domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cuenca, un pueblo con encanto y una iglesia con misterio


De La Cuenca, me llamó la atención ese aspecto, posiblemente más propio de un pueblo serrano -macizo, henchido de tosca piedra, quizás como aquellos que el tiempo ha ido machacando en el mortero de las olvidadas soledades pelendonas cercanas a San Pedro Manrique, Magaña o Castilfrío-, que no el de un feliz asentamiento en un valle más o menos profundo, acariciado con nostalgia por vientos decididamente más cálidos y favorables. Cercana a la capital, de la que dista apenas una insignificante distancia de una decena de kilómetros, su ámbito situacional queda dentro de la influencia de una virgen de la leche, sambernardina, posiblemente tostada por el sol en origen y sin duda oficiosa en el antiguo arte de la alquimia, que no dejando que la movieran de su sitio -de ahí su nombre, según refiere la leyenda, Hinodejo-, consintió, no obstante hay que suponer que de buen grado, ser expuesta en la concatedral de San Pedro -no lejos de donde se custodia el cráneo bafomético de San Saturio-, durante la celebración de las pasadas Edades del Hombre. Hace ya algunos meses que visité el lugar -¿como un árbol que da las flores de la melancolía, aplicando la definición de Álvaro Cunqueiro en relación a ese accidente de la Creación, que es el hombre?-, y quizás mis recuerdos sufran esa artrosis con la que las Musas suelen castigar a los imprudentes que no siguen sus sabios consejos en los escasos momentos en los que, veletas como cinta al viento, revolotean casualmente cerca del corazón para susurrar lecciones magistrales en unos oídos generalmente sordos a los consejos; pero aplicando al recuerdo la técnica del buen cubero, creo recordar que después de la tormenta que me sorprendió desnudando canecillos en la sanmiguelina y románica iglesia de Nódalo, el Sol se confabuló triunfante -quizás no luciendo los treinta y dos rayos que, según las malas lenguas masónicas, representaría el emblema del Rey Pescador-, pero sí los suficientes, como para engañar a los sentidos, proporcionando unos tonos dorados y rosas que, recurriendo de nuevo al Maestro Cunqueiro, no son otra cosa que el polvillo que se desprende cuando Dios se sacude sus manos creadoras.
Humanas, pero sin duda creadoras también, las manos canteras que elevaron casas, casonas y casucas utilizando el método babilonio escalonado de los zigurats para burlar la aspereza obstinada de la viga maestra del insalvable promontorio, pusieron en su empeño artesanía y tradición; hasta el punto de que, si bien la forma de sus picudas chimeneas recuerda esa inolvidable herencia celtíbera, el malicioso gato negro que súbitamente se cuela de rondón hasta en los más sanos pensamientos, me seduce con dardos envenenados de superstición, y pienso en ese remedio, quizás bárbaro pero seguramente eficaz, dispuesto como un ariete contra el trasero de las brujas pertinaces que utilizaban ese aparente punto débil para colarse subrepticiamente en los hogares cristianos. Espantado el gato, que no por negro ha de ser siempre necesariamente malo, no es de extrañar que tal detalle, unido a ese color bermellón de unas tejas de arcilla cocida al amor de un horno de los de siempre; la cal en las paredes, que inmacula las bellezas del tiempo pasado, a las que el poeta Villon llamaba nieves; los cercados habilidosos, donde hasta el chinarro más pequeño tiene sitio y razón; las estrechas callejuelas, especialmente diseñadas para que las comadres cuchicheen de ventana en ventana; las luces mortecinas de los farolillos por los que antaño paseaba esa gente de paz haciendo la ronda; los cables del tendido eléctrico, combados hacia abajo por el peso inevitable de ligúricos grajos invisibles o el perro descansando en el umbral, fueran motivos suficientes para que Roberto Lázaro, director de cine, rodara en tan inmejorable escenario, según exponen con orgullo los vecinos de La Cuenca, una película que fue galardonada como el mejor cortometraje de ficción en la IX Edición de los Premios Goya, celebrada en 1997: 'La Viga'.


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Por otra parte, y como no podía ser de otra forma, la iglesuca, silenciosas sus campanas en vísperas de misa, domina el pueblo desde las alturas, que por algo Iglesia y Estado ocuparon siempre -de hecho, por derecho y cohecho-, los domos más elevados de la miserable pirámide social. De tiempos gloriosos y hazañas de conquista y reconquista en las fronteras del Duero, conserva buena parte de su carácter románico original, añadido su robusto aspecto de iglesia-fortaleza, tipo y detalle de los que la provincia conserva no pocos e interesantes ejemplares. Una valla encalada de blanco y vigas de madera soportando el porche, rodea un recinto al que se accede por una pequeña scala Dei conformada por siete escalones de piedra y forma semicircular. De las referencias ornamentales de su portada, cabe destacar la inclusión de aros olímpicos, flores de lis y esas mitológicas, colquianas arpías, acreedoras en su fealdad a los vicios y pecados, que parecen esculpidas por las manos del mismo Jasón que ejerció su actividad por los pueblos de alrededor. No hay marcas canteriles que reseñar, salvo un intento tímido de emular un símbolo del infinito, allá, en la jamba derecha o quizás una intención frustrada de acusar de participación al sastre cofrade o aludir a los caminos con el símil de los famosos zapatitos.
Llama la atención la presencia allí, en el ábside o cabecera, de uno de los farolillos a los que se aludía anteriormente al hablar de las calles del pueblo. Pero sin duda, el factor más reseñable, aquél que envuelve el alma de congoja y melancolía, es la inclusión de varios canecillos utilizados como relleno sin sentido ni discreción. Como se preguntaba Villon: ¿dónde están las nieves de antaño?.

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lunes, 4 de agosto de 2014

Villálvaro: la ermita de la Virgen de Lagunas


Es Soria una provincia relativamente pequeña, detalle que no impide, sin embargo, que posea, paradójicamente, una gran capacidad para agradar y sorprender. Una buena prueba de ello, son esos pequeños pero a la vez agradables imprevistos, que lejos de reseñarse -quizás como deberían- en las atracciones recomendadas en las principales rutas turístico-culturales, se encuentra uno casi de sopetón, hecho que suele suceder, generalmente, cuando se pierde el miedo y se deja que sea precisamente el azar, o la casualidad o la causalidad -que cada uno se sirva la porción del postre que más le agrade o le llene-, el mejor aliado de la aventura.
 
Villálvaro, es una pequeña población que se encuentra en las inmediaciones de San Esteban de Gormaz, Rejas de San Esteban y otro pequeño pero no menos curioso lugar, llamado Matanza de Soria, que se piensa que debe su nombre a una cruenta batalla medieval y la instalación en el lugar de los numerosos heridos y en cuya iglesia, muy modificada, se descubrieron hace algunos años unos curiosos grafitis, que en algún caso ponen los pelos de punta. Curiosamente, las guías de románico de la provincia, apenas hacen mención a Villálvaro, si no es para referirse al escaso románico que queda en una sencilla iglesita, que actualmente hace las funciones de capilla de cementerio. Ahora bien, apenas uno entra en el pueblo -si se viene de San Esteban de Gormaz en dirección a Matanza-, verá a la derecha, un pequeño caminillo rural, que se pierde en el infinito de unos campos, en los que se alterna, es de suponer que por necesidad más que por capricho, el barbecho y lo labrado y donde algunos arbolillos apenas pueden proporcionar un poco de sombra cuando el sol induce espejismos en las pestañas y grillos y cigarras esperan al fresco de la tarde para dedicar los mariachis al cortejo.
 
Pues bien, apenas a uno o como máximo a dos kilómetros de camino -que el ojo de buen cubero, sigue siendo maestrillo cuando se viaja ajeno a engorrosos utensilios-, en la distancia ya se aprecia, engañoso en la delicada belleza de su cabecera, un prometedor templuco, que parece haber brotado, como rastrojo a su capricho, en mitad de ninguna parte, como fama tienen algunos campos de Soria -pongamos como ejemplo, a Pedro y Barahona-, de hundirse sin motivo aparente, dejando unos agujeros tan perfectos, de los que las malas lenguas -o quizás sean buenas, pero a la vez supersticiosas-, dicen que se asoma el airado dios Airón a respirar. Se trata de la ermita de la Virgen de Lagunas. El nombre, de por sí, ya debería llamarnos la atención, induciéndonos a suponer que quizás antaño, como sucedió en Conquezuela, hubo alguna laguna en los alrededores, que fue desecada para convertirla en campo de labor. Y a juzgar por la excelente planta y aún los escasos detalles, tal vez, sólo digo tal vez, que especulando también se hace camino, hubiera en tiempos, quién sabe si medievales, algún poblado del que ya no queda constancia, aunque las fuentes situadas a pie de ermita, hablan de un lugar llamado precisamente así, Laguna, que figura ya como despoblado en el siglo XVI, y al que también se identifica con aquélla al-Buhayra de las fuentes árabes donde tuvo lugar la novena campaña de Almanzor en el año 980.
 
Otro de los detalles que sorprende, a los que desde luego ayuda una remodelación que la ha dejado el aspecto de chalet suizo, como consta la exclamación de sorpresa proferida por el excelente compañero de viaje, Maese Alkaest -no miento, tampoco, si digo que a pie de ábside, tuve la fortuna de poder hablar también con Maese Syr, que desgraciadamente no pudo acompañarnos en esta aventura, como estaba previsto-, es un acortamiento longitudinal de la nave, cuyos motivos siguen siendo un completo enigma, aunque he de pedir perdón, pues mi primer pensamiento, fue que la mitad del templo había sido reaprovechado, como de hecho ha sucedido en muchos otros lugares, y que muchos de sus formidables sillares andarían huérfanos por casas y vallados de los pueblos de alrededor. Vuelvo a pedir perdón, aunque también es cierto que, como dice el refrán, piensa mal y acertarás.
 
De la parte ornamental que sobrevive, no mucha, también es cierto, llaman la atención algunos detalles de su portada, curiosamente situada al noroeste -ésta sí que se expolió, allí mismo lo dice-, como el ajedrezado de tipo jaqués, flores cuatrifolias inmersas en círculos y curiosos entrelazados de tipo celta. Esos mismos entrelazados, se repiten en las bases superiores de los inexistentes capiteles de la ventana absidal.
 
De cualquier manera, tanto el lugar como la ermita, siquiera sea por su singular curiosidad, sí que merecerían figurar en esas guías y rutas románicas que tan bien se encargan de mostrar otros lugares más o menos heridos de alrededor.

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lunes, 28 de julio de 2014

Señuela se lava la cara


Hace algo más de una semana, algunos medios informativos -entre ellos El Mundo-Diario de Soria, de fecha 13 de julio-, se hacían eco de la finalización de los trabajos de restauración de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en Señuela, aprovechando, de paso, para reseñar las inversiones que se vienen realizando dentro de los acuerdos alcanzados en 1996 por la Diputación y el Obispado de Osma-Soria, con vistas a la restauración de algunos templos de la provincia. Como fruto de los referidos acuerdos, la iglesia de Señuela se ha visto favorecida por la reparación de la torre medieval -una auténtica joya, tanto por dentro como por fuera-, la cubierta y los muros, así como la provisión de pararrayos y la instalación de alarma, inversión y detalles con los que me congratulo plenamente, en base, sobre todo, a los vínculos de amistad que me unen con el lugar.
 
Así mismo, en base a ellos, lamento que en esos medios no se amplíen las noticias, y se mencione, siquiera de pasada, que Señuela lleva tiempo procediendo a un espectacular lavado de cara, en la que los esfuerzos de la Asociación de Amigos de Señuela, de los propios vecinos, así como la de los agregados de otros pueblos y lugares están consiguiendo que este pueblo, situado en las proximidades de Almazán y perteneciente al municipio de Morón de Almazán, comience a tener un aspecto saludable, surgiendo, como un moderno Ave Fénix del ostracismo y el olvido al que se ha visto sometido durante los últimos años. No sólo la remodelación de muchas de las antiguas casas, sino también el asfaltado de algunas de sus calles, su Club Social y su apenas recién estrenado frontón, auguran un prometedor futuro de para Señuela, que hace algún tiempo recuperó, también, parte de sus edificios tradicionales más carismáticos, como son la fragua y el horno de pan.
 
Todo un ejemplo y un motivo de alegría, en una provincia que, después de todo, contiene en su haber un elevado número de despoblados, problema en el que deberían de fijarse, quizás un poco más, los esfuerzos de la Diputación y los medios periodísticos, pues en el fondo, iglesias y pueblos no forman, sino, un conjunto indivisible.

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sábado, 19 de julio de 2014

Herida ermita de San Bartolomé


No todas las maravillas que se localizan en este impresionante Cañón del Río Lobos, son de origen natural, paridas en silencio y con infinita paciencia por una fértil Madre Tierra cuyo culto quedó establecido siglos, probablemente milenios antes de que la idea del Patriarcado arraigara en el pensamiento de los pueblos nómadas que extendieron su filosofía megalómana a medida que conquistaban los territorios por los que pasaban en su incontenible migración. De alguna manera indeterminada, pero sin duda provistas de un singular olfato, hubo una curiosa mezcolanza de seres, mezcla de místicos y de guerreros -a semejanza de sus hermanos musulmanes de los ribbats-, que se asentaron en sus ocultas soledades, sin duda con un fin predeterminado y secreto, ante el que sólo cabe acudir al recurso siempre bienvenido de la especulación. Hombres sencillos en su conjunto, pero formidables por defecto en lo referente a una pequeña élite, que después de siglos de su calamitosa extinción el mundo en general recuerda con interés, pero la Historia en particular, menosprecia con absoluto desdén: los caballeros templarios.
 
Aún con desacuerdos, pero no obstante generalizada la paternidad de su autoría, ésta curiosa ermita de San Bartolomé, no es sólo un recuerdo conjuntivo de arte y geometría sagrada, sino que es, además, todo un compendio de pensamiento y filosofía muy poco comprendido. De hecho, es un lugar, que todavía no ha terminado de mostrar sus infinitos secretos, como de hecho ocurrió con cierto descubrimiento realizado durante mi última visita, que me reservo no sólo por amistad, sino por respeto y honestidad -que tomen nota los buscadores de medallas-, pues no fui yo quién lo descubrió, sino los amigos que me acompañaban y sólo a ellos corresponde comentarlo o no, a su criterio y discreción y en el momento en que lo consideren oportuno. Como tampoco fue un descubrimiento nuevo la conocida teoría de que precisamente este lugar marcaría el eje equidistante de los cabos más septentrionales de la Península, explotado por algunos de los investigadores que dieron a conocer este formidable lugar a principios de los años ochenta en sus guías de la España mágica, sin mencionar que fue un gran personaje, perseguido por su condición de teósofo y bastante olvidado por las generaciones futuras, llamado Mario Roso de Luna, quien ya lo mencionara en una de sus obras más interesantes: El Árbol de las Hespérides. Tampoco parece casualidad, que entre sus fantásticos canecillos, aquél que por su aspecto -y se ve perfectamente en el vídeo-, semeja la cabeza del Bautista, sea prácticamente idéntico a aquél otro que se localiza actualmente en la iglesia de San Francisco de Betanzos y que procedía, como la mayoría de las piedras, labradas o no, que conforman este templo y el situado enfrente bajo la advocación de Santa María del Azogue, de la encomienda que la Orden del Temple tenía en ese preciso lugar, y que fue permutada, en 1255 por el rey Alfonso X, por la martiniega real de la Tierra de Alcañices y Aliste, en la provincia de Zamora. Tampoco es casualidad su planta en forma de Cruz Ansada o Cruz de la Vida, ni las pentalfas que adornan los óculos de su transepto, símbolo ancestral de la Gran Diosa, posteriormente adaptado a la nueva visión de Nuestra Señora y equiparado a las cinco yagas de Cristo, aquél que, según refieren los Evangelios egipcios por boca de San Clemente, pronunció una frase que no tiene desperdicio y entiéndala quien quiera: He venido a destruir los Trabajos de la Hembra (1). Como tampoco es casualidad que esas cabecitas que surgen de la floresta, en los capiteles del pórtico principal y machadas por el martillo del bárbaro, sean tan parecidas a las situadas en similar lugar en la iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
 
Y es aquí a donde quería llegar: a esas invasiones bárbaras a cuyo paso, como al paso del caballo de Atila, todo es asco, tierra quemada y destrucción. Y es que el grado de deterioro intencionado de la ermita en la actualidad es tal, que a uno se le cae el alma a los pies. No sólo a avanzado la destrucción intencionada de capiteles a golpe de martillo, sino que a aumentado, hasta grados incomprensibles, la absurda egomanía infantil de dejar grabadas en los sillares las iniciales y la fecha en que el indecente, inculto y salvaje subnormalito de turno estuvo por allí. Es otra indecencia ver, cómo las puertas de la ermita permanecen cerradas a cal y canto, dando en las narices a los cientos de visitantes bienintencionados que seguramente se acercaron al lugar dando cumplida cuenta de un sueño largamente acariciado. Y lo es, aún más todavía, cuando los pajarillos te soplan al oído que es que la quieren reformar, pero que en realidad, es que no se ponen de acuerdo entre el obispado y los vecinos, quien ha de guardar las rentas. Porque no olvidemos que, incluso a un euro la entrada, las visitas al lugar, durante los periodos de apertura de vacaciones, han proporcionado jugosos dividendos. Pero que la Junta de Castilla y León continúe haciendo oídos sordos a estos ecos que pueden echar a perder turismo. Y por favor, si les llega este mensaje, y ya que tanto pretenden promocionar el románico soriano, no estaría de más, que también proporcionaran una lista de pueblos en los que el señor cura -según los vecinos, por supuesto, y pongamos por ejemplo Aldealseñor- prohíbe las visitas a las iglesias y por descontado, en cuáles se pueden hacer fotos -siquiera sea sin flash, para no dañar-, en cuáles hay que pagar, única y exclusivamente para tragarse el discurso inalterable de la docta guía de turno -pongamos por ejemplo, San Esteban de Gormaz y su iglesia de San Miguel-, y a cuáles otras se puede acudir, con todas las garantías de que el turista, aficionado o no, culto o no, estudioso o no del románico y del Arte en general, no va perder su tiempo ni tampoco su dinero en una provincia que, me da mucha pena tener que decirlo, parece que está perdiendo definitivamente el norte.

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(1) Robert Graves: 'Los dos nacimientos de Dionisio y otros ensayos', Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, tercera edición: septiembre de 1984, página 68.

viernes, 18 de julio de 2014

Rincones Mágicos de Río Lobos


'La naturaleza y sus ríos, sus lagos y sus paisajes eran también la expresión de la Madre Tierra, la Gran Madre...' (1)
 
Inmenso, misterioso, espectacular, sublime, inconmensurable, mágico, imponente, excepcional, grandioso, enigmático, misterioso, supremo, categórico, arcano, primordial, prolífico...la lista de adjetivos sería realmente interminable si tuviéramos que hacer un ejercicio gramatical que describiera las características de un lugar sorprendente que se extiende, como una enorme columna vertebral, a lo largo de una treintena de kilómetros, entre dos provincias muy determinadas de la Vieja Castilla, como son Soria y Burgos: el Cañón del Río Lobos.
 
Prácticamente desconocido para el público en general hasta su redescubrimiento por aquellos intrépidos investigadores de la España mágica y misteriosa a finales de los años setenta y principios de los ochenta, el Cañón del Río Lobos y las maravillas que encierra, han atraído la atención de un mundo que todavía cree en la vida más allá de las grandes colmenas urbanitas donde vegeta y labora en entornos viciados, pero donde ha adquirido, también, costumbres perniciosas que posteriormente exporta sin pudor.

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A este respecto, no deja de ser una gran paradoja que mientras se habla de calidad de vida, relacionándola no sólo con el mundo socio-político sino también con el entorno en el que vive, aplique el lado más sórdido del cinismo, destruyendo, con una incomprensible falta de respeto y sensibilidad otros entornos naturales a los que debería venerar posiblemente de la misma manera a como lo hacían esas antiguas culturas pretéritas, como los celtas, a quienes tanto debemos y a los que en nuestra ignorancia, todavía continuamos llamando bárbaros, no como extranjeros, que era realmente el significado que a tal palabra le daban los supuestamente refinados romanos, sino como a salvajes.
 
Por eso, amigo lector, si te gusta lo que ves en estos vídeos y un día decides acercarte a este inconmensurable lugar y su fascinante entorno, recuérdalo muy bien: disfruta de esta maravilla que tan prolíficamente te ofrece la Madre Tierra, pero no te comportes nunca como un salvaje. Quién sabe, quizás hasta los Viejos Dioses que moran en el lugar, te bendigan por ello.

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(1) Stefano Mayorca: 'Los misterios de los celtas', Editorial De Vecchi, S.A.U., Barcelona, 2009.

lunes, 7 de julio de 2014

Obras en el castillo de Ucero


'Por la carretera del Burgo a San Leonardo, remontando la vega de Ucero, se llega a la villa, que tomó el nombre del río, situada al pie de un alto cerro que corona un ruinoso castillo medieval. Siendo señor del castillo, de la villa y de sus trece aldeas, en 1302, don Juan García Villamayor encargó en su testamento fueran vendidos estos señoríos al Obispo don Juan de Ascarón, a precio casi gracioso en desagravio de los grandes daños que en la región causara con su gente de armas. Conserva el castillo, en pie, gran parte de sus lienzos y baluarte, y sobre todo la torre del homenaje, que tiene en su interior una bóveda ojival del siglo XV...' (1).
 
Me permito la licencia de transcribir íntegra esta descripción de una época en la que, afortunadamente, España vivía en la ignorancia de este castillo, de este pueblo y de este fantástico entorno que es el Cañón del Río Lobos. Y me la permito, posiblemente, porque después de mi última visita a este maravilloso entorno, en su conjunto, siento más que nunca, lo juro, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cierto que conocía desde hace algún tiempo -que para eso, las redes sociales están de un caliente que quema y sus dimes y diretes llegan hasta donde no alcanzan los diarios-, que se iba a proceder a hacer trabajos de restauración en la torre del homenaje de este castillo legendario, la mayoría de cuyas piedras yacen anónimamente en hogares y vallados de los pueblos cercanos; lejos, eso sí, de las catapultas bárbaras que se abaten, quizás con mayor ensañamiento que nunca, sobre muchos monumentos históricos, que más valdría que hubieran quedado olvidados -repito- y felizmente a salvo, bajo ese noble escudo que es la ignorancia, cuya mejor protección, es la seguridad que siempre otorga el desconocimiento general.
Ni entonces, ni ahora tengo una absoluta certeza del por qué de una decisión, digamos que repentina, tomada como por arte de magia, después de innumerables años de olvido y abandono, en los que a nadie importaba si los lienzos del lugar terminaban desmoronándose para convertirse en nidos preferentes de toda clase de serpientes y alimañas y el Agnus Dei y los curiosos canes interiores de la torre quedaban expuestos a la puntería del libre hacer de cuerpo de las innumerables familias de rapaces que diariamente sobrevuelan el lugar. Posiblemente, en otras circunstancias, hubiera pensado que más vale tarde que nunca, pero me temo -es una opinión personal- que las intencionalidad va más allá del sentimiento y la perspectiva de un lucrativo negocio -perdóneseme si ofendo, pero digo lo que pienso, o al menos lo intento-, va tomando forma bajo la perspectiva de un parque temático donde esas escurridizas figuras medievales que fueron los caballeros templarios, siguen vendiendo y atrayendo la atención, quizás con un cebo más jugoso y atrayente que nunca. Poco importa si alguna vez éstos ocuparon o no este lugar; poco importa si estuvieron instalados unos metros más allá, y si esas ruinas apenas irreconocibles fueron un día el tan traído, llevado y no menos escurridizo convento de San Juan de Otero: con medias verdades históricas y el carburante de primera de la tradición, el entorno puede ser un foco de atención más atrayente que el Parque Warner.
Sea como sea -y soy positivo, puesto que me congratulo con el trabajo en estos duros tiempos de crisis-, aquí lo expongo tal y como lo vi el pasado viernes, 27 de junio. En el fondo, no fue lo peor de mi regreso al entorno de Ucero y el Cañón del Río Lobos. Pero para hablar de esa triste experiencia, me reservo las próximas entradas. 

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(1) Blas Taracena y José Tudela: 'Guía de Soria y su provincia', EOSGRAF, S.A., Madrid, 1968, página 181.

viernes, 20 de junio de 2014

Damas de San Esteban de Gormaz: la iglesia de Nª Sª del Rivero


No lejos de San Miguel, y también en una posición elevada digna de aquellas en las que los romanos solían alzar templos y altares a sus dioses más preeminentes -entre ellos el todopoderoso Júpiter, tal y como nos describe Vitrubio en su compendio de Arquitectura-, otra iglesia, también decana en la provincia, nos recuerda, en su esencia y advocación, la importancia que ésta hermosa villa tuvo en época medieval: la iglesia de Nª Sª del Rivero. Dicha advocación, no deja de ser sorprendente, pues dadas las características de su ubicación, posiblemente hubiera estado más en consonancia con otro vocablo, otero, que no deja de levantar suspicacias e hipótesis, cuando se trata de situar, por ejemplo, el famoso convento de San Juan que, se sabe, los caballeros templarios tuvieron en la provincia. Ahora bien, lejos de intentar buscar vida más allá de las sombras de una Historia que suelta prenda a retazos y más cuanto a templarios se refiere, lo que sí es cierto, al fin y al cabo, es el detalle de que desde la privilegiada posición de este enclave, se tiene una magnífica perspectiva de un pueblo que se apiña, ayer como hoy, alrededor de sus dos iglesias principales y los restos alicaídos de una fortaleza califal, que apenas dejan entrever la supina importancia que tuvo en el pasado y la gran cantidad de sangre derramada, tanto mora como cristiana, en su defensa y conquista.
 
No obstante, si bien es cierto que el tiempo, las circunstancias e incluso las modas actuaron juntos o por separado, mediando cada uno a su manera para interferir en su mediática originalidad, no es menos cierto que, después de todo, este curioso templo continúa conservando los suficientes elementos como para engatusar al visitante y tentarle con el dulce anzuelo de la especulación. A este respecto, no me importa adoptar el papel de pez glotón y tragarme el bocado mortal, siquiera para advertir, lejos en lo posible de dejarme influenciar por la frialdad de un racional academicismo, aquellos detalles que, cuando menos, su simple visión ya incita a galopar de manera suicida en la grupa desbocada de ese peligroso caballo de Troya, que después de todo, es la imaginación.

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Destreza e imaginación, qué duda cabe, constituyeron así mismo, en esos tempranos siglos XI y XII, parte de la grupa de ese caballo de Troya que incluso los mismos canteros cabalgaron cuando iniciaron un cometido en el que las leyendas clásicas, siglos después de haber fenecido los imperios que las originaron, todavía continuaban rondando los sueños febriles de una sociedad que se debatía en las luces y oscuridades de un mundo, el medieval, donde la Religión se dirimía en los campos de batalla y la fe, tomando como base las geometrías universales, se nutría de unos sentimientos aforados en unas almas que, en algún momento del día se prosternaban inclinando la cabeza hacia el este o se arrodillaban mirando al oeste, hacia la tumba de un Santo Patrón, bajo cuya espada la Reconquista estaba comenzando a cerrar España. Unas almas, a las que les estaba terminantemente prohibido esculpir imágenes y otras almas que, superados ciertos Concilios, construían mundos imaginarios y fantásticos, generalmente dotados de doble significado. En base a ello, quizás no cueste mucho llegar a imaginar que en este preciso lugar, canteros cristianos y alarifes musulmanes dejaron por una vez descansar espada y cimitarra, aplicándose en un duelo de maza y cincel. De la herencia clásica, los unos volvieron a advertirnos, como ya lo hicieran en San Miguel, de esa visita hercúlea, en los tiempos de Gárgoris y Habidis, recordándonos, aquí también, la forma terrible de un ser, cuyo cuerpo suele ser representado enroscado sobre sí mismo formando un símbolo a todas luces abismal, como es el del infinito: la pérfida Elpha. Junto a ella, sirenas y centauros hablan al visitante, desde las cuencas vacías de sus párpados de granito, de vicios y pecados, pero también de conocimiento. Más sutiles, quizás, en las heptafolias y las hexafolias, los alarifes musulmanes no sólo hablaban de las maravillas del Jardín de Alá, sino también, de la magia perfecta de los números. E incluso iban más allá, dejando señera constancia, no una, sino dos, tres, ene veces de un símbolo mágico y perfecto por antonomasia: el Sello de Salomón

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Según el gusto, menos señeras e ingenuas, quizás, que sus antecesoras románicas, las pinturas góticas del interior no dejan de constituir, en el fondo, un agradable cuando no curioso souvenir. El calvario de un lateral, a pesar de su aparente ingenuidad, no deja de enviar ciertos mensajes subliminales que hacen pensar en cierta mala leche o intencionalidad del anónimo artista, no ya en ese sol y en esa luna, constituyentes sui géneris de un ocaso que en realidad encubre esas bodas simbólicas entre patriarcado y matriarcado, sino que nos presenta a unos personajes, entre afligidos y esperanzados, donde destaca aquél que, arrodillado ante la cruz y usurpando el sitio del Evangelista, muestra bien a las claras, en su tonsura, las intenciones cistercienses del maestro, recordando, quizás, a quien fuera el alma mater de la Orden y posiblemente la mente más preclara de su época: Bernardo de Claraval. Más críptico, posiblemente, el Pantocrátor Divino que corona el ábside o cabecera nos plantea, por encima de los demás símbolos, qué es, exactamente, lo que Padre sujeta en su mano izquierda: ¿el globo del mundo?. ¿Un espejo?. ¿Una mesa?. ¿Una rueda de adivinación celta?...
 
En fin, que no se diga que no lo avisé: cuando se monta en el caballo desbocado de Troya, la imaginación, siquiera sea por un momento, toma el poder y actúa a su antojo. En mi descargo, sólo diré, que todo lo que se ha dicho aquí, se puede visitar allí. Y quién sabe lo que la imaginación le pueda sugerir a cada uno.
 
Por último, tan sólo añadir que las presentes, sólo son opiniones del autor y no se tienen por qué compartir. Eso sí, cualquier parecido con la realidad, puede deberse tan sólo a la acción impremeditada de la prima-hermana de la causalidad; es decir, a la casualidad.