domingo, 23 de diciembre de 2007

El Cañón de los Templarios: Solsticio de Invierno en Río Lobos

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jueves, 20 de diciembre de 2007

lunes, 17 de diciembre de 2007

Breve crónica de una visita a El Burgo de Osma



A pesar de los esfuerzos del sol, que se elevaba, pálido pero con ganas de despuntar por encima del horizonte, la escarcha, obstinada, se aferraba al entorno que rodea a la catedral, con idéntica ferocidad a como una manada de lobos hambrienta lo haría sobre su presa. Tuve el primer atisbo del frío polar que hacía, cuando cruzaba por el puente que se levanta sobre el río Ucero y observé el hielo en que se había convertido el agua de ésta arteria fluvial, cuyo nacimiento se encontraba, aproximadamente, a unos 15 kilómetros de distancia, muy cerca del pueblo que lleva su nombre, y en dirección al Cañón del Río Lobos y su maravilloso entorno.


Con la cabeza llena de sueños y las cámaras convenientemente dispuestas en el hatillo, abandoné el confortable habitáculo de mi vehículo -aparcado en un estacionamiento público, situado enfrente de la carretera donde un cartel indica la dirección de Osma- y encogido de frío, crucé el puente, dirigiéndome, sin más dilación, hacia la majestuosa mole de la catedral, confiando en ir arañando, poco a poco, algunos de sus centenarios secretos.


Era demasiado temprano. De hecho, apenas se veía presencia humana por los alrededores, y las pocas personas con las que me cruzaba, caminaban con prisa inusitada, sin duda empujadas por el gélido aliento del frío en sus nucas.


Como he dicho, era demasiado temprano para telefonear a Marina -había quedado con ella, pues tenía valiosas informaciones que proporcionarme- de manera que decidí amenizar la espera examinando, lo más cuidadosamente posible, los muros de la catedral, sabedor de que no tardaría mucho en encontrar numerosos símbolos de cantería, que constituían, de por sí, todo un fascinante enigma. En efecto, flechas, cruces, pentáculos, estrellas, elementos romboidales de difícil catalogación se sucedían, al parecer sin orden ni concierto, grabados en la dura piedra a diferentes alturas y niveles. Incluso pude hallar varias cruces patadas, hábilmente disimuladas en la pared y bastante atacadas por el tiempo, que reafirmaban el testimonio de la presencia del Temple en la región y que, dicho sea de paso, desafiaban la imaginación.


Sin embargo, desprovisto de guantes, las manos no tardaron mucho en quedarse congeladas, llegando a un punto en el que ni siquiera los dedos podían apretar el botón de disparo de la máquina, estando ésta a punto de estrellarse fatalmente contra el suelo en varias ocasiones.


Entré presuroso, bufando como un toro, en el único bar que había abierto por los alrededores, y sin dejar de frotarme las manos -hasta tal punto las tenía heladas, que dolían- pedí un café con leche, deseoso de calentarlas aunque fuera cerrándolas alrededor de la humeante taza.


El remedio no tardó en surtir efecto, y poco a poco, la sangre volvió a circular por ellas, adoptando un color rosado que anunciaba una recuperación de sensibilidad en los dedos que hasta hacía pocos minutos creía imposible.


Como no tenía prisa, aunque sí mucha curiosidad, aproveché para observar el local. De pequeñas dimensiones, había, sin embargo, profusión de fotografías distribuidas a lo largo de la pared, que mostraban retazos históricos relacionados con lugares más o menos emblemáticos de la ciudad. Pronto me llamaron la atención aquellas que mostraban el desbordamiento del río Ucero, a finales de los años noventa, exhibiendo las zonas colindantes con el puente y la catedral, completamente anegadas en agua. Había, también, algunas otras que exhibían paisajes escogidos del Cañón del Río Lobos, un entorno natural de salvaje belleza, que atrae anualmente a miles de visitantes, la mayoría de ellos empujados, sin duda, por las huellas que los caballeros templarios dejaron en la fascinante ermita de San Bartolomé y en sus alrededores, algunas de cuyas evidencias son convenientemente recogidas en la pequeña exposición que se puede contemplar en el Centro de Interpretación de la Naturaleza de Ucero.


Parcialmente recuperado, abandoné la cálida placidez del lugar, en el preciso momento en el que las campanas de la catedral, con un sonido seco, semejante a un trueno, anunciaban las diez y media de la mañana, según pude comprobar, consultando mi reloj de pulsera.


Siempre buscando el sol, desanduve el camino hacia el puente, dejando atrás la plaza cuya estatua recuerda al obispo de Osma, y valiéndome del teléfono móvil, llamé a Marina, suponiendo que ya se había levantado. Reconozco que a mí no me hubiera sentado nada bien que me sacaran de la cama una fría mañana de sábado, habiéndome acostado la noche anterior con la despreocupación de no tener que ir a trabajar hasta el lunes. Pero esa es, precisamente, una de las cualidades de Marina: su extraordinaria amabilidad, la cuál, unida a una excelente disposición y a una no menos destacable actitud de colaboración, hacen de ella una persona querida y notablemente estimada.


No deja de resultar entrañable, también, esa franca sonrisa que ilumina siempre su cara a medida que se acerca hacia el lugar convenido. Sonrisa que, por otra parte, me produce siempre una curiosa sensación de sentirme como en casa, olvidando durante algún tiempo la realidad de encontrarme a cientos de kilómetros de ella. Sin apenas concederse tiempo para recuperar el aliento, y aún con las manos resguardadas en los bolsillos de su chaquetón, comentó displicente:


- Ya sé cuál es el retablo que había en 'las Magdalenas'.


Desde luego, la historia había empezado algún tiempo atrás, cuando un amigo burgense, bloguero y cronista destacado de la provincia, por más señas, había sacado la liebre de su madriguera, publicando una entrada en su blog (1) en cuyas fotografías se mostraban unas curiosas ruinas, cuya referencia -ermita de la Magdalena- me llamaron poderosamente la atención, hasta el punto de pretender reunir cualquier referencia que tuviera que ver con ellas.


Apenas acababan de abrir la puerta principal de la catedral y Paco -uno de los guardas- trajinaba afanosamente con la escoba, cuando entramos en el interior de ese templo colosal, cuya estructura y dimensiones sobrecogían, haciéndote sentir infinitamente pequeño.


Poco menos que en penumbras, y aprovechando el inciso de que posiblemente los guardas no hubieran conectado todavía las cámaras de seguridad, Marina se encaminó con paso firme y seguro hacia el lugar donde, detrás de una impresionante cancela de hierro y colgado de la pared situada en el lado izquierdo, descansaba un retablo de considerables proporciones y época y autor indeterminados. La oscuridad apenas permitía examinarlo con detalle, aunque no impedía suponer que el tema de la Crucifixión constituía el motivo principal, siendo los personajes de 'las Marías', por consiguiente, motivo secundario.


Tomé varias fotografías, pasando la cámara a través de los hierros de la verja, mientras Marina vigilaba. Fotografías que, al haber sido realizadas sin flash para no levantar sospechas, no salieron con la suficiente calidad como para vislumbrar todos los interesantes detalles que, sospecho, el autor ocultó entre pinceladas.


Con posterioridad, aunque no antes de echar un vistazo por las numerosas salas, paseamos por la calle de Santo Domingo, situada detrás de la catedral, en cuyas paredes, tuvimos ocasión de observar otra considerable cantidad de marcas de cantería, algunas tan curiosas como la letra griega beta grabada en diferentes posiciones: hacia arriba, boca abajo, señalando a la derecha, señalando a la izquierda.


Allí, mientras cargaba la máquina con una nueva tarjeta, Marina aún tuvo tiempo de sorprenderme cuando, señalando hacia lo que a simple vista parecía la tapa de una alcantarilla, comentó:


- Han querido disimularlo así, pero en realidad, aquí se descubrió un pasadizo, en el cuál, según me contó mi marido, había salas o habitaciones inundadas de agua y entre cuyos restos encontraron una pata de jamón.


Hacia mediodía, aproximadamente, y cuando la escarcha parecía rendirse por fin a las acometidas del astro rey, nos despedimos en mitad del puente, aunque en mi caso, con la punzante sensación de que apenas había comenzado a atisbar una pequeñísima parte de los secretos y misterios que, comparativamente hablando, dejarían en un juego de niños los descritos por Víctor Hugo, al hablarnos de París.


lunes, 3 de diciembre de 2007

De Numancia...Garray




Mediodía en Garray. A punto de dar las doce menos diez, un Volkswagen Golf, de color azul oscuro, aparca en la Plaza Mayor, junto a la iglesia de San Juan Bautista. El aspecto de su único ocupante -impecable, destacando el negro de su ropa- no deja margen a la duda. Se trata de Don Carmelo, párroco de Garray, Tardesillas y posiblemente algún pueblo más de las cercanías, así como, también, abad de San Saturio. Lleva un tres cuartos de cuero y una bufanda, a tonos verdes, oscuros, anudada alrededor del cuello. Y es que el sol, engaña. Basta sólo con echar un simple vistazo a los caños de la fuente y ver las gotas de agua convertidas en sólido hielo, para convencerse de ello.

De una edad aproximada de sesenta años, durante la cual la escarcha -similar a la que acompaña los campos de alrededor, hasta bien entrado el día- se ha ido alojando progresivamente en su cabeza a lo largo de los años, el aspecto general denota vitalidad. Y es que don Carmelo no tiene ningún reparo en confesar su pequeño secreto para mantenerse en forma: todas las mañanas sale a correr, realizando una media de 8 a 10 kilómetros diarios.

A juzgar por los comentarios escuchados a primera hora en el bar 'El Goyo' -lugar por el que tenía la obligación de pasarme en busca de César, para darle un recado de Teresa, 'una amiga de Madrid'- no es difícil llegar a la conclusión de que don Carmelo es una persona apreciada y querida en el pueblo.

Ese aprecio y esa afinidad vecinal, no tardan en volver a ponerse de manifiesto en la Plaza Mayor, junto a la entrada de la iglesia, a medida que van acudiendo los feligreses a escuchar la misa de las doce.

No obstante los pocos minutos que faltan para que ésta de comienzo, don Carmelo aún tiene tiempo de poner de manifiesto su erudición, y sobre todo, su excelente disposición con unos forasteros que se han desplazado desde Madrid con la esperanza de poder contemplar algunos de los incomparables tesoros de origen románico que están bajo su tutela y responsabilidad.

Reconozco que es una suerte tener amigos, capaces de hacerte conectar con otras personas amantes de un estilo artístico que -como bien decía el autor de 'El misterio de las catedrales'- 'se caracteriza por su pobreza de medios, pero riqueza de expresión'.

Pronto nos saca de nuestro error, cuando le preguntamos -apenas recién franqueado el umbral a ese otro mundo de misticismo que constituye el templo de una iglesia- por la que, a falta de documentación sobre su verdadero nombre y origen, es conocida actualmente como la Virgen de Numancia. Lejos de encontrarse en la sacristía -como pensábamos- ahora queda bien expuesta a la vista de todos, reinando como una auténtica Majestad; observando con sus ojos, fijos y hieráticos, la ornacina de enfrente, donde una trilogía de santos -San Juan Bautista, San José y San Isidro Labrador- reciben diariamente, con piadosa pasividad, las plegarias de los fieles.

Según nos comenta don Carmelo, la Virgen de Numancia es una talla en madera, policromada, del siglo XIII y autor desconocido, como no podía ser menos. Hemos de pensar, por tanto, que nos hallamos frente a una de esas extraordinarias tallas de vírgenes románicas, perteneciente a un periodo tardío, pero que, no obstante, conserva todas las características de este tipo de imágenes, queridas y milagreras -hasta tal punto, que prácticamente todos los pueblos querían tener una, de ahí la existencia de tantas 'copias'- más comunes de los siglos XI y XII.

Nuestra Virgen de Numancia, permanece sentada, aunque manteniendo una postura erguida y hasta cierto punto autoritaria, mientras que el Niño se mantiene sujeto entre el brazo y la pierna izquierda, manteniendo éstas visiblemente separadas. Ambos portan en la mano una especie de bola o pomo, este último detalle respetando la opinión de don Carmelo.

Destaca, no obstante, el gesto del Niño, que mantiene uno de los dedos de su mano derecha apuntando hacia arriba, posiblemente como queriendo señalar su indiscutible origen divino; o lo que viene a ser lo mismo, su sagrada naturaleza. Aunque sin la disposición de tener un metro a mano, me atrevería a decir, utilizando el adagio del 'ojo de buen cubero', que la base coincide con la medida que numerosos autores confirman como común a este tipo de imágenes virginales: 35 centímetros.
Pero sería muy injusto centrar todo el protagonismo -que sin duda lo tiene- sobre la Virgen de Numancia, y no aprovechar las interesantes observaciones de don Carmelo, con respecto a otras figuras y objetos que conforman el inventario sacro que se encuentra en el interior de la iglesia de San Juan Bautista.
Como por ejemplo, la soberbia pila románica, apartada aproximadamente medio metro de su emplazamiento original, que permanece alrededor de tres centímetros enterrada en el suelo.
'¿Por qué este enterramiento?', -se pregunta don Carmelo, quedando su pregunta sin respuesta, al menos por el momento.
Bellamente labrados en la dura piedra, en la pila bautismal se pueden apreciar los arcos característicos de un claustro, adivinándose, también, elementos de sobra conocidos en alguno de los diseños de los arcos del claustro de San Juan de Duero, lo que puede señalar un nexo u origen común en su construcción.
Diseño, por otra parte, que se puede apreciar, así mismo, en portadas y capiteles de otras iglesias de la región, como pueden ser el pórtico de la iglesia de Los Mártires, en el mismo Garray, y cierto capitel del claustro de la iglesia románica de San Miguel Arcángel, en el pueblo de Andaluz, muy cerca de Berlanga de Duero.
Digno de reseñar, es también el retablo del altar donde se encuentran las figuras de los Santos Mártires -Nereo, Aquileo, Domitila y Pancracio- realizado en el año 1577 por el artista Francisco de Ágreda, casado con doña Teresa de Garray. Como digna de mención, así mismo, es la figura del Cristo del siglo XIV, situada a la izquierda de éste, de una expresividad sorprendente, con los ojos levemente entreabiertos, denotando los terribles momentos de la agonía.
Con respecto a la figura de San Juan Baustista -bajo cuya advocación ya hemos dicho que se encuentra la iglesia- don Carmelo comenta que se trata de una talla realizada en madera -no sabe exactamente qué tipo de madera- y peso considerable. Hay que reseñar, además, que dicha figura es sacada en procesión todos los años y paseada por el pueblo, en la fecha de su festividad: el 24 de junio, solsticio de verano.
Por último, y no menos interesante, don Carmelo, franqueándonos amablemente la entrada a la sacristía, nos muestra la figura original -bastante deteriorada, por cierto- de San Isidro Labrador, explicándonos que por ese motivo se sustituyó por una figura más moderna, que es, precisamente, la que se expone junto a las de San Juan Bautista y San José.
Algunos minutos después de celebrada la misa, y con una disposición de ánimo digna de admiración, don Carmelo accedió a mostrarnos el interior de la ermita de Los Mártires, donde pudimos ser testigos de los numerosos detalles, entre los que cabe destacar una excepcional pila románica del año 1070, que hicieron que nuestra visita constituyera toda una feliz novedad. También accedió a acompañarnos hasta el cercano pueblo de Tardesillas, en cuya parroquia aún nos aguardaban más sorpresas, que hicieron que nuestro viaje mereciera, y mucho, la pena. Pero los avatares de ambas visitas, forman parte de otra historia, que será narrada en las presentes páginas en un futuro no demasiado lejano.
Vaya, pues, nuestro más sincero agradecimiento a don Carmelo, párroco de Garray y abad de San Saturio, persona de trato afable y extraordinaria calidad humana.

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Almazán, la ciudad amurallada

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domingo, 18 de noviembre de 2007

Gente de la provincia: un tesoro humano que descubrir



'Hoy como ayer, mañana como hoy,

y ¡siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno,

y ¡andar...andar!'

[Gustavo Adolfo Bécquer]


Introducción
Cuando emprendo viaje por la provincia, generalmente tengo claro a dónde quiero ir y qué es lo que espero encontrar. Como buen 'cazatesoros' -el epíteto se lo debo a mi amiga Teresa- soy un rastreador de pistas, siendo éstas tan variadas, como variada e insaciable es, en el fondo, mi curiosidad. Son tantos los tesoros; tantas las maravillas por ver, descubrir, sentir y valorar que, residiendo a más de doscientos kilómetros, no tengo más remedio que lanzarme a la carretera con las primeras luces del alba, si quiero aprovechar -lo más intensamente posible- las pocas horas que me restan entre la ida y la vuelta.
Tales prisas, por supuesto, hacen que apenas tenga tiempo para 'explorar' lo que, en mi opinión, es el mayor tesoro que uno se puede encontrar en la región que visita: sus gentes.
Por eso, la presente entrada está dedicada a una de esas piedras preciosas que constituye, en su justa medida y proporción, parte de ese inmenso tesoro humano que, en nuestra ignorancia, solemos, generalmente, infravalorar; o, en su defecto, dejar pasar sin más pena ni gloria.
No sé si Restituto Martínez tendrá ocasión de ver su foto en el Blog, o incluso de llegar a saber alguna vez que alguien ha hablado de él. Posiblemente, ya no le distraiga ni la televisión, si es que alguna vez lo hizo, aunque quizás continúe siendo un incondicional de la radio, como muchas otras personas de su edad. Pero no importa: estoy seguro de que cuando nos despedimos, estrechándonos la mano en la puerta de la iglesia, supo enseguida que mis gracias fueron totalmente sinceras. Sin tener nada más que demostrar, sólo me resta añadir en la presente introducción, las siguientes palabras:
Restituto, ¡va por usted, y muchas gracias otra vez!.

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Sábado, 17 de noviembre. Detenido junto a la puerta de la iglesia, echo un vistazo a mi alrededor. No se ve un alma. Son cerca de las diez de la mañana, y al parecer, en Fuentelcarro los vecinos todavía duermen. Abro la bolsa que, como un fiel compañero, me acompaña siempre en todos mis desplazamientos. En su interior, las herramientas de trabajo, inertes, esperan el momento de verse liberadas de su encierro y ponerse a trabajar frenéticamente. Hago un breve recuento visual, comprobando que llevo todo lo necesario: las cámaras, el cuaderno de notas, pilas, tarjetas gráficas, baterías de repuesto...Incluso un paquete de tabaco que compré temprano en Medinaceli, cuando me detuve -como de costumbre- a tomar café, estirar un poco las piernas y repostar.
Hace frío, aunque el día, claro y despejado de nubes, augura un tiempo excelente, inhabitual de un mes como noviembre. Saco de la bolsa una de las cámaras -la Nikon, excelente, llegado el caso, para interiores-, y dando una vuelta alrededor de la iglesia, tomo algunas fotografías desde diferentes ángulos.
Se trata, en mi opinión, de un edificio tosco y austero; sin arquivoltas, capiteles, canecillos o cualquier otra aparente floritura que denote una ancianidad e influencia románica que pueda ser valorada artísticamente, incluso por un amante aficionado de este estilo. Pero a juzgar por la información de que dispongo, el verdadero 'tesoro' artístico, así como histórico, se encuentra, sin ninguna duda, en su interior.
Este detalle, me trae a la memoria parte de la interesante conversación que mantuve el día anterior con Montse, una amiga cuyas inquietudes parecen estar en sintonía con las mías y que, refiriéndose a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, me comentaba con mirada soñadora:
- Comparativamente hablando, San Baudelio es como una granada: no ves la belleza de su fruto hasta que no la abres y penetras en su interior.
Tales eran, repito, mis reflexiones, mientras rodeaba curioso la iglesia de la Virgen del Portillo, aguardando a que algún vecino asomara por la puerta de su casa, para abordarle en busca de información.
Por fortuna, el 'milagro' no tardó en producirse. Para entonces, los rayos del sol iluminaban buena parte de la fachada parroquial, y aunque comenzaba a agradecer aquélla fuente gratificante de calor, me encaminé sin dudar hacia una casa de paredes inmaculadamente blancas, que aún permanecía en la sombra, en el preciso momento en el que su propietario, cerrando despacio la puerta y escondiendo a continuación las manos en lo más profundo de los bolsillos de su pantalón, se disponía, supuse, a dar su habitual paseo matutino por los alrededores del pueblo.
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Se trataba de un señor mayor, de aproximadamente un metro sesenta de estatura, sonrisa franca, ojos oscuros, vivaraces como los de un zorro y las nieves del tiempo alojadas -igual que esas otras que perduran durante todo el invierno en las cumbres solitarias del Moncayo- para siempre en el escaso cabello que circundaba su cabeza.
Calzaba unas confortables zapatillas de felpa, a cuadros -de 'esas de toda la vida', convencionales, pero ideales para llevar los pies abrigados- donde se entrecruzaban colores como el marrón, el negro y el gris.
- Vamos al sol, que a la sombra no hay quien pare, -recuerdo que fue lo primero que sus labios dijeron cuando me acerqué a él, y después de desearle los buenos días, le preguntara por la persona con la que tenía que hablar para poder visitar la iglesia por dentro.
- Los de esa casa tenían una llave, -dice, señalando con la mano en dirección a una casona de dos plantas, de buen aspecto y paredes pintadas de un agradable color café con leche, en uno de cuyos laterales se hallaba aparcado un Audi con matrícula de Barcelona-, pero ya no están. Les tocó la lotería el año pasado -comenta a continuación, añadiendo como si tal cosa: cien millones...
Reconozco que el hombre ni siquiera se inmutó cuando sus labios terminaron de pronunciar ésta cifra. Y no obstante, yo -apenas durante una fracción de segundo- vi estrellas de colores revoloteando a su antojo por mis pensamientos, pensando en todas las cosas que podría hacer con semejante cantidad de dinero en el Banco.
A pesar de todo, volví inmediatamente a la realidad, cuando el viejete, iniciando un movimiento en dirección a la carretera que -como la flecha de Cupido- atraviesa en dos el corazón del pueblo, exclamó:
- Mi hijo tiene otra llave. Mira, por ahí viene...
En efecto, un Seat Ibiza de color blanco acababa de girar una calle más arriba y bajaba renqueante la cuesta, dirigiéndose hacia la salida del pueblo. El viejete le hizo una seña con su mano menuda -a través de cuya delgada piel podía apreciarse el color violáceo de las venas- deteniendo el conductor el vehículo cuando llegó a nuestra altura.
Una vez puesto en antecedentes de mis deseos, el hombre paró el motor del coche y apeándose, hurgó en los bolsillos de su pantalón, sacando un manojo de llaves. No tardó en localizar la que buscaba, e indicándome que le acompañara, nos encaminos los tres hacia la puerta de la iglesia.
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Hubo un momento, sin embargo, en el que pensé que mis deseos se verían frustrados, pues -seguramente por efecto del frío o a consecuencia de la humedad- la madera de la puerta se había quedado encajada por la parte de abajo, obstinándose en no ceder. Por fortuna, aunque no antes de considerables esfuerzos -todo hay que decirlo- ésta terminó cediendo y el rayo de luz que penetró en su interior iluminando los bancos, iluminó, también, todas y cada una de mis expectativas.
Enseguida descubrí, a poco de echar un primer vistazo, el conjunto de maravillosas figuras marianas que Teresa había localizado a través de Internet y cuyas imágenes me había remitido por correo electrónico, apenas un par de días antes.
Después de despedirme y dar las gracias al hombre que tan amablemente había accedido a abrirme la iglesia, éste se marchó, mientras yo -depositando la bolsa en uno de los bancos- me dispuse, cámara en mano, a no perder detalle alguno de todo cuanto me rodeaba, siempre bajo la supervisión del viejete, que permanecía en el umbral de la puerta, como una flor abriéndose a los rayos del sol.
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Un detalle que enseguida me llamó la atención, fue lo curioso, limpio y organizado que estaba el interior del templo. Incluso había jarrones con flores frescas, y tanto sobre el altar, los bancos y las hornacinas, no se apreciaban rastros de polvo, o de cualquier otro elemento que sugiriese -siquiera remotamente- una idea de abandono o dejadez.
De vez en cuando, el hombre hacía algún comentario. Fue así como, aparte de su nombre -Restituto Martínez, nombre cuyo santo, según él, no parecía 'ser muy fuerte'- comencé a enterarme de algunos avatares de su vida, mientras no perdía detalle de los objetos que me habían inducido a emprender viaje.
Recuerdo que me hallaba poco menos que embelesado, observando y fotografiando el maravilloso retablo sobre el que brillaba con luz propia una no menos maravillosa talla en madera de Santa Ana, portando en sus brazos a la Virgen y al Niño -trilogía excepcional de una Sagrada Familia, compuesta de abuela, madre y nieto- cuando Restituto me comentó -como si fuera lo más natural del mundo- que el próximo día 9 de diciembre cumpliría 91 años.
Tal longevidad -pensé, admirado- constituía todo un desafío al saber estar en el mundo; máxime, cuando apenas unos segundos después, añadió, con gesto ligeramente mohíno:
- Hace poco estuve cinco días ingresado en el hospital. La única vez en mi vida que he estado en un hospital...
Reconozco que apenas supe qué decir, mientras tomaba unos primeros planos de una excelente representación de Cristo crucificado, sin dejar de observar el instrumento de su calvario que, para echar más leña a aquél conjunto de asombrosas obras de Arte, invitaba inmediatamente a la especulación simbólica por su inequívoca forma de Tau.
Incluso creí distinguir varias cruces patadas -señal inequívoca de un posible recuerdo de la presencia de los Milites Templi en la zona- coronando el marco de los pequeños retablos colocados en fila en la pared izquierda, cuando Restituto continuó diciendo:
- Mi mujer murió hace tres años...
Hubo un momento en el que me sentí ligeramente desconcertado, dudando entre continuar mi exploración del lugar, o mostrar mi faceta más humana y solidaria con aquél simpático abuelete que -por capricho, aburrimiento o porque simplemente yo también constituía una novedad para él- veía la oportunidad de desahogarse hablando, sin que le importara en absoluto hacerlo con un completo desconocido.
De alguna manera, esa aparente y espontánea confianza me hizo sentir orgulloso, e incluso más cercano con aquellas sencillas gentes, cuya humilde idiosincracia no dejaba de ser -bajo mi particular punto de vista- toda una lección de saber vivir, que deberíamos aprender los habitantes de las grandes capitales, quienes nos pasamos prácticamente toda la vida ignorándonos entre sí.
Aquél 'sentido de la vida', primordial y sencillo, como decía, me hizo recordar un antiguo axioma, que da por hecho que cada persona, sin duda, es en sí misma todo un mundo.
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Frente a la hornacina encristalada que guarda la imagen de la Virgen del Portillo, bajo cuya advocación se encuentra la iglesia, Restituto, con toda su buena voluntad, no pudo evitar dejarse llevar por la tentación de explicarme:
- Fue un regalo que una maestra de Manresa donó al pueblo hace sesenta años.
De menor importancia histórica, desde luego, la imagen de la Virgen del Portillo, sin embargo, no dejaba de tener -en mi sincera opinión- una belleza digna de tener en cuenta también.
Pero mi objetivo, el auténtico motivo que acaparaba toda mi atención, se hallaba a un metro escaso de ésta, gloriosa, inconmensurable, resguardada bajo un manto de color blanco ribeteado de oro que conseguía resaltar aún más, si sabe, su hermosa tez morena, coronada por una impresionante corona. Frente a mí, tan cerca que podía tocarla con los dedos con sólo extender la mano, se hallaba toda una Majestad, una maravillosa virgen románica que, posiblemente y sin precisar la ayuda del carbono 14, su edad podía remontarse a los siglos XI ó XII.
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Restituto, en su feliz ingenuidad, apenas se sorprendió cuando, excitado por la emoción, intenté explicarle el maravilloso tesoro que tenían en la iglesia. Ni siquiera conocía el nombre de aquélla Virgen. Tampoco el de otra figura de parecida influencia románica, de madera policromada, que soportaba en su brazo izquierdo la figura de un niño de extensa y leonina cabellera, que inmediatamente llamaba la atención.
Sabía, no obstante -porque así me lo confirmó Restituto- que esa figura había sido 'limpiada'; trabajo que, sin duda, no había conseguido cumplir su objetivo de disimular un color negro, cuyo rastro resultaba notablemente evidente, sobre todo, observando los dedos de su mano derecha, precisamente aquélla que quedaba libre...
Algunos minutos después, una vez convencido de que había obtenido suficiente material gráfico para hacer un estudio lo más riguroso posible sobre la influencia del románico en la región, aún permanecí algún tiempo en la puerta platicando con Restituto, a quien parecía complacer hablar acerca de él y de su entorno -los cimientos de su actual casa habían comenzado a levantarse en 1941- como lo haría con cualquier otro vecino del pueblo.
Oyéndole hablar, era imposible no hacerse una idea, siquiera aproximada, de cómo sería la vida en una población pequeña, de recursos agrícolas posiblemente limitados, pero que se aferraba con confianza a un lugar situado sobre una colina, en mitad de ninguna parte y posiblemente batido con dureza en invierno por la nieve y el viento. Un pueblo, que los martes quedaba prácticamente vacío porque todos los vecinos -a excepción de Restituto- marchaban al mercado de Almazán a vender los productos que extraían de la tierra gracias a su esfuero y laboriosidad.
A media mañana -aún tenía marcados en la agenda otros objetivos y lugares- con el sol ya alto sobre un cielo espléndido, despejado por completo de nubes, abandoné Fuentelcarro sintiendo la curiosa sensación de haberme perdido en un lugar que, por alguna curiosa circunstancia, el tiempo había decidido detener también su camino y como un peregrino más, permanecer despreocupadamente ocioso bajo el agradable calor de los rayos del sol.

Arganza: crónica de un pueblo abandonado






A 51 kilómetros de Soria capital, y a menos de dos kilómetros de la hermosa población de San Leonardo de Yagüe, formando parte del impresionante paraje conocido como el Cañón del Río Lobos, un pueblo, Arganza, descansa en soledad mientras los tejados de sus casas van desmoronándose poco a poco, heridos mortalmente por el tiempo y la dejadez de los que un día fueron sus habitantes: nueve, si hemos de fiarnos del Censo del año 2004.
El visitante que llega por primera vez a Arganza, tiene la curiosa sensación de que en cualquier momento un niño puede salir corriendo de una casa y cruzar despreocupadamente la carretera que, en excelente estado de conservación -al menos en ese tramo- se dirige, alternando rectas y curvas como una formidable serpiente de alquitrán, hacia la cercana población de Santa María de las Hoyas, y más allá, en dirección a Peñaranda de Duero. Pero aunque nunca está de más extremar las precauciones, difícilmente podrá llegar a ver a algún ser humano, a excepción de aquellos que continúan viaje por la carretera, sin detenerse siquiera a echar un vistazo empujados por la curiosidad.
Sin embargo, aquél otro que sí lo hace, sin importarle emplear algunos minutos en pasear por sus calles desiertas, pronto se dará cuenta de que el silencio no es, sino, circunstancial y le bastará dirigir su mirada hacia el cielo, para convencerse enseguida de que, en realidad, no está solo.
En efecto, sin precisar situarse en un punto especial de observación, disfrutará, sin duda, del inolvidable espectáculo de observar impresionantes bandadas de un auténtico símbolo de la comarca -el buitre leonado- evolucionando libremente por el cielo, semejantes a cometas cuyos hilos manejasen las manos invisibles de unos niños, cuya evolución las circunstancias han querido que terminen de convertirse en hombres en cualquier otro lugar.
Si es observador, se dará cuenta, también, de que por alguna curiosa razón, o quizás porque el fenómeno responde tan sólo a la casualidad, éstos evolucionan planeando en círculo por encima de la iglesia románica, cuya advocación está consagrada a San Juan Bautista Degollado, así como por el pequeño cementerio situado en el punto más elevado, desde donde se puede contemplar una vista que abarca el pueblo entero.
Tal vez, empujado por la casualidad, mientras se dirige hacia ésta, la nostalgia le haga recordar esa antigua y entrañable serie de Televisión Española, conocida como 'Crónicas de un pueblo', y haciendo uso del poder de su imaginación, crea ver al cartero, zurrón al hombro, subiendo penosamente la cuesta algunos metros por delante de él, con una mano atusándose nervioso su poblado mostacho y con la otra agitando una carta en dirección al señor cura que, escoba en mano, ladea pesaroso la cabeza encomendándose a Dios, mientras despeja de polvo y hojas la entrada de la iglesia. Puede que se imagine, también, al maestro impartiendo una clase práctica por los alrededores del pueblo, haciendo recuento, displicente, suspirando con alivio al comprobar que no se le ha perdido ningún niño; o que se recree, escuchando vehemente, los comentarios de las comadres, mientras observa cómo los restos del jabón con el que frotan la ropa se aleja rápidamente río abajo, hasta perderse definitivamente de vista.
Recorriendo la nave exterior de la iglesia, no dejará, tampoco, de sorprenderse al contemplar las curiosas figuras labras en la piedra de los capiteles, preguntándose, intrigado, qué mensaje quería señalar el artista medieval al representar imágenes y símbolos de curiosa idiosincracia. Pensará en una clara influencia de origen oriental, al contemplar a dos fieros leones devorando a una presa y no dejará de preguntarse por el significado de un curioso símbolo -la piña- perfectamente labrado por encima de ellos.
Sin saber la razón de que los capiteles estén parcialmente lapidados, se encontrará, poco después, con varias figuras de terrorífica apariencia y características genuinamente mitológicas que, posiblemente basadas en los antiguos mitos helenos, le harán recordar las fantásticas historias de dioses, monstruos y héroes que hace mucho tiempo, y poco menos que de pasada, constituyeron una materia de estudio en su formación escolar. Incluso creerá distinguir, eso sí, echando mano otra vez del portentoso poder de su imaginación, una curiosa figura que le recordará el milagro del gallo decapitado o, en su defecto, le sugerirá una simbología de carácter decididamente gnóstico en una iglesia cristiana.
Detenido frente al pórtico de entrada, no dejará de observar, en absoluto, las escasas marcas de cantería que, como una señal de identificación, le inducirán a preguntarse por su auténtica finalidad.
Dejándose acariciar por los rayos del sol, así como también por el aire fresco de la sierra, que de vez en cuando le obliga a subir un poco más la cremallera de su anorak, ascenderá la colina en dirección al cercano cementerio y desde la verja de la puerta observará, intrigado, que los deudos descansan en paz, aunque no en un olvido definitivo. Le sugerirán esa impresión, los ramos de flores que, aunque artificiales pero en excelente estado incluso de color, ofrecen testimonio de una cercana visita y supondrá, en buena ley, que, después de todo, el fenómeno de la migración no ha llevado demasiado lejos a unos parientes que seguramente hoy día residan en lo que en tiempos constituyera, según dicen, un barrio de Arganza: San Leonardo de Yagüe.
De vuelta otra vez en dirección a donde ha dejado estacionado su vehículo, se detendrá pensativo al darse cuenta de un detalle que ha pasado por alto, e imaginará que esa mesita y esos bancos de piedra blanca situados junto a la entrada de una casa ofrecen, inmóviles y en silencio, testimonio de pasadas reuniones familiares; de comidas compartidas, y prosiblemente, ¿por qué no?, de agradables conversaciones, nocturnas y veraniegas, a la mágica luz de las estrellas.
En definitiva, una visita al despoblado de Arganza no dejará, de ninguna manera decepcionado, al visitante que un día, empujado por el destino, se deje caer por allí.

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lunes, 5 de noviembre de 2007

Callejeando por Medinaceli

'Yo, como Don Quijote, me invento pasiones solo para ejercitarme'
[Voltaire]



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domingo, 4 de noviembre de 2007

La Magia de San Baudelio

'Los personajes siempre llegan a la hora exacta al lugar en que se les espera'
[Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un mago']


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San Baudelio, un nombre que -indiscutiblemente unido al indicativo 'de Berlanga'- produce en el que suscribe un cúmulo de sensaciones tan variadas, que el único adjetivo que se me ocurre para intentar hallar el 'mínimo común múltiplo' y agruparlas en una sola palabra clave, es: electrizante.
Esa sensación fue la que me erizó el vello del cuerpo el pasado sábado, cuando, de madrugada -los primeros bostezos del sol dejaban nubecillas doradas en la retina, que hacían que ésta a duras penas consiguiera fijar las lindes de la carretera- me encaminaba hacia El Burgo de Osma, donde Marina -otra amiga entrañable, cuya amistad me honra y enriquece- tenía que contarme un sin fin de experiencias acaecidas en un lugar no menos electrizante que el anterior: la ermita de San Bartolomé de Ucero y el entorno del Cañón del Río Lobos.
Hacía fresco a hora tan temprana, aunque la ausencia de nubes y ese sol, como digo, que comenzaba a bostezar perezoso por la dirección en la que solían orientarse multitud de enterramientos medievales, auguraba otro día espléndido, impropio de ese clima mortecino y frío, característico de un mes como noviembre.
Había tráfico en la carretera, para ser sábado y parte de un largo puente, y aunque ninguna retención, por fortuna, intentó poner a prueba mis nervios -curtidos en mil y una idas y venidas diarias al trabajo- la densidad del tráfico era lo suficientemente destacable como para seguir al pie de la letra dos normas básicas de la Dirección General de Tráfico, que todo conductor debe de tener en cuenta cada vez que se pone al volante de su vehículo: respetar los límites de velocidad y mantener una prudencial distancia con el vehículo precedente.
De cualquier manera, sin excesos ni demostraciones inconsecuentes de motor -que no tienen ningún sentido fuera de un circuito de carreras- apenas faltaban unos minutos para las diez de la mañana, cuando enfilé ese figurado camino al cielo -que nada tiene que ver con la autopista de aquél legendario grupo de rock, llamado Led Zeppelin- situado entre las poblaciones de Caltójar y Casillas de Berlanga y que, en mi opinión, se mantiene por completo ajeno a ambas, salvaguardando ese misterio de origen mozárabe que se ampara, al menos, en dos cualidades dignas de tener en cuenta: belleza y soledad.
Llegué a la cima, como decía, poco antes de las diez -paradójicamente, en ese momento no recordé la entrañable canción de Joan Manuel Serrat- cuando apenas el guarda abandonaba somnoliento su venículo, mientras yo aparcaba el mío en la explanada de gravilla que hay a tal efecto, justo enfrente de la ermita.
Alejando las sombras de la noche, los rayos del sol comenzaban a iluminar las sólidas paredes de piedra y mortero, cuya tosca apariencia apenas deja imaginar, al visitante primerizo, el tesoro oculto en su interior. Éste, elevándose por encima del tejado como un glorioso orbe de color blanquecino intenso, semejaba una aparición mariana en mitad de un desierto de montes y quebradas, que parecían extenderse, en sempiterna sucesión, hasta los confines del infinito.
El silencio, apenas roto por el susurro del viento acariciando las ramas quebradas de los arbustos, en ningún momento se me antojó espeso y hostil como en otros lugares solitarios de la provincia, como el castillo en ruinas de Ucero.
Al contrario, resultaba, en mi sincera opinión, un silencio que embriagaba de paz; sensación ésta, por otra parte, que se hizo aún mucho más intensa cuando atravesé el hermoso pórtico con forma de cerradura y penetré en el interior, siguiendo al guarda, que portaba, por si acaso, algunas guías en su mano.
Reconozco, que a pesar de encontrarme en un lugar sagrado, maldecí para mis adentros -también por enésima vez, una por cada visita que realizo- pensando, con una enorme tristeza, en la vergonzosa indecencia que consiguió, allá por los años veinte, elevar el nivel cultural de algunos museos de los Estados Unidos, a costa de la profanación de una joya histórico-artística de nuestro patrimonio, como son los increíbles frescos de San Baudelio. Aún así, desprovista de una parte importante de su inconmensurable gloria, el corazón mozárabe de aquél canal de comunicación directa con Dios, latía en mi imaginación con fuerza suficiente como para mostrarme -aunque sólo fuera de una manera exotérica- la profunda mística que animó los corazones de aquellos seres que un día, tal vez animados por los sueños del Santo Grial que acompañan a su leyenda (leer), decidieron legar para el futuro la huella y el testimonio de su fe.
En mitad del recinto, el árbol más antiguo del mundo, la palmera, elevaba inconmensurable sus ramas hacia lo alto, como un titánico Sansón sujetando el techo, mientras la claridad solar que comenzaba a filtrarse por la puerta abierta descubría poco a poco una pequeña mezquita, sobre la cuál se elevaba un atrio de rincones oscuros y misteriosos, a los que a duras penas llegaba la luz del sol.
No me resultaba difícil, en ese momento de quietud -momento que no duró mucho, todo hay que decirlo, pues las visitas comenzaban a llegar, a juzgar por el ruido de neumáticos que se escuchaba en el exterior- imaginarme un coro de voces cristalinas y angélicas elevándose sobre las cabezas de los fieles que, mirada al frente, hacia el altar, seguían atentamente la liturgia, observados por la bondadosa mirada de San Baudelio, representado de cuerpo entero detrás del altar, a ambos lados de un estrecho ventanal sobre el que descendía, gloriosa, una sagrada paloma que simbolizaba al Espíritu Santo.
Este detalle, me recordó, entonces, la variada fauna de San Baudelio:
El oso, caminando a cuatro patas por la pared situada debajo del coro, dirigiendo su mirada hacia el exterior, en dirección a la libertad de esos valles desolados donde hace muchos siglos lo captó la mirada inquisitiva del artista medieval.
El dromedario, digno representante de ese Oriente lejano y misterioso -supuesto lugar de residencia de un no menos misterioso y enigmático Preste Juan (1)-, dirigiéndose siempre hacia la sombra bienhechora de la palmera, árbol que, entre otros, cobijó a José, a María y a Jesús cuando salieron de Egipto.
No muy lejos de éste -y sin necesidad de hacer un alarde prodigioso de imaginación- poco me costaba escuchar mentalmente los ladridos de los galgos en plena carrera, siguiendo imperturbables el rastro de la presa -posiblemente un ciervo de mirada resignada, representado, también, no muy lejos de estos-, por delante de unos cazadores que posiblemente terminaran exhaustos mucho antes que ellos.
En la pared de la mezquitilla, armado de escudo y lanza, un guerrero observa imperturbable el horizonte que se extiende a través de la puerta de la ermita, mientras su mirada, avizora, juega con la perspectiva del visitante, según se mueva éste hacia un lado o hacia otro.
En un lateral -no por citarlos en último lugar, los considero menos importantes y dignos de tener en cuenta, pues, en mi opinión, representan otra de las lecciones de San Baudelio, la humildad- una pareja de bueyes humillan la frente hacia el suelo, empujando con fuerza un arado rudimentario que araña un suelo en el que más tarde se depositará la semilla que frucitificará en vida y alimento, otra de las 'lecciones esotéricas' de San Baudelio, pues no sólo el ser humano vive del alimento físico, sino también del alimento espiritual.
La sencillez, pues, no es una cualidad ajena a San Baudelio, aunque no resulta sencillo -valga la redundancia- hacerse una idea, siquiera aproximada, de las sensaciones experimentadas por los ermitaños que en tiempos buscaran la Luz de Dios en lo más oscuro e inaccesible de las cuevas que se extienden por debajo de la ermita.
Hay una entrada a éstas -debajo de los escalones que conducen al atrio- cuya boca -negra, a semejanza de esos agujeros que se extienden por el Universo, sobre los que se han realizado multitud de teorías, mientras los astrónomos no terminan de ponerse de acuerdo- apenas deja entrever -desde luego, con la ayuda de una linterna- dos estrechas aberturas que se pierden en la noche subterránea a derecha e izquierda, y que en un momento determinado, recuerdan la ambivalencia de todo lo creado: arriba, abajo; blanco, negro; luz, oscuridad...
Aunque esté mal decirlo, mi curiosidad por seguir adelante y penetrar en el corazón de San Baudelio, quedó irremisiblemente frustrada cuando los primeros visitantes comenzaron a entrar por la puerta, recitando -como una letanía- el nombre de la Comunidad Autónoma a la que pertenecían, cumpliendo así los requerimientos del guarda.
Algunos minutos después, camino ya de esa hermosa e interesante ciudad catedralicia que es El Burgo de Osma, no dejaba de pensar en que, cuantas más veces me alejo de un lugar como San Baudelio, más veces siento la necesidad de volver.
(1): Entre las últimas teorías, algunos autores apuntan a los templarios como creadores del mito.

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miércoles, 10 de octubre de 2007

Pedro: ermita hispano-visigoda de la Virgen del Val



El día no había comenzado bien. Es cierto que el hombre del tiempo no se había equivocado cuando predijo un día soleado, similar al lunes, y aquello me consolaba, pensando que al menos la lluvia no daría al traste con mis planes. Tardé cerca de una hora en salir, pongamos que hablo de Madrid. A las ocho de la mañana, intentar abandonar una ciudad como Madrid, es una empresa poco menos que suicida, cuando no para santos; lo digo por la paciencia que es necesario emplear para no dar marcha atrás y mandarlo todo al carajo. Por fortuna, no lo hice. Acostumbrado a los atascos para ir y venir del trabajo, creo que he cultivado una dosis de paciencia realmente espectacular. Tampoco soy de los que se rinden con facilidad; sobre todo, sabiendo que me esperan unas horas de completa libertad y aventura, una vez pasada la frontera de Guadalajara. Es el punto de inflexión: un tramo yo diría que mágico -por su belleza- que va desde Valdenoches a Torija, ciudad ésta última donde, aún en la distancia, como un faro en lo alto de la colina, el castillo templario se enseñorea con el viajero, susurrándole historias de un esplendoroso pasado. Luego, unos minutos después, cuando se deja atrás la cuesta y los camiones, que suben renqueando por el carril derecho, el campo abierto se hace llano y eterno durante kilómetros; los carteles se suceden, y a medida que te vas fijando en ellos, piensas que posiblemente un día sientas deseos de cambiar el rumbo y dejarte caer por esas ciudades y pueblos de Dios que siempre tienen algo interesante que mostrar: Miralrío, Jadraque, Sigüenza, Alcubilla de las Peñas, Algora, Esteras de Medinaceli...
A mitad de camino, aproximadamente, el Área 103 -que no 51, en la famosa 'autopista de los OVNIs' norteamericana- se te antoja como esa especie de baliza territorial que te indica que estás a mitad de camino. Más adelante, el terreno vuelve a hacerse de nuevo monte, y sin apenas darte cuenta, un cartel te indica, oportunamente, que abandonas la provincia de Guadalajara y otro te hace saber que entras en la de Soria. Mi destino, en ésta ocasión, es San Baudelio de Berlanga. Una vez hecha la visita a este enigmático y revelador enclave, pretendo seguir ruta hacia Atienza, y de allí a un pueblo abandonado llamado Villacadima, dar media vuelta y regresar por Jadraque, siguiendo una endemoniada carretera que, por sus curvas, semeja el cuerpo de una gigantesca anaconda deslizándose sinuosa entre montes y quebradas, hasta desembocar otra vez en la cuesta de Torija, donde se enlaza con la N-II.
Tengo la costumbre de parar siempre en Medinaceli, inolvidable ciudad que utilizo como base para tomar un café reponedor, comprar el Heraldo de Soria -así me entero de las pintadas hechas en el camino a San Saturio, como protesta al proyecto de levantar la futura 'ciudad ecológica' en un entorno natural protegido- y repostar. Llego a los alrededores de San Baudelio, aproximadamente a las diez y media de la mañana. Hace un día estupendo, aunque la brisa es fresca. La ermita está cerrada. En mi entusiasmo por aprovechar estos días de vacaciones, he olvidado que cierra los lunes y los martes. Eso da un poco al traste con mis planes, de manera que me dirijo hacia Atienza, parando unos minutos en Caltójar, para visitar y sacar algunas fotografías de la iglesia de San Miguel Arcángel, volviendo a echar un vistazo, pues si algo he aprendido en mi 'búsqueda del románico', es que éste siempre esconde un as debajo de la manga.
No deja de asombrarme la imponente figura del arcángel, situada encima del pórtico de entrada a la iglesia. Su gesto de severidad, sus rasgos duros, yo diría que cuadrados, así como el báculo que parece portar en una mano, denotan una severidad que se me antoja por completo ajena a la visión tierna que se suele tener de los ángeles. Pero San Miguel es un ángel que rompe moldes. Un ángel guerrero, en eterna lucha contra el Diablo y a la vez, juez, como sus homónimos de las mitologías egipcia, griega y romana. Un ángel, cuya primera aparición en el Monte Gargano, allá por el año 409 aproximadamente, elevó su gloria a las cimas más altas, elevando, de paso, la fe a límites insospechados en toda la Cristiandad. Al número de ermitas e iglesias dedicadas a él me remito.
Dejo atrás Caltojar, adentrándome poco menos que en solitario -no me cruzo con ningún vehículo en aproximadamente una hora, lo cual por un lado es un alivio y por otro una desventaja en caso de tener cualquier percance- y continúo carretera adelante, dejando detrás de mí pueblos como la Riba de Escalote, Barcones y algunos otros que -de igual manera que el ilustre hidalgo Don Quijote de la Mancha- su nombre en este momento no puedo recordar. El paisaje varía como las escenas de un documental: a los bosques, donde las hojas de los árboles comienzan a amarillear, en contraste con la yerba, que va recuperando poco a poco su verde natural, le suceden los valles, los campos de cultivo; después, el paisaje se vuelve más agreste, más solitario, aún si cabe, y más quebradizo y rocoso. Aproximadamente a mediodía, contemplo la ciudad de Atienza desde un alto, no muy lejos del castillo, el cementerio y la iglesia románica -de pórtico espectacular- de Santa María del Rey.
Apenas me detengo el tiempo necesario para sacar un par de fotografías y continuar la marcha. Mientras circundo ésta espléndida ciudad que aún conserva una agradable y nostálgica apariencia medieval, no puedo dejar de experimentar cierta envidia frente a su parsimonia. Incluso hay un momento en el que pienso que tiene las personas justas; los coches justos y tanto unos como otros desconocen los embotellamientos, las prisas y los pasos de cebra que nadie respeta.
Algunos minutos después de salir de Atienza, no tardo en dejar atrás los cerros volcánicos de La Miñosa, así como el apacible pueblo de Cañamares, con los restos melancólicos de una casona en ruinas a pocos metros de la entrada y esa eterna y solitaria parada de autobús, en la que nunca se ve a nadie. Al pasar por el desvío a Cidones, tentado estoy de cogerlo y acercarme hasta Albendiego para embriagarme con el espectacular ábside románico de la iglesia de Santa Coloma.
Carretera adelante, atravieso lentamente el corazón de Somolinos, partido en dos por el paso de la carretera. Otra parada de autobús vacía a mi derecha. A la izquierda, justo a la salida del pueblo, la laguna que lleva su nombre: aguas tranquilas, custodiadas por la Sierra de Pela y rodeadas de árboles y vegetación. Tras un fugaz vistazo, observo a un pato solitario que nada perezosamente en el centro, como sabedor de hallarse en un paraje especialmente protegido.
El paisaje vuelve a hacerse abrupto y continúo viaje por una carretera en remodelación que atraviesa imponentes desfiladeros de brava y antiquísima roca. Como por arte de magia, pasados estos, el entorno se viste de llano, y contemplo extensos valles teniendo como referencia, en la distancia, el entorno de la ermita del Alto Rey, imposible no situarla, por las torres que la compañía Amena ha instalado junto a ella.
Dejo atrás Campisábalos y su espectacular iglesia románica de San Bartolomé, pensando que ya falta poco para llegar a mi destino. Pero otra vez, la falta de previsión me juega una mala pasada. Ignoraba que para llegar a Villacadima, era necesario desviarse a la izquierda, en dirección a Sorbe. Conociendo su cercanía a Campisábalos, en mi ingenuidad pensaba que encontraría algún cartel señalizador con su nombre. Imposible. No lo hay. Por desgracia o por suerte -hace tiempo que dejé de creer en el azar y sí, no obstante, en la ley de causa y efecto- pasé de largo el cartel indicativo de Sorbe, continuando haciendo kilómetros con el coche ante la imposibilidad de hacer un cambio de sentido.
Hablando de carteles, no tardé en encontrar uno que me indicaba, como una burla, que estaba entrando en tierras de la provincia de Segovia. Lo escarpado del terreno, así como las numerosas curvas de la carretera obligaban a seguir adelante; de manera, que continué alejándome de mi segundo 'objetivo' en espera de tener la oportunidad de encontrar un lugar en el que poder dar media vuelta y volver por donde había venido.
No tardé en divisar otro cartel -interesante juego de fronteras- que me indicaba la provincia de Soria, y un poco más adelante, a mano derecha, un sugestivo cartel indicando algo que me llamó poderosamente la atención:
'Pedro: ermita hispano-visigoda, siglo VII'
No lo dudé, y giré en esa dirección, pensando en el axioma latino que dice: 'fortuna audaces iuvat', la suerte acompaña siempre a los valientes.
En comparación con lo que habría de encontrarme después, la carretera hasta Noviales -a pesar de su estrechez y de las numerosas curvas- es una bendición. El trayecto desde esta población hasta Pedro, sin embargo, es un 'camino hacia el infierno', donde una sola imprudencia puede costar un disgusto irreparable. En efecto, faltando grandes tramos de asfalto, se hace necesario cruzar los desniveles a punta de acelerador. Incluso en tramos asfaltados, éste, como si hubiera soportado los efectos de un extraordinario calor, se encuentra levantado, formando lo que -comparativamente hablando- se asemeja a la joroba de un dromedario, por lo que se hace inexcusablemente obligatorio circular con extrema precaución para no dañar los bajos del coche, ni reventar algún neumático. Es el eterno dilema, afín a muchas carreteras comarcales españolas: la falta de una adecuada política de infraestructuras que haga de los caminos un beneficio para todos, especialmente en cuestión de seguridad.
Por otra parte, el paisaje, espectacular, hace que el riesgo merezca la pena, siendo la lentitud de la marcha un aliciente para poder admirarlo en toda su extensión, mientras uno no puede evitar recordar la enigmática frase de Paul Elouard, que dice: 'hay otros mundos, pero están en éste'.
Dada la naturaleza privilegiada de su situación, se puede decir que Pedro es un pueblo pequeño y apacible, que se abre como el capullo de una rosa en mitad de un jardín natural de soberbia belleza y agreste soledad. No en vano, en las inmediaciones se encuentra el nacimiento del río que lleva su nombre, lugar que por desconocimiento no llegué a ver, pero cuya visita me han recomendado por tratarse de un lugar de especial encanto y belleza natural.
Para llegar a la ermita hispano-visigoda de la Virgen del Val (siglo VII), hay que dejar el coche al final del pueblo, en la plazoleta, y bajar andando un curioso sendero natural, balizado con tosca piedra, árboles y exhaustiva vegetación, donde -ensoñadoramente hablando- se siente la curiosa sensación de haber franqueado el umbral a un pequeño mundo paralelo, donde cualquier cosa es posible: desde encontrarse con el lobo del cuento de Caperucita Roja, hasta ver a un entrañable personaje como David el gnomo barriendo la entrada de su casa, situada en el robusto tronco de un centenario chopo. Algunos metros más adelante, semejante a esos barcos varados en el mar de Aral, un edifico de aspecto tosco, aunque sólido, aún desafía el transcurrir del tiempo, hundiendo sus milenarias raíces en lo más profundo de una pequeña pradera.
Previamente me habían avisado de la presencia de arquéologos en el lugar. En efecto, una pareja de ellos arañaba con saña la tierra circundante al pórtico, y aunque ninguno tenía el aspecto de Indiana Jones -personaje que de sobra estamos acostumbrados a ver en el cine y la televisión, y que ha pasado a ser el arquetipo base de estos profesionales- es más que posible que el destino les tenga reservada algún día la sorpresa de hacer un gran descubrimiento histórico.
El hombre, educado pero tosco, no puso pegas a que visitara el interior de la ermita, aunque bajo la condición de que no hacer fotografías, mientras la mujer, con gesto aburrido y limpiándose algunas gotas de sudor de la frente, continuó excavando la tierra con su paleta.
De aspecto sencillo y austero, el interior del templo aún conservaba algún rastro de pretéritas celebraciones, destacando una bandera de España extendida sobre los últimos bancos de la nave.

[En construcción]

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viernes, 5 de octubre de 2007

Alcozar, remodelación de la iglesia de Nuestra Señora del Vallejo


Como ya se aventuró desde las páginas de http://www.berlanga.blogia.com/ en una entrada realizada el día 1 de octubre, el pasado día 12 de septiembre se firmó el protocolo de actuaciones entre la Junta de Castilla, la Diócesis de Osma y la Fundación Duques de Soria, mediante el cual se daría luz verde, con una aportación de 6 millones de euros, a la restauración de un buen número de iglesias. Entre ellas, una de la iglesias pioneras del románico soriano: la iglesia de Nuestra Señora del Vallejo, siglo XI, situada en la bonita población de Alcozar.

Aplaudo la iniciativa de las instituciones arriba mencionadas y agradezco la información facilitada por Rebeca, desde Alcozar, en la que me comunica que este mes comienzan los trabajos de desescombro.


jueves, 4 de octubre de 2007

La otra realidad de San Bartolomé


'¿qué pasaría si, a fin de cuentas, las cosas con vida fueran algo semejante a esos trozos de papel? - ¿No es posible que haya un 'viento' incomprensible e invisible que nos llevara de un lado para otro, y determinara nuestras acciones, mientras que nosotros, en nuestra simpleza, creemos vivir bajo nuestra propia y libre voluntad?.

¿Y si la vida en nosotros no fuera más que un enigmático remolino de aire? Ese viento del que dice la Biblia: ¿Sabes de dónde viene y a dónde va? - ¿Acaso no soñamos a veces que metemos las manos en aguas muy profundas y sacamos peces de plata, cuando en realidad no ha pasado más que una fría corriente de aire que nos ha enfriado las manos?'.

[Gustav Meyrinck: 'El Golem']


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'Soy un hombre que ayuna hasta que ve lo que desea'

[Michael Ondaatje: 'El paciente inglés']



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¿Qué más se podría añadir sobre el entorno de Río Lobos y la ermita de San Bartolomé?.

jueves, 27 de septiembre de 2007

A un entrañable burguense



'Todos, en un momernto o en otro, hemos dicho o pensado que nos gustaría detener el mundo y bajarnos. ¿Y si mañana nos encontramos que podemos hacerlo...?. Recordad, de todas maneras, que somos libres de escoger'.
[Morris West: 'El Navegante']

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Mi aventura en el Mundo de la Blogosfera, apenas tiene unos meses de vida. Vio la luz en mayo -recuerdo que lucía un sol inmenso, de manera que su nacimiento no estuvo afectado por los caprichos de la luna, ni tampoco por el aburrimiento- y la idea era de que en sus genes se mezclara -espero que en las proporciones adecuadas, aunque a veces unas medidas destaquen más que otras- un poco de todo: viajes, aventuras, misterio, enigmas medievales, literatura, poesía, sensaciones y otras nostalgias que esperaba -y espero- que puedan llegar a ser de alguna utilidad a alguien en un momento determinado.
Como es normal, la aventura de escribir conlleva sus triunfos y sus riesgos; sus laureles y sus fracasos. A todos nos gustaría ser escritores punteros, maestros en el arte de escribir best-sellers que se traduzcan a todos los idiomas y se vendan como rosquillas; firmar autógrafos y salir en las portadas de periódicos y revistas. Pero, por encima de estas ambigüedades, quimeras o ilusiones, pienso que cuando una persona se pone a escribir, es porque realmente tiene algo que decir; algo -la importancia la valoran otros- que desea compartir con los demás. No importa, en éste caso, el éxito. Lo importante es el ánimo y el deseo de hacerlo y decir, con satisfacción: al menos tengo cuatro amigos que están pendientes de lo que escribo y sus opiniones y su apoyo me ayudan a continuar. Me ayudan, también, a pensar que lo que hago es importante.
Comencé dedicando el blog a la provincia de Soria, porque es una provincia de gran arraigambre en lo personal y por la que siento un cariño sincero, la cuál, por circunstancias de la vida, es ahora cuando puedo decir que comienzo a 'conocer', aunque, desde luego, el camino es largo. Mi padrino fue, para mayor honra, un simpático burguense que me dio la bienvenida; me ofreció su ayuda y, sobre todo, me dio ánimos para continuar, dejándome su comentario cuando el blog apenas tenía unas horas de vida.
Ni qué decir tiene, que para un nostálgico de la carta tradicional, manuscrita y con matasellos de Correos, recibir lo que actualmente se está convirtiendo en un sustituto implacable -el correo electrónico-, hizo aflorar en mi interior recuerdos y alegrías que hacía mucho tiempo que no sentía. Después de él, vinieron algunos más; y es muy probable que el tiempo -con o sin la relatividad añadida por Einstein- me presente a algunos más y entre todos logremos formar un estupendo colectivo, donde potenciar, a fin de cuentas, lo más valorable, a mi juicio, en ésta vida: la amistad.
Hace unos días leí -porque así lo manifestaba él mismo en su página -'Diario de un Burguense'- que no le apetecía escribir ni publicar ninguna entrada, porque su estado de ánimo no le acompañaba. También es cierto, que dejaba entrever la posibilidad de un regreso. Un regreso renovado y con más fuerza.
Reconozco que echaré de menos entrar en su blog y no ver entradas nuevas. Y reconozco, también, que a él tengo que agradecerle el recorte de periódico, donde -junto a otros muchos y merecidos blogs- el Heraldo de Soria mencionaba también el mío. Tengo que agradecerle, así mismo, su picardía y buen humor a la hora de ofrecer una suculenta chuletada en El Burgo de Osma a todo aquél que acertara un acertijo y tuviera, por supuesto, la fortuna de encontrarle primero. He de agradecerle, también, la suerte de haber vivido, visionando sus vídeos, unas fiestas burguenses llenas de belleza, colorido y tradición.
En fin, particularmente, tengo que agradecerle los momentos de deleite, de cultura y de 'savoir faire' -como diría un francés remilgado- así como esa maestría tan propia que tiene de sacarse conejos de la chistera con el fin de mantener el interés del lector.
Por eso le dedico de corazón esta entrada, animándole a continuar; a no dejarse llevar por el pesimismo; a seguir escribiendo de esa pequeña patria soriana que, en el fondo, todos llevamos en nuestro corazón.
¡Ánimo, hombre!. ¡Que hasta el más santo de entre todos los santos dudó alguna vez de la existencia de Dios!.

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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Escenas de Soria (sensaciones II)



'-Me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas
a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún
día'.
[Antoine de Saint-Exupéry: 'El Principito']



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¿Qué hubiera pensado el Principito -me pregunto yo- al visitar el claustro románico de San Juan de Duero?. ¿Qué, al pasar debajo del arco de San polo, antiguo monasterio templario, y encaminarse, siguiendo el curso del Duero, hacia la ermita de San Saturio?. ¿Qué hermosa estrella vería iluminar esos milenarios arcos; esos enigmáticos capiteles; ese ancestral y romero camino?. ¿Qué idea no se le hubiera ocurrido, frente a la imaginación del maestro cantero medieval?. ¿Qué le hubiera dicho en silencio a San Saturio o qué hubiera escrito en el libro de firmas de la ermita?. ¿Qué favor le hubiera pedido al santo?. ¿En qué persona estaría pensando, o qué persona le hubiera gustado que le acompañara en su paseo?. ¿Se hubiera detenido, curioso, a leer las inscripciones que los enamorados, como viene siendo tradición, graban en las cortezas de los árboles?. ¿Hubiera lanzado una piedra desde la orilla del río y se hubiera entusiasmado viéndola rebotar una, dos, tres, o incluso cuatro veces antes de hundirse definitivamente en el fondo?. ¿O quizás se hubiera sentado tranquilamente en uno de los bancos, acompañado de un afable anciano que le contara, para su deleite, las maravillosas historias del lugar?.
Supongo que hubiera sentido y hecho de todo un poco. Al menos, esas sensaciones suelen acompañarme cada vez que visito ambos lugares y me embriago con su belleza, con su paz. Como al entrañable Principito, son muchas, también, las preguntas que me vienen a la mente. A veces, como a él, me gustaría encontrarme en el desierto o en cualquier otra parte del mundo, y tener la oportunidad de conversar con un piloto experto, aunque varado en tierra, que supiera explicarme el sentido de las cosas; hacerme comprender que nada -ni siquiera lo más ínfimo en esta vida- es casual.
Me hubiera gustado poder integrarme -como Antonio Machado- en el alma del paisaje y ver y escuchar 'esos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua', con los mismos ojos con que éste los contemplara y tener la suficiente sensibilidad -visión artística o genialidad poética, llámese como se quiera- para trasladar al papel, lo más fielmente posible, ese conjunto de vivencias, esas inolvidables sensaciones.
Recuerdo mi primera visita al claustro románico de San Juan de Duero. Sucedió a primeros de marzo, cuando la primavera -sin duda enfurruñada con el invierno, que había sido tardío y no parecía estar dispuesto a batirse en retirada- daba la impresión de no encontrar su sitio y lugar. Hacía frío aquella mañana y una densa niebla se extendía desde la orilla del río, elevándose sobre los muros del monasterio, e incluso más allá, cubriendo parcialmente la ladera pelada del Monte de las Ánimas.
Faltaba media hora, aproximadamente, para las diez de la mañana, momento en el que -de manera milimétricamente oficial, supuse- debería aparecer el guarda y abrir la cancela de la puerta. Junto a ésta, herido de muerte -puede que como el famoso olmo de Machado, aunque sin duda, con muchísima menos notoriedad- un centenario chopo asistía, impertérrito, a un conciliábulo de gatos que de alguna forma -sólo de alguna forma-, me recordaban las reuniones de las brujas momentos antes del aquelarre. Había tantos gatos, y eran todos tan diferentes, aunque parezca mentira, que pensé en una sorprendente 'Internacional Gatuna' que hubiera decidido hacer coincidir su reunión en Soria con el Centenario de Antonio Machado.
Jocosidades aparte, apenas pasaba un minuto de las diez de la mañana, cuando el guarda -aparcando su vapuleado Renault cinco blanco enfrente del chopo, junto al pequeño parque, para más señas- resolvió todas mis dudas, haciéndome volver otra vez a la realidad: se trataba, tan sólo, de una simple cuestión de mendicidad animal.
Es difícil encontrarse en un ambiente como el descrito -frío, nebuloso, solitario...argumentos para un excelente thriller-, y no echar una mirada retrospectiva hacia atrás; hacia esas horas de interesante lectura al calor del hogar, donde la narrativa de Gustavo Adolfo Bécquer te produce escalofríos, pensando que te encuentras en el lugar donde la leyenda deja entrever una sobrenatural resurrección de monjes templarios en la víspera del día de Todos los Santos, deseando vengarse de todo aquél que se encuentren en su camino. Luego, una vez en el interior del claustro, inmerso hasta las rodillas en una niebla que parece ser ley y física a un tiempo, gobernándose a sí misma a su antojo y capricho, mientras se desliza en fumarolas por todos y cada uno de los lugares del antiguo monasterio, la imaginación -ese duende burlón que todos llevamos dentro y que nos acompaña a donde quiera que vayamos- se manifiesta y comienza a hacer de las suyas.
Por fortuna, la niebla es solo un fenómeno físico, que no alberga -como el clásico de terror de John Carpenter- sorpresas sobrenaturales. Pero impone. Dejándose llevar por su magnetismo, se agudizan los sentidos, esperando ver una señal, una manifestación; en definitiva, algo maravilloso que nos devuelva ese mundo fantástico que perdimos con la pubertad. Hay quien se pasa la vida -supongo que yo, entre ellos- buscando ese mágico Mundo de Oz en el que cualquier cosa es posible. Si allí los espantapájaros y los hombres de hojalata hablaban, ¿por qué no esperar el milagro de que algún día las figuras de estos capiteles retornen a la vida que les insufló el artista medieval -como el rabino Loew con el Golem, leyenda que anima las noches románticas de Praga- y te hablen al oído, susurrándote sus secretos?.
Lo confieso: siempre que paseo por Soria, no dejo de sentirme, como el Principito, un niño cuya curiosidad quiere hacerle crecer.

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