miércoles, 26 de noviembre de 2014

Valdenebro: iglesia de San Miguel Arcángel





A escasa distancia de ambas Bayubas, la de Arriba y la de Abajo –o como más probablemente se denominaran, así mismo, en tiempos históricos de Suso y de Yuso, como los famosos monasterios de La Rioja-, se encuentra, también, el  bonito pueblo de Valdenebro. Valdenebro es un pueblo que, siguiendo milenarias tradiciones, se recoge, formando un arco de ballesta –como diría el gran poeta Antonio Machado, refiriéndose al Duero a su paso por San Saturio- alrededor y debajo del montículo en el que se levantan los cimientos de su vieja parroquial. Una parroquial que –posiblemente, siguiendo los preceptos de Bitrubio en cuanto al lugar en el que se debe construir un templo, determinado por la deidad al que ha de estar consagrado-, se encuentra bajo la advocación de San Miguel Arcángel. Dejando aparte algunas complementarias circunstancias –como las reformas y añadidos de épocas modernas, entre ellos, la sacristía-, este templo de San Miguel, contiene todavía interesantes elementos originales, con los que especular.
Uno de los más notables, posiblemente, se localice en su cabecera, rematada con arcos ciegos, tipo lombardo –similar, a los que se muestran en otros lugares de la provincia, como en la parroquial de San Juan Bautista, en la cercana población de Rioseco de Soria-, que parece sugerir la actuación de un taller diferente al que levantó el templo de la vecina Bayubas. Si bien de canecillos simples y lisos, los capiteles de su pequeño ventanal, así como los que soportan los arcos ciegos, parecen complementarios y de idéntica temática a aquellos otros que se localizan en su portada principal, situada en el lado sur, a la que ofrece cobijo un pórtico moderno. Destaca ésta, así mismo, por su voluminosidad –donde los expertos, sugieren más que posibles influencias de origen burgalés-, y a juzgar por el color de la piedra, ha debido de ser restaurada en época reciente y desprovista de la pátina temporal que es de suponer, la hacía venerable, en época reciente. Curiosamente, si bien en sus motivos, como se ha dicho, se recoge una austeridad comparativamente cisterciense, llama la atención, la inclusión, entre la temática vegetal, de dos capiteles historiados, que muestran sendos leones con sus cuellos atados a tallos de plantas, en la parte central de los capiteles de la izquierda, así como un torso humano, en idéntica situación, pero en el lado derecho, que podría hacer alusión, quizás, a cualquiera de los dos Juanes, el Evangelista o el Bautista, cuyas figuras, tanta devoción despertaron siempre entre las gentes, y cuyas festividades, como se sabe, basadas en el modelo bifronte del dios romano Jano, determinan los que quizás sean dos de los periodos más señalados y festivos: los solsticios de verano.

Como dato complementario, añadir que también en este lugar, y situada a escasos metros de distancia de la espadaña de la iglesia, se localizan las escuelas de un pueblo, cuyo vocablo conserva esas antiguas raíces celtíberas, determinantes de las características del antiguo asentamiento: valle de los enebros. Vocablo que, comentándose como detalle anecdótico, podría determinar también la influencia de antiguas divinidades, posteriormente cristianizadas, como ocurre con la vecina provincia de Guadalajara, y el santuario, situado a las afueras del pueblo de Tamajón, algunos más arriba de un curioso complejo rocoso conocido la Ciudad Encantada y en ruta de peregrinos, dedicado a la Virgen de los Enebrales.

 
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lunes, 24 de noviembre de 2014

Bayubas de Arriba



Sin salir todavía de la Comunidad de Villa y Tierra de Berlanga, pero acercándonos hacia el Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz, algunos pueblos, en mayor o en menor medida, todavía conservan, en sus parroquiales, parte de ese antiguo legado románico originario. Es el caso de Bayubas de Arriba, un municipio del que se conoce su existencia desde época tan tardía, como es el año 1060. Repoblado en tiempos de Alfonso I el Batallador –rey en cuyo testamento, legó prácticamente todo su reino a las Órdenes Militares-, se supone que los cimientos de su iglesia parroquial, dedicada a la figura de la Asunción de María –posiblemente, tuviera otra advocación originalmente-, corresponden a finales del siglo XII y principios del siglo XIII. También parece que el nombre del pueblo ha sufrido alteraciones a lo largo del tiempo, pues ya figura en antiguas crónicas con el nombre de Veyugas o Vayugas, e incluso otro, más curioso y compuesto, de Agua-Yumbas de Arriba y Bayugas de Arriba –según el Nomenclátor de 1785-, hasta desembocar en el actual Bayubas.
Si bien es cierto, por otra parte, que la parroquial ha perdido muchos de los elementos románicos originarios, también lo es, que todavía conserva su cabecera y su planta, si bien en la primera, los canecillos son completamente lisos y el pequeño ventanal ha sido cegado, perdiéndose, también, el posible relieve que pudieran haber tenido sus capiteles. Así mismo se mantiene en pie, aunque se echan en falta dos de los supuestamente cuatro capiteles sobre los que se sustentan sus arquivoltas, una magnífica portada. Los motivos de ambos capiteles sobrevivientes, son idénticos, y llaman la atención sobre los antiguos cultos, al representar pequeñas cabezas surgiendo de la voluptuosidad de la floresta.

Así mismo, y como curiosidad añadida y posible prueba del tremendo expolio sufrido en la provincia, todavía conserva, a escasos metros del ábside y unida al suelo por una capa de cemento -tal medida de seguridad, se aplicó también en algunos otros lugares, como Renieblas y Narros-, una estela funeraria medieval, cuyos motivos -crucíferos por un lado- apenas se distinguen por el tiempo y el desgaste.

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jueves, 20 de noviembre de 2014

Aguilera: iglesia de San Martín



Cercanos al entorno, aunque adentrándonos hacia el interior, pero siguiendo esa carretera general que une dos poblaciones de cierta importancia, como son Almazán y el Burgo de Osma, merece la pena detenerse en algunos pueblos y acercarse hasta sus parroquiales. Ese sería el caso, para empezar, de la pequeña población de Aguilera y su curiosa e interesante iglesia, dedicada a la figura de San Martín de Tours. Aunque no parece haber documentación histórica que lo avale, algunas fuentes observan cierto templarismo en este templo que, por sus características, bien haber constituido, como era costumbre en la época –el siglo XII, cuando la región representaba parte de la denominada frontera del Duero, que separaba la España cristiana de la España musulmana-, un ejemplo –abundante, por cierto en la provincia- de lo que se ha dado en denominar iglesia-fortaleza. Perteneciera o no, en algún momento determinado a los templarios, lo que sí es cierto, es que está comprobada la presencia de las órdenes militares en las cercanías, como lo demuestra la proximidad del templo de San Juan Bautista, en Hortezuela que, se supone, perteneció a un convento o a una encomienda de la orden de San Juan de Jerusalén y sobre cuya portada todavía puede verse su escudo, luciendo una magnífica cruz de Malta
Próxima a ambas poblaciones, también se localiza la importante plaza de Berlanga de Duero –con su magnífica Colegiata dedicada a la figura de Santa María del Mercado o del Azogue, su impresionante castillo amurallado y sus leyendas cidianas-, y algunos insignificantes kilómetros más allá, en majestuosa soledad, la inimitable iglesia mozárabe de San Baudelio de Berlanga.

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Como en los casos que hemos visto con anterioridad, también en esta iglesia de Aguilera, llaman la atención las volumétricas proporciones de su portada, así como las representaciones de los capiteles que sirven como basa de sustento a sus seis arquivoltas. Capiteles, compuestos por motivos foliáceos, aves bebiendo de una fuente y pareja de arpías, en el lado izquierdo, secundados por otro motivo foliáceo, una lucha entre caballeros y un tercero, el central, bastante inusual, o cuando menos poco corriente, que muestra a dos individuos volteando  por los pies a un tercero. Numerosos y variados, también, son los motivos crucíferos o graffitis de peregrino, que se observan en las paredes de su vistosa galería porticada, así como algunas marcas de cantería y alquerques, o triples recintos celtas, que vuelven a recordar, así mismo, parte de la estrategia desplegada, por ejemplo, por los templarios en sus fortalezas. Cuestión de opiniones o no, personalmente observo una mayor habilidad en el diseño de los motivos vegetales de los capiteles del pórtico, superiores –vuelvo a repetir, según mi opinión- a aquellas otras representaciones antropomorfas que lo complementan, cuya mano, además, no parece ser la misma que la que labró los capiteles anteriormente descritos del pórtico principal de entrada: ¿manos mudéjares, quizás, especializadas en tales temáticas, por cuanto cualquier otro tipo de representación antropomórfica les estaba prohibido?. Incluso, pudiera darse el caso, además, de que éste, es decir, el pórtico principal, no fuera originario de este templo y pudiera haber sido incorporado con posterioridad, como así ocurrió con la torre. Independientemente de cualquier tipo de especulación, sí parece evidente, sin embargo, la utilización de elementos de relleno, como lo demuestran esos capiteles que se localizan en el frontal superior de la galería porticada, por su parte exterior, que encajan en el lugar donde deberían haber estado los canecillos que complementarían a los que todavía permanecen, consistiendo éstos en cabezas humanas y cabezas animales.
Como colofón, y a título informativo para quiera ampliar ruta, adentrándose por tierras berlanguesas, añadir que hay un camino rural, que en apenas media docena de kilómetros, desemboca en Berlanga de Duero.
 
 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Nódalo: iglesia de San Miguel Arcángel


El siguiente pueblo en nuestra ruta por el románico de la zona, situado, no obstante también a escasa distancia de Nafría la Llana y a apenas un par de kilómetros de la carretera nacional 122 que une Soria con Valladolid, es Nódalo. Su parroquial, dedicada a la figura de San Miguel Arcángel, está situada, como solía ser costumbre en tiempos medievales -si tenemos en cuenta los útiles consejos de Vitrubio, estaríamos incluso de acuerdo también con la advocación- en lo más alto del pueblo, motivo por el que, en días ventosos y destemplados, se vea batida por los cuatro costados. Muy reformada -cabe destacar, el añadido de la sacristía en un lugar inusual, como es el de estar en la zona oeste, junto a la espadaña-, contiene, sin embargo, algunos elementos interesantes, que merece la pena descubrir. Casi todos, sin excepción, se refieren a su portada principal, situada en el lado sur del templo. Una portada, que si no tan espectacular como esas otras que hemos tenido ocasión de ver en Torreandaluz, Fuentelárbol e incluso en Nafría la Llana, si resulta interesante. Contiene sendos capiteles a ambos lados del arco, siendo los mitológicos motivos, una pareja de grifos afrontados, en el de la derecha, y una pareja de arpías en la izquierda, cuya factura y rostro recuerdan el de algunos otros templos de su misma época y características, que se localizan en la vecina provincia de Burgos. Sobrios, no obstante, resultan los motivos foliáceos que decoran el arco más septentrional y en el del centro.

Sobreviven, así mismo, algunos canecillos en la parte superior del marco, cuya temática varía desde los rostros humanos -posiblemente de guerreros, a juzgar por los cascos que portan en la cabeza- y una curiosa testa de lobo que, lejos de parecer amenazadora, sorprende por esa sonrisa, quizás cínica, con la que el cantero medieval seguramente quiso lanzar un pequeño guiño de complicidad al observador, bien de la época bien de épocas pretéritas.

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lunes, 3 de noviembre de 2014

Nafría la Llana: iglesia de la Natividad de Nuestra Señora



El camino continúa y en apenas unos kilómetros, el viajero llega a otra pequeña población, de nombre Nafría la Llana, cuya parroquial dedicada a la Natividad de la Virgen, merece, sin duda, una más que digna mención, perteneciendo, según aseveran los expertos, a la primera mitad del siglo XII. A diferencia de las visitadas hasta ahora en ésta pequeña ruta románica por la comarca, conserva prácticamente inalterables muchos de sus primitivos elementos románicos, si bien es cierto, que algunos no están en las óptimas condiciones que cabría esperar, sobre todo en lo referido a los canecillos. Tal es así, que en vista de algunos de ellos, como por ejemplo, el pequeño arcosolio que se levanta por encima del pórtico principal, situado en el lateral sur de la nave, se podría sacar alguna curiosa deducción, sobre todo si se compara con los recursos arquitectónicos empleados en otras iglesias de las proximidades, como podría ser el caso de Caltañazor y su iglesia principal, situada dentro del entorno urbano, dedicada a la figura de Santa María del Castillo, no desechando, por otra parte y dado el número de iglesias y ermitas -hoy día prácticamente desaparecidas casi todas-, la idea de que bien haber sido ésta histórica plaza, el foco o uno de los focos principales desde el que partieran los talleres de canteros que ejecutaron su labor en las poblaciones cercanas.

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Fuera o no así, y no obstante lo dicho hasta ahora, volvemos a encontrarnos también en esta parroquial, el tipo de portada amplia y de interesantes dimensiones –no desconocida, así mismo, en el románico de provincias vecinas como Burgos y Segovia-, que caracteriza igualmente a las anteriores. Comunes resultan, además, los esquemas decorativos, basados en motivos austeros y foliáceos en los capiteles de los arcosolios que se vislumbran por encima de la portada, siendo arpías y grifos los motivos historiados y más abundantes en los capiteles de ésta. A uno y otro lado de los arcosolios superiores, sin embargo, se aprecian dos interesantes elementos, conformados, dentro de círculos, por flores de cinco y de seis pétalos, las cuales, atendiendo a las definiciones eminentemente populares, podrían definirse como flor de San Juan y flor de la vida, respectivamente.
De planta rectangular y ábside semi-circular, se aprecian en el medio cielo imaginario de éste, una gran cantidad de canecillos cuya temática, variada, ofrece unas interesantes connotaciones simbólicas. Reproducidos con mayor o menor destreza en la piedra, los motivos varían desde elementos humanos, representaciones animales –incluidas algunas, en su totémica forma de cabezas-, monstruos, arpías y motivos foliáceos que constituyen, por sí mismos, todo un conjunto antropológico medieval de primer orden.
 
Interesante resulta, por añadidura, el pequeño ventanal situado en el centro de la cabecera, en cuyos capiteles se reparte protagonismo arpías y motivos foliáceos, pero cuyo medio arco ofrece un elemento realmente notable, como son las puntas de diamante o, mejor dicho, por su perfección, pequeñas pirámides, que le otorgan, de paso, un genuino sabor oriental.
 
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miércoles, 29 de octubre de 2014

Fuentelárbol


Dejamos atrás Torreandaluz y la mediática portada de su parroquial dedicada a la figura de Santo Domingo de Silos, y en apenas una breve andadura de cinco kilómetros, seis a lo sumo, llegamos a Fuentelárbol, población que, en opinión de este viajero, conserva en su nomenclatura unas raíces celtíberas que determinan el lugar y, en muchas ocasiones, señalan, así mismo, con la presencia de una iglesia, la posterior cristianización. Un ejemplo de ello, podría encontrarse en otro pueblecito soriano, distante tres kilómetros de Almazán, de nombre Fuentelcarro, cuya parroquial tiene la fuente o pozo adosada a su pared oeste, como interesante podría resultar señalar, además, la existencia de un ancestral pozo en uno de los laterales de la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria capital, templo en el que, como se sabe, se reutilizaron numerosos elementos de la cercana y arruinada iglesia de San Nicolás, en uno de cuyos lienzos todavía se pueden apreciar unas bellas pinturas románicas que representan el asesinato de Tomas Beckett, famoso arzobispo de Canterbury. Discutible o no esta cuestión, y continuando con la visita a Fuentelárbol, lo cierto es que la carretera general atraviesa el pueblo, dividiéndolo por la mitad, quedando la parroquial situada a pie de carretera, en su lado izquierdo si, como en el presente caso, se viene de Torreandaluz.
A diferencia de la iglesia de Santo Domingo de Silos, ésta parroquial de Fuentelárbol conserva buena parte de su planta románica original. Eso no significa, no obstante, que sucesivas obras y reformas hayan dado al traste con importantes elementos. Uno de tales elementos, bastante evidente cuando uno se encuentra frente a su portada sur, es precisamente la pequeña galería porticada que a buen seguro debió de tener en sus orígenes, sustituida por otra galería que, en base a la utilización del ladrillo en su confección, le confiere un curioso carácter híbrido -comparativamente hablando-, entre románico y mudéjar que recuerda, en parte, un estilo que se utilizó en numerosas regiones, siendo no sólo la influencia árabe de los territorios que iban siendo reconquistados, sino también motivos eminentemente económicos, los que primaban para su utilización.

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Conserva, no obstante también en no muy buen estado en lo referido a los motivos historiados de sus capiteles, una portada original que, si bien no alcanza las dimensiones de la que tuvimos ocasión de ver en la parroquial de Torreandaluz, también destaca por su tamaño, denotando ese detalle, la posible influencia de canteros de origen burgalés, e incluso, si me apuran, quizás palentinos, arrastrados por las sucesivas repoblaciones cuando fueron retrocediendo las denominadas fronteras del Duero frente al empuje de los reinos cristianos en expansión. Coincidente, así mismo, con la temática desplegada por los canteros que labraron los capiteles de la iglesia de Santo Domingo de Silos, no sólo los motivos foliáceos, sino también la presencia de las terribles arpías –motivos, desde luego, bien comunes a este tipo de arte y que, como ya tuvimos ocasión de reseñar, el gran poeta Dante Alighieri situaba en el Séptimo Círculo de su Divina Comedia como bestias torturadoras del tronco de árbol en el que se convertían los suicidas-, se reparten protagonismo a uno y otro lado de esa imaginaria porta coeli –en su sentido literal-, conformada por el arco de la portada. De la galería, parten unos escalones de piedra, posiblemente originales también, que facilitan o facilitaban el acceso a la sólida torre del campanario.
Todavía conserva, en su ábside o cabecera, algunos canecillos historiados, donde también se constata la presencia de arpías, aunque con la salvedad –se me ocurre pensar al respecto, que quizás no haya otro misterio que el haber sido realizadas por manos diferentes-, de que si las que están presentes en el capitel del pórtico se caracterizan por tener la cabeza de animal –lobo, probablemente-, las del ábside conservan esa naturaleza humana, tan afín al pecado o a la lujuria que generalmente representan. Completan las imágenes representativas de los canecillos originales sobrevivientes, aquellas que muestran dos rostros humanos; otro, irreconocible por estar machacado y un atípico canecillo que muestra un motivo ajedrezado, del tipo denominado generalmente como jaqués, que también se utiliza como símbolo en algunos escudos nobiliarios.
En el lateral norte, actualmente cegada, se evidencia la existencia de una puerta más pequeña. Como colofón a la presente entrada, añadir que algunas casas cercanas, todavía conservan los arcos góticos de sus antiguos portalones.
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martes, 28 de octubre de 2014

Torreandaluz: iglesia de Santo Domingo de Silos


Sin duda, el otoño es una buena estación para recordar. Tal vez no sea la mejor, pero me consta, que al menos lo disimula muy bien, hasta el punto de parecerlo. Como hojas que se balancean al menor atisbo de brisa, los pensamientos adquieren la dimensión de esas pompas de jabón que inundaban los mundos sutiles de un hombre bueno, otorguémosle el apellido Machado, sólo por poner un ejemplo relevante y revoloteando con imperiosa rebeldía, rechazan la barrera física de los candados, abandonando los carcomidos barrotes del Semper fidelis y nostálgico baúl de los recuerdos. Se convierten, comparativamente hablando, en reos atrapados y reducidos sin misericordia por los sabuesos de la prosa. Cualquiera diría, que en apenas unos segundos, demostrando la teoría de la relatividad de Alberto Einstein -me otorgo a mí mismo el capricho de la familiaridad, porque tal vez ambos pertenezcamos a alguna de esas doce tribus perdidas de Sefarad-, punto de partida y de llegada se fraccionan en apenas unas décimas de segundo, hasta el punto de tener la relativa sensación -que si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, será porque quizás nace con la habilidad innata para el tropezón- de que en realidad, uno ni se ha movido; y si lo ha o hubiere hecho, ni siquiera se ha percatado de ello. Tal vez por eso, tengo ahora la impresión de que ya no estoy plácidamente sentado en esa habitación que destila sabor a hogar por sus cuatro paredes, atestada de libros y recuerdos que se acumulan también en el alma como pequeños e inquietos bastardos que me producen interminables instantes de satisfacción y sinsabor, ni me dejo tampoco embelesar por las volutas de humo del cigarrillo que ascienden suave y perezosamente, explotando como frágiles supernova contra esa frontera del caos final que es el techo.

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Desde luego, no creo mentir, si afirmo que la prosa hace que, una vez atrapados tan rebeldes e inestables pensamientos, un servidor, que no en vano lleva el merecido apodo de Caminante -ganado posiblemente con más derecho que muchos honorables caballeros que lucen sin escrúpulo la Cruz Laureada de San Fernando en sus pechos, sin otros méritos que una chusquera y ordenancista vida de cuartel-, se imagine, sienta o recuerde que acaba de dejar atrás Rioseco de Soria -localidad a la que en su momento piensa hacerle el cumplido homenaje que merece-, y enfila como una estrella fugaz hacia unas infinitas soledades que alternan monte bajo, algunos solitarios campos de labor y una extensa zona de paradigmática, misteriosa e indefinible frontera paramérica, cuya sola visión, siempre hace que el espíritu se solidarice con la lírica del viento, con el susurro de lo desconocido agazapado entre las matas y los arbustos, así como con la acuciante sensación de una épica aventura en ciernes. Pocos kilómetros más allá, tres, tal vez cinco a lo sumo -que en España, el ojo de buen cubero siempre ha sido un deporte genuinamente practicado-, un cartel señala hacia un lugar -Escobosa de Calatañazor- que desde hace años engrosa la terrible lista negra de los despoblados de la región. Aunque no se ve a simple vista, las copas de los álamos, tristes en su soledad, mecen unas ramas que todavía conservan el mortal abrazo del gélido invierno, inmutables en el mismo lugar donde sus fenecidas hojas estancan el agua que antaño rebosaba alegremente de la vieja fuente, situada en la parte baja de una cuesta sobre la que impera el entramado desmochado de una no menos vieja iglesuca, en cuya sencilla espadaña, el campanil ya no entona ni siquiera el lastimero toque de ausencias la víspera de la noche de difuntos y la cigüeña, quizás sólo por este año, pasó completamente de largo por San Blas.
 
Siguiendo el ejemplo de la cigüeña, y pasando, pues, de largo, Torreandaluz aparece, seis kilómetros más adelante, como una jaima mahometana extendida entre las finas arenas del desierto. Más allá de las casitas de blanca fachada y de rojo tejaroz -algunas luciendo símbolos que ya eran paradigmas desde el alba de los tiempos-, se divisa, cercana a ese punto donde el camino continúa, dándole la espalda al pueblo como un río que se aleja hasta fundirse con el mar, la torre de la iglesia. Se trata de la parroquial de Santo Domingo de Silos, y de ella, parte una pequeña pero interesante ruta románica que, no obstante el grado de remodelación o deterioro de sus templos, proporciona, sin embargo, multitud de detalles de interés.
 
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Cierto es, por otra parte, que en ésta parroquial de Torreandaluz, se conjugaron otros humores que, previsiblemente en el siglo XVII, terminaron por modificarla casi por completo. De tal actuación, apenas sobrevive la portada principal. Una portada, por más señas, espléndida, que no deja de sorprender, en primer lugar, por su voluminosa constitución, que denota, probablemente, la grandes del templo románico original que la albergaba, y en segundo lugar, por los interesantes elementos, si bien escasos, que todavía contiene. Aparte del ajedrezado tipo jaqués que se evidencia en una de sus arquivoltas, estos elementos no son otros que los varios capiteles historiados, cuya esmerada labra y temática, llaman poderosamente la atención. En ellos, no es difícil apreciar esa lucha de caballeros, similar a aquella otra en la suele fijarse el peregrino que en Estella y dirigiéndose hacia la iglesia de San Pedro de la Rúa, repara en el Palacio de los Reyes de Navarra. Tremenda, así mismo, es la lucha de un Sansón, ajeno a la pérdida de cabellera en la Salomé le arrebató su fuerza, desquijando al león. Evidentemente, y esto es una llamada de atención, pues el elemento abunda hasta el punto de parecer, comparativamente hablando una marca personal del cantero, las arpías, aquéllas terroríficas bestias que el gran poeta Dante Alighieri situaba en la segunda zona del Séptimo Círculo de su Divina Comedia con el cometido de desgarrar los troncos de árbol en que se habían convertido los suicidas, campean a sus anchas, no muy lejos de otro capitel que muestra, quizás para serenar el alma aterida del cristiano, una humilde y melancólica hoja de acanto. Pero posiblemente, por la perfección de su labra, por el equilibrio de sus figuras y quizás porque al fin y al cabo, la música y la danza siempre ha tenido una importancia capital desde el alba de los tiempos, el capitel de los músicos y las danzarinas podríamos, incluso, llegar a considerarlo como poco menos que único en la provincia.
 
En definitiva, un pequeño tesoro, que merece la pena descubrir.