domingo, 21 de diciembre de 2014

Feliz Vida y Feliz Camino



Un año más nos dice adiós: Solsticio de Invierno o Navidad, tanto da, como tampoco importaba la condición de los peregrinos que acudían al hospital de Roncesvalles. No importa, tampoco, cómo lo sienta cada uno; importa sólo cómo lo viva. Por eso, como todos los años, quiero brindar por la Vida con todos vosotros; y lo hago, con la expresividad de un lugar muy especial para mí: el monasterio de San Juan de Duero. Un lugar que, en mi opinión, define, posiblemente mejor que ningún otro, el sentimiento que produce una provincia, Soria, en el alma de poetas, de viajeros y de visitantes: admiración.

Sobran las palabras, y a diferencia del turrón, lo justo no empacha. Por eso, sin más preámbulos, pero sí de todo corazón, Soria se hace camino al andar, os desea:

Una Feliz Vida y un Feliz y Venturoso Camino.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Zayas de Báscones





Dejamos atrás la interesante y antigua Castromoros, nombre con el que conocía en la Edad Media a San Esteban de Gormaz, con sus imponentes iglesias de San Miguel y de la Virgen del Rivero, muestra del románico más arcano y genuino de la provincia, así como los numerosos fragmentos de lápidas romanas utilizados como relleno en su calle Mayor y continuamos viaje por la carretera general SO P-5004, que se dirige hacia San Leonardo de Yagüe y las estribaciones del impresionante Cañón del Río Lobos, límite con la provincia de Burgos, visitando algunos lugares de interés. Uno de tales lugares, sería Zayas de Báscones, pueblecito apenas habitado y dedicado al pastoreo, principalmente, que, situado en las inmediaciones –aproximadamente, a seis o siete kilómetros de San Esteban-, aún conserva, en su iglesia, algunos detalles de interés, que merece la pena conocer.

Muy reformada, salta a la vista, es difícil preguntarse qué no fue de su galería porticada original –si es que la tuvo-, sustituida, en tiempo indeterminado, por otra mucho más sencilla, conformada por simples vigas de madera. Un sólido marco de madera, igualmente, guarda, así mismo, una magnífica portada, cuyo diseño y dimensiones, a estas alturas de nuestro recorrido, ya nos deben resultar familiares, haciéndonos suponer la intervención de un determinado taller de cantería, probablemente de origen burgalés –a este respecto, no olvidemos el considerable número de iglesias que están bajo la advocación de Santo Domingo de Silos, y quién sabe, si en más de un caso, no señalen la posibilidad de que sus constructores pertenecieran a un taller itinerante procedente de su entorno, lo que expongo tan sólo a modo de sugerencia-, que se fue extendiendo, progresivamente, hacia el interior de la provincia, posiblemente atraído por las nuevas oportunidades de trabajo inherentes a la Reconquista.

En el pórtico, se aprecian media docena de arquivoltas, de factura simple y lisa, excepto la penúltima, que exhibe un hermoso entrelazado que, sin duda, demuestra habilidad y oficio. Hay cuatro capiteles, repartidos a ambos lados, de los cuales, los de la derecha muestran grifos bebiendo de una fuente y un motivo foliáceo, con forma de enramado. Por su parte, los capiteles de la izquierda, vuelven a aludir a la lúdica simbólica del pecado, identificado con motivos mitológicos, mostrando arpías de cuello exageradamente largo y otro capitel con diseño foliáceo, tipo planta con fruto.

En este mismo lateral sur, y en su parte superior, se aprecia una serie de canecillos, destrozados, en algún caso y completamente lisos en los demás. Intrigante, no obstante, resulta el ábside, que originalmente debió de ser de forma semicircular, y posteriormente modificado y ampliado hasta darle la forma rectangular que luce en la actualidad. No obstante, conserva uno de los pequeños ventanales originales, el del centro, cuyos capiteles muestran sencillos motivos vegetales.

Junto al lateral norte, está adosado el pequeño cementerio, aunque también se observa, y en similares condiciones que en el lateral sur, aunque quizás algo mejor conservados, otra serie de antiguos canecillos, igualmente de factura simple y lisa. De aquí parte otra carretera, la SO P-5205, que en cuatro kilómetros, aproximadamente, desemboca en Zayas de la Torre.
 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Miño de San Esteban: iglesia de San Martín


De camino a esa antigua, hermosa y emblemática urbe que es San Esteban de Gormaz, conviene detenerse en Miño -pueblo situado en sus inmediaciones-, y echar un vistazo a su interesante iglesia románica, dedicada a la figura de San Martín, no el Dumiense ni el de Finojosa, sino el que, según la Leyenda Dorada de la Vorágine, partió su capa por la mitad para ofrecérsela a un pobre y participó en el Concilio de Tréveris contra Prisciliano, retirándose a la soledad de los ermitaños, después de la sentencia y ejecución de éste último: el de Tours. Si bien es cierto, que como la gran mayoría de los templos, tanto de la provincia como de provincias limítrofes -Burgos, Segovia, Guadalajara o La Rioja-, ha visto en gran medida mermada y modificada su primitiva estructura, la parroquial de Miño todavía conserva, sin embargo, numerosos elementos originales, como para hacer que se la considere como uno de los templos más interesantes de la zona. Entre estos elementos destacan, sobre todo, su galería porticada y su magnífica portada. Una portada amplia y generosa, proporcionalmente hablando, de más que probables influencias de tipo burgalés, como hemos ido viendo en templos anteriores. A diferencia de algunas de éstas, no obstante muestra curiosas manifestaciones artísticas en el diseño de sus arquivoltas, entre las que no faltan ajedrezados, del tipo denominado generalmente jaqués o jacetano, tan característicos y representativos del románico aragonés y afín al Camino de Santiago; nudos y entrelazados, bolas y flores cuadripétalas. Conserva, así mismo, dos hermosos capiteles: el de la izquierda, que representa sendos jinetes de un tipo muy peculiar, que parecen cabalgar sobre leones y estar sus cuellos atrapados por lianas -¿una interpretación muy personal, quizás, del cantero en relación a los mitos antiguos y sobre todo, a esas apocalípticas figuras celtas, denominadas Caballeros del Cisne o Cygnatus?-, y pareja de grifos, el de la derecha.


En bastante peor estado, pero aun visibles, los capiteles de su galería porticada, muestran las consabidas arpías y una variada gama de motivos foliáceos, sobre una cornisa, en la que se repiten las bolas que conforman, igualmente, como hemos dicho, la composición artística de la tercera arquivolta del pórtico de entrada. Más variados, y también en desigual estado de conservación, los motivos de los canecillos, en este mismo lado sur y situados en la parte más occidental, se podrían enumerar -comparativa o metafóricamente hablando-, como los arcanos mayores de la baraja del Tarot, quedando definidos de la siguiente manera: pareja de cabezas humanas -masculina y femenina-, animales, vegetales, cabezas de monstruos o demonios, una curiosa contorsionista que, a falta del músico acompañante, recuerda, aunque salvando las evidentes distancias, uno de los motivos más desarrollados por el denominado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña, y una pareja de amantes.

A la cabecera o ábside, que posiblemente en sus orígenes, fuera semicircular y profusamente ilustrada en cuanto a canecillos historiados se refiere, se la debió de modificar en época indeterminada, añadiéndosele una especie de remate o prolongación rectangular, así como la sacristía en un lateral, que la da un extraño aspecto. Aunque todavía conserva prácticamente completa las series de canecillos en su lateral norte, éstos, al contrario que los anteriormente descritos del lateral sur, resultan bastante simples y esquemáticos.

De cualquier manera, tanto el templo como el pueblo que lo alberga, no desmerecen en absoluto de cualquier ruta románica que se desee realizar por la provincia y su visita se recomienda.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Valdenebro: iglesia de San Miguel Arcángel





A escasa distancia de ambas Bayubas, la de Arriba y la de Abajo –o como más probablemente se denominaran, así mismo, en tiempos históricos de Suso y de Yuso, como los famosos monasterios de La Rioja-, se encuentra, también, el  bonito pueblo de Valdenebro. Valdenebro es un pueblo que, siguiendo milenarias tradiciones, se recoge, formando un arco de ballesta –como diría el gran poeta Antonio Machado, refiriéndose al Duero a su paso por San Saturio- alrededor y debajo del montículo en el que se levantan los cimientos de su vieja parroquial. Una parroquial que –posiblemente, siguiendo los preceptos de Bitrubio en cuanto al lugar en el que se debe construir un templo, determinado por la deidad al que ha de estar consagrado-, se encuentra bajo la advocación de San Miguel Arcángel. Dejando aparte algunas complementarias circunstancias –como las reformas y añadidos de épocas modernas, entre ellos, la sacristía-, este templo de San Miguel, contiene todavía interesantes elementos originales, con los que especular.
Uno de los más notables, posiblemente, se localice en su cabecera, rematada con arcos ciegos, tipo lombardo –similar, a los que se muestran en otros lugares de la provincia, como en la parroquial de San Juan Bautista, en la cercana población de Rioseco de Soria-, que parece sugerir la actuación de un taller diferente al que levantó el templo de la vecina Bayubas. Si bien de canecillos simples y lisos, los capiteles de su pequeño ventanal, así como los que soportan los arcos ciegos, parecen complementarios y de idéntica temática a aquellos otros que se localizan en su portada principal, situada en el lado sur, a la que ofrece cobijo un pórtico moderno. Destaca ésta, así mismo, por su voluminosidad –donde los expertos, sugieren más que posibles influencias de origen burgalés-, y a juzgar por el color de la piedra, ha debido de ser restaurada en época reciente y desprovista de la pátina temporal que es de suponer, la hacía venerable, en época reciente. Curiosamente, si bien en sus motivos, como se ha dicho, se recoge una austeridad comparativamente cisterciense, llama la atención, la inclusión, entre la temática vegetal, de dos capiteles historiados, que muestran sendos leones con sus cuellos atados a tallos de plantas, en la parte central de los capiteles de la izquierda, así como un torso humano, en idéntica situación, pero en el lado derecho, que podría hacer alusión, quizás, a cualquiera de los dos Juanes, el Evangelista o el Bautista, cuyas figuras, tanta devoción despertaron siempre entre las gentes, y cuyas festividades, como se sabe, basadas en el modelo bifronte del dios romano Jano, determinan los que quizás sean dos de los periodos más señalados y festivos: los solsticios de verano.

Como dato complementario, añadir que también en este lugar, y situada a escasos metros de distancia de la espadaña de la iglesia, se localizan las escuelas de un pueblo, cuyo vocablo conserva esas antiguas raíces celtíberas, determinantes de las características del antiguo asentamiento: valle de los enebros. Vocablo que, comentándose como detalle anecdótico, podría determinar también la influencia de antiguas divinidades, posteriormente cristianizadas, como ocurre con la vecina provincia de Guadalajara, y el santuario, situado a las afueras del pueblo de Tamajón, algunos más arriba de un curioso complejo rocoso conocido la Ciudad Encantada y en ruta de peregrinos, dedicado a la Virgen de los Enebrales.

 
 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Bayubas de Arriba



Sin salir todavía de la Comunidad de Villa y Tierra de Berlanga, pero acercándonos hacia el Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz, algunos pueblos, en mayor o en menor medida, todavía conservan, en sus parroquiales, parte de ese antiguo legado románico originario. Es el caso de Bayubas de Arriba, un municipio del que se conoce su existencia desde época tan tardía, como es el año 1060. Repoblado en tiempos de Alfonso I el Batallador –rey en cuyo testamento, legó prácticamente todo su reino a las Órdenes Militares-, se supone que los cimientos de su iglesia parroquial, dedicada a la figura de la Asunción de María –posiblemente, tuviera otra advocación originalmente-, corresponden a finales del siglo XII y principios del siglo XIII. También parece que el nombre del pueblo ha sufrido alteraciones a lo largo del tiempo, pues ya figura en antiguas crónicas con el nombre de Veyugas o Vayugas, e incluso otro, más curioso y compuesto, de Agua-Yumbas de Arriba y Bayugas de Arriba –según el Nomenclátor de 1785-, hasta desembocar en el actual Bayubas.
Si bien es cierto, por otra parte, que la parroquial ha perdido muchos de los elementos románicos originarios, también lo es, que todavía conserva su cabecera y su planta, si bien en la primera, los canecillos son completamente lisos y el pequeño ventanal ha sido cegado, perdiéndose, también, el posible relieve que pudieran haber tenido sus capiteles. Así mismo se mantiene en pie, aunque se echan en falta dos de los supuestamente cuatro capiteles sobre los que se sustentan sus arquivoltas, una magnífica portada. Los motivos de ambos capiteles sobrevivientes, son idénticos, y llaman la atención sobre los antiguos cultos, al representar pequeñas cabezas surgiendo de la voluptuosidad de la floresta.

Así mismo, y como curiosidad añadida y posible prueba del tremendo expolio sufrido en la provincia, todavía conserva, a escasos metros del ábside y unida al suelo por una capa de cemento -tal medida de seguridad, se aplicó también en algunos otros lugares, como Renieblas y Narros-, una estela funeraria medieval, cuyos motivos -crucíferos por un lado- apenas se distinguen por el tiempo y el desgaste.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Aguilera: iglesia de San Martín



Cercanos al entorno, aunque adentrándonos hacia el interior, pero siguiendo esa carretera general que une dos poblaciones de cierta importancia, como son Almazán y el Burgo de Osma, merece la pena detenerse en algunos pueblos y acercarse hasta sus parroquiales. Ese sería el caso, para empezar, de la pequeña población de Aguilera y su curiosa e interesante iglesia, dedicada a la figura de San Martín de Tours. Aunque no parece haber documentación histórica que lo avale, algunas fuentes observan cierto templarismo en este templo que, por sus características, bien haber constituido, como era costumbre en la época –el siglo XII, cuando la región representaba parte de la denominada frontera del Duero, que separaba la España cristiana de la España musulmana-, un ejemplo –abundante, por cierto en la provincia- de lo que se ha dado en denominar iglesia-fortaleza. Perteneciera o no, en algún momento determinado a los templarios, lo que sí es cierto, es que está comprobada la presencia de las órdenes militares en las cercanías, como lo demuestra la proximidad del templo de San Juan Bautista, en Hortezuela que, se supone, perteneció a un convento o a una encomienda de la orden de San Juan de Jerusalén y sobre cuya portada todavía puede verse su escudo, luciendo una magnífica cruz de Malta
Próxima a ambas poblaciones, también se localiza la importante plaza de Berlanga de Duero –con su magnífica Colegiata dedicada a la figura de Santa María del Mercado o del Azogue, su impresionante castillo amurallado y sus leyendas cidianas-, y algunos insignificantes kilómetros más allá, en majestuosa soledad, la inimitable iglesia mozárabe de San Baudelio de Berlanga.

 
Como en los casos que hemos visto con anterioridad, también en esta iglesia de Aguilera, llaman la atención las volumétricas proporciones de su portada, así como las representaciones de los capiteles que sirven como basa de sustento a sus seis arquivoltas. Capiteles, compuestos por motivos foliáceos, aves bebiendo de una fuente y pareja de arpías, en el lado izquierdo, secundados por otro motivo foliáceo, una lucha entre caballeros y un tercero, el central, bastante inusual, o cuando menos poco corriente, que muestra a dos individuos volteando  por los pies a un tercero. Numerosos y variados, también, son los motivos crucíferos o graffitis de peregrino, que se observan en las paredes de su vistosa galería porticada, así como algunas marcas de cantería y alquerques, o triples recintos celtas, que vuelven a recordar, así mismo, parte de la estrategia desplegada, por ejemplo, por los templarios en sus fortalezas. Cuestión de opiniones o no, personalmente observo una mayor habilidad en el diseño de los motivos vegetales de los capiteles del pórtico, superiores –vuelvo a repetir, según mi opinión- a aquellas otras representaciones antropomorfas que lo complementan, cuya mano, además, no parece ser la misma que la que labró los capiteles anteriormente descritos del pórtico principal de entrada: ¿manos mudéjares, quizás, especializadas en tales temáticas, por cuanto cualquier otro tipo de representación antropomórfica les estaba prohibido?. Incluso, pudiera darse el caso, además, de que éste, es decir, el pórtico principal, no fuera originario de este templo y pudiera haber sido incorporado con posterioridad, como así ocurrió con la torre. Independientemente de cualquier tipo de especulación, sí parece evidente, sin embargo, la utilización de elementos de relleno, como lo demuestran esos capiteles que se localizan en el frontal superior de la galería porticada, por su parte exterior, que encajan en el lugar donde deberían haber estado los canecillos que complementarían a los que todavía permanecen, consistiendo éstos en cabezas humanas y cabezas animales.
Como colofón, y a título informativo para quiera ampliar ruta, adentrándose por tierras berlanguesas, añadir que hay un camino rural, que en apenas media docena de kilómetros, desemboca en Berlanga de Duero.
 
 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Nódalo: iglesia de San Miguel Arcángel


El siguiente pueblo en nuestra ruta por el románico de la zona, situado, no obstante también a escasa distancia de Nafría la Llana y a apenas un par de kilómetros de la carretera nacional 122 que une Soria con Valladolid, es Nódalo. Su parroquial, dedicada a la figura de San Miguel Arcángel, está situada, como solía ser costumbre en tiempos medievales -si tenemos en cuenta los útiles consejos de Vitrubio, estaríamos incluso de acuerdo también con la advocación- en lo más alto del pueblo, motivo por el que, en días ventosos y destemplados, se vea batida por los cuatro costados. Muy reformada -cabe destacar, el añadido de la sacristía en un lugar inusual, como es el de estar en la zona oeste, junto a la espadaña-, contiene, sin embargo, algunos elementos interesantes, que merece la pena descubrir. Casi todos, sin excepción, se refieren a su portada principal, situada en el lado sur del templo. Una portada, que si no tan espectacular como esas otras que hemos tenido ocasión de ver en Torreandaluz, Fuentelárbol e incluso en Nafría la Llana, si resulta interesante. Contiene sendos capiteles a ambos lados del arco, siendo los mitológicos motivos, una pareja de grifos afrontados, en el de la derecha, y una pareja de arpías en la izquierda, cuya factura y rostro recuerdan el de algunos otros templos de su misma época y características, que se localizan en la vecina provincia de Burgos. Sobrios, no obstante, resultan los motivos foliáceos que decoran el arco más septentrional y en el del centro.

Sobreviven, así mismo, algunos canecillos en la parte superior del marco, cuya temática varía desde los rostros humanos -posiblemente de guerreros, a juzgar por los cascos que portan en la cabeza- y una curiosa testa de lobo que, lejos de parecer amenazadora, sorprende por esa sonrisa, quizás cínica, con la que el cantero medieval seguramente quiso lanzar un pequeño guiño de complicidad al observador, bien de la época bien de épocas pretéritas.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Nafría la Llana: iglesia de la Natividad de Nuestra Señora



El camino continúa y en apenas unos kilómetros, el viajero llega a otra pequeña población, de nombre Nafría la Llana, cuya parroquial dedicada a la Natividad de la Virgen, merece, sin duda, una más que digna mención, perteneciendo, según aseveran los expertos, a la primera mitad del siglo XII. A diferencia de las visitadas hasta ahora en ésta pequeña ruta románica por la comarca, conserva prácticamente inalterables muchos de sus primitivos elementos románicos, si bien es cierto, que algunos no están en las óptimas condiciones que cabría esperar, sobre todo en lo referido a los canecillos. Tal es así, que en vista de algunos de ellos, como por ejemplo, el pequeño arcosolio que se levanta por encima del pórtico principal, situado en el lateral sur de la nave, se podría sacar alguna curiosa deducción, sobre todo si se compara con los recursos arquitectónicos empleados en otras iglesias de las proximidades, como podría ser el caso de Caltañazor y su iglesia principal, situada dentro del entorno urbano, dedicada a la figura de Santa María del Castillo, no desechando, por otra parte y dado el número de iglesias y ermitas -hoy día prácticamente desaparecidas casi todas-, la idea de que bien haber sido ésta histórica plaza, el foco o uno de los focos principales desde el que partieran los talleres de canteros que ejecutaron su labor en las poblaciones cercanas.

 
Fuera o no así, y no obstante lo dicho hasta ahora, volvemos a encontrarnos también en esta parroquial, el tipo de portada amplia y de interesantes dimensiones –no desconocida, así mismo, en el románico de provincias vecinas como Burgos y Segovia-, que caracteriza igualmente a las anteriores. Comunes resultan, además, los esquemas decorativos, basados en motivos austeros y foliáceos en los capiteles de los arcosolios que se vislumbran por encima de la portada, siendo arpías y grifos los motivos historiados y más abundantes en los capiteles de ésta. A uno y otro lado de los arcosolios superiores, sin embargo, se aprecian dos interesantes elementos, conformados, dentro de círculos, por flores de cinco y de seis pétalos, las cuales, atendiendo a las definiciones eminentemente populares, podrían definirse como flor de San Juan y flor de la vida, respectivamente.
De planta rectangular y ábside semi-circular, se aprecian en el medio cielo imaginario de éste, una gran cantidad de canecillos cuya temática, variada, ofrece unas interesantes connotaciones simbólicas. Reproducidos con mayor o menor destreza en la piedra, los motivos varían desde elementos humanos, representaciones animales –incluidas algunas, en su totémica forma de cabezas-, monstruos, arpías y motivos foliáceos que constituyen, por sí mismos, todo un conjunto antropológico medieval de primer orden.
 
Interesante resulta, por añadidura, el pequeño ventanal situado en el centro de la cabecera, en cuyos capiteles se reparte protagonismo arpías y motivos foliáceos, pero cuyo medio arco ofrece un elemento realmente notable, como son las puntas de diamante o, mejor dicho, por su perfección, pequeñas pirámides, que le otorgan, de paso, un genuino sabor oriental.
 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Fuentelárbol


Dejamos atrás Torreandaluz y la mediática portada de su parroquial dedicada a la figura de Santo Domingo de Silos, y en apenas una breve andadura de cinco kilómetros, seis a lo sumo, llegamos a Fuentelárbol, población que, en opinión de este viajero, conserva en su nomenclatura unas raíces celtíberas que determinan el lugar y, en muchas ocasiones, señalan, así mismo, con la presencia de una iglesia, la posterior cristianización. Un ejemplo de ello, podría encontrarse en otro pueblecito soriano, distante tres kilómetros de Almazán, de nombre Fuentelcarro, cuya parroquial tiene la fuente o pozo adosada a su pared oeste, como interesante podría resultar señalar, además, la existencia de un ancestral pozo en uno de los laterales de la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria capital, templo en el que, como se sabe, se reutilizaron numerosos elementos de la cercana y arruinada iglesia de San Nicolás, en uno de cuyos lienzos todavía se pueden apreciar unas bellas pinturas románicas que representan el asesinato de Tomas Beckett, famoso arzobispo de Canterbury. Discutible o no esta cuestión, y continuando con la visita a Fuentelárbol, lo cierto es que la carretera general atraviesa el pueblo, dividiéndolo por la mitad, quedando la parroquial situada a pie de carretera, en su lado izquierdo si, como en el presente caso, se viene de Torreandaluz.
A diferencia de la iglesia de Santo Domingo de Silos, ésta parroquial de Fuentelárbol conserva buena parte de su planta románica original. Eso no significa, no obstante, que sucesivas obras y reformas hayan dado al traste con importantes elementos. Uno de tales elementos, bastante evidente cuando uno se encuentra frente a su portada sur, es precisamente la pequeña galería porticada que a buen seguro debió de tener en sus orígenes, sustituida por otra galería que, en base a la utilización del ladrillo en su confección, le confiere un curioso carácter híbrido -comparativamente hablando-, entre románico y mudéjar que recuerda, en parte, un estilo que se utilizó en numerosas regiones, siendo no sólo la influencia árabe de los territorios que iban siendo reconquistados, sino también motivos eminentemente económicos, los que primaban para su utilización.



Conserva, no obstante también en no muy buen estado en lo referido a los motivos historiados de sus capiteles, una portada original que, si bien no alcanza las dimensiones de la que tuvimos ocasión de ver en la parroquial de Torreandaluz, también destaca por su tamaño, denotando ese detalle, la posible influencia de canteros de origen burgalés, e incluso, si me apuran, quizás palentinos, arrastrados por las sucesivas repoblaciones cuando fueron retrocediendo las denominadas fronteras del Duero frente al empuje de los reinos cristianos en expansión. Coincidente, así mismo, con la temática desplegada por los canteros que labraron los capiteles de la iglesia de Santo Domingo de Silos, no sólo los motivos foliáceos, sino también la presencia de las terribles arpías –motivos, desde luego, bien comunes a este tipo de arte y que, como ya tuvimos ocasión de reseñar, el gran poeta Dante Alighieri situaba en el Séptimo Círculo de su Divina Comedia como bestias torturadoras del tronco de árbol en el que se convertían los suicidas-, se reparten protagonismo a uno y otro lado de esa imaginaria porta coeli –en su sentido literal-, conformada por el arco de la portada. De la galería, parten unos escalones de piedra, posiblemente originales también, que facilitan o facilitaban el acceso a la sólida torre del campanario.
Todavía conserva, en su ábside o cabecera, algunos canecillos historiados, donde también se constata la presencia de arpías, aunque con la salvedad –se me ocurre pensar al respecto, que quizás no haya otro misterio que el haber sido realizadas por manos diferentes-, de que si las que están presentes en el capitel del pórtico se caracterizan por tener la cabeza de animal –lobo, probablemente-, las del ábside conservan esa naturaleza humana, tan afín al pecado o a la lujuria que generalmente representan. Completan las imágenes representativas de los canecillos originales sobrevivientes, aquellas que muestran dos rostros humanos; otro, irreconocible por estar machacado y un atípico canecillo que muestra un motivo ajedrezado, del tipo denominado generalmente como jaqués, que también se utiliza como símbolo en algunos escudos nobiliarios.
En el lateral norte, actualmente cegada, se evidencia la existencia de una puerta más pequeña. Como colofón a la presente entrada, añadir que algunas casas cercanas, todavía conservan los arcos góticos de sus antiguos portalones.


martes, 28 de octubre de 2014

Torreandaluz: iglesia de Santo Domingo de Silos


Sin duda, el otoño es una buena estación para recordar. Tal vez no sea la mejor, pero me consta, que al menos lo disimula muy bien, hasta el punto de parecerlo. Como hojas que se balancean al menor atisbo de brisa, los pensamientos adquieren la dimensión de esas pompas de jabón que inundaban los mundos sutiles de un hombre bueno, otorguémosle el apellido Machado, sólo por poner un ejemplo relevante y revoloteando con imperiosa rebeldía, rechazan la barrera física de los candados, abandonando los carcomidos barrotes del Semper fidelis y nostálgico baúl de los recuerdos. Se convierten, comparativamente hablando, en reos atrapados y reducidos sin misericordia por los sabuesos de la prosa. Cualquiera diría, que en apenas unos segundos, demostrando la teoría de la relatividad de Alberto Einstein -me otorgo a mí mismo el capricho de la familiaridad, porque tal vez ambos pertenezcamos a alguna de esas doce tribus perdidas de Sefarad-, punto de partida y de llegada se fraccionan en apenas unas décimas de segundo, hasta el punto de tener la relativa sensación -que si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, será porque quizás nace con la habilidad innata para el tropezón- de que en realidad, uno ni se ha movido; y si lo ha o hubiere hecho, ni siquiera se ha percatado de ello. Tal vez por eso, tengo ahora la impresión de que ya no estoy plácidamente sentado en esa habitación que destila sabor a hogar por sus cuatro paredes, atestada de libros y recuerdos que se acumulan también en el alma como pequeños e inquietos bastardos que me producen interminables instantes de satisfacción y sinsabor, ni me dejo tampoco embelesar por las volutas de humo del cigarrillo que ascienden suave y perezosamente, explotando como frágiles supernova contra esa frontera del caos final que es el techo.

 
Desde luego, no creo mentir, si afirmo que la prosa hace que, una vez atrapados tan rebeldes e inestables pensamientos, un servidor, que no en vano lleva el merecido apodo de Caminante -ganado posiblemente con más derecho que muchos honorables caballeros que lucen sin escrúpulo la Cruz Laureada de San Fernando en sus pechos, sin otros méritos que una chusquera y ordenancista vida de cuartel-, se imagine, sienta o recuerde que acaba de dejar atrás Rioseco de Soria -localidad a la que en su momento piensa hacerle el cumplido homenaje que merece-, y enfila como una estrella fugaz hacia unas infinitas soledades que alternan monte bajo, algunos solitarios campos de labor y una extensa zona de paradigmática, misteriosa e indefinible frontera paramérica, cuya sola visión, siempre hace que el espíritu se solidarice con la lírica del viento, con el susurro de lo desconocido agazapado entre las matas y los arbustos, así como con la acuciante sensación de una épica aventura en ciernes. Pocos kilómetros más allá, tres, tal vez cinco a lo sumo -que en España, el ojo de buen cubero siempre ha sido un deporte genuinamente practicado-, un cartel señala hacia un lugar -Escobosa de Calatañazor- que desde hace años engrosa la terrible lista negra de los despoblados de la región. Aunque no se ve a simple vista, las copas de los álamos, tristes en su soledad, mecen unas ramas que todavía conservan el mortal abrazo del gélido invierno, inmutables en el mismo lugar donde sus fenecidas hojas estancan el agua que antaño rebosaba alegremente de la vieja fuente, situada en la parte baja de una cuesta sobre la que impera el entramado desmochado de una no menos vieja iglesuca, en cuya sencilla espadaña, el campanil ya no entona ni siquiera el lastimero toque de ausencias la víspera de la noche de difuntos y la cigüeña, quizás sólo por este año, pasó completamente de largo por San Blas.
 
Siguiendo el ejemplo de la cigüeña, y pasando, pues, de largo, Torreandaluz aparece, seis kilómetros más adelante, como una jaima mahometana extendida entre las finas arenas del desierto. Más allá de las casitas de blanca fachada y de rojo tejaroz -algunas luciendo símbolos que ya eran paradigmas desde el alba de los tiempos-, se divisa, cercana a ese punto donde el camino continúa, dándole la espalda al pueblo como un río que se aleja hasta fundirse con el mar, la torre de la iglesia. Se trata de la parroquial de Santo Domingo de Silos, y de ella, parte una pequeña pero interesante ruta románica que, no obstante el grado de remodelación o deterioro de sus templos, proporciona, sin embargo, multitud de detalles de interés.
 
 
Cierto es, por otra parte, que en ésta parroquial de Torreandaluz, se conjugaron otros humores que, previsiblemente en el siglo XVII, terminaron por modificarla casi por completo. De tal actuación, apenas sobrevive la portada principal. Una portada, por más señas, espléndida, que no deja de sorprender, en primer lugar, por su voluminosa constitución, que denota, probablemente, la grandes del templo románico original que la albergaba, y en segundo lugar, por los interesantes elementos, si bien escasos, que todavía contiene. Aparte del ajedrezado tipo jaqués que se evidencia en una de sus arquivoltas, estos elementos no son otros que los varios capiteles historiados, cuya esmerada labra y temática, llaman poderosamente la atención. En ellos, no es difícil apreciar esa lucha de caballeros, similar a aquella otra en la suele fijarse el peregrino que en Estella y dirigiéndose hacia la iglesia de San Pedro de la Rúa, repara en el Palacio de los Reyes de Navarra. Tremenda, así mismo, es la lucha de un Sansón, ajeno a la pérdida de cabellera en la Salomé le arrebató su fuerza, desquijando al león. Evidentemente, y esto es una llamada de atención, pues el elemento abunda hasta el punto de parecer, comparativamente hablando una marca personal del cantero, las arpías, aquéllas terroríficas bestias que el gran poeta Dante Alighieri situaba en la segunda zona del Séptimo Círculo de su Divina Comedia con el cometido de desgarrar los troncos de árbol en que se habían convertido los suicidas, campean a sus anchas, no muy lejos de otro capitel que muestra, quizás para serenar el alma aterida del cristiano, una humilde y melancólica hoja de acanto. Pero posiblemente, por la perfección de su labra, por el equilibrio de sus figuras y quizás porque al fin y al cabo, la música y la danza siempre ha tenido una importancia capital desde el alba de los tiempos, el capitel de los músicos y las danzarinas podríamos, incluso, llegar a considerarlo como poco menos que único en la provincia.
 
En definitiva, un pequeño tesoro, que merece la pena descubrir.

domingo, 5 de octubre de 2014

Villaciervos


De la medieval Villaciervos de Yuso, o de Abajo, como se la conocía allá por el siglo XII, cabe reseñar esa curiosa torre del reloj, construida hacia 1884, que el viajero se encuentra prácticamente de sopetón unos tres kilómetros más adelante, apenas abandonado Villaciervitos, continuando viaje por la carretera nacional 122 que une Soria con Valladolid. Cuentan, que entre sus tradiciones perdidas, estaban unas curiosas danzas que se crearon hace justamente cien años; que se cantaban albadas en las bodas, como en Aragón y que los mozos pedían la gallofa el Martes de Carnaval, el segundo día de Pascua y también por Santa Ana, la Madre de la Madre. De sus cofradías, dicen que todavía continúa vigente la de la Vera Cruz. Dicen, así mismo, que ayudaron a una reina y su séquito, que se quedaron atascados en el puerto, en el lugar conocido a partir de entonces como Cuesta de la Reina, y que de similar manera a como ocurriera frente al moro, que había puesto cerco a las murallas del castillo toledano de San Servando, fueron las mujeres quienes resolvieron la situación. Que en su término, nacen los ríos Mazos e Izana y que el santo titular, aquél que brilla por encima de San Cristóbal y San Roque -titulares de sencilla ermita-, no es otro que San Juan Bautista. De su caldero histórico, pues, no hay duda que se desprende, en lo más espeso de su caldo, cierto aromilla heterodoxo, que no hace justicia, en la actualidad, a un pueblo que parece dormido sobre sí mismo, observando con parsimoniosa monotonía el ir y venir los vehículos por una carretera nacional distante trece kilómetros de Soria.
 
Cumplidas las exigencias del guión, de mis recuerdos, me quedo, Dios mediante, con el momento especial de una tarde de abril y una imagen detenida en el tiempo. Una imagen extramuros de la ciudad, que quedaba detrás, enmarcada en la resaca de unos cielos de tormenta, que horas antes habían soltado todo el agua que precede a la ventosa del viento del norte. Los prados del color de las esmeraldas que portan las casacas de los elfos; los álamos, tristes y silenciosos, llorando melancolía sobre las aguas tranquilas de una charca, apenas mecidas por un viento que parecía haberse sosegado a instancias de un invisible San Telmo. Y algo más allá, reflejados sus tejadillos de roja porcelana en el espejo transparente de las aguas, una iglesia que, aunque moderna, imitaba en su concepción la magia arqueométrica de la ilusión de los sapientes canteros medievales.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Villaciervitos


Decía Juan Antonio Gaya Nuño, siempre por boca de su fiel e inolvidable personajes, claro está, nuestro inmortal Santero de San Saturio, que las villas, aldeas y lugares sorianos cautivan, ante todo, y frecuentemente sin otro señuelo, por sus nombres. Lejos del espíritu sanguino del cazador -que a mí la caza, como la música militar, nunca me supo levantar-, arribar a una población con un nombre tan romántico como Villaciervitos, me produce una peculiar tormenta de sensaciones, capaz de levantar en el alma pequeños aguaceros de especulativa imaginación. Pienso, luego he de suponer que existo, que si a apenas a unos breves kilómetros, otro pueblo lleva el no menos expresivo nombre de Villaciervos -por el que pasaremos también en breve-, ambos lugares debieron de constituir para el cérvido -cuya esbeltez, agilidad y gracia parecía ejercer una poderosa fascinación sobre el hombre primitivo, a juzgar por su representatividad en numerosos grabados rupestres, incluidos los del cercano monte de Valonsadero-, santuarios idílicos o cuando menos hábitats ideales, desde tiempos inmemoriales, antes, durante y después de sus conocidas becerreás que, oportuno es decirlo, adquieren el carácter de imperiosa necesidad sobre todo ahora, en época de otoño, cuando el cambio del tiempo, la caída de la hoja y la despedida progresiva de la luz diurna invitan al recogimiento, a las tardes de sofá y al brandy solitario de la nostalgia.
 
Muchos son los otoños, por otra parte, que han hecho de ese imaginario paraíso, una Atlántida perdida para el ciervo, anegada la dulce pradera por tsunamis humanos que, a juzgar por la solitaria iglesota cuyo cuerpo, de inequívoco pedigrí románico y rural, se vislumbra en la distancia muy cerca de la carretera nacional 122 que conecta Soria con Valladolid -destino encumbrado de muchos universitarios numantinos-, y que atestigua, cuando menos, una presencia con sabor a siglos XII ó XIII, en los que el Santo Iacobus -que para eso se inventó Clavijo, para sustituir al General Invierno, que siempre se constituyó en la badana de los ejércitos invasores- se convirtió en juez y parte, firmando su adhesión a los ejércitos cristianos al célebre grito de y cierra España. Huído y consternado, pues, el morito, con el rabo entre las piernas y entonando el miserere de Inshallah o Dios lo quiere camino de Granada, esperaría con resignación la presentación de las credenciales de los más Católicos de nuestros reyes. También es probable, -que la Historia en muchas ocasiones se disfraza de eterno burlador, como nuestro clásico Don Juan-, que mucho antes de eso, cuando las espuelas morunas estaban todavía bien asentadas en el duro terruño soriano, el artista de San Baudelio pasara por aquí e imaginara algún tema sublime para sus místicas cacerías, como conocerá todo aquel que se haya pasado por su ermita en Casillas de Berlanga.
 
Suponer por suponer, lo que parece seguro es que al maestro de obras que levantó el templo de Villaciervitos, no le debía de preocupar en absoluto el árabe pues, a diferencia de aquél otro que sí lo representó en la que sospechan sea la más decana de las iglesias románicas sorianas -la de San Miguel, en San Esteban de Gormaz-, los arabismos cantan por su ausencia, independientemente de que alguien piense, a la vista de la pareja que, inusualmente situada en los canecillos del pórtico principal, comparativamente hablando pudieran hacer referencia a la becerreá prometida a los guerreros muertos, que si en occidente había valquirias, en oriente no faltaban huríes. Tal vez tanto erotismo influyera en el ánimo del anónimo magister, pues a diferencia de las habituales soserías mitológicas que parecían los cuentos de Calleja del Medievo, el erotismo aquí -eso sí, convenientemente maquillado por el paso del tiempo, que a veces parece que también comparte los martillos obispales-, parece tener más carta blanca que en la mayoría de templos similares repartidos a todo lo largo y ancho de la antigua frontera del Duero. Y ese es un detalle que, después de todo, no deja de llamar la atención. Como llama la atención, también, por su repetitividad, la representación de dobles cabezas y la práctica ausencia de arpías, centauros o sirenas, cuya visión termina cansando en el románico de los pueblos de alrededor, como Nódalo, Fuentelárbol o Nafría la Llana. Y es que quizás, el buen hombre fuera más pasional y humano que sus otros correligionarios.
 
Algo más apartadas, las casas del pueblo también llaman la atención por su peculiar arquitectura de casas alargadas, plurifamiliares donde en el seno de la familia el animal también tenía cabida, de techos inclinados, moteados de teja y las familiares chimeneas celtíberas, cuyos afilados picos resultaban, a la vez, perfectos malleus maleficarum para las posaderas de las impenitentes brujas.
 
Dicho sea todo, con el máximo de los respetos y con la única y sana intención de presentar un hermoso pueblo cercano a la capital, con una arquitectura digna de admirarse y una curiosa iglesia románica que merece la pena visitar.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cuenca, un pueblo con encanto y una iglesia con misterio


De La Cuenca, me llamó la atención ese aspecto, posiblemente más propio de un pueblo serrano -macizo, henchido de tosca piedra, quizás como aquellos que el tiempo ha ido machacando en el mortero de las olvidadas soledades pelendonas cercanas a San Pedro Manrique, Magaña o Castilfrío-, que no el de un feliz asentamiento en un valle más o menos profundo, acariciado con nostalgia por vientos decididamente más cálidos y favorables. Cercana a la capital, de la que dista apenas una insignificante distancia de una decena de kilómetros, su ámbito situacional queda dentro de la influencia de una virgen de la leche, sambernardina, posiblemente tostada por el sol en origen y sin duda oficiosa en el antiguo arte de la alquimia, que no dejando que la movieran de su sitio -de ahí su nombre, según refiere la leyenda, Hinodejo-, consintió, no obstante hay que suponer que de buen grado, ser expuesta en la concatedral de San Pedro -no lejos de donde se custodia el cráneo bafomético de San Saturio-, durante la celebración de las pasadas Edades del Hombre. Hace ya algunos meses que visité el lugar -¿como un árbol que da las flores de la melancolía, aplicando la definición de Álvaro Cunqueiro en relación a ese accidente de la Creación, que es el hombre?-, y quizás mis recuerdos sufran esa artrosis con la que las Musas suelen castigar a los imprudentes que no siguen sus sabios consejos en los escasos momentos en los que, veletas como cinta al viento, revolotean casualmente cerca del corazón para susurrar lecciones magistrales en unos oídos generalmente sordos a los consejos; pero aplicando al recuerdo la técnica del buen cubero, creo recordar que después de la tormenta que me sorprendió desnudando canecillos en la sanmiguelina y románica iglesia de Nódalo, el Sol se confabuló triunfante -quizás no luciendo los treinta y dos rayos que, según las malas lenguas masónicas, representaría el emblema del Rey Pescador-, pero sí los suficientes, como para engañar a los sentidos, proporcionando unos tonos dorados y rosas que, recurriendo de nuevo al Maestro Cunqueiro, no son otra cosa que el polvillo que se desprende cuando Dios se sacude sus manos creadoras.
Humanas, pero sin duda creadoras también, las manos canteras que elevaron casas, casonas y casucas utilizando el método babilonio escalonado de los zigurats para burlar la aspereza obstinada de la viga maestra del insalvable promontorio, pusieron en su empeño artesanía y tradición; hasta el punto de que, si bien la forma de sus picudas chimeneas recuerda esa inolvidable herencia celtíbera, el malicioso gato negro que súbitamente se cuela de rondón hasta en los más sanos pensamientos, me seduce con dardos envenenados de superstición, y pienso en ese remedio, quizás bárbaro pero seguramente eficaz, dispuesto como un ariete contra el trasero de las brujas pertinaces que utilizaban ese aparente punto débil para colarse subrepticiamente en los hogares cristianos. Espantado el gato, que no por negro ha de ser siempre necesariamente malo, no es de extrañar que tal detalle, unido a ese color bermellón de unas tejas de arcilla cocida al amor de un horno de los de siempre; la cal en las paredes, que inmacula las bellezas del tiempo pasado, a las que el poeta Villon llamaba nieves; los cercados habilidosos, donde hasta el chinarro más pequeño tiene sitio y razón; las estrechas callejuelas, especialmente diseñadas para que las comadres cuchicheen de ventana en ventana; las luces mortecinas de los farolillos por los que antaño paseaba esa gente de paz haciendo la ronda; los cables del tendido eléctrico, combados hacia abajo por el peso inevitable de ligúricos grajos invisibles o el perro descansando en el umbral, fueran motivos suficientes para que Roberto Lázaro, director de cine, rodara en tan inmejorable escenario, según exponen con orgullo los vecinos de La Cuenca, una película que fue galardonada como el mejor cortometraje de ficción en la IX Edición de los Premios Goya, celebrada en 1997: 'La Viga'.



Por otra parte, y como no podía ser de otra forma, la iglesuca, silenciosas sus campanas en vísperas de misa, domina el pueblo desde las alturas, que por algo Iglesia y Estado ocuparon siempre -de hecho, por derecho y cohecho-, los domos más elevados de la miserable pirámide social. De tiempos gloriosos y hazañas de conquista y reconquista en las fronteras del Duero, conserva buena parte de su carácter románico original, añadido su robusto aspecto de iglesia-fortaleza, tipo y detalle de los que la provincia conserva no pocos e interesantes ejemplares. Una valla encalada de blanco y vigas de madera soportando el porche, rodea un recinto al que se accede por una pequeña scala Dei conformada por siete escalones de piedra y forma semicircular. De las referencias ornamentales de su portada, cabe destacar la inclusión de aros olímpicos, flores de lis y esas mitológicas, colquianas arpías, acreedoras en su fealdad a los vicios y pecados, que parecen esculpidas por las manos del mismo Jasón que ejerció su actividad por los pueblos de alrededor. No hay marcas canteriles que reseñar, salvo un intento tímido de emular un símbolo del infinito, allá, en la jamba derecha o quizás una intención frustrada de acusar de participación al sastre cofrade o aludir a los caminos con el símil de los famosos zapatitos.
Llama la atención la presencia allí, en el ábside o cabecera, de uno de los farolillos a los que se aludía anteriormente al hablar de las calles del pueblo. Pero sin duda, el factor más reseñable, aquél que envuelve el alma de congoja y melancolía, es la inclusión de varios canecillos utilizados como relleno sin sentido ni discreción. Como se preguntaba Villon: ¿dónde están las nieves de antaño?.

lunes, 4 de agosto de 2014

Villálvaro: la ermita de la Virgen de Lagunas


Es Soria una provincia relativamente pequeña, detalle que no impide, sin embargo, que posea, paradójicamente, una gran capacidad para agradar y sorprender. Una buena prueba de ello, son esos pequeños pero a la vez agradables imprevistos, que lejos de reseñarse -quizás como deberían- en las atracciones recomendadas en las principales rutas turístico-culturales, se encuentra uno casi de sopetón, hecho que suele suceder, generalmente, cuando se pierde el miedo y se deja que sea precisamente el azar, o la casualidad o la causalidad -que cada uno se sirva la porción del postre que más le agrade o le llene-, el mejor aliado de la aventura.
 
Villálvaro, es una pequeña población que se encuentra en las inmediaciones de San Esteban de Gormaz, Rejas de San Esteban y otro pequeño pero no menos curioso lugar, llamado Matanza de Soria, que se piensa que debe su nombre a una cruenta batalla medieval y la instalación en el lugar de los numerosos heridos y en cuya iglesia, muy modificada, se descubrieron hace algunos años unos curiosos grafitis, que en algún caso ponen los pelos de punta. Curiosamente, las guías de románico de la provincia, apenas hacen mención a Villálvaro, si no es para referirse al escaso románico que queda en una sencilla iglesita, que actualmente hace las funciones de capilla de cementerio. Ahora bien, apenas uno entra en el pueblo -si se viene de San Esteban de Gormaz en dirección a Matanza-, verá a la derecha, un pequeño caminillo rural, que se pierde en el infinito de unos campos, en los que se alterna, es de suponer que por necesidad más que por capricho, el barbecho y lo labrado y donde algunos arbolillos apenas pueden proporcionar un poco de sombra cuando el sol induce espejismos en las pestañas y grillos y cigarras esperan al fresco de la tarde para dedicar los mariachis al cortejo.
 
Pues bien, apenas a uno o como máximo a dos kilómetros de camino -que el ojo de buen cubero, sigue siendo maestrillo cuando se viaja ajeno a engorrosos utensilios-, en la distancia ya se aprecia, engañoso en la delicada belleza de su cabecera, un prometedor templuco, que parece haber brotado, como rastrojo a su capricho, en mitad de ninguna parte, como fama tienen algunos campos de Soria -pongamos como ejemplo, a Pedro y Barahona-, de hundirse sin motivo aparente, dejando unos agujeros tan perfectos, de los que las malas lenguas -o quizás sean buenas, pero a la vez supersticiosas-, dicen que se asoma el airado dios Airón a respirar. Se trata de la ermita de la Virgen de Lagunas. El nombre, de por sí, ya debería llamarnos la atención, induciéndonos a suponer que quizás antaño, como sucedió en Conquezuela, hubo alguna laguna en los alrededores, que fue desecada para convertirla en campo de labor. Y a juzgar por la excelente planta y aún los escasos detalles, tal vez, sólo digo tal vez, que especulando también se hace camino, hubiera en tiempos, quién sabe si medievales, algún poblado del que ya no queda constancia, aunque las fuentes situadas a pie de ermita, hablan de un lugar llamado precisamente así, Laguna, que figura ya como despoblado en el siglo XVI, y al que también se identifica con aquélla al-Buhayra de las fuentes árabes donde tuvo lugar la novena campaña de Almanzor en el año 980.
 
Otro de los detalles que sorprende, a los que desde luego ayuda una remodelación que la ha dejado el aspecto de chalet suizo, como consta la exclamación de sorpresa proferida por el excelente compañero de viaje, Maese Alkaest -no miento, tampoco, si digo que a pie de ábside, tuve la fortuna de poder hablar también con Maese Syr, que desgraciadamente no pudo acompañarnos en esta aventura, como estaba previsto-, es un acortamiento longitudinal de la nave, cuyos motivos siguen siendo un completo enigma, aunque he de pedir perdón, pues mi primer pensamiento, fue que la mitad del templo había sido reaprovechado, como de hecho ha sucedido en muchos otros lugares, y que muchos de sus formidables sillares andarían huérfanos por casas y vallados de los pueblos de alrededor. Vuelvo a pedir perdón, aunque también es cierto que, como dice el refrán, piensa mal y acertarás.
 
De la parte ornamental que sobrevive, no mucha, también es cierto, llaman la atención algunos detalles de su portada, curiosamente situada al noroeste -ésta sí que se expolió, allí mismo lo dice-, como el ajedrezado de tipo jaqués, flores cuatrifolias inmersas en círculos y curiosos entrelazados de tipo celta. Esos mismos entrelazados, se repiten en las bases superiores de los inexistentes capiteles de la ventana absidal.
 
De cualquier manera, tanto el lugar como la ermita, siquiera sea por su singular curiosidad, sí que merecerían figurar en esas guías y rutas románicas que tan bien se encargan de mostrar otros lugares más o menos heridos de alrededor.

lunes, 28 de julio de 2014

Señuela se lava la cara


Hace algo más de una semana, algunos medios informativos -entre ellos El Mundo-Diario de Soria, de fecha 13 de julio-, se hacían eco de la finalización de los trabajos de restauración de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en Señuela, aprovechando, de paso, para reseñar las inversiones que se vienen realizando dentro de los acuerdos alcanzados en 1996 por la Diputación y el Obispado de Osma-Soria, con vistas a la restauración de algunos templos de la provincia. Como fruto de los referidos acuerdos, la iglesia de Señuela se ha visto favorecida por la reparación de la torre medieval -una auténtica joya, tanto por dentro como por fuera-, la cubierta y los muros, así como la provisión de pararrayos y la instalación de alarma, inversión y detalles con los que me congratulo plenamente, en base, sobre todo, a los vínculos de amistad que me unen con el lugar.
 
Así mismo, en base a ellos, lamento que en esos medios no se amplíen las noticias, y se mencione, siquiera de pasada, que Señuela lleva tiempo procediendo a un espectacular lavado de cara, en la que los esfuerzos de la Asociación de Amigos de Señuela, de los propios vecinos, así como la de los agregados de otros pueblos y lugares están consiguiendo que este pueblo, situado en las proximidades de Almazán y perteneciente al municipio de Morón de Almazán, comience a tener un aspecto saludable, surgiendo, como un moderno Ave Fénix del ostracismo y el olvido al que se ha visto sometido durante los últimos años. No sólo la remodelación de muchas de las antiguas casas, sino también el asfaltado de algunas de sus calles, su Club Social y su apenas recién estrenado frontón, auguran un prometedor futuro de para Señuela, que hace algún tiempo recuperó, también, parte de sus edificios tradicionales más carismáticos, como son la fragua y el horno de pan.
 
Todo un ejemplo y un motivo de alegría, en una provincia que, después de todo, contiene en su haber un elevado número de despoblados, problema en el que deberían de fijarse, quizás un poco más, los esfuerzos de la Diputación y los medios periodísticos, pues en el fondo, iglesias y pueblos no forman, sino, un conjunto indivisible.

sábado, 19 de julio de 2014

Herida ermita de San Bartolomé


No todas las maravillas que se localizan en este impresionante Cañón del Río Lobos, son de origen natural, paridas en silencio y con infinita paciencia por una fértil Madre Tierra cuyo culto quedó establecido siglos, probablemente milenios antes de que la idea del Patriarcado arraigara en el pensamiento de los pueblos nómadas que extendieron su filosofía megalómana a medida que conquistaban los territorios por los que pasaban en su incontenible migración. De alguna manera indeterminada, pero sin duda provistas de un singular olfato, hubo una curiosa mezcolanza de seres, mezcla de místicos y de guerreros -a semejanza de sus hermanos musulmanes de los ribbats-, que se asentaron en sus ocultas soledades, sin duda con un fin predeterminado y secreto, ante el que sólo cabe acudir al recurso siempre bienvenido de la especulación. Hombres sencillos en su conjunto, pero formidables por defecto en lo referente a una pequeña élite, que después de siglos de su calamitosa extinción el mundo en general recuerda con interés, pero la Historia en particular, menosprecia con absoluto desdén: los caballeros templarios.
 
Aún con desacuerdos, pero no obstante generalizada la paternidad de su autoría, ésta curiosa ermita de San Bartolomé, no es sólo un recuerdo conjuntivo de arte y geometría sagrada, sino que es, además, todo un compendio de pensamiento y filosofía muy poco comprendido. De hecho, es un lugar, que todavía no ha terminado de mostrar sus infinitos secretos, como de hecho ocurrió con cierto descubrimiento realizado durante mi última visita, que me reservo no sólo por amistad, sino por respeto y honestidad -que tomen nota los buscadores de medallas-, pues no fui yo quién lo descubrió, sino los amigos que me acompañaban y sólo a ellos corresponde comentarlo o no, a su criterio y discreción y en el momento en que lo consideren oportuno. Como tampoco fue un descubrimiento nuevo la conocida teoría de que precisamente este lugar marcaría el eje equidistante de los cabos más septentrionales de la Península, explotado por algunos de los investigadores que dieron a conocer este formidable lugar a principios de los años ochenta en sus guías de la España mágica, sin mencionar que fue un gran personaje, perseguido por su condición de teósofo y bastante olvidado por las generaciones futuras, llamado Mario Roso de Luna, quien ya lo mencionara en una de sus obras más interesantes: El Árbol de las Hespérides. Tampoco parece casualidad, que entre sus fantásticos canecillos, aquél que por su aspecto -y se ve perfectamente en el vídeo-, semeja la cabeza del Bautista, sea prácticamente idéntico a aquél otro que se localiza actualmente en la iglesia de San Francisco de Betanzos y que procedía, como la mayoría de las piedras, labradas o no, que conforman este templo y el situado enfrente bajo la advocación de Santa María del Azogue, de la encomienda que la Orden del Temple tenía en ese preciso lugar, y que fue permutada, en 1255 por el rey Alfonso X, por la martiniega real de la Tierra de Alcañices y Aliste, en la provincia de Zamora. Tampoco es casualidad su planta en forma de Cruz Ansada o Cruz de la Vida, ni las pentalfas que adornan los óculos de su transepto, símbolo ancestral de la Gran Diosa, posteriormente adaptado a la nueva visión de Nuestra Señora y equiparado a las cinco yagas de Cristo, aquél que, según refieren los Evangelios egipcios por boca de San Clemente, pronunció una frase que no tiene desperdicio y entiéndala quien quiera: He venido a destruir los Trabajos de la Hembra (1). Como tampoco es casualidad que esas cabecitas que surgen de la floresta, en los capiteles del pórtico principal y machadas por el martillo del bárbaro, sean tan parecidas a las situadas en similar lugar en la iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
 
Y es aquí a donde quería llegar: a esas invasiones bárbaras a cuyo paso, como al paso del caballo de Atila, todo es asco, tierra quemada y destrucción. Y es que el grado de deterioro intencionado de la ermita en la actualidad es tal, que a uno se le cae el alma a los pies. No sólo a avanzado la destrucción intencionada de capiteles a golpe de martillo, sino que a aumentado, hasta grados incomprensibles, la absurda egomanía infantil de dejar grabadas en los sillares las iniciales y la fecha en que el indecente, inculto y salvaje subnormalito de turno estuvo por allí. Es otra indecencia ver, cómo las puertas de la ermita permanecen cerradas a cal y canto, dando en las narices a los cientos de visitantes bienintencionados que seguramente se acercaron al lugar dando cumplida cuenta de un sueño largamente acariciado. Y lo es, aún más todavía, cuando los pajarillos te soplan al oído que es que la quieren reformar, pero que en realidad, es que no se ponen de acuerdo entre el obispado y los vecinos, quien ha de guardar las rentas. Porque no olvidemos que, incluso a un euro la entrada, las visitas al lugar, durante los periodos de apertura de vacaciones, han proporcionado jugosos dividendos. Pero que la Junta de Castilla y León continúe haciendo oídos sordos a estos ecos que pueden echar a perder turismo. Y por favor, si les llega este mensaje, y ya que tanto pretenden promocionar el románico soriano, no estaría de más, que también proporcionaran una lista de pueblos en los que el señor cura -según los vecinos, por supuesto, y pongamos por ejemplo Aldealseñor- prohíbe las visitas a las iglesias y por descontado, en cuáles se pueden hacer fotos -siquiera sea sin flash, para no dañar-, en cuáles hay que pagar, única y exclusivamente para tragarse el discurso inalterable de la docta guía de turno -pongamos por ejemplo, San Esteban de Gormaz y su iglesia de San Miguel-, y a cuáles otras se puede acudir, con todas las garantías de que el turista, aficionado o no, culto o no, estudioso o no del románico y del Arte en general, no va perder su tiempo ni tampoco su dinero en una provincia que, me da mucha pena tener que decirlo, parece que está perdiendo definitivamente el norte.

 
(1) Robert Graves: 'Los dos nacimientos de Dionisio y otros ensayos', Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, tercera edición: septiembre de 1984, página 68.

viernes, 18 de julio de 2014

Rincones Mágicos de Río Lobos


'La naturaleza y sus ríos, sus lagos y sus paisajes eran también la expresión de la Madre Tierra, la Gran Madre...' (1)
 
Inmenso, misterioso, espectacular, sublime, inconmensurable, mágico, imponente, excepcional, grandioso, enigmático, misterioso, supremo, categórico, arcano, primordial, prolífico...la lista de adjetivos sería realmente interminable si tuviéramos que hacer un ejercicio gramatical que describiera las características de un lugar sorprendente que se extiende, como una enorme columna vertebral, a lo largo de una treintena de kilómetros, entre dos provincias muy determinadas de la Vieja Castilla, como son Soria y Burgos: el Cañón del Río Lobos.
 
Prácticamente desconocido para el público en general hasta su redescubrimiento por aquellos intrépidos investigadores de la España mágica y misteriosa a finales de los años setenta y principios de los ochenta, el Cañón del Río Lobos y las maravillas que encierra, han atraído la atención de un mundo que todavía cree en la vida más allá de las grandes colmenas urbanitas donde vegeta y labora en entornos viciados, pero donde ha adquirido, también, costumbres perniciosas que posteriormente exporta sin pudor.


A este respecto, no deja de ser una gran paradoja que mientras se habla de calidad de vida, relacionándola no sólo con el mundo socio-político sino también con el entorno en el que vive, aplique el lado más sórdido del cinismo, destruyendo, con una incomprensible falta de respeto y sensibilidad otros entornos naturales a los que debería venerar posiblemente de la misma manera a como lo hacían esas antiguas culturas pretéritas, como los celtas, a quienes tanto debemos y a los que en nuestra ignorancia, todavía continuamos llamando bárbaros, no como extranjeros, que era realmente el significado que a tal palabra le daban los supuestamente refinados romanos, sino como a salvajes.
 
Por eso, amigo lector, si te gusta lo que ves en estos vídeos y un día decides acercarte a este inconmensurable lugar y su fascinante entorno, recuérdalo muy bien: disfruta de esta maravilla que tan prolíficamente te ofrece la Madre Tierra, pero no te comportes nunca como un salvaje. Quién sabe, quizás hasta los Viejos Dioses que moran en el lugar, te bendigan por ello.

 
(1) Stefano Mayorca: 'Los misterios de los celtas', Editorial De Vecchi, S.A.U., Barcelona, 2009.

lunes, 7 de julio de 2014

Obras en el castillo de Ucero


'Por la carretera del Burgo a San Leonardo, remontando la vega de Ucero, se llega a la villa, que tomó el nombre del río, situada al pie de un alto cerro que corona un ruinoso castillo medieval. Siendo señor del castillo, de la villa y de sus trece aldeas, en 1302, don Juan García Villamayor encargó en su testamento fueran vendidos estos señoríos al Obispo don Juan de Ascarón, a precio casi gracioso en desagravio de los grandes daños que en la región causara con su gente de armas. Conserva el castillo, en pie, gran parte de sus lienzos y baluarte, y sobre todo la torre del homenaje, que tiene en su interior una bóveda ojival del siglo XV...' (1).
 
Me permito la licencia de transcribir íntegra esta descripción de una época en la que, afortunadamente, España vivía en la ignorancia de este castillo, de este pueblo y de este fantástico entorno que es el Cañón del Río Lobos. Y me la permito, posiblemente, porque después de mi última visita a este maravilloso entorno, en su conjunto, siento más que nunca, lo juro, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cierto que conocía desde hace algún tiempo -que para eso, las redes sociales están de un caliente que quema y sus dimes y diretes llegan hasta donde no alcanzan los diarios-, que se iba a proceder a hacer trabajos de restauración en la torre del homenaje de este castillo legendario, la mayoría de cuyas piedras yacen anónimamente en hogares y vallados de los pueblos cercanos; lejos, eso sí, de las catapultas bárbaras que se abaten, quizás con mayor ensañamiento que nunca, sobre muchos monumentos históricos, que más valdría que hubieran quedado olvidados -repito- y felizmente a salvo, bajo ese noble escudo que es la ignorancia, cuya mejor protección, es la seguridad que siempre otorga el desconocimiento general.
Ni entonces, ni ahora tengo una absoluta certeza del por qué de una decisión, digamos que repentina, tomada como por arte de magia, después de innumerables años de olvido y abandono, en los que a nadie importaba si los lienzos del lugar terminaban desmoronándose para convertirse en nidos preferentes de toda clase de serpientes y alimañas y el Agnus Dei y los curiosos canes interiores de la torre quedaban expuestos a la puntería del libre hacer de cuerpo de las innumerables familias de rapaces que diariamente sobrevuelan el lugar. Posiblemente, en otras circunstancias, hubiera pensado que más vale tarde que nunca, pero me temo -es una opinión personal- que las intencionalidad va más allá del sentimiento y la perspectiva de un lucrativo negocio -perdóneseme si ofendo, pero digo lo que pienso, o al menos lo intento-, va tomando forma bajo la perspectiva de un parque temático donde esas escurridizas figuras medievales que fueron los caballeros templarios, siguen vendiendo y atrayendo la atención, quizás con un cebo más jugoso y atrayente que nunca. Poco importa si alguna vez éstos ocuparon o no este lugar; poco importa si estuvieron instalados unos metros más allá, y si esas ruinas apenas irreconocibles fueron un día el tan traído, llevado y no menos escurridizo convento de San Juan de Otero: con medias verdades históricas y el carburante de primera de la tradición, el entorno puede ser un foco de atención más atrayente que el Parque Warner.
Sea como sea -y soy positivo, puesto que me congratulo con el trabajo en estos duros tiempos de crisis-, aquí lo expongo tal y como lo vi el pasado viernes, 27 de junio. En el fondo, no fue lo peor de mi regreso al entorno de Ucero y el Cañón del Río Lobos. Pero para hablar de esa triste experiencia, me reservo las próximas entradas. 

 
(1) Blas Taracena y José Tudela: 'Guía de Soria y su provincia', EOSGRAF, S.A., Madrid, 1968, página 181.

viernes, 20 de junio de 2014

Damas de San Esteban de Gormaz: la iglesia de Nª Sª del Rivero


No lejos de San Miguel, y también en una posición elevada digna de aquellas en las que los romanos solían alzar templos y altares a sus dioses más preeminentes -entre ellos el todopoderoso Júpiter, tal y como nos describe Vitrubio en su compendio de Arquitectura-, otra iglesia, también decana en la provincia, nos recuerda, en su esencia y advocación, la importancia que ésta hermosa villa tuvo en época medieval: la iglesia de Nª Sª del Rivero. Dicha advocación, no deja de ser sorprendente, pues dadas las características de su ubicación, posiblemente hubiera estado más en consonancia con otro vocablo, otero, que no deja de levantar suspicacias e hipótesis, cuando se trata de situar, por ejemplo, el famoso convento de San Juan que, se sabe, los caballeros templarios tuvieron en la provincia. Ahora bien, lejos de intentar buscar vida más allá de las sombras de una Historia que suelta prenda a retazos y más cuanto a templarios se refiere, lo que sí es cierto, al fin y al cabo, es el detalle de que desde la privilegiada posición de este enclave, se tiene una magnífica perspectiva de un pueblo que se apiña, ayer como hoy, alrededor de sus dos iglesias principales y los restos alicaídos de una fortaleza califal, que apenas dejan entrever la supina importancia que tuvo en el pasado y la gran cantidad de sangre derramada, tanto mora como cristiana, en su defensa y conquista.
 
No obstante, si bien es cierto que el tiempo, las circunstancias e incluso las modas actuaron juntos o por separado, mediando cada uno a su manera para interferir en su mediática originalidad, no es menos cierto que, después de todo, este curioso templo continúa conservando los suficientes elementos como para engatusar al visitante y tentarle con el dulce anzuelo de la especulación. A este respecto, no me importa adoptar el papel de pez glotón y tragarme el bocado mortal, siquiera para advertir, lejos en lo posible de dejarme influenciar por la frialdad de un racional academicismo, aquellos detalles que, cuando menos, su simple visión ya incita a galopar de manera suicida en la grupa desbocada de ese peligroso caballo de Troya, que después de todo, es la imaginación.


Destreza e imaginación, qué duda cabe, constituyeron así mismo, en esos tempranos siglos XI y XII, parte de la grupa de ese caballo de Troya que incluso los mismos canteros cabalgaron cuando iniciaron un cometido en el que las leyendas clásicas, siglos después de haber fenecido los imperios que las originaron, todavía continuaban rondando los sueños febriles de una sociedad que se debatía en las luces y oscuridades de un mundo, el medieval, donde la Religión se dirimía en los campos de batalla y la fe, tomando como base las geometrías universales, se nutría de unos sentimientos aforados en unas almas que, en algún momento del día se prosternaban inclinando la cabeza hacia el este o se arrodillaban mirando al oeste, hacia la tumba de un Santo Patrón, bajo cuya espada la Reconquista estaba comenzando a cerrar España. Unas almas, a las que les estaba terminantemente prohibido esculpir imágenes y otras almas que, superados ciertos Concilios, construían mundos imaginarios y fantásticos, generalmente dotados de doble significado. En base a ello, quizás no cueste mucho llegar a imaginar que en este preciso lugar, canteros cristianos y alarifes musulmanes dejaron por una vez descansar espada y cimitarra, aplicándose en un duelo de maza y cincel. De la herencia clásica, los unos volvieron a advertirnos, como ya lo hicieran en San Miguel, de esa visita hercúlea, en los tiempos de Gárgoris y Habidis, recordándonos, aquí también, la forma terrible de un ser, cuyo cuerpo suele ser representado enroscado sobre sí mismo formando un símbolo a todas luces abismal, como es el del infinito: la pérfida Elpha. Junto a ella, sirenas y centauros hablan al visitante, desde las cuencas vacías de sus párpados de granito, de vicios y pecados, pero también de conocimiento. Más sutiles, quizás, en las heptafolias y las hexafolias, los alarifes musulmanes no sólo hablaban de las maravillas del Jardín de Alá, sino también, de la magia perfecta de los números. E incluso iban más allá, dejando señera constancia, no una, sino dos, tres, ene veces de un símbolo mágico y perfecto por antonomasia: el Sello de Salomón

 
Según el gusto, menos señeras e ingenuas, quizás, que sus antecesoras románicas, las pinturas góticas del interior no dejan de constituir, en el fondo, un agradable cuando no curioso souvenir. El calvario de un lateral, a pesar de su aparente ingenuidad, no deja de enviar ciertos mensajes subliminales que hacen pensar en cierta mala leche o intencionalidad del anónimo artista, no ya en ese sol y en esa luna, constituyentes sui géneris de un ocaso que en realidad encubre esas bodas simbólicas entre patriarcado y matriarcado, sino que nos presenta a unos personajes, entre afligidos y esperanzados, donde destaca aquél que, arrodillado ante la cruz y usurpando el sitio del Evangelista, muestra bien a las claras, en su tonsura, las intenciones cistercienses del maestro, recordando, quizás, a quien fuera el alma mater de la Orden y posiblemente la mente más preclara de su época: Bernardo de Claraval. Más críptico, posiblemente, el Pantocrátor Divino que corona el ábside o cabecera nos plantea, por encima de los demás símbolos, qué es, exactamente, lo que Padre sujeta en su mano izquierda: ¿el globo del mundo?. ¿Un espejo?. ¿Una mesa?. ¿Una rueda de adivinación celta?...
 
En fin, que no se diga que no lo avisé: cuando se monta en el caballo desbocado de Troya, la imaginación, siquiera sea por un momento, toma el poder y actúa a su antojo. En mi descargo, sólo diré, que todo lo que se ha dicho aquí, se puede visitar allí. Y quién sabe lo que la imaginación le pueda sugerir a cada uno.
 
Por último, tan sólo añadir que las presentes, sólo son opiniones del autor y no se tienen por qué compartir. Eso sí, cualquier parecido con la realidad, puede deberse tan sólo a la acción impremeditada de la prima-hermana de la causalidad; es decir, a la casualidad.