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Mostrando las entradas etiquetadas como paisajes de invierno

Crónicas de la Soria Blanca: Medinaceli II

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Álbum Fotográfico

Crónicas de la Soria Blanca: Medinaceli I

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Causa una extraña sensación de placer, contemplar la Ciudad de las Tres Culturas y los valles que la circundan -del Jalón y del Arbujuelo- cubiertos de níveo armiño. Si ya de por sí es todo un placer pasear en cualquier época del año por sus calles, estrechas y medievales, el placer visual se multiplica aún más, cuando se hace caminando con dificultad por un colchón de nieve de varios centímetros de altura. A esto se añade el poema de la nieve de sus tejados derritiéndose y cayendo en alegres y cantarines torrentes sobre el empedrado, formando pequeños lagos entre los que se bañan, a ráfagas, los tibios rayos del sol. Porque en Medinaceli, la poesía brota de cada piedra. Hasta tal punto, que seducido por su belleza, uno se perdona a sí mismo del pecado capital de la gula, saboreando cada instante que deambula por ella.

Crónicas de la Soria Blanca: Numancia

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¿Pueden las ruinas de una ciudad despertar tanta variedad de sentimientos; ofrecer tanta belleza, incluso cuando su historia está teñida de tragedia, sangre y destrucción?. Creo que sí. En este sentido, me considero afortunado por haber podido pasear entre esos muñones cargados de recuerdos, donde a veces el susurro del viento semeja el grito de libertad con el que miles de gargantas celtíberas enfrentaron un holocausto que, siglos más tarde, aún perdura entre las páginas más heróicas de la épica de este país. Y es que en Numancia -por mucho que se empeñe ese otro ejército invasor que espera impaciente la orden para lanzar a la ofensiva a sus excavadoras-, los fantasmas se niegan a desaparecer. He tenido el privilegio de visitar las ruinas de ésta ciudad arévaca en varias ocasiones, con el interés añadido de hacerlo en diferentes épocas del año; y si he de ser objetivo, no sabría decidirme en cuál de ellas la coquetería de Numancia hace que uno se sienta deslumbrado frente a su belleza...

Crónicas de la Soria Blanca

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Una amiga me dijo en cierta ocasión -refiriéndose a la dedicación que ponía en el presente blog. muchisimo más avanzado que cualquiera de los otros que tengo la fortuna de tener en mi haber- que Soria es 'mi ojito derecho'. Y es cierto. No lo puedo, ni lo quiero negar. En lo que a mi respecta, Soria es ese pequeño terruño que todo emigrante lleva en el alma y al que no puede olvidar, por muy lejos que se encuentre. Porque Soria, toda vez que se adentra uno en sus insondables caminos, hechiza. Siempre he sentido envidia -sana, pero envidia al fin y al cabo- de aquellos afortunados que podían disfrutar de la belleza de sus lugares más emblemáticos, desde la perspectiva del crudo invierno. Disfrutar de la Soria de la blanca palidez, después de una extensa nevada. A diferencia de los inviernos de hace muchos años en Madrid-no recuerdo otro igual, a excepción de la nevada de hace cuatro o cinco años atrás, que en nada se pareció a la acaecida el pasado viernes, día 9- las vicisitude...

Solitaria y entre brumas

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Sábado, seis de diciembre. Madrugada, como es natural. Dispuesto a afrontar una nueva aventura: un viaje místico, romántico, buscando esa magia románico-gótica de los monasterios cistercienses; deseando empaparme de lugares legendarios y fascinantes, como el Moncayo y sus alrededores. Soñando con reencontrarme con Gustavo Adolfo Bécquer en el Monasterio de Veruela y descubrir el sortilegio que puso alas en su imaginación, aún presintiendo cercana su muerte. Pero antes, quería reencontrarme con unos viejos amigos; saludarles en paz y en silencio; aspirar parte, también, de esa magia que me cautivó hace tantos, ¡tantos años ya!. He aquí, pues, tal y como me los encontré: adormilado y triste él, solitaria y entre brumas, ella.