sábado, 4 de julio de 2015

Carrascosa de la Sierra: iglesia de San Juan Bautista


Merece la pena, no obstante las circunstancias de la notable pérdida de la práctica totalidad de su primitiva fábrica románica, no abandonar Carrascosa de la Sierra, sin haber visitado su iglesia, dedicada, como ya se aventurara en la entrada anterior, a la siempre fascinante figura de San Juan Bautista, cuya onomástica, reciente, por cierto, se hizo convenientemente coincidir con una de las festividades que más expectación y veneración despertaba en las culturas precristianas: el solsticio de verano. Dado que sólo sobrevive el ábside o cabecera de un románico rural, que podríamos datar, cuando menos a finales del siglo XII o comienzos del siglo XIII, aun si fuéramos expertos -que no es mi caso, objetividad, que no falsa humildad aparte-, difícil, cuando no imposible, nos sería comprobar el código aritmológico que, según Jean-Paul Lemonde (1), conformaría el rito fundacional de toda iglesia, colegiata o catedral que, en función de la onomástica del Santo Patrón, permitiría relacionar la longitud del edificio con su orientación, independientemente de que la práctica mayoría de iglesias -al menos del periodo medieval- tengan siempre el este -hacia la salida del sol, y por defecto, mirando a Jerusalén- como base de dicha orientación. Actualmente, y debido a la prácticamente completa remodelación, hace que este venerable ejemplo de tiempos pasados, haya visto dar un giro de 360º en su orientación, y su nueva cabecera, oscurecida por el parche que en este tipo de templos supuso la introducción de los grandes y recargados retablos barrocos, mira ahora hacia poniente, hacia esos metafóricos reinos del ocaso y de la muerte, que los antiguos situaban al oeste. La luz del sol naciente, no obstante y justo es reconocerlo, se cuela por el pequeño ventanal, con forma de saetera del primitivo ábside e incide sobre el lugar donde una hermosa pila bautismal -sobreviviente también de las glorias pasadas- sustituye al viejo altar. Tiene forma de copa y como motivo ornamental, se observa circundada de arcos. Pero no nos engañemos pensando que salvo los detalles románicos descritos hasta aquí, el conjunto artístico no merece, cuando menos, un mínimo de atención, pues al hacerlo, volveremos a encontrarnos con esos elementos simbólicos y en cierto modo heterodoxos, que vuelven a recordarnos que nos hemos adentrado en un lugar donde -si hemos de ser justos con los rastros que vamos vislumbrando a lo largo de nuestras rutas-, no estaría de más pensar que el río de la tradición, agua caudalosa llevó en el pasado. Basta echar un vistazo al simbolismo de los numerosos elementos que conforman el Retablo Mayor -sin olvidar, ese magnífico cuadro hecho a expensas de Don Francisco de Paula Álvarez en el año 1844, que muestra una inusual reproducción de la Virgen del Pilar, con la pequeña cruz paté de color rojo en la columna y las ánimas del Purgatorio a sus pies- para percatarse de ello. Sólo añadiré un dato: en la figura del Evangelista, volvemos a encontrarnos con lo más gnóstico de la Tradición, al observar la serpiente de la Sabiduría que sobresale de la copa que firmemente sostiene en su mano izquierda.

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(1) Jean-Paul Lemonde: 'El Código Cluny', Styria de Ediciones y Publicaciones, S.L., Barcelona, 1ª edición, noviembre de 2007.

viernes, 26 de junio de 2015

Carrascosa de la Sierra


Dejamos atrás las místicas soledades de ese antiguo lugar de culto megalítico que se conoce con el nombre de Alto del Casar, y salvando una breve distancia, llegamos a un pueblo, que ya en la propia raíz de su nombre, no sólo nos indica la condición del terreno sobre el que se asentaron los antiguos arévacos, sino que además, nos recuerda la veneración a la figura primordial de una Virgen Negra, la de la Encina o de la Carrasca, y su más que casual vinculación con la orden medieval de los caballeros templarios: Carrascosa de la Sierra. Obviando este tema para más adelante, cuando los pormenores de nuestra ruta nos obliguen a detenernos en Castilfrío -de la Sierra, también-, el viajero curioso podrá comprobar, apenas se adentre en el íntimo entorno municipal, que Carrascosa es un pueblo que contiene numerosos detalles, a cuál de ellos más significativo e interesante. No encontrará, por ejemplo, la proliferación de escudos nobiliarios que otorga esa rancia condición de poder y señorío a poblaciones vecinas -como la mencionada Castilfrío o, algo más lejana, la propia Oncala, colgada prácticamente del puerto que lleva su nombre-, pero en compensación, sí observará, apenas se dé una vuelta por la plaza, un objeto que quizás éstas también tuvieran en el pasado, pero que, por circunstancias, no se ha preservado para el futuro: su rollo jurisdiccional o picota, que tiene una fecha histórica difícil de olvidar, como es la de 1789. Localizase ésta, pegada a la pared -como antiguamente se castigaba en los colegios a los alumnos díscolos-, a escasos metros de un pequeño edificio, cuya curiosidad histórica bien merece una mención y una recomendación de visita para el recuerdo: la cárcel. Por su forma -y termino ya con la picota-, no sería ilícito pensar que quizás el escultor tuviera en mente aquellos otros modelos, netamente fálicos, a cuyo alrededor los pueblos pre-cristianos ejecutaran sus rituales en honor de la fertilidad, de los que todavía se puede encontrar algún interesante ejemplar, milagrosamente indultado del martillo pilón de la Santa Inquisición, en la vecina y peculiar Sierra de la Demanda burgalesa. Pero lejos de especulaciones comparativas y gratuitas, hechas, créase, con el más absoluto de los respetos, tener la oportunidad de ver la cárcel, tal y como era hasta tiempos relativamente modernos, impone cierta sensación de sentido respeto, sobre todo observando, perfectamente conservados, los bancos-cepo donde permanecían recluidos los reos en un espacio, como se ha dicho, tan pequeño y limitado. La conservación del Patrimonio -y aprovecho la cuestión para agradecer a Gema, la alcaldesa de Carrascosa, su magnífica disposición para enseñarnos, con todo el orgullo, claro que sí, los edificios más relevantes del pueblo, aunque, como veremos en una próxima entrada, no se llegara a tiempo de salvar la que presumo fue en su día una magnífica iglesia románica dedicada a la figura de San Juan Bautista-, y su recuperación, es una grata sorpresa que uno no se encuentra, desafortunadamente, todos los días en su camino. En Carrascosa, como en Señuela, supongo que no sin sacrificio y también con mucho cariño, los vecinos han optado -bendita decisión- por recuperar los edificios más emblemáticos, con cuya visión, por poca imaginación que se tenga, no sería difícil imaginar parte de ese universo rural, en el que, aun soportando una vida dura, de campo, sol, nieve y sudor, nuestros ancestros disfrutaban también de esa placentera solidaridad establecida en estrecha vecindad. Por ello, quizás, de todos los edificios históricos recuperados, el que más soliviantara mi corazón de poeta -que creo que en el fondo, a todos nos corresponde al menos una venilla-, fue aquél -que me perdonen, pero las notas me han fallado como para recordar ahora su nombre-, en el que, alrededor de una insuperable chimenea, los vecinos se reunían en feliz comunidad, para tratar sus asuntos, para revivir en comandita esos, los tan ibéricos filandones, y no puedo por menos de imaginarme cómo serían estas magníficas sesiones en mitad de los crudos inviernos característicos de la zona, narrando las viejas, misteriosas y quizás terroríficas historias al calor de un buen fuego, calentados los paladares por ese insuperable vinillo que corre a raudales en los sanjuanes y hace que, pasada la noche más mágica del año, el sol baile para los modernos celtíberos que acuden a venerarlo al Monte de las Ánimas. Recuperados felizmente, están también la fuente -en cuyo armazón de piedra y cemento, alguien grabó, a modo de graffiti de peregrino, una cruz- y el lavadero. Y también, algo más allá, cerca de una pequeña ermita -puede que dedicada a la familiar figura de San Roque, el santo patrón caminero, segundo error imperdonable de no anotarlo a tiempo en la libreta-, uno de los lugares más mágicos por excelencia del mundo antiguo: la fragua, donde el herrero adquiría, simbólicamente hablando, la calidad de semi-dios, tal era su poder en dominar el fuego y conocer los secretos de los metales.

Sin salir de Carrascosa, próxima parada: la iglesia de San Juan Bautista. 

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lunes, 8 de junio de 2015

El dolmen del Alto del Casar


Antes de entrar en Carrascosa de la Sierra, a mitad de camino, metro más metro menos, de otra interesante población serrana que visitaremos en un futuro próximo, Castilfrío, conviene escuchar la llamada del espíritu y dejarse llevar hacia esas especiales soledades que conforman el denominado Alto del Casar. Allí, donde todo es silencio e incluso el viento trata con respeto ese pelado altozano, que no obstante bate denodadamente por sus cuatro costados, desmochado y apenas reconocible su estructura original de verdadero templo antediluviano, los restos de un antiguo dolmen atraen la atención hacia capítulos olvidados que subyacen en lo más recóndito de esa oscura Caja de Pandora que, comparativamente hablando, podría considerarse a ese capricho científico que arrogantemente conocemos como Historia. Tarde, demasiado tarde como para evitar un vandalismo que a buen seguro se produjo en un momento indeterminado –y no por efectos del tiempo, que suele ser más inocente, en el fondo, de lo que suponemos-, acercarse a ese montón de piedras sobre los que la yerba, alta según sea la estación del año en que se visite, así como otras plantas salvajes, que no por ello carentes de interés –como ese tipo tan particular de cardo, de corola azulada o violácea, muy semejante, por ejemplo, al que crece en la cima de otro antiguo bastión de sagrado megalitismo y algo más, como es el Monsacro asturiano, donde no sólo está asociado a los antiguos cultos solares sino también a una figura muy particular, como es María Magdalena a los que habría que sumar, ese psicopompo alimento de los dioses que suelen ser determinados tipos de hongos y setas, cuya abundancia se aprecia en estos terrenos-, apenas dejan entrever ese aspecto arquitectónico que recuerda, con milenios de adelanto, a los antiguos templos románicos de cabecera semicircular y nave alargada, que por similares circunstancias, también su presencia se ha visto desgarradoramente alterada en la zona. Si bien no termino de comulgar con la creencia generalizada de que se trataba única y exclusivamente de elementos funerarios –no olvidemos, que en muchos de ellos, no se han encontrado rastros óseos de ningún de tipo, como en el de Cangas de Onís, sobre el que posteriormente se elevó la ermita de Santa Cruz y donde se suponía la tumba de Fabila, famoso hijo de Don Pelayo, que la tradición quiso que muriera desgarrado por un oso y que otros servían como santuario o lugar de culto, entre otras divinidades, a la Gran Diosa Madre-, es probable que en éste se descubrieran restos óseos, como así parece sugerírsenos, sin que ello signifique, necesariamente, que fueran cementerios, como tampoco se podrían considerar de tal y exclusiva manera, los templos románicos, que ejercían similar función, tanto en el exterior como en el interior del recinto. De las dos posibilidades que se ofrecen, e independientemente de que alguna vez albergaran difuntos, tal vez la más acertada sea aquella que los identifica como punto de referencia y marca del dominio territorial. Piénsese como mejor se considere, el lugar, a pesar de su lamentable derribo, bien merece, cuando menos, una romántica visita.

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martes, 12 de mayo de 2015

Aldealices: iglesia de Santa María Magdalena


Siguiendo los derroteros de nuestra ruta en dirección a Carrascosa de la Sierra y Castilfrío, se propone una breve parada en un pueblo que tiene un curioso nombre, Aldealices, y motivados por la curiosidad, echar un vistazo a ese delicioso templito con el que, bajo la sorpresiva advocación de Santa María Magdalena, hemos de toparnos de improviso, situado como está, a escasos metros de la carretera general. Aun con reformas posteriores, en conjunto, su visión no deja de producir cierto sentimiento de sosiego, o cuando menos, cierta melancólica impresión de curiosidad, posiblemente motivada por esa aparente sencillez, esa sugestiva mezcla de rusticidad y de antigüedad, que sin necesidad alguna de soberbias conjugaciones estilísticas, combinan lo sencillo pero imprescindible con la técnica artesanal, respetando, no obstante, los principios básicos contenidos en la geometría sacra en la que teóricamente se basa. Mirando su espadaña hacia la referencia inequívoca de esas sierras del Alba –interesante advocación, que ciertamente, en no pocos lugares señala la presencia de cultos precristianos e imágenes de Vírgenes Negras (1), que en este caso, también podría tener cierta relación con la presencia en las cercanías de unos vestigios celtíberos, denominados como Los Castellares- y del Rodadero y en las proximidades del río Merdancho, la fusión cuasi-perfecta de piedra y laja, caracteriza y a la vez respeta las tradicionales construcciones serranas de los pueblos de la zona, nacidos en tiempos medievales alrededor de la Mesta y herederos, como ya se ha dicho en anteriores ocasiones, de aquéllos aguerridos pelendones que surtieron de guerreros a la desafortunada Numancia.

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Protegen la forma de semi tambor de su ábside, unos sólidos contrafuertes, de los cuales sobresale uno que, curiosamente, está situado en el centro, precisamente en el lugar donde tradicionalmente quedaba reservado para un pequeño ventanal que, dadas las características del presente templo, debió de haber sido de pequeñas dimensiones, sin ornamentos y del tipo aspillera. De época posterior es, sin embargo, la pequeña ventana que se aprecia en el muro, a la izquierda. Cegada, pero parece que románica en origen, se aprecia un pequeño pórtico en el lateral norte, más cerca de la espadaña que del centro de la nave, aproximadamente en el mismo lugar que ocupa el pórtico principal de entrada –sencillo y sin ornamental, al igual que las series de canecillos que se distribuyen por el arco absidial y los laterales de la nave- situado en el lateral contrario, es decir, en el muro sur, el cual se haya protegido por un porche de mampostería. A falta de sillares con los típicos símbolos de cantería, se aprecian algunas cruces o graffiti de peregrino, toscamente labradas. Por último, señalar que, protegido por un muro y pegado al ábside de la iglesia, se localiza el pequeño cementerio.


(1) Consten como ejemplo de ello, el Santuario de la Virgen de Alba, en Arrojo, concejo de Quirós, Asturias o la imagen de la Virgen de Alba o de la Aurora, que actualmente se conserva en la cripta de la iglesia de Santiago, en la localidad zaragozana de Luna.

jueves, 30 de abril de 2015

Magaña: San Martín de Tours


De Cerbón a Magaña, habrá escasamente una quincena de kilómetros de distancia, tal vez menos, continuando una ruta no en vano denominada de los Torreones, como evidencia la pequeña población de Trébago –en la distancia, han quedado otras como Aldealpozo-, que se encuentra algunos kilómetros antes, pero donde todavía se puede admirar el torreón, anexo a la parroquial, que está considerado como el más septentrional de los que se localizan en la zona, y que antiguamente estaba comunicado visualmente con los de Matalebreras y Montenegro de Ágreda. Asociado a Trébago y a su torreón, el viajero podrá escuchar, además, una de las muchas leyendas tradicionales que circulan por estas paraméricas tierras repletas de incógnitas y de misterio, que tanto y tan bien surtieron de feroces guerreros pelendones los orgullosos focos de resistencia numantinos: la de la mora encantada. Una leyenda, en cuya épica historia, algunas fuentes pretenden situar el origen de la ermita de la Virgen de un río cuyo nombre, Manzano, ya debería llamarnos la atención por la formidable carga simbólica que arrastra. Dejándonos llevar, no obstante, más adelante, pronto veremos, encaramado en lo más alto del pueblo, uno de los formidables recintos militares, desde cuyas históricas almenas moros y cristianos controlaban los pasos de acceso hacia el interior de la sierra y las tierras aún más altas, siendo uno de los núcleos de población más importantes San Pedro Manrique, población famosa por su espectacular paso del fuego, así como por la supervivencia, en sus Móndidas, del mito medieval del tributo de las cien doncellas, que se remonta a los tiempos del rey Mauregato y las primeras monarquías asturianas: el castillo de Magaña.

Si bien es cierto que la iglesia de Magaña, dedicada a la figura de San Martín, hunde sus primitivos cimientos en los idus tempranos y más que tenebrosos del siglo XII, su aspecto actual dista mucho de recordarnos el verdadero templo que fue en aquellos tiempos. Y no obstante el detalle, aún mantiene, siquiera sea en las numerosas estelas sepulcrales reutilizadas como vulgar mampostería en diferentes lugares de sus muros, recuerdos o alusiones a esa época oscura, sí, pero también rica en matices históricos, en leyendas y en tradiciones. Es por ello que tal vez, si nos atrevemos a examinarla, aunque someramente, pero con una visión global de su conjunto histórico-artístico, sin importar estilos ni edades, observemos, después de todo, y en sus diferentes objetos, elementos de una herencia cultural que, a la postre y a pesar de su grado de deterioro, no están exentos de interés. Buena parte de ellos, se encuentran recogidos en su Retablo Mayor. Un Retablo Mayor, también es cierto, que falto de rehabilitación y deslucido en muchos de los cuadros que lo componen, debió de ser generosamente excepcional en sus orígenes, y en el que, a poco que el observador se fije, descubrirá detalles cuando menos interesantes. Sobre todo, si éste dirige su atención hacia el pie del referido retablo, y la fija en esas pequeñas, deslucidas y agrietadas representaciones testamentarias, entre otras consideraciones, tomando nota del singular simbolismo que contienen. Quizás por su rareza, destaque aquella que hace referencia,  de una manera muy poco conocida y con escasísimas representaciones, por su gnosticismo, a la siempre fascinante figura del Evangelista, mostrándolo con la pluma en la mano, escribiendo probablemente su Apocalipsis, pero a la vez, rememorando esa versión gnóstica o heterodoxa a la que aludía anteriormente, recogida, entre otros, por Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia y referida al supuesto martirio sufrido por éste durante el reinado de Domiciano, acaecido entre los años 81 y 96 después de Cristo. Según esta versión de los últimos días del Evangelista, Juan fue capturado durante la persecución de los cristianos y sometido a tortura. Considerada generalmente como una leyenda, se cuenta que durante su cautiverio, fue enviado a Roma cargado de cadenas –que no sólo las arrebatadas al Miramamolín en la batalla de las Navas de Tolosa y actualmente conservadas en la Colegiata de Roncesvalles fueron importantes y simbólicas- y ante la Puerta Latina, sobrevivió milagrosamente cuando lo sumergieron en un caldero -¿alusión, también, a la tradición celta?- con aceite hirviendo. No muy lejos de éste, y también manteniendo un sobresaliente interés en cuanto a simbolismo, un Árbol de la Vida o Árbol de Jesé se muestra coronado por la figura de la Virgen con el Niño en el regazo –habría que suponer, que la figura femenina que se observa al pie del árbol, es Eva- mostrando en sus ramas –con ramas en lugar de capítulos se desarrolla también el medieval Perlesvaus o el Alto Libro del Graal-, además, a diferentes personajes del Linaje Divino, y nunca mejor dicho. Hay otra escena, así mismo, que nos muestra a Cristo en el Huerto de los Olivos, aceptando el Cáliz Amargo y la Cruz del Martirio ofrecidos por un ángel. Pero otro detalle sorprendente, es observar que en la parte más alta del Retablo, aquélla generalmente ocupada por alguna de las figuras que componen la Santa Trinidad –cuando no por las tres, o más común todavía, el Padre y el Hijo coronando a la Virgen- o cuando menos, por el santo o la santa titular de la parroquia, un cuadro igualmente deslucido por el polvo y el tiempo, nos ofrece la visión de otra figura de rico simbolismo –a la que no pocos autores identifican con la de Magdala, interprételo quien quiera y como quiera- célebre Patrona, entre otras agrupaciones, de los mineros: Santa Bárbara.

Posiblemente gótica también –como el animal (¿perro o cordero?) y el personajillo que se localizan en ambos extremos de la balaustrada del coro-, es la magnífica pila bautismal, con forma de copa o cáliz, que se haya recogida en un pequeño cuarto situado al final de la nave, debajo del coro. También resultan interesantes varias imágenes marianas, como son la Virgen de la Barrusa, procedente de una ermita cercana y la Virgen de Monasterio, llamada así, porque procede del pueblo que lleva su nombre.

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lunes, 16 de febrero de 2015

Cerbón: iglesia de San Pedro


No muy lejos de donde los terribles saurios de Fuentes de Magaña dominaban el mundo hace millones de años, una iglesuca románica despierta el interés del visitante, con lo curioso y a la vez lo original de su diseño: la iglesia de San Pedro, situada a la entrada del pueblo de Cerbón; un pueblo que dista de Fuentes de Magaña, aproximadamente dos kilómetros de distancia, y que podríamos situar, así mismo, poco menos que al comienzo de una más que interesante ruta hacia las Tierras Altas sorianas. El templo, con toda probabilidad de los más antiguos de la provincia, seguramente de mediados o finales del siglo XII, presenta, no obstante su sencilla, casi diríase que primitiva ruralidad, una particularidad muy específica, que le hace ser, posiblemente, y salvando las distancias con algunas comparaciones referidas al templo-santuario de la Virgen de la Peña de Ágreda, único en su género: está provisto de dos ábsides gemelos. Cuenta la tradición –y este podría ser un detalle interesante sobre el que especular largo y tendido, si se dispusiera de documentación que así lo corroborara-, que tal disposición se debe a que en tiempos existió allí un cenobio mixto, en el que una comunidad de hombres y mujeres –puestos a suponer, cualquiera podría pensar, que aun en época tan tardía, pudieran haberse dado casos tan cercanos a la denominada herejía priscilianista- desarrollaban conjuntamente sus actividades religiosas, separados, no obstante, por un muro. Un muro que, situado en el interior del templo, dividiría la cabecera en dos zonas perfectamente determinadas, en las que ambas comunidades, eso sí, por separado, desarrollarían silenciosamente sus obligaciones religiosas.

[Colina de Losa, Burgos, capitel del 'asceta']

Si esto fuera así –o mejor dicho, lo hubiera sido en el pasado-, resulta curioso, una vez observados los detalles ornamentales de los canecillos de ambos ábsides, comprobar la proliferación de pequeñas cabezas masculinas, con rostros de aspecto severo e incluso inquietante, que parecen responder a modelos de monjes de la época y donde no parece existir ni una sola referencia femenina. Curiosos, así mismo, resultan los motivos de los capiteles que sustentan las arquivoltas del pórtico principal de entrada al templo, situado en el lado sur de la nave. Y es que, a pesar de los terribles efectos de desgaste originados por el tiempo y la erosión, parecen corroborar, en parte, el supuesto origen navarro de los primitivos colonizadores de Cerbón, así como otras, digamos casualidades, que nos recuerdan –o pueden ayudar a sugerir una hipótesis con ciertas probabilidades de similitud-, el supuesto origen de los canteros o de algún cantero en particular: Álava y las Merindades burgalesas.

[Délika, Álava, Diosa Madre]

Esto queda de manifiesto si, acudiendo al mundo de las comparaciones –por muy odiosas que éstas puedan resultarnos en un principio-, comparamos algunos de los elementos decorativos, con aquellos otros que se localizan en la denominada Llanada Alavesa, así como en el norte burgalés. Quizás de los más significativos y además, elemento alternativo que ayuda a soportar la referida teoría, tengamos la posible presencia de un elemento foliáceo y signo de identidad común: el espárrago. Elemento que, entre otros muchos ejemplos, se localiza en el curioso templo dedicado a la figura de San Martín, sito en Gazeo, cuya cabecera posee, además, unas inquietantes pinturas, de cuya escabrosa temática –y lo comento sólo como anécdota- se hizo eco, hace algún tiempo, el popular programa de Iker Jiménez, Cuarto Milenio. Pero quizás el elemento más relevante –aquél que invita a la hipótesis y la polémica con mayor intensidad- y salvando ciertas diferencias, sea esa curiosa, cuando no significativa representación de un posible asceta, místico o eremita, que nos recuerda otro de los escasos ejemplos que existen de su género en el románico peninsular y que nos derivan a las mediáticas Merindades burgalesas, más concretamente, a la parroquial de Colina de Losa, donde, por cierto, también figura la representación del mencionado espárrago. Ahora bien, dado el desgaste de la pieza en cuestión, tal vez –digo sólo tal vez-, esa posible representación ascética –se observan brazos y piernas enrollados al cuerpo- no sea, sino, una probable referencia a la Diosa Madre –ajena a las aves y la espiral del vientre que acompañan, por ejemplo, a otra curiosa representación que se localiza en un capitel de la parroquial de Délika, en la frontera con Vizcaya- y eso que se toma por brazos, responda, en realidad, a serpientes que amamantan de los pechos, detalle que en algunas ocasiones lleva a emparentar a este tipo de representaciones con alusiones a la lujuria. Pero, ¿acaso la propia Naturaleza, no es completamente lujuriosa en su despliegue, explosión de vida y abundancia, sin que ello sea óbice de pecado?.

[Colina de Losa, Burgos: los espárragos]

Independientemente del estado de conservación de la parte superior del pórtico, donde se aprecia cierto descabalamiento en los sillares, así como de los pequeños y rudimentarios canecillos que alternan, indistintamente motivos humanos, animales e incluso geométricos, completan la ornamentación de los capiteles las tradicionales arpías de cuellos exageradamente alargados, un curioso hércules o atlante sujetando con sus brazos la parte superior de un capitel, así como hieráticos rostros surgiendo de la floresta, posible alusión a los cultos a la naturaleza propios de la Antigua Religión.

En definitiva, primitivo y rural, es cierto, pero un templo muy interesante, cuyos elementos y distribución, en su conjunto, se prestan a abundantes y extraordinarias especulaciones.

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jueves, 12 de febrero de 2015

Fuentes de Magaña: una visita al Cretácico


Las singularidades de una Comunidad como ésta vieja y querida Extremadura castellana, son muchas y variadas y no sólo se refieren a ese románico que marca distancias desde la suprema espectacularidad de sus templos más referentes, a lo más sencillo de unas construcciones rurales que, aun a pesar de los pesares, todavía conservan retazos entrañables de su primitivo y mediático encanto medieval. Soria es una tierra antigua, el lecho de cuyos ríos, como el Cidacos, conserva retales de mundos arcanos antediluvianos y matrices, a la vez, de fabulosas historias, leyendas y tradiciones. Una tierra, donde los fantasmas del pasado claman con fuerza, mostrando los jirones de sus olvidados sudarios. Rutear por las Tierras Altas, es expandir la consciencia, abriendo la mente a un sin fin de posibilidades que, de una manera mediática y cada una en su ámbito de influencia, generan un pequeño universo multicultural que bien merece la pena conocer.

Comienza, pues, nuestra nueva ruta, al pie de esas impresionantes sierras cargadas de soledad, de antiguas gestas, de magia, de hechizo y de desolación, pero también ricas en leyendas, en tradiciones, en oscuros cultos de un pasado remoto; tierras celtíberas, de fieros pelendones que adoraban a dioses que el Cristianismo, en su imperante penetración, no pudo nunca hacer que sus voces se acallaran definitivamente y donde, después de todo, el románico también dejó herencias dignas de explorar y conocer, no exentas, en algún caso, de sorpresiva singularidad.

Todo el que accede por primera vez a Fuentes de Magaña, no tarda, para su sobrecogimiento y espanto, en verlo en la distancia, como el terrible dragón que, aposentado en mitad de unos campos que en verano reciben las albadas del grillo y la cigarra, parece mantenerse alerta, bravío y soberano en su propia fortaleza, esperando a ese atrevido San Jorge que, caballero de negra armadura y pasiones lunares, embista desaforadamente con la afilada lanza en ristre, como precursor del más célebre de nuestros caballeros: Don Quijote de la Mancha.

Nuestro perfecto ejemplo de monstruo del Cretácico, fue concebido, no obstante, en el año 2012, garantizando su pedigrí en los Talleres de Don Ricardo González Gil, si bien es cierto, que sus antepasados, esos grandes y terroríficos saurios cuyas afiladas garras hendieron la tierra durante milenios, gobernaban igualmente estos pagos con la estridencia de sus pulmones sobrehumanos y el látigo mortal de sus infinitas colas blindadas. De nombre científicamente greco-latino, este soberbio ejemplar de saurópodo -no en vano, dicen de él, ser una de las réplicas más grandes del mundo- vivió hace la friolera de 225 millones de años, caracterizándose por tener la cabeza demasiado pequeña en relación al tamaño colosal del cuerpo, dientes romos, nariz alargada y cuello largo y esbelto. Y otro dato más a tener en cuenta cuando nos adentremos por estos lugares: posiblemente, tanto sus restos fosilizados como los restos de otros muchos especímenes que vivieron en la zona, fueran los causantes de las numerosas leyendas acerca de monstruos y gigantes que se focalizan por la región.

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