragonés Alfonso I el Batallador, soberano de gran carisma y alma de cruzado, en cuyo testamento –Historia pura y dura- donaba prácticamente sus reinos y territorios, a las órdenes militares, principalmente al Temple y el Hospital.
Tampoco tiene nada de particular, decir que en los sillares del claustro románico, se siguen viendo, marcados profundamente en el alma de la piedra, numerosos símbolos –incluidas las más comunes de las cruces utilizadas por los Pauperi Christi, el modelo patado- que destilan cierta heterodoxia y que llaman poderosamente la atención. Símbolos y señales mudas –ajenas a las especulaciones de generaciones de personas que las contemplan, responsables de su propio misterio- que se pueden encontrar, también, en los claustros de otros lugares relevantes de culto, como, por ejemplo, el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campóo, Palencia.
Ignoro cuántas veces he estado en este lugar, pero sí sé que en cada nueva visita, extraños pensamientos acuden a mi mente. Pensamientos que, erradas o no las conclusiones que generen, están motivados por nuevas visiones, nuevos descubrimientos –por ejemplo, ese imponente capitel que juzgo más en consonancia con la idea de la Diosa Madre, que de la lujuria que generalmente quieren hacernos creer; o el recuerdo de las manos de ese ángel, cuyas desproporcionadas dimensiones recuerdan similar costumbre entre la imaginería cátara- que alteran las sensaciones y animan no sólo a disfrutar de la belleza implícita, sino también a soñar con la magia de los dobles sentidos, a los que tanto se prestaban los canteros medievales y quizás, también, por qué no decirlo, a ver fantásticas posibilidades en un lugar donde, después de todo, el mensaje burlón e iniciático de éstos sea tan claro, que no sería descabellado sopesar la posibilidad de ponerse gafas en el alma, para poder leerlo con toda tranquilidad.
Simplemente, una pequeña reflexión que se me ocurrió revistando el claustro románico de la concatedral de San Pedro.



(1) La obra en cuestión, no es otra que ‘Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España’, edición Círculo de Lectores, 1983.
(2) La referencia se puede localizar en el Tomo I de la edición anteriormente consignada, páginas 404-405.

miércoles, 17 de abril de 2013

Recordando la Soria celtíbera y numantina


'Los recuerdos de mi vida se han convertido en joyas para mí; los extraigo de las profundidades acuosas del pasado cuando suena la hora de contemplarlos y he encontrado para escribirlos una mano que me muestra docilidad...' (1)
 
Recuerdo con especial afectuosidad este libro. La primera página, todavía conserva, escrito a bolígrafo, el lugar y la fecha en que lo compré: Soria, 1 de julio de 1987. Era una costumbre que tenía por entonces -a falta de ex libris- pensando que al hacerlo, el libro quedaría definitivamente revalorizado con la magia del día y el lugar, aumentando, cuando menos, su valor afectivo. Recuerdo, también, que fue antes de retirarnos -iba con mi tío- al embalse de la Cuerda del Pozo, donde permanecimos una semana haciendo vida contemplativa en un lugar apartado y tranquilo, situado enfrente de la Playa de Pita. Había algunos árboles muy cerca de donde plantamos la tienda de campaña, pero por alguna extraña circunstancia que ni yo mismo sabría explicar, siempre apoyaba la espalda sobre el tronco de un viejo pino, cuya estampa desgarbada, mohína y melancólica me recordaba -no me preguntéis por qué- a ese intrépido cuerdo de los caminos, que un día abandonó hacienda y comodidad, para partir en busca de la utopía idealística de un mundo perdido: don Quijote de la Mancha. Como éste, los personajes de Meyrink me llamaban mucho la atención porque, independientemente de la aséptica faceta de anti-héroes impuesta por el autor -considerado potencialmente peligroso por el Nazismo, y perseguido por la Gestapo, además por ser judío- la vida -o mejor dicho, la trama de la novela, que después de todo, no deja de ser su propia esencia, o mejor aún, su alma- les compensaba, sine quanum, dotándoles de la singular capacidad de ver la realidad.
La realidad, que es tan aparente y relativa, como ya demostrara otro genio de origen judío, llamado Albert Einstein a principios del siglo XX, resulta -bajo mi punto de vista, que no tiene por qué ser necesariamente compartido- que con relación a Soria, se puede decir que es relativamente celtíbera por los cuatro costados: celtíbera es la sangre que corre todavía por sus venas; celtíberos son sus recuerdos más lejanos y aún celtíbera todavía, es la pervivencia de sus más celebradas tradiciones. Numantino, pues, es el nombre que lleva su Museo principal y en sus asépticas salas, la impresión del visitante hace suya la enigmática frase del filósofo francés Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en este. Es cierto. Cuando uno comienza la visita, se encuentra con retazos de mundos paleolíticos, apenas separados unas vitrinas -en realidad, e insisto en la palabra, un abismo temporal- de otros mundos neolíticos, que a su vez, vitrinas y salas más adelante, traspasan la caja mágica del tiempo y se adentran en mundos de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. Y estos, siguiendo la cadena en la que siempre hay un resquicio por el que se cuelan enigmáticos eslabones perdidos, van a desembocar a otras salas y otras vitrinas, donde restos de mundos romanos, visigodos y románicos -curiosamente, poco árabe- entran en colisión -como diría Emmanuel Velikovsky-, con ese mimado reojo a la cultura celtíbera, que rinde homenaje, particularmente, a las glorias fragmentarias de la vieja y sufrida Numancia, cuyos restos se localizan tan sólo a siete u ocho kilómetros escasos de la capital.
Llama la atención, la delicadeza con la que exponen la reproducción de una casa celtíbera numantina, triskel para conjurar la buena suerte y esconjurar a los malos espíritus incluido, así como la representación de una pira funeraria -similar a las que todas las noches de San Juan se encienden en las pelendonas tierras altas donde destaca el pueblo de San Pedro Manrique-, así como la choza y los utensilios del herrero, ser especial, adepto de Vulcano y su fragua que, entre otras cosas, era temido y respetado por su gran conocimiento del fuego y sus secretos. Me pareció lógico, pues si los del Museo Arqueológico Nacional no pudieron traerse al centro de Madrid la cueva de Altamira y se conformaron con una réplica -a Dios gracias- por Cennunos, que en cumplimentar debidamente a Numancia, Soria no iba a ser menos. Son detalles que agradan y hasta ayudan, haciendo que una vocecilla maliciosa penetre hasta lo más hondo del cerebro, y dándole un empujoncillo a la imaginación, la diga: adelante, lánzate en picado y disfruta de la experiencia. Y ésta, la experiencia, comienza, precisamente, a dejarse llevar por los detalles, hasta el punto de que, mareada de tantos como va observando, llega un momento en el que contrita se pregunta: en realidad, ¿qué es lo que ha cambiado?. Porque allí, grabados en las desconchadas vasijas, en los refinados platos o en los artísticos vasos y jarras, ve los mismos símbolos que ha captado la atención del hombre a través de los tiempos y las culturas. Ve las cruces -independientemente de su forma de esvástica, tanto destrógira como levógira- y sus familiares formas, tan familiares, que todavía siguen en vigor en los templos cristianos; ve los peces, incluso en número de tres, como exactamente igual, alguien representó en el vano sobre el que se sostiene una pequeña pila de agua bendita que se encuentra en el interior de la iglesia románica de Santo Domingo. Ve laberintos y espirales, que sobrevivieron al tiempo para continuar siendo símbolos de conocimiento y maestría adoptados por los canteros medievales que dotaron de belleza y perfección a la piedra. Ve un jinete cabalgando dos caballos, como milenios después, invertido el protagonismo, era un caballo el que soportaba el peso de dos jinetes. Ve la fuerza y la expresividad del toro, como la sigue viendo el torero que todavía hoy se planta delante de él, llamándole con su capote. Ve al domador de caballos, educando a un animal que ya nace, de por sí, con el don de necesitar poca educación, porque inteligencia y elegancia son sus cualidades principales...
En fin, recuerdos que son joyas -como dice Meyrink- y mano que es dócil a la hora de escribirlos. En realidad, la última vez que visité el Museo Numantino, tan sólo estaba haciendo tiempo.


(1) Gustav Meyrink: 'El dominico blanco: diario de un hombre invisible', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, marzo de 1987, página 39.

miércoles, 10 de abril de 2013

Paseando por la ribera de los poetas


Muchos poetas lo alabaron. Algunos, incluso lo despidieron, lamentándose de que ya nadie a acompañarle baja ni se detiene a oír su eterna estrofa de agua (1). Otros, tanto o más melancólicos, lo acompañaron un trecho por su ribera, soñando bucólicos con iniciales que son nombres de enamorados, números que son fechas (2). Y aún hubo quien, cortejado por la Musa inquieta, supo arrancarle un rayo de luna (3), que por la noche se transformaba en una dona del auga, como dirían en esas tierras celtas del Norte, donde todavía la magia forma parte de la vida cotidiana. Fue el mismo poeta que, alejándose algunos metros de su cantarina orilla, imaginó una cruenta historia de fantasmas para conmemorar el Sammain celta bajo la piadosa forma de la noche de Todos los Santos. Es Júpiter, el Padre Duero; aquél, cuya sabia canción, posiblemente inspiró también a los alarifes mudéjares que soñaron unos arcos, a golpes de escuadra y cincel, que imitaban la magia de Dios. Y quizás también a aquéllos otros, que mirándose en el espejo celestial que son sus aguas, levantaran las antiguas murallas de la ciudad. Y al pontífice desconocido pero sabio, que dotó de ojos a su puente. Ojos que el río, al pasar, convertía en círculos perfectos que hacían buena la vieja conseja de Hermes Trismegisto, o el Tres Veces Grande, referida a que, igual que arriba es abajo. Y por encima de las murallas, la iglesia de la Virgen del Mirón, cuya imagen milagrera encontraron unos bueyes que se negaron a arrastrar el arado de un humilde labrador. Ribera de monjes, guerreros y labradores; de eremitas y santones; de despedida de Sanjuanes; de recuerdos y añoranzas; de un te quiero y un adiós, contenidos todos ellos en esos frágiles barquitos de papel, que son nuestros recuerdos, y que se lleva el río para jamás volver.


(1) Gerardo Diego.
(2) Antonio Machado.
(3) Gustavo Adolfo Bécquer.

martes, 26 de marzo de 2013

Recordando a un personaje entrañable: el Santero de San Saturio


 


Dicen que regresar es recordar. El pasado fin de semana, regresé a Soria. Y al acudir, por enésima vez a San Saturio, me encontré con la grata sorpresa de ver que, aunque de ficción, el entrañable personaje de Gaya Nuño, nuestro inmortal santero, había regresado. Créase o no, tuve una extraña sensación, viendo la humildad en la que vivía -un triste catre, unos raídos pantalones, un orinal y un ventanuco con el que solazar los ojos viendo pasar al nostálgico Duero- llegué a sentirme estúpidamente rico, no obstante mi arrastrada pobreza de nacimiento. Y en el fondo, puestos a pensar en ello, cuando la Parca nos alcance, ¿qué equipaje podemos llevar?.
Esto no es una entrada al uso, sino un sencillo, pequeño homenaje a un gran escritor soriano, como fue Juan Antonio Gaya Nuño y al más universal de los celtíberos: el Santero de San Saturio. Nadie mejor que ellos, para descubrir Soria y su provincia. 

 
'Llegué a Soria en octubre, el mes del Santo y del Otoño, el mes que separa la estación veraniega de los tremendos, largos, aburridos días de invierno. Es un mes plácido, fresquillo, plateado, que se divierte aproximando las sierras a la ciudad. Durante sus días, todo se torna recogido y sosegado y la  corrida de toros, en las fiestas del Patrón, si mucho más aburrida, queda también más formal que las capeas solanescas de junio, cuando San Juan. Los catedráticos poetas que abrillantaron esta tierra cruda y medieval -Antonio Machado y Gerardo Diego-, llegaban en parecidas fechas desde lejanas latitudes a encargarse de sus cursos; y, por eso, hallaban una Soria tan justa, tan "total, precisa y exacta"'.


'Yo estaba borracho de alegría. Acabé de colocar mis trastos, encendí una fogata de retamas, de la abundante provisión dejada por el anterior santero, y me dediqué a recorrer mis pertenencias. No pasé del salón, porque abrí una ventana y respiré muchas veces. El Duero venía de la sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológicas, y en él se reflejaban, con su exacto matiz e plata, los hitos de la chopera...'.


'Tuve tiempo, mientras el fuego hacía chascar las ramas, para pensar otra vez en el Duero, en Soria, en los sorianos buenos y en los sorianos malos. Eran cerca de las diez. ¡Toma!, ¡a esta hora radian las noticias!. Pero no me importaban los senadores americanos que quieren lanzar bombas, ni me importaba la guerra de Corea. Yo era feliz, porque estaba muy cerca del Padre y Dios Duero, en la ermita de San Saturio' (1).
 

(1) Juan Antonio Gaya Nuño: 'El Santero de San Saturio', Editorial España Calpe, Colección Austral, 4ª edición, 1999.

lunes, 4 de marzo de 2013

En la noche de los tiempos: Conquezuela


'¡Salud y viva Soria libre, mágica y templaria!' (1)

A pesar de las modificaciones sufridas en el entorno a lo largo de los diferentes periodos históricos, hay lugares en los que todavía, al cabo de los milenios, alienta el Espíritu. Un Espíritu viejo, antiguo, ancestral, resultado de un amanecer que se remonta a la noche de los tiempos. A esa noche larga, lejana y oscura, que produce vértigo a los historiadores y provoca sueños cosmogónicos en la imaginación de los románticos. Uno de tales lugares, qué duda cabe, es Conquezuela y su entorno.
Situado a escasa distancia de Medinaceli, es uno de los lugares más interesantes, desconcertantes, primigenios y mágicos de la provincia. Para algunos investigadores -y me abstengo de citar nombres, obviando, siquiera por ésta vez, aquéllo de nobleza obliga, detalle de justicia que tan poco se practica hoy en día- incluso también templario. Pero ésta no es la cuestión principal, sino, como mucho, un mero detalle, con más o menos aceptación y en modo alguno probado que, caso de haber sido cierto, simplemente vendría a añadir un aliciente más, demostrando la fascinación que el lugar ha ejercido en los diferentes pueblos y culturas que se han ido asentando progresivamente a su vera, a lo largo y ancho de su inmemorial historia. Porque, repito, Conquezuela es algo más que un lugar donde el viento solloza con nostalgia entre los rastrojos de sus inmediatas parameras, quizás soñando con aquél protagonismo que tuvo en tiempos. Conquezuela es especial. Lo es, a partir de ese útero, materno y primordial, que es la Cueva, templo natural donde ya las civilizaciones del Neolítico sentían la caricia, invisible pero certera y cálida, de una Divinidad, cuya presencia les atraía con la fuerza magnética de un imán. En sus paredes, dejaron muestras de unas creencias religiosas, que brotaban de unas mentes que comenzaban a integrarse, posiblemente sin ser conscientes de ello, en la formidable aventura de la Evolución.
Una Evolución, no sólo física sino también espiritual, que fue dejando huellas de las diferentes culturas que, como las capas superpuestas de la Madre Tierra, no se olvidaron de consignar también su testimonio -algo tan humano como es dejar constancia de que se estuvo alli- añadiendo, como enigmático legado para futuras generaciones, generosos detalles de personal trascendencia. De manera, que no deberíamos extrañarnos si junto a esas cientos, quizás miles de cazoletas que conformaban parte del mundo anímico y religioso concebido por las mentes de los cazadores neolíticos que dominaban este entorno cuando todavía existía la laguna, alguien dejó también, cuando menos, detalles de la magia de las runas pintados en la pared. Símbolos, que en algún caso, son idénticos a los que otro anónimo cantero dejó grabados, por ejemplo, en un capitel interior de la iglesia románica de Santa María de la Oliva, en la comarca asturiana de Villaviciosa. Todo ello, aderezado con un arco románico, de medio punto, sello inviolable que lacra un lugar que, siglos después, fue convenientemente cristianizado.
Junto a la cueva-santuario, una ermita cristiana, disimula unos orígenes que se supone que fueron también románicos, como el arco de medio punto. Si en esos orígenes, estaba bajo la advocación de Santa Elena (2), ahora lo está bajo el símbolo de la Santa Cruz, siendo objeto de veneración y romerías, generalmente a principios de agosto, aunque originalmente éstas se celebraban en primavera, cuando después de los rigores del invierno, la naturaleza eclosiona y rebosa vida a raudales. Y ésta es otra de las características que hacen especial a este entorno: que no importa la estación del año en que se visite, pues las carencias de unas estaciones, son siempre suplidas por la exhuberancia de otras, y en todas ellas impera, como un velo protector, ese misterio indisolubre que, como ya hemos dicho, se remonta a la Noche de los Tiempos.


(1) Fernando Sánchez Dragó: 'La prueba del laberinto', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, octubre de 1992 (Premio Planeta 1992), página 311.
(2) Madre el emperador Constantino y, según la tradición, descubridora de la Vera Cruz.