lunes, 25 de enero de 2016

Soria: románico de acuarela


William Butler Yeats, gran poeta y dramaturgo irlandés, hacía referencia, en alguna de sus prolíficas obras (1), al Ánima Mundo y sus proyecciones. Siguiendo esta sugerencia y aprovechando la melancólica calma chicha que acompaña siempre a las salvajes resacas navideñas, bueno sería dejarse llevar por la imaginación y con el permiso de Jano, mirar con esa otra cara interior hacia ese espléndido mensaje de colorido, simbolismo y delicadeza que proyectan dos sustanciosos elementos de la Soria tradicional: su entorno y su románico. Una auténtica acuarela, digna de admirar.

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(1) Como, por ejemplo, en su obra Rosa alquímica, Editorial Mondadori España, S.A., Madrid, 1992.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Feliz Navidad


No hay discurso: sobran las palabras. Un año va de camino hacia el Ocaso y allá, en la profundidad de las aguas primordiales, reaparecerá completamente renovado, siendo ya Año Nuevo. Es la misma magia de todos los años, desde el alba de los tiempos o desde ese impreciso instante en el que hombre se puso cadenas a sí mismo, humillando la cabeza ante un verdugo llamado Tiempo. Desde la bravura de la Soria celtíbera, la aquiesciencia de la Soria romana, el refinamiento de la Soria musulmana y la tradición de la Soria cristiana, el autor del presente blog os desea a todos -sea cual sea su credo, fe o sentimiento, que para eso en las iglesias de Roncesvalles se rompieron moldes- una muy Feliz Navidad.

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martes, 3 de noviembre de 2015

Ginés de Lara: el último templario de Santo Polo


Fue unos días antes de la Noche de Difuntos, cuando recibí un correo de mi estimado amigo Cándido Heras, en el que me comentaba y de hecho, me confirmaba con unas fotografías, que se estaba procediendo a retirar la venerable piel de hiedra que desde el alba de mis recuerdos –de hecho, no recuerdo haberlo visto de otra manera- cubre lo que en la actualidad es una propiedad privada, pero que en tiempos constituyó el monasterio, se dice que templario, de San Polo o Santo Polo, lugar de paso obligado para acceder a la ermita de planta octogonal y elevada sobre una cueva –a la manera de los antiguos santuarios dedicados a Apolo, que a su vez, muchos de ellos hacían bueno el adagio hermestino de que lo que está arriba es igual a lo está abajo, pues estaban considerados como entradas al inframundo, donde reinaba Hades-Plutón-Saturno y su esposa Perséfone-, del Santo Patrón de Soria: San Saturio. Y también recuerdo que, palabra más palabra menos, le comentaba que aquello –fuera quien fuera el inductor: si el Ayuntamiento, la Diputación o el propio dueño del lugar-, me parecía un auténtico atentado contra ese otro complemento romántico que hace del antiguo cenobio –que al decir de las viejas crónicas, poseía las mejores huertas de la ciudad-, un lugar con un encanto muy especial. Y reconozco, lo digo como lo siento –como sentí encontrarme el año pasado las pezuñas atilanas de la repugnante barbarie mancillando otro lugar no menos interesante y sí seguramente más carismático que éste, como es la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos-, que sentí una tristeza infinita pensando en cómo nos gusta alterar aquello que debería mimarse como algo propio del espíritu del lugar. Pensé, también, en la caótica posibilidad de que a alguien se le ocurriera, de paso, descortezar los álamos dorados asentados junto a la ribera del Duero, en aquél paseo de los enamorados de Machado que conduce a la ermita, reduciendo a polvo y olvido unas cortezas que tienen grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas. Y recordé el lugar y a los grandes poetas y escritores que se habían rendido, sin duda alguna, cautivos de su hechizo. Pero no, no diré que fueron los de siempre –que por supuesto, me fascinan-, los que acudieron a mi herida memoria, sino otro, menos conocido e injustamente olvidado, gran intelectual y nacido, para más señas en Logrosán, pueblo de Cáceres. Me refiero a aquél que, otorgándole el merecido calificativo de mago, reunía, cuando menos, una de las cualidades principales de su homólogo del Tarot: su creatividad sobrehumana. Me refiero, naturalmente, a Don Mario Roso de Luna. Y recordarle a él, es acordarse, a la vez, de aquél entrañable personaje de su novela ocultista La demanda del Santo Grial, Ginés de Lara y Montalbán, del que se nos cuenta, precisamente, que fue el último templario de Santo Polo. Hijo primogénito de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán –he de suponer, que de ese singular pueblo toledano, con su imponente castillo del que salieron buena parte de las fuerzas cristianas y templarias que participaron en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa y en cuyas cercanías se yergue todavía un imponente conjunto visigodo, el de Santa María de Melque-, por cuya sangre corría el más rancio abolengo burgalés, que se remontaba hasta los condes Laín Calvo, Nuño Rasura y el propio Fernán González. Aquél –y cito textualmente a Don Mario-, viejo héroe castellano, oriundo de Nájera, nacido en Soria y desaparecido sin dejar rastro tras de sí, en esas Sierras de la Demanda -¡de la demanda del Santo Grial!, ¿desaparecido, tal vez, en el perdido monasterio de Alveinte, aquél lugar del que se decía aquello de templario, ¿qué hiciste, que Alveinte viniste?- que al este de Burgos, en la zona más misteriosa y menos visitada de toda España, sirve de divisoria al Arlanza y al Arlanzón, afluentes del Duero, al Oca y al Tirón, tributarios del Ebro, al sur de los montes Idúbedos y al norte de los de Neila, Cebollera y Urbión, en ese valle weáldico de Lara… Y además me pregunté, si quizás tan afamado héroe no desapareció en esa mistérica Sierra de la Demanda, sino que yace todavía ahí, bajo una de las tres estelas funerarias que todavía sobreviven del viejo cementerio del cenobio, aquélla, quizás, en cuyo anverso se grabó un pie de druida o una estrella de cinco puntas. Y de ser así –finita speculae-, ¿no se sentiría extraño su espíritu, al deambular por un lugar del que ha desaparecido la magia de la hiedra del familiar monasterio que en vida habitó?.

Dicho sea todo, sin ánimo de molestar.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

Al Espíritu del Otoño


Hoy, rebuscando en el baúl de los recuerdos, me he encontrado este vídeo que, aunque breve y ya expuesto en otra ocasión, recoge parte de esa arma cargada de melancolía, que en el fondo, estoy convencido, no deja de ser una estación como el Otoño. En el gran viaje de la vida, una vez traspasado el umbral de la mítica caverna platónica –a día de hoy, continúo preguntándome, si éste no plagió en realidad al convidado amigo Parménides-, y reencarnados en el mundo de la idea, posiblemente el influjo del Otoño provoque que ese concepto junguiano conocido como sombra –en la cual encerramos nuestras propias miserias como una bomba de relojería que proyectamos sobre los demás-, nos lleve a reflexionar, y por un momento, nos recuerde, observando esa explosión de belleza que precede siempre a un final gris, que la vida, además de efímera, es tan sólo un frenesí, un sueño, una ilusión… Y al final del Camino, bueno es saber, en definitiva, que los sueños, sueños son. Sí, amigos: el otoño es un arma cargada de melancolía, que posiblemente nos recuerde, año tras año, que todos nacemos al Mundo como Locos, predestinados a convertirnos en Magos algún día.

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jueves, 24 de septiembre de 2015

Eleusis: un Círculo Hermético en las Tierras Altas sorianas


Creo que este fin de semana, las Tierras Altas –o si se prefiere, el alto llano numantino- abrirán para unos pocos privilegiados las puertas doradas de la Gnosis, y allá, en las frías soledades serranas donde las antiguas tradiciones van y vienen con el viento que se cuela también por los viejos laberintos, el Velo de Isis tal vez deje abierto un resquicio por el que atisbar una ínfima parte de esa antigua sabiduría que ha traído de cabeza a la humanidad desde el alba de los tiempos. Sin ánimo de intrusismo, pero sí de poner de manifiesto en lo posible todo aquello cuanto atañe a ésta, mi querida Soria, y como complemento, además, a la entrada anterior sobre ésta interesante población de Castilfrío de la Sierra, diré que allí, bajo la atenta, beatífica y sonriente mirada del Buda o Iluminado, Eleusis saldrá por unas horas de su letargo, aunque tampoco en ésta ocasión cuente con la presencia del inolvidable chela Soseki –se me hace quizás más entrañable, llamarle por su sobrenombre de el Carrascalo, supongo que por mi gran interés por la figura de la Virgen de la Encina y porque tuvo el privilegio de ser sacado triunfalmente a hombros con ella-,  aquél intrépido felino, que entre otras grandes verdades, decía aquélla de que quien camina durante mucho tiempo siempre llega al sitio que está buscando (1). Yo no buscaba precisamente ningún Círculo Hermético en estas misteriosas soledades, cuya voz trina tiene todavía muchos secretos que contar, pero me tropecé con Eleusis. O lo que es lo mismo: con aquél viejo sueño del escritor soriano Fernando Sánchez Dragó. Aquél mismo que aseguraba, allá por el año 1999, que sería la obra de su vida. Una obra, como reconoció también, que se basaba en el precedente fundado en Montagnola, Suiza, por otros dos grandes Maestros: Hermann Hesse y C.G. Jung. Y hasta aquí llego. Porque, tal y como hice entonces, respetando al máximo la advertencia que este Gran Maestre de la Orden de Gea puso en la puerta de su casa –visita no acordada, visita no deseada-, y sin olvidar, al fin y al cabo, la sabia máxima popular que dice que lo poco agrada y lo mucho enfada.

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(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Soseki, inmortal y tigre', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2009, página 11.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Castilfrío de la Sierra


Quedan atrás, pues, Carrascosa y sus misterios y en media docena de kilómetros, aproximadamente, recalamos en un pueblo, Castilfrío, también de la Sierra, que todavía, y aun a pesar de los estigmas de la despoblación que tan hondamente afectó a ésta pintoresca parcela soriana conocida como las Tierras Altas, mantiene ciertamente viva una parte meritoria de su antiguo espíritu y esplendor. No es una afirmación baladí, en modo alguno, si se tiene en cuenta, primero, que hablamos de una de las poblaciones serranas más importantes, junto con Oncala y San Pedro Manrique; y segundo que, erguidas todavía con desafiante orgullo, numerosas son las antiguas casonas de su acolmenado casco urbano, que lucen, con mayor o menor deterioro –que al fin y al cabo, el orgullo frente al tiempo, poco o nada tiene que hacer-, una heráldica que habla de antiguos linajes y señoríos probablemente otorgados en época de reconquista y con posterioridad aumentados, conservados y ampliados por la riqueza generada por el ganado, principalmente ovino, que caracterizó en tiempos a la región.

Elevada sobre la cima de una sierra conocida como de San Miguel –recordemos, que éste paladín cristiano reemplazó a antiguas divinidades anteriores, como el Júpiter romano, al que, según Vitrubio, había que dedicarle templos y altares en los lugares más elevados-, se tiene constancia documental de la existencia de este pueblo, cuando menos, en el año 1270, época en la que se constata con la denominación de Castill Frido o Castiel Frido, nombre basado en las cualidades de su entorno. Como elemento artístico-religioso más relevante, cuanta con la imponente mole de su iglesia parroquial, datada en el siglo XVI, dedicada a la figura de la Asunción, aunque es probable que ésta reemplazara a una iglesia románica anterior, de la que no queda rastro, si exceptuamos dos importantes elementos que se localizan en su interior, aunque también cabe la posibilidad de que éstos pudieran haber pertenecido en origen a alguna de las iglesias de despoblados cercanos, como pueden ser los de Sotillo o San Bartolomé: una formidable pila bautismal, con forma de copa –imaginario Grial, que simbólicamente otorga la vida eterna con las aguas del bautismo-, cuya parte central está decorada con arcos entrelazados –muy similares a alguno de los modelos que se pueden apreciar en el famoso claustro del no excesivamente lejano monasterio de San Juan de Duero-, así como con motivos geométricos en la parte superior, lugar donde se observan, así mismo, varias pequeñas cruces del tipo denominado patado o paté, que quizás tengan alguna relación con el segundo elemento románico al que se hacía referencia. Este no es otro, que la magnífica talla mariana de la Virgen de la Encina, a la que popular y cariñosamente se conoce como La Carrascala, la cual cuenta también con una ermita dedicada a las afueras del pueblo, en la que destaca, aparte de otros detalles, su cimborrio de forma octogonal.

Entre los edificios civiles de Castilfrío, y situada a escasos metros de la iglesia, destaca la casa del famoso escritor Fernando Sánchez Dragó, fácilmente reconocible por las dos formidables cabezas de Buda que luce en ambos extremos. No muy lejos de ésta, y a la vista también de la torre de la iglesia, se localiza la denominada Casona del obispo Solano y algo más alejadas de ambas, y prácticamente arruinada, se pueden apreciar los restos de lo que fuera probablemente la hacienda más importante de Castilfrío: aquélla conocida como la casa que tiene más ventanas que días del año, haciendo referencia a la longitud e importancia de sus caballerizas.

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sábado, 4 de julio de 2015

Carrascosa de la Sierra: iglesia de San Juan Bautista


Merece la pena, no obstante las circunstancias de la notable pérdida de la práctica totalidad de su primitiva fábrica románica, no abandonar Carrascosa de la Sierra, sin haber visitado su iglesia, dedicada, como ya se aventurara en la entrada anterior, a la siempre fascinante figura de San Juan Bautista, cuya onomástica, reciente, por cierto, se hizo convenientemente coincidir con una de las festividades que más expectación y veneración despertaba en las culturas precristianas: el solsticio de verano. Dado que sólo sobrevive el ábside o cabecera de un románico rural, que podríamos datar, cuando menos a finales del siglo XII o comienzos del siglo XIII, aun si fuéramos expertos -que no es mi caso, objetividad, que no falsa humildad aparte-, difícil, cuando no imposible, nos sería comprobar el código aritmológico que, según Jean-Paul Lemonde (1), conformaría el rito fundacional de toda iglesia, colegiata o catedral que, en función de la onomástica del Santo Patrón, permitiría relacionar la longitud del edificio con su orientación, independientemente de que la práctica mayoría de iglesias -al menos del periodo medieval- tengan siempre el este -hacia la salida del sol, y por defecto, mirando a Jerusalén- como base de dicha orientación. Actualmente, y debido a la prácticamente completa remodelación, hace que este venerable ejemplo de tiempos pasados, haya visto dar un giro de 360º en su orientación, y su nueva cabecera, oscurecida por el parche que en este tipo de templos supuso la introducción de los grandes y recargados retablos barrocos, mira ahora hacia poniente, hacia esos metafóricos reinos del ocaso y de la muerte, que los antiguos situaban al oeste. La luz del sol naciente, no obstante y justo es reconocerlo, se cuela por el pequeño ventanal, con forma de saetera del primitivo ábside e incide sobre el lugar donde una hermosa pila bautismal -sobreviviente también de las glorias pasadas- sustituye al viejo altar. Tiene forma de copa y como motivo ornamental, se observa circundada de arcos. Pero no nos engañemos pensando que salvo los detalles románicos descritos hasta aquí, el conjunto artístico no merece, cuando menos, un mínimo de atención, pues al hacerlo, volveremos a encontrarnos con esos elementos simbólicos y en cierto modo heterodoxos, que vuelven a recordarnos que nos hemos adentrado en un lugar donde -si hemos de ser justos con los rastros que vamos vislumbrando a lo largo de nuestras rutas-, no estaría de más pensar que el río de la tradición, agua caudalosa llevó en el pasado. Basta echar un vistazo al simbolismo de los numerosos elementos que conforman el Retablo Mayor -sin olvidar, ese magnífico cuadro hecho a expensas de Don Francisco de Paula Álvarez en el año 1844, que muestra una inusual reproducción de la Virgen del Pilar, con la pequeña cruz paté de color rojo en la columna y las ánimas del Purgatorio a sus pies- para percatarse de ello. Sólo añadiré un dato: en la figura del Evangelista, volvemos a encontrarnos con lo más gnóstico de la Tradición, al observar la serpiente de la Sabiduría que sobresale de la copa que firmemente sostiene en su mano izquierda.

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(1) Jean-Paul Lemonde: 'El Código Cluny', Styria de Ediciones y Publicaciones, S.L., Barcelona, 1ª edición, noviembre de 2007.