miércoles, 12 de abril de 2017

Embalse de la Cuerda del Pozo: recuerdos de juventud


Hay quien opina que no tengo recuerdos. No es verdad, aunque siquiera sea para salvaguardar parte del orgullo de ese complementario que siempre camina conmigo, diré, en mi descargo, que coincido con la aseveración de Ambrose Bierce, de manera que yo también considero el recuerdo como el mayor lujo de los desafortunados (1), y recurro a él sólo en caso necesario. Por eso, y porque tengo también un objeto que lo prueba, puedo decir que la última vez que estuve acampado aquí -en ésta mortaja líquida, cuyas aguas pintan estrellas por encima de pueblos anegados, como el de La Muedra-, fue el 1 de julio de 1987. Esa es la fecha que figura en la primera página del libro de Gustav Meyrinck, El dominico blanco, diario de un hombre invisible, que compré, por ochocientas cincuenta pesetas, en una librería de la calle del Collado, cuando todavía en el ambiente se dejaban sentir ecos resacosos del sábado Agés, del domingo de Calderas y del lunes de Bailas, que con tristeza repetían aquél estribillo de adiós, adiós, San Juan...

Por aquél entonces, solía viajar a Soria con cierta frecuencia. Iba siempre con mi tío Cele. El tío Cele, era como la reencarnación de Daniel Boone. O quizás, apurando aún más lo inapurable, como David Crocket. Aunque claro, a diferente de éste, el tío Cele no practicó la política -por lo menos, no lo hizo más allá de votar al PSOE, hasta que comprendió que no era, sino la parte blanda de esa cabeza de Jano, y por lo tanto de dos caras, que bajo la marcha triunfal del esto son lentejas, habían pactado el blanco y negro de los solsticios electorales de este país, per secula seculorum-, ni tampoco murió en El Álamo, aunque sí lo hizo en un hospital cuyo monárquico nombre -Infanta Leonor-, le hubiera dado alas para volar, de haber podido, como si se hubiera tomado un chute de Red-Bull. No murió en El Álamo, como David Crokett, pero sí sirvió en la Legión y tuvo sus más y sus menos con los moritos de Ceuta. Todavía no existía el ISIS -me pregunto qué diría Plutarco, por utilizar el nombre de la Mater en vano-, ni el DAESH y hacía ya por lo menos una veintena de años que Lawrence de Arabia, el último templario -si alguien no se lo cree, que lea el prólogo de Los siete pilares de la sabiduría-, se había roto el cuello a lomos de su motocicleta, a la que había bautizado con el nombre del caballo de Alejandro Magno: Bucéfalo, pero a veces, cuando se apagaban las últimas luces del campamento juvenil que teníamos enfrente, en la Playa de Pita, y la Osa Mayor sacaba los pies de las nubes para hacer de farol al peregrino, el tío Cele decía que había que tener cuidado con aquellos que colgaban de sus cuellos la Mano de Fátima, mientras sus corazones soñaban con recuperar Al-Andalus. Me pregunto qué hubiera dicho o cómo hubiera reaccionado de saber que algunos años después de su muerte, los vecinos del piso de enfrente iban a ser precisamente marroquíes, que a diferencia de los guarretes occidentales dejaban sus zapatos -que no babuchas- en la alfombra, que eran unos vecinos encantadores -menos cuando discutían el morito y la morita, anda jaleo, jaleo, aunque eso siempre ha pasado con el Vicente y la Clementina, con el Paco y la Pepa- y que la matriarca era una buena mujer, humilde y servicial, que se desvivía a besos cuando veía a su hermana Teodora y que antes de que el ictus -siempre me he preguntado por qué el nombre griego que identificaba el pez o el símbolo de los primeros cristianos, para definir una enfermedad tan mala y cruel- la hubiera dejado pensando que es una inútil, tiempo la faltaba para cogerle y subirle a casa las bolsas de la compra. Pero tal vez la explicación a fenómenos tan extraños -quien compre los periódicos todos los días, verá que política y parapsicología son un hecho más que probado, pues cuando no hay muertes misteriosas, desaparecen ordenadores o los OVNIs abducen a los principales testigos-, figure adecuadamente en el manual del usuario del choque de civilizaciones que nos quieren vender, como los krispis de Kellogs en el Alcampo. Menos intransigente, desde luego, resultaba el tío Cele con una caña de pescar: menos truchas, cualquier bicho mordía su anzuelo, sobre todo esos pecezucos con nombre a juego de casino -black bass, creo- que importados de los Estados Unidos, parecían mantener la fea costumbre de meterse en todos los charcos; de manera, que supongo que por eso eran tan fáciles de pescar y a la vez, tan difíciles de digerir. Algo similar, dicen que ocurrió con las carpas del Retiro, que fueron un regalo que Hitler le hizo a Franco y por eso no las comía ni Dios. El caso es que, como el protagonista de la novela de Meyrinck -o la fascinante aventura espiritual de un joven en busca del amor y de su destino-, los días acampados en el pantano solían ser largos, ideales para dejarse llevar por la ensoñación y también para comprender, después de intentar dormir recostado contra el tronco de un pino, por qué las hormigas, más que cualquier otro bichejo del campo, han mantenido siempre vivo el mito de ser las verdaderas aguafiestas del picnic.

Por esto, y por algunas anécdotas más, de cuyos pormenores, como Miguel de Cervantes,yo tampoco quiero ahora acordarme, es difícil que cada vez que pase por aquí, no me detenga unos instantes, y contemplando el vaivén de las olas, no me deje llevar por la nostalgia y me acuerde del tío Cele; aquél al que, según fuentes de las más allegadas a mi persona, me voy pareciendo más cada día. Yo no estoy muy de acuerdo, pero eso tampoco importa. Aunque claro, es en momentos y circunstancias como estos, cuando no dejo de preguntarme qué son, en realidad, las cosas importantes de la vida. Yo no lo sé. O sí lo sé, pero prefiero disimular, pues se vive más cómodo disimulando. A fin de cuentas, y como dice Bob Dylan, la respuesta, amigo mío, flota en el viento. ¿Y quién soy yo, para ir en contra del viento?. Así que, How, Gran Jefe Blanco: the answer is blowing in the wind¡.

P/D: el SOS que me encontré en una de mis paradas, no es mío. Espero, eso sí, que quien lo hiciera, esté a salvo y fuera de peligro...si es que alguna vez lo estuvo.


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(1) Ambrose Bierce: 'El diccionario del diablo', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2007, página 400.