lunes, 13 de diciembre de 2010

Feliz Navidad y Feliz Camino



'Navidad: día distinguido y consagrado a la glotonería, las borracheras, el sentimentalismo, la recepción de regalos, el aburrimiento público y la vida doméstica'.
[Ambrose Bierce]
Hay ocasiones en las que el cinismo y la objetividad se emparejan a la hora de bailar el vals de la Razón. Creo que, a su manera, y valiéndose de ambos, Bierce definió, poco más o menos que magistralmente -a veces me pregunto, si quizás era vidente- lo que a día de hoy se ha venido convirtiendo una celebración que, en definitiva, comenzó siendo una conmemoración solsticial. Detalle, desde luego, que no es excusa para que cada uno la sienta como mejor crea, y bajo ese ámbito de libre elección, la festeje igualmente a su manera.
No obstante, y como viene siendo una tradición a lo largo de los poco más de tres años de existencia de este blog -y también, por qué no decirlo, motivado por experiencias anteriores- no puedo por menos que hacerme eco de las palabras de todo un personaje del siglo XII, el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, quien, refiriéndose al hospicio de peregrinos de Roncesvalles, dejó escrito lo siguiente:

La puerta se abre a todos, enfermos y sanos.
Así a los católicos como a los paganos.
Así pues, no puedo dejar de desearos a todos, tanto a católicos como a paganos...
¡Una Feliz Navidad! ¡Un Feliz Solsticio!... y sobre todo:
¡Un muy Feliz Camino!



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martes, 16 de noviembre de 2010

¿Existe esperanza para Numancia?

[Con tu permiso, José María]

Reproduzco íntegro, un correo que me ha llegado hace unos minutos, y que me aporta una pequeña dosis de esperanza que, espero y deseo de todo corazón, sea una completa realidad en el futuro. Por favor, los que estéis a favor de Numancia, visitar el post de Ángel:


Amigos: hoy hay buenas noticias en relación a Numancia y Ángel ha escrito un estupendo post en su blog que os pido lo divulguéis.






Seguro que se nos olvida alguien, pero pedimos perdón... Estamos pasando este mail a los que más os habéis significado en la pelea en contra del Nuevo cerco a Numancia y una forma de daros las gracias por vuestro apoyo.

Un abrazo muy fuerte

lunes, 15 de noviembre de 2010

Un paseo por Visontium

Hablar de Vinuesa, resulta un ejercicio que no sólo conlleva, en lo que a mi particularmente se refiere, remontarse a un primer acercamiento personal acaecido en aquellos felices años de juventud, sino que exige, también, recoger en parte ese órdago lanzado por extraordinarios investigadores que emplearon años e innumerables esfuerzos, por acercarnos, siquiera en una pequeña síntesis, esa zona abismal, escurridiza y sobre todo mistérica, que se cierne a lo largo y ancho de la geografía de ésta España multicultural, que a pesar de lo que creemos, aún conserva celosamente escondidos infinidad de secretos.

Uno de estos investigadores -pionero, sin duda, de esos infinitos espacios existentes en una Historia afortunadamente no ortodoxa- es Juan García Atienza. En la actualidad, no puedo, si no, imaginármelo como un venerable ancianito; una noble personalidad que, a juzgar por la planta que se puede vislumbrar en las guardas de sus libros, me recuerda, y mucho, a ese otro gran pionero del Séptimo Arte nacional que nos acaba de dejar: Luis García Berlanga. Dichos apellidos me obligan, así mismo, a suponer una posible consanguineidad con aquél Gumersindo García Berlanga, en cuyo haber figura una documentada presentación del mito brujeril soriano por antonomasia, en un libro de consulta imprescindible titulado De Barahona y sus brujas.

A mi modo de ver las cosas, tanto uno como otro, el escritor y el director de cine, se enfrentaron siempre con valentía a lo académicamente establecido, planteando, cada uno en su campo de influencia, concepciones diferentes y por tanto, poco o nada gratas a unos intereses preestablecidos desde hace siglos.

No es de extrañar, entonces, que dentro de sus innumerables correrías detrás de mitos y tradiciones, Atienza nos presente a la antigua Visontium romana y posterior Villa y Corte de Pinares, como una pequeña perla, de raíces pelendonas, enclavada a la vera de lugares con arcanas connotaciones mágico-religiosas, como son las sierras de la Demanda y de Cebollera, y por supuesto, los Picos de Urbión, custodios de ese cíclope hechizado por su propio hermetismo, que conforma la Laguna Negra. Un territorio en el que, según comenta Atienza, ni romanos ni sarracenos penetraron. De manera que, insisto, cuando hablemos de ésta machadiana tierra de Alvargonzález, hagámoslo siempre con ese respeto ancestral, que nos demuestra su especial constitución.



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domingo, 31 de octubre de 2010

Sotillo del Rincón y la rebelión de Lucifer


'De pronto, sin saber cómo, Nietihw y Sinuhé descubrieron que se hallaban en la plaza de la Lastra, en la recóndita aldea soriana de Sotillo del Rincón, caminando sin prisas hacia la Casa Azul. Un sol radiante hacía brillar dulce y discretamente el bronce de la Diana Cazadora, mientras el caño seguía manando en silencio, como si nada hubiese ocurrido...'
[Juan José Benítez, 'La rebelión de Lucifer', Editorial Planeta, 1988]
Hacía tiempo que tenía deseos de visitar este pequeño pueblecito de Soria, motivado por la curiosidad que me produjo en su momento la lectura de esta conocida novela del periodista de origen navarro, aunque afincado en Bilbao, Juan José Benítez. Feliz por mi anterior experiencia en Tera y con la mente todavía dándole vueltas a los descubrimientos narrados en mi anterior entrada, me esperaba cualquier cosa, salvo que el primer ser viviente con el que me topé en Sotillo, fuera un gato negro que, circunstancialmente, se encontraba tomando el sol debajo del dintel de una casa deshabitada, cuyo numero, para gloria de las triquiñuelas del destino, no era otro que el siempre fatídico número trece.
Si hubiera sido, digamos que excesivamente supersticioso, tal infeliz entuerto, me hubiera amargado un día en el que, como digo, estaba disfrutando no sólo del otoño y sus colores, sino también de una zona de la provincia prácticamente virgen para este solitario caminante. Cuando de supersticiones se trata, procuro ser prudente; y como en el fondo no cuesta nada, alejé de mi pensamiento cualquier atención al mal fario y sus inoportunos emisarios, y cruzando los dedos, salí del coche dispuesto a disfrutar de un agradable paseo por el pueblo.
Como en la novela de Benítez -casualidad o causalidad, vayan ustedes a saber- el sol que por la mañana había ahuyentado los jirones de niebla al poco de dejar atrás Garray, hacía que el bronce de la Diana Cazadora refulgiera como recién bruñido, siendo apenas perceptible el chorrillo de agua que manaba del caño de la fuente que la Diosa, brazo en alto y politiqueos aparte, gobernaba desde vaya usted a saber cuándo, aunque creo que Benítez menciona en su novela, que fue un regalo que se le hizo al pueblo en 1907.
Algo por encima del dintel del, en teoría, fatídico portal con el número 13, y a la derecha desde mi posición -había aparcado el coche justo enfrente de la puerta- una curiosa inscripción labrada en el marco inferior de una ventana tapiada, me llamó poderosamente la atención: 'quien no procura subir, vive para no vivir'. Recuerdo que pensé en la curiosa idiosincracia de tal consejo, no pudiendo evitar preguntarme si al propietario de aquélla casa, habitada hoy día por los fantasmas del recuerdo, las telarañas y quizás también por el dichoso gato negro, había conseguido vivir, viviendo -y perdonenmé por la redundancia- más y mejor por esos mundos de Dios en los que, ya de por sí vivir, bajo mi punto de vista, constituye la mejor y más apreciable de las loterías.
El Ayuntamiento, se encuentra situado a apenas unos metros frente a la Casa Azul -casona que parece un antiguo palacete- que, supongo, es a la que se refiere Benítez en su novela, y que, localizándose al otro lado de la fuente de Diana, apenas conserva como recuerdo del azul original, los marcos de las ventanas. Es un edificio que, por su aspecto, semeja una pequeña ermita, de cuyo centro surge, como una veta tamizada en blanca cal, una torre de piedra que en los últimos metros adquiere la forma de diminuta espadaña donde encaja ese voluminoso ojo de Saturno, que es su enorme reloj. Hace esquina, continúo refieriéndome a la Casa Consistorial, con una carreterilla que, saliendo del pueblo, se pierde sinuosamente por las infinidades desconocidas, al menos para mí, de la Sierra de Cebollera. Cebollera, precisamente, es el nombre de la calle donde, enfrente de una de las dos fábricas de embutidos que pude observar durante mi paseo por ésta parte del pueblo, sendos caballos se observaban mutuamente, mientras retozaban en la fresca hierba, como turistas tostándose al sol en una plácida playa de Levante.
Una de las partes fundamentales de la novela de Benítez, se basa, precisamente, en el reloj, de la parte superior de cuya espadaña, se eleva hacia el cielo una delgada estructura metálica con forma de obelisco, en cuyo centro se aprecia una campana. Pero el reloj, para sorpresa mía, que cuando lo observaba, casual y escrupulosamente dio las once en punto de la mañana, lucía unos números, 1993, que no coincidían con la época en que el escritor navarro escribió su delirante historia de ficción extraterrestre: 1985.
El reloj que menciona -y para probar su supuesta autenticidad, aporta un recorte de periódico, aunque sin fecha y con la referencia de Canarias, donde en una fotografía, se aprecia la fachada del Ayuntamiento, donde figura un reloj, sino igual, al menos muy similar- llevaba años sin funcionar; hasta que, siguiendo el hilo de la novela, de manera milagrosa y en la madrugada del 1 al 2 de abril de 1984, despertó a los doscientos habitantes de Sotillo, con la nada despreciable cantidad de 66 campanadas, que dejó escapar a su libre albedrío, movidos sus mecanismos por una misteriosa fuerza ultraterrena.

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miércoles, 27 de octubre de 2010

Tera

No deja de ser una curiosidad fonética interesante, que tanto ésta pequeña población, cercana a la frontera con Logroño, como el río que la cruza y que, de hecho, se une fraternalmente con el Duero en Garray, a apenas una decena de kilómetros más allá, lleven idéntico nombre que la mítica isla situada a 110 kilómetros al norte de Creta. Una isla, cuyo nombre significa miedo, pero a la que sus habitantes, desde la hace nada despreciable cantidad de 4.000 años, califican como kalliste, la muy hermosa.
En ningún momento sentí miedo, durante mi visita a ésta Tera soriana, acaecida el pasado domingo; y sin embargo, sí que me deslumbró gratamente la belleza del entorno, y sobre todo, la inesperada y a la vez amable disposición de su párroco, quien, además de permitirme fotografiar a mis anchas los interiores de la iglesia de Nª Sª del Carmen, tuvo el tiempo y la gentileza suficientes, mientras esperaba la llegada de los fieles, de comentarme algunos detalles no sólo referidos al ámbito de la parroquia -una de las varias que regenta por la zona- sino también antropológicos y arqueológicos que, bajo mi punto de vista, contienen un acicate extraordinario para el amante de la Historia y sus misterios.
La parroquia en cuestión, actualmente bajo la advocación de la Virgen del Carmen, como he dicho, es un remedo de varios estilos artisticos entremezclados, que van desde un románico original -del que todavía sobrevive la portada, sencilla, y su ábside, con aproximadamente veinte canecillos de temática variada-, pasando por un gótico posterior -la ventana ojival es, por ejemplo, buena prueba de ello- hasta estilos posteriores a los siglos XV y XVI que le restan -es sólo mi opinión- buena parte de su primordial atractivo.
Hay dos pilas bautismales, ambas románicas, con la particularidad de que la pila original de la parroquia la tienen como motivo de exposición en un pequeño cuarto situado debajo del coro -se puede ver desde fuera a través de un cristal- sirviendo la otra, que pertenecía a la parroquia del cercano despoblado de Estepas de Tera, como base improvisada para sustentar la mesa del altar.
A ambos lados de éste, se pueden observar restos de sendos capiteles, cuyos motivos son las piñas, en uno de ellos, mostrando el otro detalles foliáceos o vegetales, de los que surge alguna cara. Destaca, en el caso de la pila original, la planta octogonal que la confiere todo el aspecto de una copa. Una copa griálica, simbólicamente hablando, siendo arcos sustentados por pilares sus motivos decorativos. Singularmente, la pila que perteneció a la iglesia del despoblado de Estepas, reprocude la forma conocida de algunos de los arcos del cercano monasterio de San Juan de Duero.
En el suelo, frente al altar, se puede apreciar una lápida de mármol blanco, en la que se lee la siguiente inscripción: 'Aquí yace la inocente Castejón', así como una fecha, 1793. A la derecha, justamente señalada por la ventana gótica ojival, se encuentra la pequeña capilla de los condes de Tera, donde se conserva -no en muy buenas condiciones- un antiguo retablo, cuya figura central está representada por San Miguel y que, al decir de labios del propio párroco, no quiso la hija restauradora de la familia Marichalar que se efectuaran trabajos de rehabilitación y recuperación en el mismo, por temor a que fuera robado.
Es, sin embargo, en la pared izquierda de la nave del templo, donde se localizan varios elementos de cierta importancia y ajenos a la iglesia, como son los restos de una cruz de aspecto prerrománico, que se advierte justamente por encima de la cabeza de una figura moderna de la Virgen, y algo más allá, en dirección al coro y debajo también de varias figuras, un bloque de piedra con una lasca que, según cree el párroco, provenía de un antiguo menhir.
Llegados a este punto, surge aquí, de los labios del párroco -ambos nos encontramos debajo del porche de entrada, fumando un cigarrillo mientras comienzan a acudir los vecinos- un antiguo misterio, que suscitó el interés, allá por los años 50, de algunos investigadores, los cuales sospechaban la existencia de un antiquisimo monasterio prerrománico del siglo IX ubicado en algún punto de las inmediaciones: el monasterio de Santa María de Tera.
Desde luego, no queda rastro alguno de él, si por rastro entendemos ruinas, arcos o columnas, por poner un ejemplo, sobre los que basar una posible hipótesis; no obstante, sí hay algunos pequeños restos dispersos, que podrían haber guardado alguna posible relación. Uno de ellos, como ya he comentado, estaría localizado en el muro izquierdo de la iglesia, unos centímetros por encima de la cabeza de la Virgen. Los demás -al menos los que yo, siguiendo las indicaciones del párroco, pude descubrir-, consistirían, a priori, en cinco medallones de piedra con motivos crucíferos similares -dos de ellos, parcialmente cubiertos por los cables del tendido eléctrico-, así como también parte de un capitel en el que se aprecian dos cabezas humanas, que actualmente son bien visibles en la fachada de una vivienda particular cercana a la iglesia.
Históricamente hablando, se sabe que la región fue reconquistada en el año 926, por el rey navarro García Sánchez. Que sufrió, como gran parte de la provincia y provincias adyacentes, las terribles razzias de Almanzor, y que volvió a ser recuperada por el rey Alfonso VI, al cabo de casi cincuenta años, quien, posteriormente, la cede al monasterio de San Millán de la Cogolla.
Un lugar, desde luego, rico en Historia y misterios que, situado en pleno corazón de la celtiberia soriana cuenta, además, con el atractivo añadido de ubicarse en un entorno decididamente espectacular.

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domingo, 17 de octubre de 2010

San Polo: memento de templarios


- ¿Eran monjes?. ¿Eran soldados?. ¿O eran, quizás, magos?. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Tan sólo estamos seguros -tan seguros como que Dios existe- que nobles y templarios se enfrentaron un aciago día. La sangre se derramó a raudales por ese monte que queda enfrente de las ruinas del viejo monasterio de San Juan, y que a partir de entonces, maldito ya, en Soria conocemos como el Monte de las Ánimas. Los cadáveres de los monjes fueron enterrados al otro lado del Duero, en los terrenos donde se asentaba su monasterio, lugar que se conoce como San Polo. Lo creáis o no, aún siguen allí las viejas estelas sepulcrales que indican el sitio donde yacen sus restos y que, si os fijáis, contienen, aparte de la cruz, extraños símbolos más propios de endemoniadas brujerías que de verdaderos devotos de Dios, -dijo el viejo Anselmo, después de apurar el culillo de anís de su copa, mientras afuera, seguramente amplificado por el viento, nos llegó el sonido del reloj del Ayuntamiento, que anunciaba las diez de la noche.
El joven redactor de El Contemporáneo dio un respingo, dejando escapar la pluma de su mano, la cuál, al caer, derramó una gota de tinta que, curiosamente, emborronó la hoja del cuaderno donde tomaba notas justo unos milímetros por debajo de una línea de fina y cuidada escritura, cuyas últimas palabras decían, simplemente, fue de templarios.
Valeriano miró a su hermano, y advirtiendo la palidez de su rostro -no achacable, desde luego, a la terrible enfermedad que le consumía- sacudió tristemente la cabeza. Por algo era el hermano mayor y sabía que hacía falta muy poco para espolear la imaginación de su hermano Gustavo Adolfo. Máxime sabiendo que apenas faltaban unos días para la fatídica Noche de Difuntos y que, una vez despertado ese súcubo que a veces son las Musas, éste se dedicaría a una febril actividad que en nada mejoraría su delicado estado de salud.
- Si no creéis lo que os digo, -continuó hablando Anselmo- podéis comprobarlo vosotros mismos, dejándoos caer por allí. Veréis que, aunque por un lado figura la cruz de puntas redondas que utilizaban los templarios, por el otro lado, sin embargo, se os helará el corazón al ver extraños grabados de soles y de estrellas de cinco puntas...Por eso, amigos, por estas tierras creemos que eran magos. Hechiceros que habían aprendido oscuras ciencias allende los mares, en tierras de moros. ¿Cómo, si no, explicar esos símbolos entre gentes cristianas y temerosas de Dios?. ¿Por qué sus tierras eran más fructíferas que las demás?. ¿De dónde provenía su extraordinaria riqueza, si se decían pobres caballeros de Cristo?. Creedme, todo lo que se relaciona con ellos, huele a azufre...¡Id, pues, amigos!. ¡Id a San Polo y lo veréis!.
Era poco más o menos medianoche, cuando nos despedimos de Anselmo y sus cuentos. De camino al hotel, Gustavo Adolfo, cogiéndome repentinamente del brazo, gritó nervioso mirando hacia el viejo puente de piedra:
- ¡Los veo, Valeriano!. ¡Veo a esos monjes con espuelas preparándose para continuar la batalla en la Noche de Difuntos!. ¡Mira!. ¡Mira!. ¿No ves los fuegos fatuos en el Monte de las Ánimas?. ¿No escuchas el canto lastimero de un miserere en la distancia?. ¡Ah, hermano mío, qué gran historia!. ¡Ah, Soria, Soria!. ¡Qué gran Madre de cuentos y leyendas eres!.

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lunes, 27 de septiembre de 2010

La conexión irlandesa de Villasayas

'No era lógico el vacío existente con respecto a la península ibérica en la actuación de los monjes/artistas irlandeses en el continente europeo. Sin embargo, su obra estaba aquí, a veces escondida bajo la definición de artistas locales, a veces imputada a otras escuelas, fueron necesarios muchos años de estudio silencioso, de interpretar de nuevo lo mal interpretado, de tener los conocimientos y el coraje necesario para corregir el error. Una corrección no siempre admitida por el pensamiento conservador' (1).

Dos son las razones principales que me mueven a insistir, en éste preciso momento, con un pueblo que, a fuerza de mirar hacia atrás, me trae siempre muy gratos recuerdos: Villasayas.

El primero de ellos, conlleva una intención, completamente sana y desinteresada, de rendir un pequeño tributo a una persona que, habiéndoseme presentado -yo diría que no precisamente de forma casual, pues no creo en la casualidad- por esos misteriosos caminos de Dios, no sólo me honra con su amistad, sino que también lo hace, como el mejor ejemplo a seguir, dando continuas muestras de esa bondad que le caracteriza a la hora de compartir su extraordinaria experiencia y sus no menos extraordinarios conocimientos: Manuel Gila Puertas. ¡Don Manuel, qué coño!.

El segundo motivo es que, aprovechándome de esa experiencia y esos conocimientos de Manuel, y frente al temor de que algún día el tiempo, inclemente -sobre todo, si su acción se ve apoyada por la indiferencia humana, como suele ocurrir más a menudo de lo que me gustaría admitir- termine de desbaratar, cuando no de echar a perder definitivamente, una portada que, por sus peculiaridades artísticas, bien podría considerarse única en la provincia, testimonio de esa presentida escuela gaélica, cuya procedencia se adivina en los talleres de la relativamente cercana escuela de Fuentidueña, en Segovia, ligeramente tímida en cuenta a la provincia de Soria se refiere, y algo más destacada en las Cinco Villas aragonesas y en Agüero, Huesca.

De igual manera que hay autores que opinan que la pintura románica en Europa tuvo parte de sus primeros antecedentes en esa verde Erín, situada allende el Canal de la Mancha (2), no deja de ser un dato de relevante interés presentir un acercamiento cultural, en cuanto a escultura se refiere, que dejó patente su huella en un lugar cuyos alrededores fueron en tiempos hábitat de pueblos de origen celta, como demuestran los restos de asentamientos que se localizan en Romanillos, en Conquezuela, y por supuesto, en Miño de Medinaceli.
Un dato más, pues, para que los vecinos de Villasayas en particular, y los sorianos en general, entiendan la rareza de ésta parroquial y tengan más referencias de las que comentar, tanto con propios como con extraños, acerca del Patrimonio Histórico-Cultural, del que son receptores y guardianes.

(1): Por respeto, me abstengo de citar la fuente, salvo que el autor requiera lo contrario.
(2): Joseph Pichard, 'Pintura románica', Aguilar S.A. de Ediciones, 1969.




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domingo, 19 de septiembre de 2010

Santo Domingo: una borrachera de románico


Hablar de la iglesia románica de Santo Domingo conlleva, ineludiblemente, la obligación de reconocer, sin ningún género de cortapisas y tapujos, que nos referimos a una de las joyas indiscutibles no sólo de Soria capital, sino también, y de manera extensiva pero justa, de toda la provincia. Una joya que sirvió de colofón a una inolvidable jornada durante mi última visita a Soria, acaecida hace apenas una semana, en la que, aparte de poder gozar durante un breve espacio de tiempo de esa auténtica terapia natural que conlleva siempre acercarse hasta la ribera Saturiana del Duero, tuve ocasión, también, de penetrar en parte de esa hermética propiedad privada que es actualmente el antiguo monasterio templario de San Polo.
He de reconocer, por otra parte, que el calificativo de borrachera románica es una apropiación -espero que no considerada indebida- de una frase realizada en cierto momento por la persona amiga que me acompañaba, y que, de igual manera que un servidor, puso en riesgo sus cervicales en un digno -y espero que fructífero- intento por captar hasta el último detalle posible de algo tan magistral, que más que una portada, semeja, comparativamente hablando, toda una enciclopedia labrada en la piedra con una paciencia y una maestría merecedoras de elogio y, por supuesto, de admiración.
Hechos, pues, los deberes de conciencia y dejando para mejor ocasión la, en ocasiones, engorrosa labor de acudir a la wikipedia, sí que me gustaría comentar -siquiera sea, en forma de amigable tertulia de tasca en esas aburridas tardes de domingo antes de que comience el fútbol- algunos de esos detalles que, a fuer de mirar sin ver -como diría don Antonio Machado- forman parte de ese legado a la ciudad realizado por el rey Alfonso VIII con motivo de sus esponsales con Leonor de Inglaterra y también, justo es decirlo, en agradecimiento a haberle salvado el regio cuello cuando todavía era un niño.
Aún así, uno no deja de estremecerse cuando ve la matanza de los inocentes, sugerida al oído de Herodes por un diablo con bastante mala leche, todo hay que decirlo, teniendo en cuenta que, dado el carácter inestable de la fidelidad en la época, bien podía haberle alertado contra el guerrero que tiene al lado. Afortunadamente -y esto constituye un signo de prudencia en el cantero- el escudo de éste, no lleva la cruz de calatrava que se aprecia en los escudos de otros guerreros, situados no demasiado lejos.
Ahora bien, si en esto hemos de considerar que el cantero, a fin de cuentas, ejercía también el oficio de cronista, ¿qué pensar, entonces, de aquélla otra representación -puede que el oficio de paparazzi sea tan antiguo como el mundo- que muestra a tres personajes compartiendo cama?. ¿Y no parece una mujer el personaje que está en medio?. Reconozco que no estoy muy puesto en historia bíblica, y lejos de mi intención, pretender ofender a nadie; ¿podría tratarse, entonces, de una referencia a la historia del pobre Job?.
Lo que me sorprende -y cambio de tema, porque para escándalos ya tenemos a las principales cadenas de televisión-, es, no obstante, observar esa escena del calvario, donde Cristo es alanceado en ambos costados por dos legionarios romanos. Si uno es Longinos -recordemos que, con posterioridad, su lanza se consideró sagrada- ¿quién es el otro?. ¿Por qué ésta representación?. ¿Existe la posibilidad de una segunda lanza sagrada, aún no encontrada?.
En fin, habría muchos más detalles, desde luego; pero, por si quedaba alguna duda acerca del título de esta entrada y de que el románico, en el fondo, es un estilo artistico apasionante y sobre todo, ilustrativo, dejo para todo aquél que se acerque un día por la iglesia de Santo Domingo, la comprobación de cuanto digo y quién sabe, quizás nos sorprenda con sus propias conclusiones. Porque estoy seguro de que ni Santo Domingo, ni cualquier otro templo han dicho todavía la última palabra.


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domingo, 12 de septiembre de 2010

Romance del Duero


Poco antes del alba, en ese preciso, inatrapable instante en el que se cierra el portal de las leyendas y el rayo de luna que perdió al enamorado Manrique desaparece arrastrado por las aguas del Duero, el paisaje vuelve a dibujar otra vez un sendero tranquilo, que se difumina a lo lejos -incluso más allá de la ermita de planta octogonal que se asienta sobre la ladera del monte de Santa Ana- hasta fundirse con una quimera que, a falta de nombre mejor, conocemos como horizonte.

De igual manera, río y ribera se funden en un estrecho abrazo, íntimo, personal, atrapados en la engañosa superficie de un espejo, en el que dos mundos, lejos de chocar, simplemente se aparean y confunden como amantes inseparables.
Hay algunas hojas caídas en el suelo, que apenas revolotean, pues aún el cierzo, cual doncella encantada esperando el beso del príncipe otoño, duerme profundamente allá a lo lejos, en las cimas encantadas del Moncayo, anciano de rostro severo que en cuestión de meses lucirá leonina y blanca cabellera, que permanecerá incólume hasta bien entrada la primavera.
Mientras, la hiedra continúa invadiendo las paredes del antiguo monasterio de San Polo, respetando esas ventanas ojivales desde las que, antaño, los monjes guerreros vigilaban ésta ribera del Duero y de hecho, unos huertos que aún hoy, algo más de ochocientos años después, siguen siendo fértiles y fructíferos. Me pregunto si los huesos que descansan debajo de esas laudas de piedra que aún muestran cruces patadas, referencias solares y símbolos cabalísticos como la pentalfa, se remueven inquietos esperando esa Noche de Difuntos en la que, según afirma la leyenda, deben abandonar sus sepulturas para continuar dirimiendo con la nobleza local unas diferencias que les llevaron a la tumba, en el cercano Monte de las Ánimas.
Porque todo, en este emblemático paseo, son referencias a magia con sabor a pasado. Incluso las aguas, que se deslizan apaciblemente, parecen susurrar voces lejanas, haciéndose eco de más de una decena de culturas que batieron los hierros en sus orillas, dejando testimonio escrito en sangre en las páginas de la Historia.


Tal es el grado de evocadora ensoñación, que resulta difícil no ver, en la sombra alargada de los álamos, la sombra original de aquél poeta sevillano que supo cantar a la ciudad mejor que ningún otro y que tal vez -digo sólo tal vez- supo comprender igual de bien que el santero de Gaya, una cultura y unas gentes que, a pesar de todo, siguen enfrentándose a un olvido gubernamental, difícil de comprender.

Sí, hoy he vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio...


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viernes, 3 de septiembre de 2010

Barca, marinera tierra adentro

Pasé por Barca, un caluroso día del pasado mes de julio, cuando regresaba de Andaluz, a donde había acudido con las primeras luces del alba para recuperar mi cuaderno de notas que, con gran pesar, había olvidado una semana antes en uno de los últimos bancos de la iglesia románica de San Miguel. Un cuaderno pequeño, de tapas de cartón artisticamente labradas para justificar el precio, en cuyas guardas, junto a una pequeña basílica de recuerdos varios -la mayoría, entradas cuyo donativo, románticamente, me inducen a pensar que servirá para mejorar las condiciones de nuestro Patrimonio Artístico y Cultural-, conservo con especial cariño sellos auténticos de lugares emblemáticos del Camino de las Estrellas -Eunate y Torres del Río, por ejemplo- que me recuerdan constantemente esos deseos enormes que siento de llevar a cabo algún día esa travesía trascendente y que, mientras llega el momento, me consuelan con escarceos de fin de semana en los que, por otra parte, picoteo de pueblo en pueblo, apurando sensaciones y enfrentándome al humor de unos caminos que, en base a su estado, adolecen, generalmente, de esas cualidades que conforman también el carácter afín a las personas: solitarios, estrechos, sobrados, huraños, afables, anegados, cansinos...

Un cuaderno, sí, del que pienso que no es algo insustancial o inanimado, sino que, en el fondo, constituye la prolongación de una conciencia peregrina, que además de rutas, contiene, también, sensaciones y recuerdos que previenen -o lo harán con el tiempo- las fragilidades y carencias de la memoria. De ahí la preocupación y la importancia de recuperarlo, sin importar, bueno es decirlo, un desplazamiento entre ida y vuelta de aproximadamente quinientos kilómetros.
En una anotación de sus páginas recuerdo, como si la estuviera viviendo por segunda vez, mi última visita a Barca. Aconteció durante el puente del Pilar; concretamente, y para ser más exacto -que para algo el añorado cuaderno vuelve a estar conmigo- el día 10 de octubre de 2009. Ese día llegamos a Barca, poco antes de anochecer, habiéndose desarrollado la jornada por lugares tan especiales como Perdices, Morón de Almazán, Villasayas, Fuentegelmes -sólo de pasada, justo es decirlo- Bordecorex, San Baudelio de Berlanga y Caltójar.
A diferencia de ésta ocasión, en la que el sol brillaba en lo más alto, imponiendo su ley sin oposición, aquél lejano día languidecía, sin embargo, como el último suspiro de un moribundo, dotando a los campos de un color hermoso e irreal a la vez, preludio y puede que hasta protesta, de una forzosa retirada frente a la llegada del ocaso.
Previamente, recuerdo haberlo visto lamer la piedra ancestral de la galería porticada de la iglesia de Santa Cristina, envuelta en sombras siderales de arcos hacia adentro. Se desplazaba, casi inadvertidamente al principio, de izquierda a derecha, deslizándose furtivamente por la piedra maltratada de lo que conforma uno de sus atlantes o estatuas-columna que, aún descabezado pero por cierto detalle relativo a la especie de túnica que le cuelga por el hombro, me recordó en la actualidad -entonces no caí- a aquél otro enigmático y polémico ejemplar que suscita las más atrevidas hipótesis y que permanece inalterable en el pórtico de la iglesia de San Pantaleón de Losa, en las Merindades burgalesas.
Puede que motivado por esa sombría oscuridad, o porque suele ocurrir que en ocasiones uno se centra en buscar otro tipo de detalles y no advierte los que tiene al lado, tampoco me percatara entonces del enorme pico labrado primorosamente en uno de los sillares superiores de la galería interior, símbolo ineludible de un cantero o de una escuela de cantería que apenas dejó otros símbolos de su paso por el lugar, a excepción, claro está, de unos canecillos y unos capiteles demasiado castigados por la erosión y también, resulta evidente, por esa peligrosa clase de enfermos que, cuál pirómanos con la caja de cerillas, utilizan el martillo para destruir.
Y no obstante todo lo dicho, siempre me ha llamado particularmente la atención la advocación marinera de este pueblecito de interior que, no conforme con el nombre, tiene a la entrada -o a las afueras del pueblo, según se mire- un pequeño puerto marinero que, situado entre la carretera que se une a la general que desemboca en Almazán y los campos de labranza, en el que un ángel -no sabría decir si Gabriel, por su papel en la Anunciación o Miguel, por su guía y protección durante la huída de Egipto- gobierna una barquita de la que es Capitana una pequeña imagen de la Virgen del Pilar. Aquélla Virgen, chiquitita y milagrera que, según la Tradición, se apareció en Zaragoza al apóstol Santiago, en un momento de debilidad humana en el que éste, apóstol sin duda pero también ser humano, se mostraba contrito por el fracaso de su intento de evangelización en una Hispania apegada a sus costumbres ancestrales y paganas. Una barquita que, según sea la posición del espectador, parece navegar deliciosamente en un mar en calma, un mar formado por doradas espigas de trigo, refulgentes al sol, o por mares más oscuros y sombríos, formados por tierras de barbecho que esperan como agua de mayo una simiente que aún les está por llegar.
Barca, un pueblecito, en fin, con detalles de los que hablar y al que un día tendré que volver, pues de las tres ocasiones que he estado, en ninguna de ellas he conseguido entrar ni en su iglesia, ni en su Museo Etnológico tampoco.





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miércoles, 25 de agosto de 2010

Cañón del Río Lobos: festividad de San Bartolomé y romería de la Virgen de la Salud


Afuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, proyectando negras sombras detrás de las destacadas rocas y, de rechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desde el azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la vieja ermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes y llegaba verdosa, suave, a los ojos cansados de una exposición al sol relumbroso.
Así comienza una extraordinaria historia, de un no menos extraordinario y controvertido libro de Lobsang Rampa (1), extraño personaje que, aún después de muerto, continúa generando multitud de polémicas en cuanto a su verdadera identidad y los pormenores de su increíble vida. Así podría comenzar yo también mi pequeña crónica de la festividad de San Bartolomé y la romería de la Virgen de la Salud si, obviando mi llegada a este fabuloso y mistérico enclave situado a lomos de las provincias de Soria y Burgos, narrara el acontecimiento desde el interior de la mastodóntica Cueva Grande, situada a escasos metros de una ermita -la de San Bartolomé- que aún, a día de hoy, ofrece muchos detalles -quizás demasiados- sobre los que hablar y de paso, ¿por qué no decirlo abiertamente?, fabular.
Mi historia sería, como digo, muy similar a la de ese chela rampaniano atisbando a través del ojo de la cueva, obviando y sustituyendo el detalle del lago por un río, el Ucero que, precisamente en este punto, y como rebotado por una imponente falla que se desmelena como los cabellos de un titánico Sansón a ambos lados de la cueva, gira bruscamente, precipitándose, con más o menos alegría o caudal, hacia el interior de un cañón repleto de magia y misterio.
Vería, como digo, una notable cantidad de nenúfares flotando sobre la superficie azul-verdosa de un río, que se oscurece algunos metros más allá, cuando pasa por debajo de los maderos de un puente que comunica las dos orillas. Siguiendo el sendero del puente, y situando la vista en la otra orilla, vería, parcialmente oculto por las ramas de algunos árboles, parte del ábside y uno de los transeptos estrellados que conforman la mitad longitudinal de una ermita, la de San Bartolomé, cuya planta representa una cruz ansata o cruz egipcia de la vida. Es decir, que imaginariamente hablando, tiene forma de ankh.
Desde mi lugar me sería imposible vislumbrar los buitres y demás variedad de rapaces que pululan por el lugar, pero por sus graznidos melancólicos en las alturas, no me sería muy difícil imaginar su nerviosismo frente a una invasión de hábitat a la que, en cierto modo, deberían de estar acostumbrados desde esos años 80, aproximadamente, en el que algunos investigadores de la España mágica descubrieron al mundo un lugar que hasta entonces, y salvo para los habitantes de los pueblos del entorno, era prácticamente desconocido.

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Tampoco sería desde mi posición en la cueva, paleolítica y ancestral, sino sentado sobre la dura superficie de la roca donde de asienta parte de la ermita, que vería una homogénea multitud de personas entrando y saliendo del templo; deambulando por los alrededores; almorzando en la plácida alfombrilla de la yerba de la pradera, dorada por los rayos de un sol que durante la jornada, caprichoso agosto, han de solventar la inconveniencia de unas nubes, por momentos negros nubarrones, que se ciernen por encima de unos riscos erosionados de forma sutil y hasta cierto punto, caprichosa.

Cerca de la orilla del río, caminando con parsimonia por el sendero de arenisca que se dirige hacia el puente de madera, dejando la ermita a un lado, una pareja de guardias civiles toma nota de los acontecimientos sin que se sepa realmente hacia dónde miran, pues sus ojos se ocultan detrás de unas oscuras gafas de sol. El joven párroco, inconfundible con su pelo corto, su no menos recortada perilla y sobre todo su traje negro, que ya participara en la ceremonia del año anterior, asciende la cuestecilla con rapidez, portando sus manos una caja de cartón que, presumiblemente, contiene los elementos necesarios para su oficio de la liturgia. Es un párroco que parece conocer y naturalmente no compartir, toda la mitología generada en relación a la ermita y sus antiguos moradores, non nobis Domine...Quizás por eso, y también porque estoy convencido -y lo digo con todo el respeto- de que los sacerdotes son unos estupendos actores, en uno de los momentos álgidos de la misa, sus palabras llaman poderosamente la atención: la única fuente de energía de ésta iglesia, es la Virgen de la Salud. Y tal debe ser, teniendo en cuenta que la imagen original, románica y de connotaciones negras, se perdió en circunstancias que es mejor no especificar en esta crónica.

Por otra parte, si bien es cierto que el hábito no hace al monje, no menos cierto es que el bastón y la mochila colgada a la espalda, no hacen tampoco al peregrino. Son muchos los que de tal guisa se presentan en la ermita, y siquiera sea por honestidad y sobre todo, por desconocimiento, me veo en la obligación de concederles el beneficio de la duda, teniendo en cuenta que cada día somos más los que nos lanzamos a esos caminos, terminen o no en Fisterra o Compostela, buscando posiblemente una trascendencia vital lejos de nuestros ambientes habituales.

Pero sin duda lo más destacable, en mi opinión, no es otra cosa que comprobar -aún a pesar de la devaluación del tiempo, que afecta de manera implacable a la tradición, los usos y las costumbres- que las romerías, en el fondo, aparte de un acto de fe, constituyen un peaqueño baluarte de índole familiar en el que participan, con mayor o menor actividad, integrantes de varias generaciones. Por eso, resulta un detalle entrañable observar a la hija o a la nieta, acompañando a la abuela o al abuelo; o ver a un matrimonio anciano avanzar hacia la ermita cojidos del brazo, pasito a paso, ayudándose de sus respectivos bastones, siendo el concepto de familia extensivo a los amigos y vecinos, que ratifican una proximidad, salvaguardada, año tras año, por un ancestral acto de fe.

Son estos pequeños detalles, los que en cierto modo, animan a volver, pues, de igual manera que el chela de Lobsang Rampa en la cueva del ermitaño, constituyen toda una enseñanza ancestral que merece la pena ser aprehendida y vivida.

Creo que por una vez, el Cañón, el Temple y sus misterios estuvieron en un más que justo y segundo plano.

(1): T. Lobsang Rampa, 'El ermitaño', Mundo Actual de Ediciones, S.A., 1977.

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domingo, 1 de agosto de 2010

Gormaz: Fortaleza Califal


Situada en lo más alto de ese montículo que adquiere la forma de un pecho natural en la distancia, la que en tiempos fuera la imponente fortaleza califal de Gormaz duerme un sueño milenario, celosamente guardada por un auténtico ejército de rastrojos entre los que sobresale, con regia autoridad, el cardo salvaje, de flor color nazareno -por su similitud con el hábito del Cristo de Medinaceli- y tallo espinoso. Como espinosa es, en el fondo, su arcana historia. Una historia que se remonta, cuando menos, a ese imperativo siglo X en el que, se supone que aprovechando vestigios anteriores de cuya memoria y referencia apenas hay constancia, fue mandada edificar por un personaje que dejó como recuerdo para la posteridad, entre otros, parte de ese maravilloso bosque de columnas que conforman el interior de la Mezquita de Córdoba: Al-hakem II.

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lunes, 26 de julio de 2010

Gormaz: ermita de San Miguel

No podría comenzar esta entrada, sin mencionar a una persona muy querida, apreciada y por más señas, artista: Laura Alberich, nuestra inestimable Baruk. Bien es cierto que sin ella, el vídeo, así como mis apreciaciones -juiciosas o equivocadas, que cada uno las juzgue como considere necesario y sienta- estarían incompletas. En tiempos de egoísmo como los que corren, encontrar personas capaces de compartir sus tesoros y sus conocimientos, no resulta fácil. Afortunadamente, soy de los que opina que no existe regla sin excepción. Doy, pues, mis más sinceras gracias a Laura, por haberme cedido -con esa generosidad e interés de las que tengo buena constancia que la caracterizan- las fotografías de su archivo personal que, de hecho, son el alma de la ermita de San Miguel de Gormaz: sus pinturas románicas.


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Puede que sea una gran verdad que el Tiempo, después de todo, termina haciendo justicia, situando las cosas en su justa dimensión y lugar. San Miguel de Gormaz tuvo su primer momento de gloria, allá por el siglo XI, cuando, a la sombra de la imponente fortaleza califal, una escuela de artistas, o de místicos, según se mire, aunque de más que probable origen mozárabe, dejaron reflejados en sus muros, sus más profundas concepciones, no sólo a nivel artístico -los colores, observando los campos de alrededor, pueden ofrecernos una idea aproximada de modelo- sino, también, a nivel religioso, ¿y por qué no decirlo?, filosófico y emocional.
Resulta evidente, para quien haya visitado las ermitas de San Baudelio de Berlanga y de la Vera Cruz de Maderuelo, el estrecho nexo que las une con esta humilde pero también maravillosa ermita de San Miguel. Nexo que, desde luego, avala la hipótesis de que fue la misma escuela quien decoró las tres ermitas, aunque bien es cierto que en la de San Miguel, podemos encontrar elementos contenidos por separado en las otras dos.
Por fortuna para la Historia, y sobre todo para nuestro vapuleado Patrimonio Histórico-Cultural, el judío Leví no pasó por Gormaz; y si lo hizo, cabe al menos la satisfacción de suponer que, por las causas o motivos que fueren, no pudo lucrarse a costa de la ignorancia de los habitantes del lugar, como sucedió en el caso tristemente famoso de San Baudelio. Tampoco hay constancia del paso de ese famoso ladrón de guante blanco, conocido como Erik el Belga.Sí hay constancia, sin embargo, del poco aprecio que los habitantes del lugar y sobre todo las autoridades eclesiásticas concedieron a una auténtica maravilla, que nunca debió de ser maltratada y despreciada de la forma en que se la despreció y maltrató. Se puede disculpar, humanamente hablando, la humildad y los apenas inexistentes recursos culturales de los primeros; pero hemos de suponer que, en el caso de los segundos, el sacerdocio conlleva unos estudios de formación que capacitan al sacerdote, si no para ser un experto en Arte, sí al menos para saber valorar el contenido del templo que se le encomienda. Eso, por no hablar del obispo de turno, capaz de estampar su firma en un documento de compra-venta, sabiendo muy bien qué es, en realidad, aquello con lo que está comerciando. En definitiva, bajo mi punto de vista -y lamento si por exponerlo ofendo- tenemos en la ermita de San Miguel de Gormaz un claro ejemplo de la manera en que la Iglesia Católica custodia, conserva y valora unos edificios que debería de ser la primera en defender y conservar, como auténticos e irreemplazables templos de Dios, que son, a la vez, auténticas Obras de Arte.
Pero en San Miguel, aparte de ese corazón inerte en sus espacios interiores que bombea información a raudales, encontramos, también, otros elementos de interés, no tan sencillos de encontrar en la actualidad en otras ermitas de su género. Me refiero, en primer lugar, a esa genuina pila bautismal que, excavada en pleno suelo, hacía las veces de diminuta piscina, simulacro simbólico de ese primigenio río Jordán en el que Cristo, Jesús, recibió el sacramento del bautismo de manos del Bautista. Tampoco resulta fácil de encontrar esa otra pila bautismal de la época, cuadrada, en forma de cruz griega e interiormente circular -¿la unión del cielo y la tierra mediante la cuadratura del círculo?- que reposa en solitario en un rincón de la galería.

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viernes, 23 de julio de 2010

Rello, genuino sabor medieval

El rollo de Rello es de yerro, asevera el refranillo popular, refiriéndose al rollo jurisdiccional del siglo XVI y único en su género, que se levanta en la Plaza Mayor. Pero lo más interesante de este pueblecito, asentado sobre un altozano al sur de la capital y a mitad de camino entre la señorial Berlanga de Duero y la brujeril Barahona, es que aún conserva esa genuina magia medieval que consigue que una visita constituya, desde cualquier punto de vista, toda una experiencia.
Si bien es cierto que los caminos que conducen hasta este pequeño enclave medieval adolecen de una adecuada conservación -en la actualidad, parece que se están llevando a cabo trabajos de reacondicionamiento en la pista que parte desde Barahona- no es menos cierto, que adentrarser por ellos resulta siempre una auténtica aventura. Llanos, montes y quebradas apenas transitados ofrecen un atisbo de romántico aislamiento, de bohemia soledad que aumenta aún más, si cabe, el atractivo de este pueblecito, asentado a la vera del río Escalote, y situado, no obstante, también, a escasa distancia de Caltójar, y por supuesto, de esa enigmática y genuina maravilla de origen mozárabe, que es la ermita de San Baudelio.
Aunque la fortaleza y las murallas que rodean Rello datan del siglo XV, es posible que se levanten sobre algún tipo de fortín anterior; incluso sobre algún castro de origen celtíbero, pues no hemos de olvidar que en los alrededores se encuentran necrópolis y yacimientos arqueológicos que apuntan en este sentido. Recordemos, por ejemplo, el entorno de Conquezuela y las necrópolis de Miño de Medinaceli.

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martes, 20 de julio de 2010

Barahona: retorno a la Piedra de las Brujas


Viejas feas y asquerosas

nos llama el vulgo traidor;

que pregunten si lo somos

a nuestro dueño y señor.

Guía, guía que ya el día

su enojosa luz envía.

Hermosas les parecemos,

que es cuanto bien deseamos;

ni al vulgo imbécil tenemos

ni a nadie necesitamos.

Viva y reine la alegría

mientras esté ausente el día.

Vulgo necio, vulgo necio,

que bien hallado en tu error,

a las brujas nos desprecias,

y a su maestro y señor.

Está escrito que algún día

se acabará tu manía.

Entre tanto, con pellizcos,

escobazos y palizas,

el cuerpo os haremos trizas,

para forrar el pandero

que rompiéndose se va.

¡Ahajá, ahajá, ahajá!

[Anónimo] (1)


No deja de ser una visión netamente folklórica, la imagen desvergonzada, en ocasiones abyecta pero sin duda deshinibida y sensual, la asociada generalmente con estos personajes que, de alguna manera, han sobrevivido a las llamas de la incomprensión, introduciéndonos, desde nuestra más tierna infancia, en mundos de fantasía, donde no siempre ejercieron ese papel villanas y aliadas del Diablo que la Historia tuvo a bien concederles como un eterno sambenito.
Como casi todo lo que ha llegado hasta nosotros de épocas pretéritas, brujas e Historia no parecen ponerse felizmente de acuerdo, al menos en el caso que nos ocupa. Y resulta curioso que todo el mundo -o casi todo el mundo- haya oído hablar de las brujas de Barahona, y sin embargo la Historia, grandisima meretriz pagada al mejor postor, en ocasiones, apenas reconozca cómo, dónde y por qué surgió este mito.
Seguramente, un mito subsiste mientras se hable de él. Es cierto que cualquiera que pase un día por Barahona, verá, a la entrada del pueblo, un parque infantil que lleva el nombre de Parque de la Bruja. Y no muy lejos de éste, al pie mismo de la carretera y junto a la parada del autobús, un cartel de madera, con forma de flecha que, señalando una incierta dirección, indica Piedra de las Brujas. Y digo incierta porque, a pesar de las buenas intenciones de los señaleros del lugar, la referida piedra -mejor dicho, lo que actualmente queda de ella- no es, en modo alguno, fácil de localizar.
La piedra del misterio, con agujero incluído en su centro, queda prácticamente oculta en esos campos que apuntan hacia Villasayas, y aún más allá, a Almazán, y resulta muy fácil pasar de largo y no ver un caminillo rural, cubierto de hierba, lilas y amapolas desde el que, a pesar de todo, nunca se pierde la referencia del pueblo, y mucho menos del águila pétrea, al acecho en lo más alto, que es su iglesia de San Miguel.
Aún a pesar de que la hierba está alta, se puede llegar en coche hasta la Piedra, aunque es preferible dejarlo a un lado del camino y salvar andando la escasa distancia. Llaman la atención el silencio y la soledad, apenas rotos por el susurro del viento, siendo difícil no recordar que en estos mismos campos continuaron los hostigamientos de los cristianos contra las tropas del gran caudillo árabe Almanzor, en su retirada de Calatañazor, mortalmente herido. O también que, en época moderna, por ejemplo, fueron utilizados como aeródromo por el ejército nacional, cuyos bombarderos hostigaban a las tropas republicanas asentadas en Sigüenza.
Anecdóticamente hablando, fueron precisamente soldados nacionales quienes destrozaron en parte esta curiosa Piedra de las Brujas, que hasta entonces recibía el nombre de Altar de las Brujas, pensando que se asentaba encima de un gran tesoro, basándose, posiblemente, en esas fantásticas leyendas de tesoros escondidos por los moros en su retirada, tan comunes a todas las regiones de España.


(1) Extraído del libro de Gumersindo García Berlanga, 'De Barahona y sus brujas', Editorial Ochoa, 2006, páginas 49-50.


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