lunes, 7 de julio de 2014

Obras en el castillo de Ucero


'Por la carretera del Burgo a San Leonardo, remontando la vega de Ucero, se llega a la villa, que tomó el nombre del río, situada al pie de un alto cerro que corona un ruinoso castillo medieval. Siendo señor del castillo, de la villa y de sus trece aldeas, en 1302, don Juan García Villamayor encargó en su testamento fueran vendidos estos señoríos al Obispo don Juan de Ascarón, a precio casi gracioso en desagravio de los grandes daños que en la región causara con su gente de armas. Conserva el castillo, en pie, gran parte de sus lienzos y baluarte, y sobre todo la torre del homenaje, que tiene en su interior una bóveda ojival del siglo XV...' (1).
 
Me permito la licencia de transcribir íntegra esta descripción de una época en la que, afortunadamente, España vivía en la ignorancia de este castillo, de este pueblo y de este fantástico entorno que es el Cañón del Río Lobos. Y me la permito, posiblemente, porque después de mi última visita a este maravilloso entorno, en su conjunto, siento más que nunca, lo juro, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cierto que conocía desde hace algún tiempo -que para eso, las redes sociales están de un caliente que quema y sus dimes y diretes llegan hasta donde no alcanzan los diarios-, que se iba a proceder a hacer trabajos de restauración en la torre del homenaje de este castillo legendario, la mayoría de cuyas piedras yacen anónimamente en hogares y vallados de los pueblos cercanos; lejos, eso sí, de las catapultas bárbaras que se abaten, quizás con mayor ensañamiento que nunca, sobre muchos monumentos históricos, que más valdría que hubieran quedado olvidados -repito- y felizmente a salvo, bajo ese noble escudo que es la ignorancia, cuya mejor protección, es la seguridad que siempre otorga el desconocimiento general.
Ni entonces, ni ahora tengo una absoluta certeza del por qué de una decisión, digamos que repentina, tomada como por arte de magia, después de innumerables años de olvido y abandono, en los que a nadie importaba si los lienzos del lugar terminaban desmoronándose para convertirse en nidos preferentes de toda clase de serpientes y alimañas y el Agnus Dei y los curiosos canes interiores de la torre quedaban expuestos a la puntería del libre hacer de cuerpo de las innumerables familias de rapaces que diariamente sobrevuelan el lugar. Posiblemente, en otras circunstancias, hubiera pensado que más vale tarde que nunca, pero me temo -es una opinión personal- que las intencionalidad va más allá del sentimiento y la perspectiva de un lucrativo negocio -perdóneseme si ofendo, pero digo lo que pienso, o al menos lo intento-, va tomando forma bajo la perspectiva de un parque temático donde esas escurridizas figuras medievales que fueron los caballeros templarios, siguen vendiendo y atrayendo la atención, quizás con un cebo más jugoso y atrayente que nunca. Poco importa si alguna vez éstos ocuparon o no este lugar; poco importa si estuvieron instalados unos metros más allá, y si esas ruinas apenas irreconocibles fueron un día el tan traído, llevado y no menos escurridizo convento de San Juan de Otero: con medias verdades históricas y el carburante de primera de la tradición, el entorno puede ser un foco de atención más atrayente que el Parque Warner.
Sea como sea -y soy positivo, puesto que me congratulo con el trabajo en estos duros tiempos de crisis-, aquí lo expongo tal y como lo vi el pasado viernes, 27 de junio. En el fondo, no fue lo peor de mi regreso al entorno de Ucero y el Cañón del Río Lobos. Pero para hablar de esa triste experiencia, me reservo las próximas entradas. 

 
(1) Blas Taracena y José Tudela: 'Guía de Soria y su provincia', EOSGRAF, S.A., Madrid, 1968, página 181.