domingo 5 de julio de 2009

Retorno a Andaluz

Andaluz, un nombre en el que algunos investigadores quieren ver cierta posible inluencia de la amplia comunidad mudéjar que residió en tiempos en el lugar. Un pueblo, cuyo aspecto, en la actualidad, no difiere demasiado del aspecto de otros pequeños núcleos rurales que jalonan la provincia, pero que engaña, y mucho, si nos atenemos, por ejemplo, a la importancia que tuvo en el pasado, así como a la amplia comunidad que lo habitó, de la que fue y sigue siendo, cabeza de partido.
Resulta poco menos que incomprensible, acudir a una de las sedes más entrañables de la presente edición de las Edades del Hombre, como es la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, y no dejarse caer -siquiera por hacer de ésta una parada ilustrativa y complementaria- por este pueblo, que, dicho sea de paso y con admiración no disimulada, conserva una de las mayores joyas del románico soriano del sigo XII: la iglesia de San Miguel Arcángel.
En efecto, enclavada en el punto más alto del pueblo -como no podía ser menos- la iglesia es visible en la distancia, gracias a una torre que, cual enhiesto y vital obelisco, simula un vínculo de unión entre la tierra y el cielo.
De secretos visibles o exotéricos, podemos mencionar, entre otros, el detalle de una inscripción sobre su pórtico -celosamente guardada por un grifo alado y un león en posición de ataque- que nos indica, al parecer, el nombre de su constructor, Subpirianus, así como la fecha en que se terminó de construir el templo: 1114.

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jueves 2 de julio de 2009

Quintana Redonda: Iglesia de Nª Sª de la Asunción


Quintana Redonda, quizás el núcleo central de la Mancomunidad del Rio Izana, que debe buena parte de su idiosincracia no al dicho tan popular que dice De Quintana Redonda los Cantareros, de tierra colorada, cántaros negros, sino a una historia muy diferente, aunque Historia al fin y al cabo. Una historia de descubrimientos arqueológicos y de tesoros que salen momentáneamente a la luz para después desaparecer misteriosamente en las alforjas privadas del desaprensivo cacique de turno.
No obstante, la intención de la presente entrada no es hablar de este tipo tan generalizado de bochornoso y despótico egoísmo que nos priva de una riqueza artistica y cultural que nos pertenece a todos -en este sentido, recomiendo la entrada de un buen amigo http://ojosoria.blogspot.com/2009/04/quintana-redonda.html -sino de algo que yo, de manera particular, por supuesto, y en referencia a la iglesia de Nª Sª de la Asunción, denomino como el misterio románico de Quintana Redonda.
¿Hemos de creer en el poder físico de las maldiciones, de la desventura, en definitiva, de la mala suerte?. Es posible, si tenemos en cuenta los desafortunados incidentes que engloban una parte significativa de su historia. A través de ellos, es posible sacar algunas conclusiones en relación a su estado actual, así como al no menos y desconcertante estado en el que nos encontramos las figuras de sus capiteles, y también aquellas otras que, situadas por encima de éstas, conforman sus canecillos. Detalle éste, desde luego, que ha de sorprender, y mucho, si nos atenemos a que sus primitivos orígenes se remontan al siglo XIII.
Basta un sólo vistazo, para darse cuenta de que unos canecillos y unos capiteles tan blancos y de figuras tan nítidas, han tenido que ser necesariamente restaurados, cuando no nuevamente acuñados. La historia así lo confirma, si tenemos en cuenta los siguientes sucesos, que marcan su desgraciada suerte:

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- 28 de marzo de 1728: la iglesia se viene abajo.

- En 1766, ha de reemprenderse la reconstrucción de la parte trasera de la iglesia.

- En 1780, y dado su pésimo estado, se acomete una nueva reforma, en la que se lleva a cabo el blanqueo de la iglesia, así como la recomposición del arco y de la bóveda.

- El 21 de noviembre de 1808, la iglesia es saqueada por la soldadesca francesa, perdiéndose -como en numerosos lugares de España- piezas de irreemplazable valor.

- El 10 de febrero de 1869, al parecer, coincidiendo con el miércoles de ceniza, cede de nuevo la parte trasera de la iglesia, viniéndose abajo.

- El 13 de agosto de 1918, constituye, sin duda, la fecha clave en un sucesión de contínuas desgracias, con un pavoroso incendio, que la deja prácticamente en ruinas. La remodelación, tal y como podemos observar ahora, se realizó entre el 24 de mayo de 1921 y el 22 de abri de 1924. (1)

Frente a ésta cadena de sucesivos y desgraciados acontecimientos, surge, inevitablemente, la pregunta: entre tanta desgracia y reconstrucción, ¿se mantuvieron escrupulosamente los elementos originales -como canecillos y capiteles, si es que los hubo labrados alguna vez- o por el contrario, éstos se vieron desvirtuados, añadiéndose de nueva acuñadura, con un mensaje que, aunque netamente basado en los Evangelios, no guarda relación alguna con las imágenes originales?.

No obstante, y obviando el detalle de su indeterminado origen románico, sí se puede comentar -siquiera como dice el refrán, cabalgando a lomos de burro viejo- parte del mensaje simbólico que subyace en ellos. De tal forma, que entre los primeros capiteles -puede resultar curioso el canecillo situado más o menos a ésta altura, que representa un cuerpo de espaldas y desnudo- encontramos al ángel expulsando del Paraíso a unos rollizos Adán y Eva que, a partir de entonces y dicho sea de paso en un castellano prístino haciendo referencia al canecillo mencionado, quedan con el culo al aire; es decir, abandonados a su suerte, sin otra opción que tener que buscarse la vida.

Cercano a este, otro capitel ilustra con varias parábolas, como la del buen pastor y la viña y la vid, donde, además de la representación de Cristo, las ovejas y las viñas, encontramos otro símbolo de profundo significado: la palmera. Algo más allá, tenemos también una representación de San Miguel, en su doble función de juez y ejecutor, a juzgar por los atributos que porta en sus manos: la espada, herramienta predeterminada para la ejecución de la sentencia y la balanza, símbolo inequívocamente asociado con la idea de justicia. Bajo ésta última concepción, San Miguel desarrolla la función de ángel psicopompo; o lo que viene a ser lo mismo, una alegoría calcada del mito egipcio de Anubis y el pesaje de las almas.


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(1): Fuente: Wikipedia.

domingo 28 de junio de 2009

Andando se hace camino: las Cuevas de Soria

De similar manera que Izana, y formando parte del entorno de Quintana Redonda, la pequeña población de las Cuevas de Soria asume, también, una rica herencia celtíbera, cuyas huellas pueden rastrearse en los restos -incluído el de un castro- que a lo largo de los siglos han ido descubriéndose sobre el terreno. Historia y restos que, en el fondo, constituyen la mejor seña de identidad de un pueblo que -es una opinión personal, basada en impresiones- aún situado a una distancia aproximada de 20 kilómetros de la capital de la provincia, se ve -en mayor o menor medida- aquejado de ese mal endémico o peste heredada del siglo XX, que es la despoblación.

Con referencia a ello, se puede añadir que son numerosas las casas cuyo estado de abandono y deterioro inducen a preguntarse por el destino de unos habitantes que, motivados por incógnitas circunstancias, adoptaron como propio el poema de Machado, y haciendo camino al andar, emigraron a otro lugar en busca de la quimérica, y casi siempre evanescente ilusión de la prosperidad.
De prosperidad, también, puede ser la idea preconcebida del visitante que acude por primera vez al pueblo, y observa algún fastuoso chalet, en el que imagina toda una amplia gama de comodidades de las cuales carecen casi todas las demás casas, las cuales, sin perder su genuino sabor rural, se apiñan alrededor de una plaza en la que destaca un bar y un frontón de nueva acuñadura.
Como la gran mayoría de núcleos rurales, el pequeño cementerio se localiza adosado a la iglesia, constituyendo de por sí, una prolongación del terreno sagrado ocupado por ésta. De trazos sencillos, originalmente románicos y sin ornamentación que pueda ofrecer pistas -en base al estilo de los motivos decorativos de canecillos, metopas o capiteles-, acerca del gremio o escuela de cantería que desarrolló por allí su actividad, la iglesia de San Pedro Apóstol, y a diferencia de la vecina iglesia de Izana, dispone de una galería porticada que, tal y como se puede observar en el vídeo que ilustra la presente entrada, ha debido de ser remodelada no hace mucho tiempo, perdiendo esa pátina de vejez temporal con que la viera la última vez, hace algo más de un año.
Destaca -quizás porque la iglesia de la vecina población de Izana carece de ella- su galería porticada, aunque de columnas y capiteles lisos, sin información, así como los templetes superpuestos que recuerdan, a grosso modo, formas arquitectónicas similares -por poner un ejemplo- a la de ermitas como la de la Virgen de la Peña, en la localidad de San Pedro Manrique.
De su elenco y custodio artistico, referido a retablos -mayores y menores- cuadros, figuras e incluso artesonado, no puedo hablar, pues no me fue posible acceder a su interior; encargo éste, no obstante, que me encomiendo realizar en el futuro, pues estoy convencido de que siempre hay algo que puede ayudar a comprender mejor la idiosincracia del lugar en base a los cultos de sus gentes.
Pero, desde luego, no quisiera terminar momentáneamente la presente entrada sin comentar, siquiera sea de manera somera, una de las tradiciones que hacen que pueblos como las Cuevas de Soria sean como fuentes de aguas claras -metafóricamente hablando- de las que llevarse una botellita con la esencia de su mejor tradición. Me refiero a esa tradición -es de suponer que genuina y entrañable- que se conoce como el cisco.
Se celebra a mediados de marzo y consiste en la elaboración de carbón vegetal -de ahí su nombre- completándose la faena con un almuerzo comunal a base de migas pastoriles y chorizo, en el que participan tanto los vecinos de las Cuevas de Soria, como los vecinos de los pueblos de alrededor.
No sólo se hace la boca agua, sino que el sentimiento también. Porque en el mundo en el que vivimos, ¿quién no se plantearía incuso negociar con su alma, a cambio e la fortuna de poder gozar y saborear con toda la tranquilidad del mundo, tradiciones tan jugosas y entrañables como ésta?
Diario de un Caminante: 'Las Cuevas de Soria', 20 de Junio de 2009


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miércoles 24 de junio de 2009

San Pedro Manrique: crónica de una noche mágica




La Magia del Fuego


El Fuego, uno de los cuatro elementos primordiales de la Alquimia. Algo vivo y poderoso, cuyo descubrimiento supuso uno de los mayores hitos en la Historia de la Evolución humana. Un poder que hechiza, y al que se ha venerado desde el alba de los tiempos como a un dios. El Fuego, como un camaleón, adopta formas que actúan sobre el intelecto, dando lugar a mitos y leyendas. En definitiva, un elemento subyugador que protege, conforta y también devora y mata, según sea su estado de ánimo.



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El Paso del Fuego

Se acerca el ocaso, y en las Tierras Altas sorianas, la población de San Pedro Manrique se prepara para vivir, un año más, la nohe de San Juan. Hablar de la noche de San Juan, es hablar -que a nadie le quepa la menor duda- de Tradición, y por supuesto, de Magia; no en vano, cuando nos referimos a ella, la describimos como la noche más mágica del año. Y desde luego, la magia se deja sentir. Basta echar un vistazo a las calles del pueblo, engalanadas con banderolas y guirnaldas, que inmediatamente atraen a la memoria esa entrañable canción de Serrat, que lleva por título Fiesta. Y es que esto, constituye una auténtica fiesta, aunque, a diferencia de la canción, en San Pedro Manrique no hay villanos ni prohombres, sino una variada y rica mezcolanza de gentes de diferentes puntos de España, a los que se unen gran número de extranjeros, sin duda atraídos por una tradición, cuya fama ha dado la vuelta al mundo, como quinientos años antes lo hiciera Juan Sebastián Elcano.

No obstante lo dicho, no hemos de olvidar, en absoluto, que nos encontramos en una tierra que bien podríamos considerar como parte importante del corazón de la Celtiberia soriana. Esa misma tierra, cuyos pueblos dotaron de guerreros a la sitiada Numancia -situada en Garray, a apenas una treintena de kilómetros- y aún en su derrota, conservaron más o menos vigentes sus tradiciones, sus ritos y fundamentalmente, sus costumbres.

Con referencia a ello, se puede añadir, que hay quien opina que lo que en la actualidad conocemos como el Paso del Fuego y origen de una festividad que atrae multitud de miras, no es, si no, una reminiscencia de los antiguos ritos celtíberos en honor de Beltane, dios del Fuego. Ritos que tienen su origen en cosmogonías de muerte y resurrección; de purificación y fertilidad, que se celebran a la sombra de uno de los dos principales solsticios: el de verano.

Ritos que, aunque nos asombre, no son exclusivos de los antiguos pueblos de Occidente, sino que, a poco que nos fijemos, encontraremos numerosas similitudes con los ritos y celebraciones de otros pueblos y culturas oriundas de países lejanos, como algunas tribus africanas, o aquéllas otras tribus norteamericanas, o, si vamos más lejos aún, de países asiáticos como Tailandia, donde los thai o pasadores del fuego, reproducen en sus celebraciones, una imagen desconcertantemente similar a la de los pasadores del fuego de San Pedro Manrique.

En el caso de San Pedro Manrique, hay que añadir, así mismo, la ya cristianizada tradición que une al rito purificador del fuego, el concepto medieval de las Móndidas, así como el milagro atribuído a una Virgen de connotaciones originalmente negras: la Virgen de la Peña. De hecho, el acontecimiento se repite, año tras año, en un graderío -denominado Recinto del Fuego- especialmente habilitado, que se encuentra situado al pie mismo de la antigua ermita románica -apenas sobrevive el pórtico y poco más, de ésta época- que lleva su nombre.

En ésta versión cristianizada, las Móndidas serían las doncellas que el pueblo debía de pagar como tributo al caudillo sarraceno que gobernaba la comarca. Según esto, y cansados de cumplir con un tributo tan deshonesto, los hombres de San Pedro Manrique se encomendaron a la Virgen, prometiendo atravesar descalzos las brasas ardientes si ésta intercedía por ellos, poniendo fin a dicha situación. Por supuesto, el caudillo sarraceno asistió a la prueba e impresionado por tan singular prodigio -es de notar el carácter supersticioso que en este tipo de relatos se concede siempre al sarraceno- aquél, impresionado, desiste de sus pretensiones, y en honor a la Virgen, comienza una tradición que se perpetúa a través de los siglos en la siempre mágica noche de San Juan.

Sea como sea, no es cuestión de restar mérito al paso del fuego, pues aunque la Ciencia ha intentado racionalizar el prodigio desde un punto de vista exclusivamente natural y medible, también es cierto que todavía no ha dicho la última palabra acerca del por qué los pasadores atraviesan las brasas descalzos, sin sufrir quemadura alguna.

Por último, añadir un detalle significativo: la madera que se utiliza para hacer la pira, es de roble. Y como todos sabemos, el roble era el árbol sagrado por excelencia de los celtas.



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El Recuerdo de una Noche Mágica

Pasan algunos minutos de las siete de la tarde, cuando subo por las empinadas y estrechas callejuelas con sabor medieval que, cual metafóricos meandros, desembocan en la plazoleta donde se levanta el Ayuntamiento de San Pedro Manrique, con su fachada blanca, renacentista y las banderas a merced de la suave brisa. En el entarimado del escenario, situado enfrente del Ayuntamiento aunque ligeramente ladeado y al comienzo de una bocacalle, los músicos desarrollan su frenética actividad: en la noche de San Juan no puede haber fallos; todo ha de ser minuciosamente revisado para que ambas magias -la musical y la del solsticio o magia de los equinoccios- procuren a propios y extraños un acontecimiento inolvidable. Como inolvidable es, por cierto, ver las terrazas de los bares rebosantes de gente, que brindan con entusiasmo augurándose una feliz noche. Otros, tan numerosos o quizás en mayoría a aquéllos otros que están cómodamente sentados, permanecen de puerta de bareto para afuera con los vasos de plástico en la mano. Los abuelos pasean lentamente por el rústico empedrado, llevando de la mano a sus nietos pequeños, esos mismos que, a buen seguro, en el futuro y pelo en pecho, cargarán con la moza en sus espaldas, desafiando el embrujo de las brasas.

No lo puedo evitar: soy un nostálgico. Y en mi añoranza de pasado, encamino mis pasos hacia el cementerio con la intención de volver a echar un vistazo a las abandonadas y misteriosas ruinas de San Miguel. Para penetrar en su interior, es necesario empujar y atravesar la verja del camposanto y enfrentarse a esa faceta tenebrosa que es la muerte. En las sepulturas, solitarias a esta hora de la tarde, ángeles, cruces y madonas reciben la mortecina luz de un sol que va perdiendo intensidad a marchas forzadas, anunciando la proximidad del ocaso. Será entonces, a partir de medianoche -si hemos de hacer caso a las leyendas- cuando se liberará, hasta la próxima alborada, una auténtica legión de seres fantásticos, entre los que, desde luego, no han de faltar espíritus inquietos y demonios agazapados en los cruces de caminos o en las esquinas mal alumbradas de las callejas, dispuestos a avalanzarse sobre el confiado incauto. Por si acaso, y recordando la experiencia del año pasado en el Cañón del Río Lobos -donde un auténtico diluvio estuvo a punto de convertirlo en una nueva Atlántida- miro con desconfianza al cielo. Hay algunas nubes, sí, pero su aspecto no parece amenazador y respiro aliviado.

Sin embargo, los rayos solares apenas penetran en el interior de un lugar que, por sus características góticas, así como por otros pequeños detalles, me induce a sospechar que existe una sombra mucho más espesa que aquélla otra proporcionada por una jungla vegetal, que se extiende a su antojo por un suelo que hace años, muchos años, perdió para siempre su primigenio enlosado. Me refiero a esa peculiar sombra, chinesca y espesa como ninguna otra, que se remonta al periodo comprendido entre 1118 y 1307: la sombra de los templarios.

Afortunadamente para mí, no estamos en vísperas de todos los Santos y en San Pedro Manrique, que yo sepa, no existe, tampoco, ningún Monte de las Ánimas que albergue unos huesos descarnados, envueltos en sudarios, pero dispuestos a continuar una disputa que tiene visos de ser eterna. Aunque nunca se sabe, pues, como he dicho anteriormente, la noche es especial y cualquier cosa, por increíble que parezca, puede suceder.

Después de tomar varias instantáneas, desando el camino y vuelvo a cerrar la verja detrás de mí. No tengo que andar mucho hasta el Recinto del Fuego, pues se encuentra situado en el mismo camino, justo enfrente del cementerio y de la malograda iglesia de San Miguel. Cierto es el refrán que dice que no por mucho madrugar amanece más temprano; en contra de lo que esperaba, ya hay gente ocupando los graderíos, extranjeros en su mayor parte. A pie de pista, veo la leña amontonada a un lado, y sin poder evitarlo, me estremezco involuntariamente, pensando en el momento en que esos enormes leños se conviertan en brasas ardientes esperando el desafío de unos pies anónimos.

Algo más tarde, no deja de impresionarme la rapidez con que se monta la pira en el centro de la pista -en ese mismo lugar, donde todavía se pueden apreciar los efectos de la hoguera del año anterior- entrecruzando los maderos hasta conformar una especie de montículo de forma rectangular. Por los huecos dejados en la parte baja de éste, los montadores han dejado, ex-profeso, huecos más que suficientes para introducir en ellos papel de periódico, que servirá como agente detonante para la combustión. En pocos segundos, una espesa humareda blanca se extiende hacia lo alto, desplegándose por los cuatro costados de la pira, mientras las llamas comienzan a devorar la dura carne del roble sacrificado. Todo está calculado milimétricamente, a pesar de que aún faltan varias horas para las doce de la noche. Hipnotiza ver la danza de las llamas y el cambio en la tonalidad de sus colores, que las confiere características camaleónicas.

¿Son imaginaciones mías, o en el ambiente se está desplegando cierto tufillo a azufre?. No importa, lo cierto es que, en cuestión de segundos se despliega un calor tan intenso, que acercarse para tomar fotografías constituye, si no una hazaña, al menos un deseo que conlleva cierto riesgo. Pero estamos en la noche de los deseos; esa noche especial que se repite cada trescientos sesenta y cinco días y en la que éstos, aún maquillando el ritual, conllevan siempre la intención de purificar en las llamas todo lo negativo y atraer la buena suerte para el nuevo periodo.

Noche cerrada. Se acerca el gran momento. Los pasadores todavía no han hecho acto de presencia, y en las gradas, a rebosar, no cabe un alma, literalmente hablando. De la grada de enfrente a aquella en la que me encuentro situado, se eleva una fuerte ovación cuando hacen acto de presencia las autoridades, acompañadas de Don Jaime de Marichalar. Hay una nueva ovación cuando éste, sentado en el graderío central, se coloca al cuello el pañuelo rojo de los sanjuanes.

La expectación aumenta, aunque los minutos pasen lentamente; quizás, anormalmente lentos, o al menos, así lo parece. A pesar de que no cabe un alma más en el recinto, la gente continúa acudiendo. Durante unos segundos -a lo mejor la eternidad tan sólo se reduce a eso, a unos segundos- tengo la impresión de estar en un circo romano, rodeado de gente entusiasmada que espera impaciente un espectáculo que se las promete de lo más subyugador. Las largas trompas imperiales se ven sustituídas, sin embargo, por las jaraneras notas de las trompetas, las dulzainas y los tamboriles. Así, marcando el ritmo al son de las tradicionales sanjuaneras, la banda entra en el Recinto del Fuego. Y por fin, tras ella, los pasadores y acompañantes que, entre aplausos y ovaciones, dan varias vueltas bailando en círculo alrededor de las brasas, bastante más que vivas todavía, pues de atizarlas se han encargado, cuidadosamente, varias personas.

El hombre tiene espaldas de leñador. Tal vez por ese detalle de fortaleza, apenas sienta como una pluma el peso de la mujer que acaba de colgarse, abrazándose a él como una lapa. Me refiero al primer pasador, que gira con su pareja a cuestas, saludando al público y obteniendo un fuerte aplauso desde las gradas. Lo dicho, ovación y aplausos; aplausos y ovación. En cuestión de segundos, suena, semejante a un floreo taurino, el conocido ta-chán y la consiguiente cuenta de los pasos: uno...dos...tres...nueve. El paso del fuego ha sido impecable, pisando con fuerza, manteniendo las pisadas acordes con un elegante movimiento de piernas de noventa grados. La segunda pareja, notablemente más bajo y menos corpulento el hombre, no les va a la zaga y realizan el paso de las brasas de manera espectacular también. Detrás de estos, me llama la atención lo que, a priori, parece un hombre con su hijo de seis o siete años, y sobre todo, el comentario que hacen mis vecinos de grada:

- Ese niño no olvidará nunca la experiencia...

Pero, desde luego, lo que yo no olvidaré jamás, fue el paso valiente, decidido, confiado y sin vacilar, de la última participante: una guapa jovencita rubia, por completo vestida de blanco, a la que tuve ocasión de volver a ver al día siguiente, en una entrevista para la televisión:

- Lo hice en memoria de mi abuelo, que falleció hace un año.

Creo que su abuelo estará orgulloso desde esa estrella particular a la que los antiguos cristianos pensaban que iban las almas de los fallecidos, como creo que lo estuvimos todos los que lo presenciamos. Vaya, pues, desde aquí, mi más sincera admiración y enhorabuena por tan gallarda valentía.

Cuarenta minutos de Magia, que estoy seguro de que en cualquier otra crónica darán para mucho más. ¿Quién fue el estúpido que dijo una vez que el valor es sólo cosa de hombres?.

San Pedro Manrique, 23 a 24 de Junio de 2009



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domingo 21 de junio de 2009

Viaje a Izana

Iniciar un viaje, por corto que sea, conlleva siempre riesgos. A los riesgos físicos de sufrir mil y un percances por el camino, se suma, también, otro riesgo que ha de tener en cuenta todo espíritu inquieto y aventurero: el de lo desconocido. Es en este tipo de riesgo, donde yo particularmente incluyo ese factor misterio que, bien por cuenta propia o bien en oscura alianza con el fatum o destino de las tragi-comedias griegas, te lleva por otros derroteros muy alejados de aquéllos que tenías en mente al salir de casa.
Entonces, a medida que uno varía el rumbo y pisa por primera vez lugares nuevos, surgen los enigmas y con ellos, previsiblemente, las preguntas. Y es que éstas, como bien cantaba Bob Dylan allá por los años setenta, quizás se encuentren en el viento. Aunque, particularmente, me siento más atraído -por cuanto a relación con el tema- con ese consejo que en la novela Peregrinatio -esa maravillosa continuación de Iacobus, de Matilde Asensi- el caballero Galcerán de Born, le da a su descarriado hijo, Jonás: '...en el camino, Jonás, todo es mágico y simbólico; múltiple y ambiguo; cada pormenor o circunstancia puede significar mil cosas posibles y cada cosa posible se relaciona secretamente con sitios, conocimientos, sucesos o fechas infinitamente lejanos en el espacio o el tiempo...'.
Durante mi viaje, encontré los suficientes enigmas, desde luego, como para escribir un pequeño libro. El misterio, como no podía ser menos, comenzó en Andaluz, y más concretamente en su espectacular iglesia románica del siglo XII, consagrada a San Miguel Arcángel. Pero la aventura de Andaluz será parte de otra entrada, pues contiene los suficientes elementos mistéricos como para concederla la licencia de una descripción particular. Baste saber, que antes de llegar a Izana y Cuevas de Soria, la aventura transcurrió por lugares como Centenera de Andaluz, pasando por Matamala de Almazán, Tardelcuende -un pueblo que en la actualidad no reconocería ni Juan Antonio Gaya Nuño, su hijo y vecino predilecto, a juzgar por el gran número de construcciones modernas que pude observar mientras lo atravesaba- hasta desembocar en Quintana Redonda, nueve kilómetros más allá, y en la iglesia de Nª Sª de la Asunción, que también, como en el caso de Andaluz, se merece una entrada aparte.
Bien, a las afueras de Quintana Redonda -pongamos a unos trescientos metros, aproximadamete, y a ojos de buen cubero- hay dos carteles indicadores: uno con el color rosa oscuro de los monumentos histórico-artísticos, que informa de una villa tardorromana, y otro que, señalando en la misma dirección, localiza las poblaciones de Izana y Cuevas de Soria
La villa tardorromana queda, aproximadamente, a mitad de ambas poblaciones; pero absteneros de vistarla, porque seguramente os daréis con la puerta en las narices, tal y como me sucedió a mi. Si aún así, desoyendo el consejo, pasáis por allí, dejándoos llevar por la curiosidad, os encontraréis con un edificio moderno que alberga la susodicha villa y que, por el aspecto de sus encristaladas puertas de acceso, así como por la ausencia de cualquier tipo de cartel o aviso, no parece haberse abierto nunca al público.

De Quintana Redonda a Izana, discurre una carretera comarcal, en condiciones bastante más que aceptables. Dicha carretera, serpentea a través de un variopinto paisaje, formado, alternativamente, por bosques, montes y valles, en los que se alternan tierras de labranza. Conforman un cromatismo interesante, muy digno de admirar y de tener en cuenta.

De éste, os sorprenderá el pronunciado color amarronado-rojizo de la tierra -que parece despedir fuego a horas tardías del mediodía- que os hará comprender, de paso, que una de las principales y más conocidas actividades de la zona esté basada en la cerámica, y también el por qué a ésta, se la denomina 'cerámica negra'.

Lo primero que se contempla al entrar en Izana, es su ruda y sencilla iglesiata de mediados del siglo XII, tal y como la define Cayetano Enríquez de Salamanca en su obra Rutas del románico en la provincia de Soria. Añade Cayetano -y lo incluyo como dato complementario- que la cabecera, realzada, no ofrece más motivo decorativo que una cornisa sobre modillones lisos y de tres rollos. Análogos son los del paramento meridional en el que, dentro de un cuerpo resaltado, se abre la portada. Está formada ésta por seis rudas y mal trazadas archivoltas decoradas, de fuera a dentro, con puntas de diamante, bezanges, baquetones, ajedrezado y retícula de rombos. Apean sobre tres parejas de columnas con capiteles desproporcionadamente grandes en relación con los respectivos frustes y de labra sumamente bárbara que apenas permiten adivinar las historas representadas.

A este respecto, me gustaría añadir que el capitel de la izquierda, según me comentó un anciano que acudía a misa y que seguramente lo conoció en mejores condiciones de las que se encuentra actualmente, representa a Adán y Eva. Y en efecto, a pesar, repito, del mal estado del referido capitel, aún pueden distinguirse dos figuras humanas, y en medio de ellas, un árbol, que sugieren esa posibilidad.

Un dato curioso a añadir, es que la parroquial de Izana se encuentra bajo la advocación de los santos Gervasio y Protasio, hermanos gemelos de ascendencia romana -patricios, al parecer- cuya vida, envuelta en leyendas, se remonta al siglo I después de Cristo. Poco, como digo, se sabe de la vida real de estos primeros mártires cristianos, a excepción de que sus padres -Vital y Valeria, santificados también- fueron mártires antes que ellos y que a ellos -perdón por la redundancia- se les decapitó por orden de Nerón.

Lo significativo del hecho, común, por otra parte, a la vida legendaria de numerosos santos, es que incluso después de muertos, sus cuerpos -o parte de ellos, reliquias- son capaces de obrar toda clase de prodigios por sí mismos; prodigios que, naturalmente, desembocan en la consiguiente veneración y culto. Y de todos es conocido, el increíble tráfico de reliquias que comenzó durante las Cruzadas y se incrementó y generalizó durante la Edad Media. En el caso de los santos Gervasio y Protasio, la leyenda comienza cuando sus restos fueron encontrados, mediante una visión divina y los milagros obrados durante su recuperación y posterior traslado. A saber: devolver la vista a un ciego y liberar de la influencia del demonio a varios poseídos, entre otros.

Del interior de la iglesia, y aparte de un sencillo artesonado de origen mudéjar, destaca una pila románica que, supuestamente, se remontaría, también, a ese mediado siglo XII en que aquélla se construyó. El estado general de la nave, no es, desde luego, de los mejores. Debido a ello, y seguramente por la humedad que se ceba en la zona del ábside, el artesonado de madera -de posible origen barroco- del Retablo Mayor, se encuentra prácticamente desprovisto de motivos decorativos. Debe de ser por dicho detalle, que la preciosa imagen románica de la Virgen no se encuentre en el centro de éste, como correspondería, sino en un pedestal improvisado situado en la nave del templo. Junto a ella, y ocupando el centro de otro retablo más pequeño, una figura -misteriosa y enigmática, como pocas- llama poderosamente la atención: San Antón.

Si hemos de hacer caso a las recomendaciones reflejadas por Matilde Asensi en su libro ya citado, Peregrinatio, los seguidores de este extraño santo -los antonianos, que se caracterizaban por lucir una gran tau de color azul, que destacaba en su hábito negro- serían los hermanos menores de los otrora templarios y ahora caballeros de Cristo, y que comparten con ellos los conocimientos fundamentales de los secretos herméticos.

La figura de San Antón que se puede contemplar en la iglesia de Izana, contiene algunos detalles que, en mi opinión, son dignos de tenerse en cuenta. Posiblemente, el más significativo, sea el número de taus que se pueden localizar en ella -tres- y que, tal vez, constituyan un mensaje dejado ex-profeso por el artista. Éstas se localizan de la siguiente manera: la primera en el pecho; la segunda en la capa que cubre su hombro izquierdo y la tercera, coronando el elemento que le distingue como maestro e iniciado: su báculo o bastón.

Quiero resaltar, y es un hecho cierto, que a pesar de llevar recorridos por la provincia la nada despreciable cantidad de cien mil kilómetros, no son muchas las figuras de San Antón con las que me he topado en mis aventuras. Es más, tan sólo recuerdo otra, situada, también, en la parroquial de una pequeña comunidad rural: Ventosilla de San Juan. Puede ser un referente interesante añadir que este pueblecito se encuentra situado a escasa distancia de Renieblas; y en Renieblas, aparte de localizarse un importante campamento romano -uno de los que participó en el asedio a la ciudad arévaca de Numancia- se constata, así mismo, una apreciable presencia de la Orden del Temple.

La figura del San Antón de Ventosilla tiene, a su vez, interesantes connotaciones, aunque, de entrada, éstas difieren con las de la figura sanantoniana de Izana. Por ejemplo, en el número de taus: dos, una en el pecho y la segunda formada por el báculo sobre el que se apoya su mano derecha. La tau del pecho, tiene una interesante peculiaridad: es bicolor. En efecto, el dintel o palo superior es de color azul y el palo inferior, de color rojo. El hábito es de color negro -en el caso de la figura de Izana, el hábito es de color dorado o amarillo, cosa inhabitual- aunque el color negro y la claridad en la pata izquierda del animal, coinciden en ambos casos. Únicamente difiere la posición del animal, pues en el caso de la figura de Izana el cerdo se encuentra junto al pie derecho del santo, y en el caso de la figura de Ventosilla, lo hallamos junto a su pie izquierdo.

Por otra parte, la Virgen románica de Izana no deja de tener, también, detalles interesantes, y sobre todo, mistéricos. El misterio, en parte, radica en que cumple, básicamente, una de las acepciones comunes a éste tipo de imágenes: no se sabe absolutamente nada de ella. Ni siquiera el párroco -un hombre afable donde los haya, y al que expreso mi gratitud desde estas líneas por su amabilidad- conoce su nombre: la Asunción o la Virgen del Rosario, fue su contestación, cuando le pregunté al respecto. De manera que, ante tal inseguridad onomástica, me referiré a ella como Santa María de Izana.

Hace tiempo que pienso, observando estas imágenes, que el cromatismo de que hacen gala, puede llegar a constituir una especie de código o clave, siendo los colores más utilizados por los misteriosos talladores, el azul, el verde, el rojo y ocasionalmente, el dorado (polvo de oro). En el caso de nuestra Santa María de Izana, es este último, junto con el azul, los colores que destacan. Desde mi punto de vista, la utilización del color dorado, denota cierta importancia, puesta de manifiesto por el desconocido tallador.

Es muy posible que su edad se remonte a mediados o finales del siglo XIII; inluso al XIV, si nos atenemos, por ejemplo, a que su expresión, aunque hierática -otra de las cualidades afines a estas imágenes- parece estar dulcificada en parte. Al contrario que la iglesia en la que se encuentra, un sólo vistazo basta para apreciar una reciente restauración. Como un sólo vistazo basta, para darse cuenta, así mismo, de que el brazo derecho del Niño está amputado. Resulta ésta una práctica habitual, que entiendo que se quiere disfrazar como de necesaria para la colocación del manto, pero que, en el fondo, encubre un desesperado intento por ocultar detalles compometedores, que puedan dar lugar a cierto tipo de interpretación agnóstica.

La mano izquierda de la Virgen sujeta una pequeña esfera, elemento tradicional que puede contener un concepto herético en la época: la esfericidad de la Tierra. Este motivo, a veces se ve sustituido por frutos, siendo los más comunes, el melocotón o la manzana. La mano izquierda del Niño, muestra otro elemento común: el libro. Estas imágenes, suelen mostrar el elemento libro de dos formas determinadas, según sea el mensaje que quiera poner de manifiesto el tallador: libro abierto, libro cerrado; mensaje a la vista, mensaje oculto. En el caso que nos ocupa, el libro cerrado que mantiene en su mano el Niño, podría denotar la existencia de un mensaje oculto; en definitiva, un secreto.

Por si estos no fueran elementos suficientes para los amantes del misterio, se puede añadir que en la nave de la iglesia de Izana, se pueden encontrar otros santos que, por sus peculiaridades, inducen a pensar en connotaciones esotéricas de primer orden: como el asaeteado San Sebastián o San Antonio de Padua, con el Niño en brazo y arrastrando la leyend de las famosas tentaciones a que fue sometido por el Diablo. Lugar donde la presencia celtíbera fue notable, no defraudará, tampoco, al amante de la naturaleza y de la tranquilidad.

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viernes 19 de junio de 2009

QUO VADIS, NUMANCIA?

Anoché soñé que volvía a las ruinas de Numancia. Pero a diferencia de otras ocasiones, en mi sueño las contemplaba desde un lugar diferente; un lugar denominado Peñarredonda. No me preguntéis por qué, pero en el sueño, era consciente de que allí, hace milenios, acampó una parte considerable del ejército invasor al mando del ejecutor de Cartago, el orgulloso general romano Escipión, conocido, también, como el Africano.
Resulta curioso, cuando no significativo, añadir que en mi sueño -lúcido, como sólo puede llegar a ser un sueño con ciertos visos de realidad- participé en una entrañable romería, antes de que mis pies pisaran por primera vez éstas solitarias parameras impregnadas de tantos recuerdos y de tanta Historia, y sobre las que tantas cosas podrían contar los pastores de antaño: aquellos por cuyas venas ha circulado siempre la auténtica sangre numantina y conocen los secretos de la tierra y del viento.
Recuerdo -como si recordar, a veces, no fuera también un sueño-, una mañana soleada, excesivamente calurosa en las horas posteriores al mediodía y una comitiva -engalanada, aunque alegre e informal- siguiendo la imagen del santo patrón: San Antonio de Padua.
En mi sueño, yo también formaba parte de esa comitiva. Estaba casi al final de la misma. Vestía un niqui blanco, a rayas; pantalones tejanos azules, cuyo logotipo -Lee- me traía a la memoria el apellido de un famoso general de la Guerra de Secesión norteamericana, y mocasines de color marrón, sin apenas tacón y muy cómodos para andar por el campo. De mi hombro, como era costumbre en mis desplazamientos en la vida real, colgaba una bolsa de color negro que contenía todo el equipo fotográfico: otro pequeño universo de sueños, formado por cámaras digitales, baterías y pilas, que todavía contenían en sus tarjetas gráficas destellos aislados de memoria, relacionados con otras gentes y otros lugares; en definitiva, con otros sueños y otros universos.
Encabezando la comitiva, la imagen del santo era transportada, según la tradición, por cuatro mujeres solteras a las que, caso de cumplirse, San Antonio otorgaría un afortunado matrimonio. ¡Cómo recuerdo unas risillas y algún que otro sonrojo femenino!.
De alguna manera, conocía el nombre del sacerdote: Don Carmelo. Y sabía, también, que llevaba muchos años oficiando la ceremonia, de manera que sus pies habían hollado numerosas veces aquéllas espectrales estepas numantinas.
En lo alto de un cerrillo, y en lugar rocoso, una pequeña ermita, de porte humilde y abolengo románico -aunque muy modificado con el tiempo, y en modo alguno equiparable a la ermita de los Santos Mártires, antiguamente de San Miguel- mantenía sus puertas abiertas, esperando un calor humano que se perpetuaba de un año para otro, sellando el vínculo de una ancestral celebración.

Fue después del ágape -aún creo saborear un exquisito plato de marmitako-, aproximadamente a esas horas en que grillos y cigarras prolongan su canto trovadoresco, como corresponde a unos cortejadores impenitentes de damas, cuando el viento, procedente de ese lugar ignoto donde los Titanes intentan en vano liberarse de las cadenas que les atan eternamente a la tierra, comenzó a susurrar lamento y poesía.
El lamento tenía voz humana y nombre propio: Mª Jesús Perex. Lo realmente curioso -cuando no desconcertante- de este tipo de sueños, vuelvo a repetir, es que el soñador es plenamente consciente de todos y cada uno de los detalles del sueño. ¿Hasta qué punto se mezclan elementos oníricos y reales?. Es un enigma. Pero en el sueño, Mª Jesús Perex interpretaba el papel de Directora de la Cátedra de Historia Antigua de la UNED, y gentilmente se prestaba a darnos una lección magistral sobre el terreno, mostrándonos, de paso, los lugares elegidos por un nuevo enemigo, seguramente más devastador que el ejército de Escipión: el cerco de la especulación urbanística.


Había tanta expresividad, tanta fuerza emotiva en sus palabras, que me estremecí. Durante unos momentos, incluso el sueño se convirtió en hechizo y abandoné el lugar en el que me encontraba -un punto de las parameras, determinado por una columna blanca- ocupando otro detrás de la empalizada numantina. Desde luego, seguía escuchando la voz de María Jesús, pero ya no la veía a ella. Frente a mí, desplegados en perfecto orden de batalla, un número indeterminado de legiones, esperaba la orden de sus comandantes para avanzar. ¿Hasta dónde llega el valor y qué es en realidad el miedo?. Visto desde la perspectiva en la que me encontraba, sentí que entre ambos sólo podía existir un factor determinante: la desesperación.

Desde aquélla parte de la empalizada -en realidad, uno de los motivos de la causa y efecto del asedio- la más precisa máquina de guerra del mundo antiguo, se preparaba para un asalto que, en teoría, habría de ser fácil. Fue en este punto donde experimenté la épica de la historia, mucho más vívida y real, que aquéllas otras tragicomedias griegas que actuaban sobre el sentimiento del repertorio en fastuosos graderíos: lluvia de flechas; proyectiles ígneos que caían sobre los tejados; gritos de agonía y muerte; elefantes pertrechados para la guerra -bestias monstruosas nunca vistas hasta entonces por los numantinos- haciendo retumbar el suelo en su avance; cohortes de soldados, escudos al frente y lanzas en ristre, avanzando inexorablemente, una vez y otra; humo, griterío, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, festín de buitres y alimañas.

Desde mi lugar detrás de la empalizada, asistí al dolor inconmensurable de los ritos funerarios, cambiados en su forma original por necesidad: los niños enterrados en el suelo de los hogares; los cadáveres de guerreros y adultos, apilados en piras y convertidos en cenizas. Las armas de los difuntos, que tradicionalmente se rompían y se enterraban con ellos, vueltas a utilizar por otros guerreros, ante la falta de todo tipo de suministro; el hambre, terrible, dando lugar a actos impropios de canibalismo. Y después de años de desesperada resistencia, el fin.

- Hacia allí -decía María Jesús, en el momento en el que mi conciencia onírica regresó con el grupo- hacia la izquierda de las ruinas, es donde se tiene proyectado levantar el Polígono Industrial Soria II y la Ciudad del Medioambiente.

Recuerdo que pensé, llegados a este fatídico punto, que tanto el Ayuntamiento, como la Junta, estaban empeñados en conseguir lo que ningún nigromante hubiera intentado jamás, ni siquiera aunque le hubieran pagado su propio peso en oro: resucitar el fantasma de Escipión y destruir Numancia y su entorno una segunda vez.

Desperté con una inaudita mezcla de sentimientos. Por un lado, me sentía desolado al comprobar que en pleno siglo XXI, y gracias a las acciones desmesuradas y terriblemente fatídicas de algunas personas, civilización y barbarie venían a convertirse poco menos que en sinónimos. Pero también me quedaba la esperanza de que un golpe a tiempo de sensatez, mantuviera a las excavadoras lejos de aquella tierra que, aún al cabo de los siglos, son el mejor testimonio y la mejor herencia, no sólo para que el escolar soriano comprenda y viva su propia historia, sino para que esa historia sea comprendida y vivida por el resto del mundo.

Vuelvo a repetir: al igual que al santero de Gaya Nuño, me gusta ir a Numancia cuando zumba el viento, cuando cae frío de las alturas, cuando todos los elementos cooperan en hacer triste, espantosa e inerme a la ruina...

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Sólo me resta añadir, que no hubiera podido describir esta experiencia, si en el sueño no hubiera recibido, también, una amable invitación de Álvaro de Marichalar. Por ello, así como por las atenciones recibidas, le doy mis más sinceras gracias.

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domingo 14 de junio de 2009

Soria: ¡no te la puedes perder!

- Despertad, mi señor Don Quijote. Está amaneciendo y el camino es largo...
- Cierto, mi fiel Sancho. ¿Hacia dónde dices que nos dirigimos?.
- Vamos a Soria, mi señor, tierra de mil y una aventuras.
- ¡Hum!, no recuerdo que mi buen amigo Cervantes la mencionara en su hidalga novela.
- Cierto, mi señor, pero como dice el refrán y sabe bien vuesa merced, nunca es tarde si la dicha es buena...
- Dices bien, mi buen Sancho. Partamos, pues, sin más pérdida de tiempo.
- ¡Ea, burro, ande!.
- Adelante, Rocinante, sigamos el camino que nos marca el horizonte. Hay mil y un entuertos que desfacer en esta tierra.

- Y bien, mi señor Don Quijote, ¿qué os parecido la ciudad de Medinaceli?.

- Gloriosa, como afirma su nombre árabe: Medinat al Salim, la Ciudad del Cielo.

- ¿Y el arco romano?. ¿Y el castillo de Almanzor?. ¿Qué me decís de su Colegiata? ¿Y de su nevero?. ¿Y de las ruinas de San Adrián?. ¿No es, acaso, todo un primor su plaza mayor, de estilo renacentista?. ¿Y los murales romanos de su Aula Arqueológica?. ¿Y el monumento a Ezra Pound, ese poeta norteamericano que oía cantar a los gallos al amanecer?...

- Maravilloso, Sancho, maravilloso. Pero te olvidas de un detalle...

- ¿De cuál, mi señor Don Quijote?.

- ¡Ah, truhán!. ¡Qué pronto has olvidado cuánto ha agradecido tu estómago los exquisitos dulces de las hermanas clarisas!.

- Cierto, mi señor. Pero ya lo dice el refrán: a Dios rogando y el estómago llenando...
- ¡Calla, malandrín!. ¿Qué ven mis ojos?. Rápido, Sancho, mis armas. Veo al frente un ejército de gigantes...

- Pero, mi señor, no son gigantes. Son molinos de viento...

- Extraños molinos, vive Dios, que parecen el brazo de un gigante y tienen los dedos de la mano afilados como cimitarras...

- Los llaman eólicos, y según dicen, proporcionan energía barata y no contaminante.

- ¡Por las barbas del Profeta, extrañas brujerías éstas de hoy en día, que causan espanto a la vista y destruyen el paisaje!.

- Mirad, mi señor, ya llegamos...

- Fijáos bien, mi fiel escudero: ¿será en nuestro honor que estas gentes tan amables cubren sus calles de banderolas de colores, en número tan generoso que parece que celebraran el triunfo en una gran batalla?.

- Son el preludio a las fiestas de San Juan, mi amo. ¿No os parece que el sol brilla de otra manera en vísperas del solsticio de verano?.

- ¡Pardiez, mi buen Sancho, que razón no os falta!. Ved cuantos pañuelos de colores se agitan en las ventanas para dar la bienvenida al visitante...

- Son flores, mi señor Don Quijote. Soria es la ciudad del color y de las flores. ¿Véis a vuestra izquierda?. Es la Alameda de Cervantes, un parque dedicado a nuestro patrón, y como el resto de la ciudad, está engalanada y dispuesta para recibir al domingo de Calderas...

- ¿Y esa fortaleza de muros semiderruídos que veo a mi derecha?. ¡Que se prepare su señor, si no es un caballero de Ley y de Fe demostradas!...

- Ved, señor, que no se trata de una fortaleza. Es la iglesia de San Francisco. Se cree que fue el propio San Francisco de Asis quien la fundó en 1214.

- Un lugar piadoso, entonces, a fe mía.

- Muy cierto, mi señor, muy cierto. Tan piadoso es, que los historiadores piensan que en algún lugar de su interior recibió cristiana sepultura el rey mallorquín Jaime IV, que falleció en Almazán en 1315...

- Ah, pero qué ven mis ojos: alguaciles del soberano de este reino...
- No son alguaciles, mi buen caballero, sino policías que velan por la seguridad de la ciudad, de sus habitantes y también de los visitantes que se acercan hasta ella con la intención de saborear su magia y su tradición...
- ¡Rediós, que un caballero no necesita un ejército, pero bueno es saber que hay gente dispuesta a acudir en su ayuda en caso de un apuro!. Decidme ahora, escudero: ¿a quién pertenece ese retrato que muestra la faz de un hombre de cabello largo, bigote fino y perilla recortada?.
- Os referís a Gustavo Adolfo Bécquer, mi señor. Poeta laureado por sus célebres Rimas y Leyendas y sus Cartas, escritas desde la celda que ocupó en el Monasterio de Veruela. ¿Véis aquél monte pelado y desierto que se alza a la izquierda del viejo puente de piedra, bajo el que discurren alegremente las cantarinas aguas del Duero?. Es el Monte de las Ánimas...
- ¿Por qué te santiguas, escudero?. ¿Qué mal temes que no pueda solucionar el filo de mi lanza?.

- Dicen que en la Noche de Difuntos, los huesos descarnados de los caballeros templarios, así como los de los nobles con los que combatieron por una cuestión de tierras, se levantan de sus tumbas y prosiguen su encarnizado combate, aterrorizando funestamente a todo aquél que se cruce en su camino...

- ¡Paparruchas, Sancho!. ¡Paparruchas!.

- Seguidme, mi señor. Ved con vuestros ojos tamaña maravilla que se encuentra justo enfrente de tan siniestro monte...

- Decidme, mi fiel Sancho: ¿qué palacio encantado es éste que estamos pisando?. ¿Son acaso los arcos del Palacio del Paraíso?.

- Mi señor, es el Monasterio de San Juan de Duero. Fue construído en los siglos XII-XIII por los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Observad que sus arcos, de estilo mudéjar, son únicos en su género. No hallaréis obra igual en toda la geografía peninsular...

- A fe mía que esos caballeros merecen estar en la gloria de Dios por semejante hazaña. Fijáos, Sancho, ¿quién será ese caballero solitario que escribe embelesado sentado en un banco, allá, en la orilla derecha de tan generoso río?.

- Os referís, sin duda, a Don Antonio Machado, mi señor. Nadie como él supo cantarle a Soria. No se extrañe, vuestra merced, de que esté mi frente arrugada, pues yo vivo en paz con el mundo y en guerra con mis entrañas...

- Pero, ¿qué decís, mi buen escudero?. ¿Habéis perdido, acaso el juicio?.

- Quía, mi señor. Son versos de tan querido poeta. También cantaba aquellos otros que decían así: he vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, trás las murallas viejas de Soria -barbacana hacia Aragón, en castellana tierra-. Estos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas...

- Vive Dios, mi buen Sancho, que tienes tantas sorpresas como barriga...

- Ya lo dice el cantar, mi amo: para estar siempre alegre, es preciso beber y yantar. Pero dejadme, mi señor, dejadme que os enseñe ese camino de enamorados que alaba el poeta. Es ese mismo camino, donde él se haya sentado, que comienza cuando uno atraviesa la Puerta de San Polo, antiguo monasterio templario, y termina en aquélla ermita que véis colgada de la roca, cuál fantástica luminaria...

- A fe mía, escudero, que es una hermosa ermita. Pero, dime, ¿cuál es su cuna y su advocación?.

- Su cuna es de las más humildes, mi señor, pues en sus inicios era una simple gruta. Se llamaba San Miguel de la Peña. En el siglo XV se descubrió un cuerpo santo, que decían ser de San Saturio, un piadoso y noble godo que repartió toda su fortuna entre los pobres y se retiró a este lugar buscando la paz de Dios. Dada la vocación que tal descubrimiento provocó entre las humildes gentes de Soria, y dados, también, los milagros atribuídos al Santo, siglos después se construyó la planta superior, aquélla que tiene forma de octogono, pasando San Saturio a ser patrón indiscutible de la ciudad, y de hecho, el santo más querido en toda la provincia...

- Presto, vayamos, pues, a presentar nuestros respetos a tan noble Señor...

- Observad, Sancho. Veo la planta de otra hermosa iglesia en lo más alto de aquél cerro, al lado de lo que parecen unas murallas arruinadas...

- Cierto es, mi señor Don Quijote. Veis el Cerro del Castillo y las antiguas murallas de la ciudad. Junto a ellas, la iglesia de Nª Sª del Mirón, una virgen digna de elogio -junto con la del Espino, cuya iglesia está situada en la otra parte de la ciudad, pegando al cementerio- y con merecida fama de milagrera...

- Vayamos entonces, sin tardar, a presentarle nuestros respetos, pues no se ha de decir jamás que Don Quijote fue un bribón, que estuvo en Soria sin visitar a tan bienhechora Señora, la Virgen del Mirón.

- Bien hablado, mi hidalgo señor. Entrad y contemplad qué cuadros tan hermosos y cuán alto su valor: la Natividad, María Magdalena, Santiago Matamoros, San Antonio de Padua, Santa Teresa de Jesús... Pero mirad allí, a vuestra derecha; la ocasión la pinta calva para admirar una de las pocas representaciones de cuerpo entero de San Saturio. Y por encima de él, aunque de menor tamaño, una genuina imagen de su discípulo San Prudencio, ataviado con las vestiduras de obispo, ya que llegó a serlo de Tarazona, ciudad aragonesa, como bien sabéis, situada muy cerca del Moncayo.

- Decidme, Sancho, si aquélla hermosa y engalanada dama que ven mis ojos en el retablo situado detrás del altar, es la Dulcinea de los Cielos, por más señas, la que llaman del Mirón...

- La misma, mi señor, ataviada con su manto de verde y grana, regia corona ceñida a su frente y orbe en la mano.

- Una vez presentados mis respetos a tan galana Señora, vayamos, Sancho, hacia la Plaza Mayor. Creo ver dos enormes fieras amedrentando a la gente...

- Calmaos, caballero Don Quijote, que son leones mansos. Fijáos cómo conviven con las palomas...¿Véis?. Guardando eternamente el Ayuntamiento.

- Veo mucha nobleza en ese escudo. Rápido, decidme, Sancho, ¿a quién pertenece?.

- Es el escudo de los Doce Linajes. Mirad bien, mi señor. Está dividido en doce partes iguales, que representan a las doce familias nobles que repoblaron Soria allá por el siglo XII: Calatañazor, Barnuevos, San Llorente, Velas, Chancilleres, Cancilleres, Santa Cruz, San Esteban o Santisteban, Morales blancos o someros, Morales negros u hondoneros, Salvadores blancos y Salvadores negros...Pero acerquémonos hasta la Plaza del Rosel y los veréis al detalle uno por uno.

- A fe mía que hay Historia, y si éstas piedras hablaran, cuántas hazañas e hidalguía describirían, pues en sus armas se ve que rebosan nobleza y valor...Pero, ¡albricias!. ¿Qué ven mis ojos?. ¡Un palacio encantado!. Presto, Sancho, que seguro que hay alguna dama en apuros, pues veo unos gigantes intentando robar el blasón...

- Deteneos, mi señor, que no son gigantes malandrines, sino maceros arquitectónicos que sostienen el escudo de los condes de Gómara, pues a ellos perteneció tan emblemático edificio, mandado levantar por don Francisco López del Río en el siglo XVI, y que hoy en día es la sede del Palacio de Justicia. Pero seguidme, mi buen amo. Subamos por la calle de la Aduana hacia la iglesia de Santo Domingo...

- Hinquemos rodilla en tierra, mi fiel escudero, porque a fe mía que tenemos frente a nosotros un hermoso templo, que merece contemplación y devoción.

- Su origen se remonta al siglo XII, mi señor. En él celebraron sus nupcias Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra en 1171. Ved, mi amo, cuán hermosa portada, posiblemente modelo de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de Poitiers. Observadla mejor, mi señor Don Quijote. Fijáos con cuanto esmero el artista cinceló las escenas de la Asunción de la Virgen, la Anunciación, la Natividad y la Adoración de los Magos. Ved, también, entre otros muchos detalles arquitectónicos, la Pasión y la Resurrección de Nuestro Señor en aquélla última arquivolta, cerca de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis...

- Muy cierto, Sancho. ¡Qué destreza debió de poseer en sus manos tan portentoso cantero!. ¿Y qué maravillosa magia es esa que hace como si flotara en el aire una de las rosas más hermosas que jamás haya visto?.

- Habláis del rosetón, amo, con sus ocho radios y sus cuatro círculos concéntricos, una alegoría alquímica y virginal, de transformación y renacimiento.

- ¿Y toda aquélla gente, Sancho?.

- ¿Os referís a aquéllos que se arremolinan a la entrada de la Concatedral de San Pedro?. Gente inteligente, mi buen amo. Ahí quería yo llegar, pues reservaba para vuestra merced el acontecimiento principal que pone el broche de oro en la visita a tan emblemática ciudad: las Edades del Hombre. Una exposición única, universal, que todos deberíamos ver, al menos una vez en la vida.

- Démonos prisa, entonces, y aguardemos nuestro turno, que Don Quijote no se ha de perder semejante espectáculo.

- Ea, pues, y no se hable más, que aunque fuera sin Edades, a Soria siempre merece la pena tornar.

'Fantasias de un Caminante': Soria, 13 de Junio de 2009

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