miércoles, 14 de diciembre de 2011

Soria se hace camino al andar os desea a todos una Feliz Navidad



Un año más, con la proximidad del solsticio de invierno, nos preparamos para celebrar la conmemoración de la Navidad. Independientemente de los sentimientos personales que tal acontecimiento pueda generarnos a cada uno, bien es cierto que constituye una etapa en la que conviene detenerse, meditar en lo que nos ha aportado el año que está tocando a su fin, y preparar proyectos para afrontar el año que se nos presenta. También es verdad, que estamos atravesando periodos complicados, muy duros en algunos casos, y que las perspectivas de futuro, no son las más halagüeñas que quisiéramos.

Posiblemente, en este momento, todos, o casi todos, estemos soñando con atrapar a ese Gordo -escurridizo y mal lecheado que, por lo general, suele lanzarnos una pedorreta burlona después del sorteo del 22 de diciembre- que nos libere de esa miseria a la que estamos condenados desde el mismo momento de nacer. Pero los hombres y las mujeres también somos unos luchadores natos, y aunque seguramente despertemos con la resaca y la desolación de no ser unos afortunados millonarios, estoy seguro de que el valor no se resentirá y de que continuaremos haciendo camino cómo y por donde mejor podamos o consideremos o nos dejen.

Por eso, como todos los años, desde aquél lejano día en que este blog comenzó a dar sus primeros pasos -¿recordáis?: inseguro, temeroso, tambaleante- hay algo que al menos, considero una obligación: felicitar de corazón la Navidad, desde unas páginas que, gustanto más o menos, tienen la única pretensión de mostrar -aprovechando las oportunidades para hacerlo que ofrece internet- los atractivos de una provincia por la que siente especial predilección. Sólo me resta, pues, terminar con el protocolo de rigor y desearos a todos:


¡Una muy Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo!


Ah, y recordar que, aunque el Gordo suele mimar a Soria, si éste año no lo hace, ¡pues que le den!. Eso sí, que este detalle no nos impida seguir manteniendo la ilusión, y caso de hacer falta, recurramos a la máxima de San Cucufato, amenazándole con hacerle lo mismo si el año que viene nos vuelve a abandonar.





viernes, 2 de diciembre de 2011

Bocigas de Perales: encanto natural

Regresábamos de una interesante excursión por tierras burgalesas, después de visitar, entre otros lugares, la curiosa ermita del Cristo de San Sebastián, en Coruña del Conde (1) y bien yantar, como se diría por esos lares, en Peñaranda de Duero. Buscábamos una iglesia románica, la de San Pedro, pero descubrimos también -una imagen vale más que mil palabras- un paisaje rocoso espectacular.

La iglesia de San Pedro, sigue ahí, al principio del pueblo; enfrente de la moderna fuente de forma hexagonal, que hace las veces de rotonda. Tiene una bonita portada, en una de cuyas arquivoltas, los nudos entrelazados recuerdan al forastero las profundas raíces celtíberas de la provincia. Como se aprecia en las alucinantes formaciones rocosas a cuya vera se asienta el pueblo, en los capiteles y canecillos del viejo templo, el tiempo también ha conspirado, valiéndose como brazo ejecutor de esos fantásticos canteros que son los vientos, para ejercer a su antojo la censura de la erosión.

Y no obstante, como desafiando una condena inmerecida, aún se percibe la prerrogativa de un mensaje simbólico harto conocido en la provincia: el jinete de aspecto árabe, similar, en esencia, a aquél que también hoy, a duras penas, se vislumbro en otro de los ancestrales capiteles de la iglesia de San Miguel, en la decana población de San Esteban de Gormaz; las piñas, símbolo de inmortalidad, pero también refencia a la unión del pueblo cristiano, y las bestias afrontadas, motivo común en el románico pero que, curiosamente, es una representación particularmente abundante en esas tierras de Gómara, que miran siempre en dirección del sacrosanto Moncayo.

Hay una plácida languidez, como esos versos de Verlaine que presagiaban el desembarco Aliado en Normandía, en esas casitas rurales mimadas por un sol que se mira en el espejo de la piedra y el adobe, o en esas silentes oscuridades de las pequeñas cuevas que, bodegas al uso ancestral, maceran un caldo sanguíneo inmemorial, herencia de aquél primer Noé, cuya memoria alimenta las leyendas de numerosos pueblos. Y más allá, en esa diminuta isla donde el llano centraliza campos de labor y dura estepa, unos obstinados álamos ven encanecer sus hojas, esperando la llegada de un otoño que todavía, reacio a su cambio de guardia con el verano, se presenta con parsimoniosa lentitud.






(1) Digo curiosa, porque en su estructura se adivinan muchos restos ornamentales pertenecientes a las ruinas de la vecina ciudad romana de Clunia.




viernes, 25 de noviembre de 2011

Alcózar, tres años después



'Pero las aldeas suelen albergar a veces, envueltas en la ganga de un desconocimiento casi universal, verdaderas piedras preciosas de bondad y de cultura...' (1).



Imagino que era esperar demasiado; que después de todo, hubiera sido una auténtica proeza haber vuelto a levantar, aprovechando los milenarios cimientos de sus decanas ruinas, lo que en tiempos debió de ser, a juzgar por la calidad de sus restos, una auténtica joya del arte románico soriano: la iglesia de Nª Sª del Rivero, en Alcózar. Recuerdo con emoción, la última vez que estuve allí. Fue un caluroso sábado del mes de julio del año 2008, casi un año después de aquél histórico 12 de septiembre de 2007, en que se firmara un protocolo de actuaciones entre la Junta de Castilla, la Diócesis de Osma y la Fundación Duques de Soria, dándose luz verde a una aportación de 6 millones de euros, destinados a la restauración de un buen número de iglesias románicas de la provincia. Evidentemente, ésta iglesia de Alcózar, figuraba entre ellas.

Fruto de esos trabajos de restauración, y haciendo buenas las palabras de Roso de Luna que sirven de prólogo en el encabezado de la presente entrada, fue el descubrimiento, al poco de comenzar las excavaciones, de varios capiteles, que habían estado ocultos hasta entonces. Capiteles, que durante un tiempo se guardaron en el interior de las propias ruinas, bajo llave, para después ser trasladados al Ayuntamiento, donde he de suponer -aunque con los dedos cruzados- que todavía deben estar o, en su defecto, depositados en la iglesia parroquial del pueblo.

De cualquier manera, y obviando mis intentos frustrados por acceder a ellos -debo achacar a la casualidad, en la que generalmente no creo, no coincidir nunca con la persona que tiene la llave o la potestad para utilizarla- no puedo evitar sentir una mayor frustración aún, si cabe, cuando me pregunto por qué están paralizados los trabajos, y qué se ha hecho con la parte correspondiente de esos seis millones de euros que, en teoría y anunciado en su momento como un gran acontecimiento, estaban destinados a financiar este proyecto de recuperación.
Agua de borrajas.





(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980, Primera Parte, Capítulo I, página 4.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Otoño y vida en Arganza



'¿Volver?. Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espera. / Mas, ¿tú? ¿Volver?. Regresar no piensas, sino seguir libre adelante, / disponible por siempre, mozo o viejo, / sin hijo que te busque, como a Ulises, / sin Itaca que te guarde y sin Penélope'. (1)



Tengo la impresión de que, de un tiempo a ésta parte, mi relación con este curioso despoblado situado en las estribaciones del Cañón del río Lobos y poco menos que a la vera de una ciudad -San Leonardo de Yagüe- que comenzó siendo una barriada más del pueblo, se está consolidando, de manera que se podría llegar a pensar en la existencia de una misteriosa fuerza que me impele a volver -siquiera echando mano de la casualidad, en la que no creo, cuando no en las circunstancias- con el propósito de mostrarme algo nuevo. Nada, en principio, que pudiera hacerme concebir esperanzas de rehabilitación, desde luego, porque no creo que se dé tan quimérico suceso; pero si para soñar -a juzgar por lo que pude observar a finales de octubre- con la visita de numerosos excursionistas y curiosos, atraídos por la magia del entorno y las leyendas afines a una orden de caballería medieval que cada día está más de moda: los templarios.




No deja de ser una grata novedad, por tanto, observar que, después de todo, hay ocasiones en las que parece que la Justicia -dama voluptuosa donde las haya- no es tan ciega como generalmente nos pretender hacer creer (2), y al menos ha levantado parte de esa venda que le cubre los ojos, para otorgar a Arganza siquiera un débil resquicio de protagonismo.

Curiosa, por otra parte, resulta a veces la manera en la que se entera uno de algunos detalles relacionados con aquello de lo que habla. Me refiero, sin ir más lejos, a esa casa alargada, situada a pie mismo de carretera, en cuyo lateral, siempre me llamaban la atención una mesita blanca, de piedra, y unos banquitos de similar constitución. Ahora sé, por el cartel que genuinamente luce, que se trataba de las antiguas escuelas del pueblo. Y la esperanza que mencionaba más arriba, se refiere a que la Red de Espacios Naturales de Castilla y León se haya fijado en ellas, invirtiendo la nada desdeñable cantidad de 39.000 euros en su restauración, con vistas a crear un Aula de Desarrollo Ambiental.

Hasta aquí, lo que considero como una feliz iniciativa que pueda otorgar un resquicio de renovación vital a un curioso pueblecito, situado en un lugar de misterios y belleza trascendental, no muy lejos de la frontera de otra provincia, Burgos, que comparte protagonismo e Historia con ese gran foco de atracción turística y cultural, en lo que, desconocido prácticamente antaño, hoy en día todo el mundo conoce: el Cañón del Río Lobos.

Sólo me queda una pequeña duda, que empaña, quizás, ese atisbo de esperanza. Y es la siguiente: ¿se llevará a feliz término el Proyecto o, por el contrario, se quedará en agua de borrajas como la restauración de la iglesia románica de Nª Sª del Rivero, allá, en los cerros de Alcózar?.




(1) Luis Cernuda.


(2) Ocurre con ella, lo mismo que con el Diablo, quien, según Baudelaire, su mejor jugada consiste en hacernos creer precisamente que no existe.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Otoño en la Laguna Negra de los Picos de Urbión




'El día ha terminado,


mis ojos se cierran,


pero largo es el viaje


que me espera...' (1)



Yo también me otorgo a mí mismo el derecho a fantasear...

Dicen las comadres, que por las noches la luna se mira en ella, coqueta y muy pagada de sí misma, como la madrastra del cuento de Blancanieves, preguntándole quién es la más bella. La Laguna Negra sonríe, pero, no obstante, calla. Hay quien puede llegar a pensar que con su silencio otorga; pero yo creo que, en realidad, callando aleja de su entorno al terrorífico fantasma de la vanidad. La luna suspira entonces, y como todas las noches desde que el mundo es mundo, dándose por vencida se despoja de su capa de armiño y se sumerge lentamente en el agua. Poetas hubo, Dios mediante, que la confundieron con una mujer de carne y hueso y la inmortalizaron así en lo más florido de nuestras leyendas. El rayo de luna, la llamaron.
Los lobos, ocultos en lo más impenetrable de los bosques que la circundan, aúllan lastimeramente, disponiéndose, si no a la caza, sí al cortejo. Más allá, en los roquedales de las cimas más altas de los Picos de Urbión, águilas, buitres y alimoches cabecean inquietos; en su duermevela sueñan, quizás, con esas inalcanzables estrellas que los hombres codician; como se codicia todo aquello que es imposible; todo aquello, en definitiva, que pertenece al mundo de los sueños. Búhos y lechuzas, encaramadas en las ramas más altas de los árboles, custodian los senderos forestales que el otoño ha llenado de hojas, mientras ciervos y revecos retozan en silencio en su cama de helechos, esperando impacientes un alba que aún tardará algún tiempo en dejarse ver por encima de los riscos.






Hacia el centro de la Laguna, allí donde la luna bracea con la elegancia de un batir de alas de mariposa, las burbujas que estallan al contacto con el aire, delatan los suspiros que la soledad provoca en la ninfa inmortal que habita desde tiempo inmemorial en lo más desconocido de sus profundidades. En el óvalo perfecto, protegido por crómlechs y menhires naturales que la erosión ha trabajado con artística meticulosidad, las riberas reciben el abrazo fantasmal de una niebla cargada de evocaciones del pasado. Los espíritus afloran a la superficie, arrastrando penosamente unas cadenas injuriosas que nunca debieron cargar: justicia o desquite. Hay quien a falta de nombre propio, les pone apellido. Realidad o ficción, lo cierto es que en ésta tierra de pinares, difícil es hallar a alguien que no conozca al machadiano personaje de Alvargonzález.

También resulta difícil, por otra parte, que quien se haya acercado por estos lares un atardecer, en vísperas o casi, de la Noche de Difuntos, pensará ver fuegos fatuos en el color de la floresta de los tupidos bosques; o en los espinos y aliagas que se aferran a la roca en lo más abrupto e inaccesible de los farallones; aquéllos donde el águila vigila y sólo el rebeco y la cabra se atreven a subir. Reflejados en el agua, le parecerán hogueras de un campamento de trasgos a punto de avalanzarse sobre la tierra media que se extiende más allá de las lindes de los hombres, eones después de que su mejor valedor, J.R.R. Tolkien zarpara en la nave que no ha de tornar.






Verá una explosión de colores; una supernova que explotará para convertirse en un nuevo sol, y se postrará ante el Dios Otoño. Comprenderá que éste, cuál Ave Fénix, no pregunta. Simplemente llega, se instala y despliega su exhuberante cabellera sobre la tierra para después fenecer fundido con ella y renacer dos estaciones más tarde.


La Laguna Negra se mira en él. Calla también, como cuando la pregunta la Luna; pero, sin embargo, a diferencia de su mutismo con ésta, suspira y sueña con aquél. Y soñando, recostada feliz en su propia inmortalidad, piensa: tú, Otoño, tú eres lo más hermoso del mundo.


(1) J.R.R.Tolkien: 'La última canción de Bilbo', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, octubre de 2010.


[Bruja: mejórate]

sábado, 5 de noviembre de 2011

Otoño en San Esteban de Gormaz



'Es la gloria del muerto verano

la que se ha dormido en mi corazón,

es el trémulo gris del otoño

el que abre caminos con trémulo sol,

tras los campos de viñas doradas

el alma dormida se me adormeció,

hoy me cercan lejanos y altivos

los vagos recuerdos que el viento llevó...' (1)


Son odiosas. Lo sé. Pero si tuviera que hacer una comparación, pensaría que el Otoño es como esa Luz maravillosa al final del túnel con la que Madre Gaia premia el ocaso de plantas y árboles. El Omega que promete una nueva resurrección; una sabia vuelta a empezar; un Alfa interminable que se hará realidad dos estaciones más tarde, cuando aquello que se fue retorne de nuevo con toda su fuerza y esplendor.

De Salvador Dalí se han escrito ríos de tinta; listas interminables de adjetivos calificativos -honoríficos ouroboros, que siempre se muerden la cola- para describir aquello que, gustando o no, se define sencillamente como genialidad. ¿O quizás locura?. Creo que a veces, una y otra apenas están separadas por una frontera tan ambigüa como inexistente. ¿Qué tienen que ver San Esteban de Gormaz, Salvador Dalí y el Otoño?, os preguntaréis. Posiblemente nada, o quizás mucho. Todo depende siempre del color del cristal con que se mire y, por supuesto, de los pensamientos y sensaciones que animan en el interior de la persona que, por decirlo de alguna manera, mira.

A los dos últimos, les he de agradecer, sinceramente, el no haber elegido la pintura como medio de expresión: no hubiera estado a la altura de ejercer un trabajo digno. Pintores, no temáis la perfección -decía Dalí-. No la lograréis nunca. Si sois mediocres, por más que os esforcéis en pintar terriblemente mal, siempre se verá que sois mediocres.

¿Del Otoño, qué puedo decir?. Tan sólo rendirme a la evidencia de su clásica perfección; de su señorío alquímico, que consigue unas tonalidades únicas, incapaces de imitar por las demás estaciones, y mucho menos por las infinitesimales mezclas de color de la paleta de un pintor.

¿Y de San Esteban de Gormaz, la milenaria, la antigua Castromoros?. Tan sólo agradecerle que, como faro amigo, atrajera la nave de mi alma hacia puertos de magia y de color.

Ya lo véis: cuando del Otoño se trata, hasta se es mediocre escribiendo. Hay que reconocer las limitaciones. Y yo reconozco que el Otoño me apasiona -no en vano, nací a finales de septiembre- pero, a la vez, también me limita.

Después de todo, ¿no será cierto que una imagen vale más que mil palabras?.








(1) Mari Trini: 'Vals de Otoño'.



domingo, 9 de octubre de 2011

Valdespina

Cuando uno se encuentra con este tipo de topónimos, resulta poco menos que imposible evitar fantasear y no dejarse llevar por ese arcaico romanticismo presente siempre en un conjunto de mitos, dogmas y formas de pensamiento, que parido en los meandros culturales del mundo llamamos, simple y llanamente, Tradición. La Tradición, mar de los sargazos en el que se marchitan verdades universales hábilmente camufladas, suele ser muy clara, sin embargo, a la hora de reconocer al espino y sus derivados, como vehículo de sufrimiento por el que tiene que pasar el neófito en su largo camino hacia el Logos o el Conocimiento. De madera de espino fue la corona que laceró la frente de Jesucristo y le acompañó en su calvario; enredaderas y espinos formaban parte del hechizo que mantenían inaccesible el castillo de todo un clásico de los cuentos universales: la Bella Durmiente. Valles tenebrosos, repletos de espinos y peligros, se encuentran también entre los lugares por los que tienen que pasar los héroes que van en busca del objeto místico más relevante de la Edad Media: el santo Grial. Y a la vera de lugares con semejantes topónimos, gustaba de instalar sus enclaves la más mística de todas las órdenes militares de caballería medievales: la de los caballeros templarios.

Soria, sin duda, es una provincia con una arcana y a la vez grandiosa tradición. Una provincia clave en la que han depositado parte de su cultura y de su filosofía numerosos pueblos, y que durante siglos constituyó la frontera natural entre oriente y occidente. No es raro que fragmentos de culturas y formas de pensamiento distintos se localicen a lo ancho y largo de sus fronteras, en un puzzle esotérico-cultural de primer orden. De hecho, aún hoy persisten pueblos, como este de Valdespina; o aquél otro, que de nombre El Espino, tiene una iglesia consagrada a San Bartolomé y una ermita bajo la advocación de la Virgen del Espinar. O aquélla otra ermita, de la Virgen de las Espinillas, situada en lo alto de un monte en las cercanías de Valdeavellano. Eso, por no mencionar el hecho, curioso, cuando menos, de que posee tres vírgenes con la advocación del Espino, de las cuales, cuenta la Tradición de que dos de ellas son hermanas por haber salido de la misma madera de espino, teniendo ambas fama de muy milagreras (1).

En fin, recuerdo que este tipo de consideraciones se conjugaban en mi mente cuando abandoné Viana de Duero y decidí saciar personalmente mi curiosidad cinco o seis kilómetros más allá, siguiendo una carretera en la que se alternaban, como los escenarios de un teatro de guiñol, escenarios de lacustre belleza, afines a una España tostada por la canícula de agosto: resecos campos de labor, pequeñas zonas de bosques alternando abetos y pinos y monte bajo, a la vera de cuyos hinojos y tomillos se adivinaban las pequeñas aberturas determinantes del mundo subterráneo en el que moran liebres y conejos.

Llegué alrededor del mediodía, y como suele ser costumbre -sea por el excesivo calor en verano, o por el intenso frío en invierno- en el pueblo me sentí más solo que la una. Ni siquiera me salió al encuentro algún perro ladrador pero poco mordedor que hubiera alertado de mi presencia y motivado la curiosidad de algún vecino, dándome una pequeña oportunidad a mantener una interesante conversación.

Un vistazo a la iglesia me confirmó que, salvando, quizás, la pequeña espadaña en la que faltaba una de sus dos campanas, el románico, como en numerosos pueblos de los alrededores, brillaba actualmente por su ausencia. Unos metros más allá y con el tejado hundido por el peso inclemente de los años, un curioso edificio se mantiene apartado, en una cuarentena urbanística, que me hizo pensar en él como en el antiguo lavadero comunal, o quizás, ¿por qué no?, en ancestrales dependencias curiles.

Por detrás de la iglesia, y en paralelo al pueblo, un canal de riego y una pequeña presa recogen las aguas del Duero, o tal vez de alguno de sus afluentes, asegurando el suministro vital a unos campos ansiosos de borrachera la mayor parte del año. También de las inmediaciones de la iglesia -axis mundi, figurativamente rural- parte una senda que en doce kilómetros llega hasta Ituero y en veintiuno a Tardajo de Duero.

Como trazadas con tiralíneas, las casas del pueblo muestran en su estructura, estéticamente caprichosa, formas lineales y rúnicas, que en cierto modo recuerdan las señas de identidad de canteros anónimos. Me pregunté si quizás, en Soria, los canteros utilizaron alguna vez esa suerte de idioma iniciático y particular característico de los gremios en otras regiones, como por ejemplo el utilizado por los canteros pontevedreses -ese latín dos galegos, comentado por Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis- o aquél otro, argótico y de nombre tan tonadillero como es el de pantoja, característico de los canteros santanderinos, entre cuyas figuras más destacables está la de Juan de Herrera, proyector del Escorial.

[continúa]




(1) Hay una Virgen del Espino en Soria capital, situada en la iglesia de igual nombre, en la parte alta, junto al cementerio. Las dos Vírgenes del Espino hermanas, se corresponderían con la que está en la catedral de El Burgo de Osma y la se que se localiza algunos kilómetros más allá, en dirección a Ucero, en el pequeño pueblecito de Barcebal.

martes, 27 de septiembre de 2011

Viana de Duero



-Y el nombre -me pregunto yo-, ¿no será una desvirtuada referencia a la antigua diosa Diana?.


Aún hoy, al cabo de un mes de mi visita a Viana de Duero, todavía continúo preguntándome si la reflexión de mi amigo, el Magister Alkaest, obedece a una realidad ancestral, quizás en la línea de esa historia mágica heredera de Gárgoris y Habidis, tan elocuentemente descrita por Sánchez Dragó. De hecho, puede que sea una Diana la que, precisamente, corona y embellece la fuente con forma de trébol de cuatro hojas, que se localiza en un jardincillo anexo a la iglesia de San Bartolomé. Una iglesia muy modificada, es cierto, como la gran mayoría de los templos cuyos torreones campean en los pueblitos de Almazán y Gómara, pero que, a diferencia de algunos de éstos, todavía conserva interesantes elementos de esa arquitectura, la románica, en la que la poesía del cantero sembraba estrofas en la piedra. Una piedra, en cuyo ábside, y de manera sorprendente, aún puede verse el carnet de identidad, o su me fecit fundacional, que avalan una longevidad no dejada perder del todo, al fin y al cabo. Porque de perdidos, y más en lo que a este tipo de Arte se refiere, el río de los refranes más que turbio, está a rebosar.

Bien es cierto, por otra parte, que observando alguno de los símbolos, se tiene la sensación -no ya de pensar en su exclusividad en la provincia, o al menos, en lo referente a románico de la provincia que conozco a día de hoy- de que el cantero, por los motivos que fuera, evitó a propósito la magia asociativa, que juega con la imaginación, para entrar a saco en el esto es lo que ves, esto es lo que hay, con el símbolo fálico que, cual los despojos de un toro recién lidiado, campea entre dos piñas, de similar manera a como muchos siglos después, el gamberro o el reprimido de turno lo grafiteaba sin ninguna gracia en los servicios de los bares. Y es que observándolo, y comparándolo con la perfección de las piñas que, como digo, lo flanquean, todavía dudo de su románica exclusividad, y me planteo la diferencia que existe, por ejemplo, con aquélla otra referencia, disimulada pero perfecta en la conjunción de sexos, de la ermita homónima de Río Lobos.

Pero dejando a un lado una aparente frivolidad, cuyo sentido real, se crea o no, probablemente en la mente e intenciones del cantero distaba mucho de reducirse a una simple cuestión de promiscuidad sexual, no deja de llamar la atención el detalle, sin duda no provocado, de que la iglesia en sí constituye un pequeño e imaginario no man's land o tierra de nadie, que divide en dos a un pueblo en el que los fantasmas del pasado y del futuro, parecen mantener un pulso épico por una hegemonía vital. A un lado, allá donde las paredes del Ayuntamiento se pavonean con un decoroso y puede que reciente lavado de cara y los cables del tendido eléctrico soportan inmunes guirnaldas de fiesta, edificios de colores llamativos atraen la atención de propios y extraños desde los cimientos de su arquitectura novísima. Una arquitectura que, posiblemente tendente a una comodidad cuyo precio (entre comillas) es el aislamiento, tira el guante a esa otra arquitectura, más cercana, rural y tradicional, que hacía de nuestros pueblos, lugares hermosamente pinturescos y eran el non plus ultra de experimentados albañiles, cuyas técnicas, hoy en día, prácticamente se han perdido.

Es precisamente en ellas, donde uno todavía encuentra detalles con sabor a recuerdo; recuerdos, quizás, de la propia infancia, donde la colada, lejos de constituir un tabú entre los vecinos, era una cosa tan natural como ir a la compra todos los días o ponerse a hacer calceta en la puerta del portal. Juro que no hay morbo alguno en ésta observación, sino respeto; y quizás, también, ¿por qué no decirlo?, un agridulce deje de nostalgia. No voy a cometer el error de decir, ni convencido ni con la boca chica, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni siquiera lo pienso. Pero sí es cierto que estos detalles, a veces me hacen pensar que todavía hay esperanza para un mundo enloquecido, que parece que cada día oposita más a convertirse en una sociedad fría, estéril y anodina -tipo Blade Runner- donde lo único que no está prohibido es prohibir, y donde conceptos como vecino, equivalen a ser confundido con un replicante y ser perseguido y exterminado sin piedad. Ahora pregunto, sobre todo a los que vivimos en grandes capitales: una vez perdidos los vecinos de toda la vida, ¿conocemos a nuestros nuevos vecinos?.

Pero, en fin, yo sólo quería hablar de un pueblo y es posible que al final, sin pretenderlo, me haya dejado influenciar por los humores de la cercana depuradora de purines.




jueves, 15 de septiembre de 2011

Por tierras de Almazán y Gómara: Villalba

En realidad, desconocía la existencia de este pueblecito, y su hallazgo obedece, si he de ser sincero, a un despiste de circulación. A veces ocurre; la torpeza es un defecto que nos puede alcanzar a todos en un momento determinado, sin previo aviso. A mí, me alcanzó en Almazán, un poco antes del desvío hacia Gómara y Ágreda, haciéndome tomar la dirección de un lugar interesante, pero ya conocido, al menos superficialmente: Morón de Almazán. No era cuestión, evidentemente, de dar la vuelta en cualquier lugar, y como tiempo tenía hasta la hora de comer -había aceptado honrado y gustoso una invitación en tal sentido en Villasayas, aprovechando las fiestas patronales y las actividades lúdico-culturales que las acompañaban- poco, o mejor dicho, nada me importaba recorrer los cuatro o cinco kilómetros que distan hasta un pueblo de relevante historia, como Morón. Entonces lo ví, hacia la izquierda, asentado en unos campos dorados por el sol, dentro de un entorno de secano en nada parecido a esa otra población, sinónimo de opulencia, situada en la Sierra Norte madrileña.

Dado mi interés por el Arte en general, y el románico en particular, me dejé llevar, lo admito, por la torre del campanario, situada prácticamente al final del pueblo, interesado en echar un vistazo, aplicando el dicho de que nunca se sabe. No quedaba mucho románico que ver, eso salta a la vista en las imágenes que conforman el vídeo que acompaña a la presente entrada. Y no obstante, aún así, no deja de ser siquiera un dechado de buena suerte tropezarse con algún elemento que, aunque aislado, denota cierto estatus de interés. Por ejemplo, bien a la vista sobre uno de los ángulos del murete de la iglesia, una estela funeraria con una inconfundible cruz paté grabada en una de sus caras; o un formidable sarcófago de piedra, medieval sin duda, colocado a la intemperie, como un circunstancial abrevadero en días de lluvia, ocupando un rincón del patio anexo a la iglesia.

Es cierto, por otra parte, que no pude entrar en el interior de ésta; pero también es cierto, lo locuaz e interesante que simplemente resulta su advocación, posiblemente única en la provincia: de Santa Quiteria. Una santa oscura, torturadora de demonios -es frecuente encontrársela representada, tirándoles de los pelos- y hasta cierto punto más que misteriosa, que me evoca anécdotas divertidas relacionadas con la iglesia de Santa María de Siones, en el Valle de Mena, y una cripta a su figura dedicada, en el emblemático castillo oscense de Loarre. Santa que, además, suele ir acompañada, de alguna manera, por una totémica mascota, determinativa de algunas de las hermandades canteriles medievales, como es el perro o el lobo. Animal compañero o asociado, a la vez, con el que posiblemente sea el más emblemático de los dioses del panteón celta: Lug.

Pero el Arte, aún lejos del románico y sus encantos, está también a la vuelta de la esquina; y resulta fácil de vislumbrar para aquellos que no les importe mirar detrás de las apariencias y se dejen llevar por la melancólica presencia de algún edificio en ruinas. Obviaré la presencia de una segunda estela funeraria, tan deteriorada por la acción del tiempo, he de suponer, que resulta imposible vislumbrar siquiera un mínimo retazo del simbolismo que un día lució. Se localiza encima de una fuente -creo que la única que vi en el pueblo- pegada a la pared de una casa de saludable aspecto. Siguiendo, precisamente, esa calle, es difícil no sentirse engatusado por ese otro Arte desplegado en la arquitectura civil, y en este caso, además rural. Poco importa el detalle del pésimo estado de conservación de las casas, si aún así, podemos recibir una lección de las técnicas ancestrales que dignamente aplicadas vieron crecer en su interior numerosas generaciones. Algunas, por su aspecto y materiales, nos redordarán ese mismo barro, generoso en la comarca, que levantó incluso respetables fortalezas, como el desdichado castillo -y digo desdichado, porque si ya tenía un pésimo estado de conservación, la inclemencia del tiempo durante este año hizo que se cayese otro de los lienzos- del cercano pueblo de Serón de Nágima.

Pero si esto me llamó enseguida la atención, no puedo por menos que reseñar la grata sorpresa que me llevé al contemplar el interior en ruinas de una vieja casona. Una vieja casona, que mostraba en las paredes de su armazón interior, uno de los ejemplos más puros de arquitectura mudéjar que he podido contemplar -imagino que los habrá en numerosos lugares de la Península- fuera del ámbito propio de los templos, y caracteristicos, sobre todo, en Aragón. Me refiero a aquélla técnica denominada como de espiga, precisamente porque los ladrillos se superponían formando esa inequívoca forma, modelo, como no podía ser menos, de la Naturaleza.

En resumen, en Villalba y gracias a un despiste, puedo decir que aprendí que no hay pueblo, por pequeño que sea e independientemente del estado en el que se encuentren muchas de sus casas, que no esconda alguna maravilla y ofrezca alguna sorpresa inolvidable.


[Como se ha realizado mientras terminaba la entrada, sugiero echéis un vistazo al inestimable comentario de Lima, quien, como suele ser habitual en él, aporta unos datos muy interesantes, que por supuesto desconocía, pero que me comprometo a investigar en un futuro, espero que no muy lejano]


lunes, 29 de agosto de 2011

Fiestas Patronales y Exposición de Cuadros del Taller de Pintura de Villasayas



Durante el fin de semana y con motivo de sus fiestas patronales, Villasayas se ha vestido de gala, organizando una serie de eventos lúdico-culturales, especialmente diseñados para el disfrute de grandes y pequeños. En el caso de estos últimos, casi resulta obvio describir la enorme expectación despertada por ese pequeño mundo fantástico creado a base de colchonetas de aire de distintas formas, incluída la de un divertido dragón; la magia física de la esfera armillar o los sueños velocípetas y competitivos desplegados por los infantes en el pequeño circuito de cars a pedales, preludio en un futuro -¡quién sabe!- de un pródigo campeón soriano en la Fórmula Uno, que tanta pasión despierta hoy en día.

Sin duda novedoso en mi caso resultó asistir, por cierto, a la sacada en procesión de la Virgen del Rosario, de cuyo balancín fueron portadoras cuatro féminas del pueblo en lo que, esperando no ofender con mi ignorancia, he de pensar que quizás obedece a alguna tradición determinada de la que, lamento igualmente decirlo, entre unas cosas y otras, se me olvidó preguntar. Ahora bien, de lo que sí que puedo dar fe -y esto creo que lo entenderá cualquier persona interesada en el Arte en general, y en el románico de la provincia en particular- es de que tanto la Virgen como sus galanas portadoras, salieron por un pórtico, cuya calidad y reminiscencias hemos de situar, creo que acertadamente, en la Verde Erín, y que, por supuesto, lo hacen único en la provincia.

Únicas, por otra parte, son también las presentaciones y las conversaciones al calor de un vermouth o de una cerveza sin alcohol, en mi caso, que conllevan la oportunidad de conocer a personas agradables -como la señora de don Manuel Antón, alcalde de Villasayas, cuya conversación a la sombra, en la puerta del bar, intercambiando fuego y cigarrillos fue de lo más amena- que consiguen el curioso efecto de hacerte olvidar que en el fondo eres forastero, haciéndote sentir como en casa.

Pero faltaría totalmente a la verdad, e incluso a la honestidad, si no mencionara aquí a la persona cuya amabilidad y buen hacer, ya me sorprendieran hace dos años, cuando me franqueó el acceso al interior de la iglesia de Nª Sª de la Asunción: Edelia García. Recuerdo que en aquél entonces, me acompañaba un estupendo grupo de amigos -amigos entrañables, con los que ya llevo compartidos muchos kilómetros y muchos lugares interesantes- que pongo aquí como testigos, pues quedaron tan encantados como yo de la visita, y sobre todo, del trato recibido. Trato, no obstante, que no ha de considerarse como una cuestión intrascendente, sino como algo meritorio y ejemplo a seguir, que dá buen nombre al lugar y a la provincia. En ese sentido, me gustaría que tomara ejemplo la persona custodia de la llave de la iglesia del vecino pueblo de Caltójar. Lo siento, pero tenía que decirlo, siempre desde el punto de vista, espero que educado, de que lo cortés no quita lo valiente. De la invitación a comer, Edelia, aunque ya lo sabes, no tengo inconveniente en reiterarlo de manera pública: no quedó ningún detalle al azar y todos los platos estaban exquisitos. ¡Palabrita de mi estómago!.





Ahora sí, ahora toca hablar de un evento cultural, que merece especial atención: la Exposición de Pintura de las integrantes del Taller de Villasayas. Soy de la opinión, y critíqueseme si se quiere, de que todo viaje cultural constituye un estímulo de la imaginación, que libera y atrapa sentimientos. Libera las emociones personales y atrapa aquellas otras que el artista -en este caso, las pintoras-alumnas de don Jaime del Huerto- han sido capaces de transmitir en sus óleos, independientemente de los modelos y motivos. Con referencia a ello, me quedo con una frase de don Antonio Ayan (1) que, explicando a todos, autoridades incluídas (2) la forma tan similar como había conocido a Edelia y había entrado en contacto con las actividades del Taller, dijo, refiriéndose a la parte artística: lo que importa del Arte, es la Humanidad del Arte. Creo que es una frase que lo dice todo, y sinceramente, me impactó.

Como se ve en el vídeo, y todas las artistas podrán constatarlo, con mayor o menor suerte fotográfica -mea culpa-, figuran todos los cuadros que se expusieron el pasado sábado. Y como todos podrán también observar, creo que el talento salta a la vista. No importa el motivo elegido por cada autora: paisajes, bodegones, objetos vivos o inanimados hablan el más nítido de todos los lenguajes conocidos, el de la percepción. Es éste un lenguaje tan rico, que nos cautiva de muchas maneras: nos cautiva por el color; nos cautiva por las formas, por la profundidad, pero sobre todo, nos cautiva por los detalles. Repito lo que le dije a su autora hace algunos meses cuando lo vi expuesto en su blog: me gusta la ternura desplegada en esa escena familiar, humilde, donde destacan los numerosos remiendos en los viejos pantalones del muchacho, o los de los vestidos de las hermanas, e incluso de la madre, denotando una pobreza que bien nos recuerda las calamidades de estos tiempos de crisis, y sin embargo, en sus gestos, en la manera de acariciar a los gatitos despliegan un derroche sorprendente de ternura. Me llama la atención, la perfección del lirio, su forma perfecta, su blanquínea pureza. La madurez del racimo de uvas -recordemos que el primer viticultor fue Noé y el fruto de la uva siempre ha sido considerado, a pesar de los pesares, una bebida sagrada- con sus hojas vestidas con la gasa perecedera del otoño. Ese rostro de mujer, indefinido, pero la profundidad de cuyos ojos cautiva con el más misterioso de los universos matriarcales...Y así podría seguir, sacándole detalles a todos y cada uno de los cuadros expuestos. Pero la entrada sería interminable, aunque el placer grande. Sólo me resta, pues, felicitar muy sinceramente a todas y cada una de las integrantes del Taller de Pintura de Villasayas, animarlas a continuar pintando, tentarlas a innovar, a retarse siempre a sí mismas y decidir ir más allá, a continuar explorando con sus pinceles, y sobre todo, a seguir poniendo la ilusión que, como un derroche de talento, me ha dejado un grato sabor de boca este fin de semana.

Y para terminar, sólo quiero añadir una cosa más: cuando hablo de talento, que quede claro que lo hago desde el punto de vista amateur y personal; lo cual no es otra cosa que reflejar proporcionalmente la emoción que me produce el visionado, lejos, desde luego, del punto de vista experto -que no poseo- afín al ámbito magistral de la técnica empleada.




(1) Vicepresidente del Real Círculo Artístico de Barcelona.


(2) Aparte del alcalde, don Manuel Antón, estuvieron en la exposición -aunque realmente venían a la inauguración de un nuevo frontón en el pueblo- el Presidente de la Diputación y el Delegado Territorial de la Junta.

miércoles, 24 de agosto de 2011

De Fuentegelmes a Mezquetillas




Andar por andar andando, caminar por caminar...Como dice la conocida canción de Alberto Cortéz que complementa el vídeo, llegué a Mezquetillas acompañado de un sol de justicia; ese mismo sol que, hace un milenio, calentaba también el adobe y la piedra de la guarnición árabe asentada sobre el lugar, cuando los reinos cristianos apenas comenzaban a bostezar y el desierto del Duero constituía una frontera natural difícil de conquistar y mantener. Algunos kilómetros atrás, quedaba Fuentegelmes y su enigmático dintel. Y también Romanillos de Medinaceli, lugar donde tomé el desvío, con su imponente iglesia-fortaleza -una de las pocas, poquísimas en la provincia que luce un crismón en el tímpano de su pórtico de entrada-, sus tumbas antropomorfas, y cómo no, ese literario mar de espigas que conforman sus numerosos crucetas de piedra y que levanta suspicacias con aquél otro pueblo vecino, aunque en tierras de Guadalajara, que se llama Romanillos de Atienza.

[continúa]




miércoles, 17 de agosto de 2011

Regreso a Fuentegelmes

¿Han muerto las cigarras en los campos de Castilla?, recuerdo que pensé apenas aproximándome a Fuentegelmes, una hora más o menos después de abandonar la capital soriana con un nuevo chasco en el Museo Numantino acerca del paradero del famoso efebo de Tiermes. Pasaban algunos minutos del mediodía y el sol, pleno por encima de un horizonte azul celeste, comenzaba a hacer justicia sobre unos campos en los que se alternaban labor, barbecho y monte bajo, con requiebros, collados y encrucijadas, largo tiempo ha utilizados por Almanzor en sus expediciones de arrase y conquista. Dejé el coche en la plaza, muy cerca de la ermita-humilladero cuya estructura, cuadrada y sin apenas florituras, no difiere en absoluto de otras que he visto a lo largo y ancho de la provincia, aunque con la diferencia de que en ésta, alguien colocó en su día una canasta de baloncesto en la fachada. Tampoco los palomares, algunos de ellos, por no decir todos, medio hundidos y silenciosos, mortalmente heridos por la estocada impía del tiempo y el abandono, que apenas difieren de aquéllos otros que, en mejores condiciones, dan la bienvenida al viajero que entra en Yelo, según viene de Medinaceli.

Apenas me apeo del coche, observo a un longevo vejete que permanece sentado a la sombra, junto a la puerta de su casa, meditativo en algún universo particular, con las manos, rugosas y nervudas como las raíces de un viejo roble, firmemente cerradas sobre la empuñadura de su bastón. Un bastón sencillo, sin florituras, y desde luego desprovisto de símbolos de maestría, a excepción de esa forma curva de la empuñadura que, de alguna manera, pretende emular a los báculos de los pontífices. Algunos pájaros evolucionan, ruidosos, por encima de los tejados de las casas aledañas a la plaza y el viento, apenas perceptible, como el parpadeo de una cerilla, arrastra consigo el rugido monótono de una máquina en las cercanías. Un breve saludo y un corto trago de agua, después -posiblemente hubiera sido más largo, de no tener a esas alturas las características termales de un caldo- comienzo una breve exploración por las calles del pueblo. En realidad, me interesa especialmente una, que no tardo en localizar, donde se encuentra una casona, con aspecto de llevar cerrada mucho tiempo, pero en cuyo dintel, un enigma del pasado me hace volver una segunda vez a Fuentegelmes. Mi anterior visita, dos años atrás y motivada por las circunstancias de entonces, fue tan breve como el paso por el firmamento de una estrella fugaz. No obstante, esto me recuerda, echando un vistazo en derredor, que por las calles del pueblo sobrevuelan, sin orden ni concierto, esos espíritus familiares que ya describiera con maestría Charles Dickens en una sus obras inmortales (1), los cuales no serían otra cosa que los fantasmas del Pasado, del Presente y del Futuro.

Independientemente de las inscripciones correspondientes al siglo XVII, que bien pudieran haber sido realizadas sobre la pieza ya existente y de posible labra varios siglos más atrás, el dintel muestra dos serpientes, una a cada lado de una cabeza que, a simple vista y dejándose llevar por la imaginación, podría corresponder al misterioso y poco comprendido baphomet de los templarios. De hecho, en los sillares que conforman el cuadrado de una pequeña ventanita, aún se puede apreciar una pequeña cruz paté, encima de la cuál, un no menos pequeño triángulo deja pensamientos trinitarios, cuando no masónicos en el aire. Más o menos éstas eran las preguntas que me estaba formulando, procurando atisbar todos y cuantos detalles se ponían a tiro del objetivo de mi máquina (2), que apenas me percaté de otro vejete que subía parsimonioso la cuesta y que, después de un breve saludo y viendo mi interés, se ofreció como cicerone:


- ¿Has visto las serpientes y la cabeza del diablo?, -me dijo.


Ante mi afirmación, y mi pregunta de si había más símbolos parecidos por las casas del pueblo, el vejete ladeó la cabeza a uno y otro lado, y contestó rotundo:


- No, no hay más. Tan sólo una custodia en una de las casas de ahí arriba.


Reconozco que aquello me desilusionó un poco, por cuanto que esperaba encontrar algún detalle histórico más, de los que tanto abundan por los pueblecitos de Soria, y que conforman un puzzle histórico y milenario que muchas veces se nos escapa por la rapidez de la visita a un lugar. No obstante, me sentía sumamente intrigado, y aprovechando la oportunidad y buena disposición del hombre, le pregunté si sabía qué había sido este edificio en el pasado:


- Aquí hubo en tiempos, un convento de monjas, -me contestó, sin apenas darle importancia al detalle.


Agradecido, me despedí de él y continué mi pequeña exploración, dirigiéndome hacia el lugar señalado, aunque haciéndolo por la parte de arriba, por encima de la iglesia, en una zona donde, como he dicho, a juzgar por el estado de los palomares y de los tejados de algunas casas más abajo, bien se podría considerar como el feudo del fantasma del Pasado.

Situada muy cerca de la parte dominada por el fantasma del Presente, a juzgar por la imponente fachada de la Casa Rural La Posada de Almanzor, la custodia no era exactamente tal, sino una cruz monxoi o monte del gozo, que me pareció curiosamente reveladora. Una segunda cruz, en forma de crucero y situada a las afueras del pueblo, me indicó que, de alguna manera, aquél pueblecillo cuya historia en la actualidad pasaba sin pena ni gloria, situado entre Villasayas y Bordecorex, tuvo que ser, en tiempos, un lugar de cierto interés y cierta relevancia, no exento, tampoco, de la presencia de ciertas órdenes medievales cuyo recuerdo, como el enigma histórico de la muerte y enterramiento de Almanzor, permanecen sumergidos en los profundos ríos de la Historia.








(1) Charles Dickens: Cuento de Navidad.


(2) Sirva como anécdota añadir que ese día, precisamente, estrené la vieja Nikon regalo de un gran amigo y Maestro: Don Rafael Alarcón, y me congratuló hacerlo, vaya en su honor, aunque es de él conocido, con un posible enigma templario.

lunes, 8 de agosto de 2011

Ángel Almazán: anfitrión en El Burgo de Osma



Dejando aparte un conocimiento virtual que se remonta a un par de años atrás, ayer domingo tuve la oportunidad de conocer en persona a alguien que yo definiría, con conocimiento de causa ahora, como un soriano de raza y condición: Ángel Almazán de Gracia. Nacido en la vecina localidad de Tajueco, en 1958, este periodista y escritor ha realizado, bajo mi punto de vista, una impresionante labor cervantina, aireando sorianía por los cuatro puntos cardinales. Trabajo que no siempre se ve gratificado -he aquí uno de los estigmas del buen escritor- porque según me confió, hace algunas semanas, nadie es profeta en su tierra. En realidad, no termino de estar muy de acuerdo con él, más que nada porque, a lo largo de los cuatro años de existencia de este blog, son numerosas las personas con las que me he encontrado durante mis desplazamientos por la región, que me lo han puesto como referencia, e incluso, también como ejemplo a seguir. Y hasta cierto punto, reconozco que sus libros me sirvieron, en un principio, como una magnífica guía para ir descubriendo una provincia rica en matices, hasta el punto de que esa riqueza se fue convirtiendo en fascinación, y a la vista está que dicha fascinación continúa y el blog tiene visos de llegar a una longeva, y espero que fructífera existencia.
Por otra parte, ahora que nos conocemos, ¿qué opinión me mereció Ángel Almazán?. Dejando a un lado el inusual detalle de que llegué a las inmediaciones de la catedral burgense con el tiempo justo para no herir a la puntualidad -nadie está libre de dormirse alguna vez- y poco menos que resollando como un búfalo, el Ángel que me encontré platicando en la terraza de un bar, a la sombra de los soportales, no tardó en mostrarse como realmente es: afable y campechano. Un hombre que yo definiría -dejando la política y sus falsas mieles aparte- como del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, como esos primeros padres que legaron a un naciente país una Constitución cuyos auténticos valores resultan tan desconocidos, por poner un ejemplo, como las inconmensurables maravillas que se atesoran en la catedral. Pero claro, todas estas impresiones, surgieron después del primer café, ese que uno añora todas las mañanas como el campo añora el agua en primavera.

Una buena forma de conocer a una persona, o siquiera llegar a tener unos atisbos sinceros de cómo es en realidad, puede obtenerse en vista a sus expresiones o reacciones cuando se enfrenta a una obra de Arte. Resulta agradable ver cómo la emoción fluye a través de unos labios eruditos cuando comentan un capitel románico; o un retablo gótico; o una escultura renacentista que convierte el frío mármol en viva carne; o las señales ocultas en un cuadro; o las particularidades masónicas de esa capilla de Palafox, que pudo haber desplazado a Santiago como Patrón de España si no hubieran intervenido los jesuítas; la lápida sepulcral, extraordinariamente labrada, que muestra a un enigmático maestro cantero con la plomada en las manos. La pasión reflejada en la leyenda de ese magnífico Cristo del siglo XII, el Cristo del Milagro o la intensidad con la que contempla a esa emblemática Virgen del Espino, Patrona de El Burgo y hermana tradicional de la homónima que se conserva en Barcebal. Y aún más, incluso lejos del ambiente estricto de la sagrada intolerancia hacia otras fotos que no sean las que revierten el milagro del pan y los peces en las arcas catedralicias, oír un corazón palpitando en unas calles que ofrecen a propios y extraños una longeva historia en sus edificios más añejos, en sus espléndidos soportales, en su variedad de heráldica seglar...

Curiosamente, hablamos de casi todo, menos de ese tema concreto cuyo interés, en cierto modo, nos hermana: la Orden del Temple. Y sin embargo, parte de ese deseo de conocernos personalmente, se basaba en la reciente publicación de un libro que recoge años de investigación en un lugar, distante, aproximadamente, 15 kilómetros de El Burgo de Osma que despierta pasiones: el Cañón del Río Lobos.

No puedo dejar pasar la oportunidad, sobre todo porque estoy convencido de ello, de que ésta Guía Templaria de San Bartolo en Río Lobos, será acogida con el mayor interés, pues aporta una gran cantidad de datos sobre la presencia templaria en uno de los lugares naturales más hermosos de la provincia. No me cabe duda, Ángel, de que tal y como deseas en tu prólogo, la presente edición que nos ofreces, nos servirá de Guía en nuestro Caminar.

Por lo demás, muchas gracias por tu extraordinaria amabilidad en mostrarme, aún con más profundidad, la belleza de una ciudad que se engalana para los San Roques.

Para las personas interesadas en adquirir el nuevo libro de Ángel Almazán:


Editorial Sotabur, S.L.


C/ Eduardo Saavedra, 4, 5ºA


42004 Soria


Teléfono: 975.22.82.87



sábado, 6 de agosto de 2011

Exposición de Cuadros del Taller de Pintura de Villasayas

Los próximos días 27 y 28 de agosto, coincidiendo con las fiestas y la inaguración del nuevo frontón en Villasayas, se procederá a la apertura de un acto de eminente carácter cultural, promovido por la Escuela de Pintura de ésta localidad. A la exposición, asistirán, también, representantes de otras escuelas de pintura de la provincia que, en conjunto, ofrecerán una muestra de ese Arte, íntimo y personalizado, que con anterioridad hemos tenido ocasión de admirar en lugares tan emblemáticos como el Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta.

Recomiendo la asistencia a este evento, porque en mi opinión, representa un símbolo potencial más de la riqueza cultural de una provincia rica en expresividad y tradiciones, aunando, además, el aliciente de poder contemplar, de paso, una de las mejores portadas no sólo del que bien podría denominarse como románico soriano, sino, también, del románico español: la de su iglesia parroquial de Nª Sª de la Asunción. Portada poco menos que única en la provincia en la que, haciéndome eco de las opiniones de algunos investigadores que tengo el honor de conocer, se localizarían elementos de inequívoca influencia irlandesa.

Como también tengo el inapreciable honor de conocer, si no toda, al menos sí una buena parte de la obra de Edelia García, una de las pintoras representantes de este taller de Villasayas, no me cabe duda de que la exposición resultará todo un éxito, en base a esa mirada interior, personal y distinguida en los detalles, cuya muestra se puede atisbar clicando en la imagen inferior y accediendo a su magnífico blog:






domingo, 10 de julio de 2011

Et in Arganza ego



'Si para todo hay término y hay tasa

y última vez y nunca más y olvido

¿quién nos dirá de quién, en ésta casa,

sin saberlo, nos hemos despedido?'.

[Jorge Luis Borges (1)]


Hay quien opina que nada muere del todo; incluso que la muerte, como tal, no existe, porque todo es materia y la materia, al fin y al cabo, no se crea ni tampoco se destruye: tan sólo se transforma. Es una ley elemental de la Física, que bien pudiera aplicarse -¿por qué no?- a la condición actual de algunos lugares. Qué duda cabe de que Soria es una provincia repleta de matices. Matices buenos y malos, pero matices al fin y al cabo, que hay que valorar y procurar entender. Quizás, dentro de lo que humanamente hemos de considerar como malos e indeseables, se encuentran aquellos referidos a la suerte que corren algunos pueblos. Pero la diosa Fortuna, a imagen y semejanza de la diosa Justicia, suele cerrar también los ojos, aunque no se la represente con una venda sobre ellos, dando cumplida cuenta de su absoluta indiferencia a la hora de repartir suertes. Me refiero, como es obvio, a un problema que aquí, en Soria, y a pesar de los pesares, cobra una dimensión especial: los despoblados. Es difícil no tropezarse con alguno, cuando se recorre la provincia, y su visión, salvada la curiosidad inicial, siempre conlleva los mismos síntomas: una profunda tristeza y un amargo sabor de boca.
No obstante, por alguna curiosa razón -que intentaré explicar, siquiera echando mano de esa visión poética que suele venir acompañada en algún momento de ternura- el caso de Arganza siempre me ha llamado poderosamente la atención. Creo que con ésta, han sido ya tres las veces que me he dejado caer por allí, y deambulando entre sus silenciosas casas, muchas de ellas invadidas por la maleza -como las ciudades misteriosamente abandonadas en las junglas del Yucatán por los mayas-, he llegado a tener interesantes conversaciones a solas con mi imaginación.

Es muy posible que sirva como aliciente a la percepción, conocer la situación geográfica en la que se ubica Arganza: en las estribaciones del impresionante Cañón del Río Lobos, a 9 kilómetros de distancia de Santa María de las Hoyas -el nombre es indicativo claro de las características del terreno- y a 49 kilómetros de Peñaranda de Duero, ya en la provincia de Burgos. Tres o cuatro kilómetros más adelante, se localiza el puente de los Siete Ojos, punto principal de destino de todos aquellos que, recorriendo a pie esa imaginaria cola de dragón que conforma la propia orografía del Cañón, deciden continuar más allá de la ermita templaria de San Bartolomé, la Cueva Grande y sus misterios, el primitivo altar que se asienta algunos metros antes de llegar a ésta, y el lugar donde, una vez pasado un promontorio al que varias pequeñas cuevas le dan el aspecto de una cabeza de fantasma, los monjes realizaban cuidadosas labores de apicultura. La magia, pues, está servida, para darnos una idea, por lo menos aproximada, del entorno tan especial en el que se ubica este singular despoblado.

Y no obstante, bien mirado, el caso de Arganza bien que pudiera considerarse como atípico; porque, retomando la cuestión que comentaba al principio, sería legítimo añadir que Arganza se ha convertido, por decisión expresa de los propios vecinos -la mayoría, residentes en San Leonardo de Yagüe, apenas a un kilómetro de distancia- en un verdadero santuario. Un santuario al que acuden a menudo, sin duda para pasear y encontrarse a solas con unos recuerdos que más que en la sangre, se alojan conmiserativos en un rincón del alma, como diría la canción.




En el alma queda, por otra parte, la visión de una arquitectura rúnica descabalada -no es un hecho banal, reseñar la presencia en las estructuras de muchos edificios rurales, de formas equivalentes a este antiquisimo alfabeto de origen nórdico, algunos de cuyos símbolos los vemos constantemente labrados en los sillares de numerosos templos, sobre todo, románicos- que va siendo progresivamente invadida por una foresta que quizás reclame privilegios milenarios, una vez retirado el hombre.

No muy lejos de la fuente de agua potable, como indican los guijarros en el suelo, hay una casa de paredes blancas al lado de cuya puerta, blancos también, una mesa de piedra y cuatro banquitos siguen igual a como los ví en mi anterior visita, hace al menos dos años: dispuestos para recibir un mantel sobre el que depositar una bandeja con una tetera y cuatro tazas.

Por encima del altozano, aunque algo más abajo del pequeño cementerio donde los deudos descansan al amparo de la Osa Mayor (2), la iglesia parroquial de San Juan Bautista guarda, de puertas hacia adentro, los enigmas de su arcana construcción. De orígenes románicos, tiene tapiada su galería sur; una galería cuyos capiteles, de excelente labra, en algunos casos similar a otros que se pueden apreciar en templos de provincias vecinas, conservan ocultos mensajes cuya auténtica trascendentalidad hace tiempo que se perdió: la figura enhiesta del gallo, relacionada simbólicamente con el Bautista; los grifos y su desesperante ambigüedad, como el sexo de los ángeles; la influencia oriental plasmada en las dos leonas devorando a su presa, o los motivos foliáceos o de índole netamente vegetal, que nunca faltan en la imaginería románica, recibiendo en conjunto, aunque emparedados, como digo, a los extraños desde la profundidad de su mutismo, sempiternos guardianes de un mundo imaginario que se perdió para siempre en los ríos a veces turbulentos de la Historia.

A pie de carretera, y paralelo al pueblo, un riachuelo deja atrás la ermita de la Virgen de la Vega -cuya titular, entronizada y de pequeñas dimensiones se guarda en la parroquia de San Sebastián, el mártir asaetado, en San Leonardo de Yagüe- alejándose con parsimonia en dirección a Santa María de las Hoyas; la hojarasca y las florecillas depositadas en su superficie hacen que el agua, incansable trazadora de caminos, forme colas de sirena que adquieren una tonalidad plateada en contraste con el sol. Apenas se oye el susurro del agua, e incluso el viento, solidariamente suave, también, apenas es capaz de mecer las hojas de los árboles cercanos.

En ésta ocasión no lo he visto, pero me pregunto si todavía, allá, en la primera casa del pueblo, continúa viviendo un simpático vejete; aquél que en mi anterior visita se presentó como juez retirado de San Leonardo, y que me hizo algunas breves confidencias. Mientras pienso en ello, observando el espejo magnético del río, cual Alicia, a punto de penetrar en otro mundo, un coche se detiene junto a una de las casas, de paredes blancas, que aún mantiene cierto aspecto de estabilidad. De él se apean, no sin cierta dificultad, un matrimonio mayor, su hijo y un cánido que no para de olfatear el aire y mover el rabo de un lado a otro. En menos tiempo del que se tarda en contarlo, marchan paseando carretera adelante, hasta perderse, cual fantasmas heridos por la luz, tras el recodo de la curva.

De vuelta al coche para continuar la marcha, una curiosa frase acude a mi memoria: et in Arcadia ego (3). Cuando me alejo, poco me cuesta interpolar el nombre de Arcadia por el de Arganza. A fin de cuentas, poca diferencia hay entre la misteriosa tumba descubierta por los pastores del cuadro de Poussin y la memoria histórica dormida en Arganza: como la mítica Arcadia, Arganza duerme también su sueño eterno.


(1) Jorge Luis Borges: 'Antología poética', Alianza Editorial, 2ª edición en el Libro de Bolsillo, 1983, página 55.

(2) Quien tenga la ocasión de poder ver el cielo nocturno desde el Cañón y sus alrededores, apreciará que no es ninguna fantasía la visión de ésta emblemática constelación, conocida, también, como el Carro.

(3) Referencia a un cuadro del pintor francés Nicolás Poussin, 'Et in Arcadia ego', conocido, también, como 'Les vergiers d'Arcadie', 'Los pastores de Arcadia'.



domingo, 3 de julio de 2011

La cueva de San Prudencio




'- Quiero enseñarte a rezar; no todos sabéis hacerlo. No se reza con palabras, sino con las manos. Quien reza con palabras, pide limosna. No se debe mendigar. El alma ya sabe lo que necesitas. Cuando se juntan las palmas de las manos, la izquierda se encadena a la derecha en las personas. De este modo el cuerpo queda bien atado, y de las yemas de los dedos, dirigidas hacia arriba, se eleva, libre, una llama. Éste es el secreto de la oración, que no está escrito en ninguna parte.'

[Gustav Meyrinck (1)]



Lo reconozco: en mi anterior entrada dedicada a la ermita de San Saturio, he omitido a conciencia ésta parte, donde se muestra la cueva de San Prudencio. Y lo he hecho, simplemente, por el mero interés de mostrar en una entrada independiente, lo que bien pudiera considerarse un pequeño ejemplo de esos Colegios de Sabiduría, donde algunos personajes -que serían preeminentes en el futuro, como es el caso del propio Prudencio, que llegaría a ser obispo de Tarazona- acudían prestos a recibir instrucción, siglos antes de que los hombres soñaran con alcanzar a Dios, elevando hacia el infinito las agujas de sus monumentales catedrales.

En parte, la culpa también la tiene aquélla persona que ha tenido la brillante idea -me consta, que no hace mucho tiempo de ello- de colocar carteles informativos, señalando los lugares más relevantes del conjunto eremítico-eclesial de San Saturio, añadiendo, además, como novedad, la apertura al público de la casa del santero.

Ahora bien, como si de un diminuto ramal secundario del camino iniciático principal que desde el interior asciende hacia lo más alto de la ermita -dejando a mitad de ascenso, aproximadamente, el lugar donde el Maestro levantó un pequeño altar dedicado a San Miguel y donde se localizaron sus restos- recorriendo una imaginaria espiral que socavaría el corazón de la montaña, los escalones labrados en la piedra que descienden aún más al abismo donde se encuentra el habitáculo ocupado un día por éste laureado anacoreta, se localizan a la derecha, apenas recorridos una decena de metros desde la verja de hierro forjado que salvaguarda el acceso principal. Unos escalones, labrados en la dura superficie de la piedra, que giran bruscamente hacia la izquierda, como el codo de una tubería, dejando lugar a la visión, fantástica, no cabe duda, de un recinto no demasiado grande, pero suficiente para garantizar el aislamiento necesario para un anacoreta. En dicho habitáculo, no es difícil dejarse llevar por la imaginación y ver curiosas formas que, aún por efecto de la erosión -incluido ese lobezno cierzo que en invierno aúlla con furia, colándose por la abertura principal que, también enrejada, impide el acceso desde la ribera del río- recuerdan mágicos escenarios, como espinazos de dragón, tal vez semejantes, aunque a escala reducida a aquellos otros a los que, según la tradición, se retiraban en busca de sabiduría personajes que, a diferencia de nuestro Prudencio, su vida se balancea irremisiblemente entre la realidad y la leyenda. Tal puede ser el caso de Merlín, el más famoso de todos los magos, consejero de un no menos legendario rey, Arturo, conocedor, entre otras, cosas, de los secretos del telurismo; o de las wouivres, esas serpientes celtas que representaban las corrientes energéticas que se desarrollan en el interior de la tierra. En una cueva se topó también con portentosos prodigios nuestro más hidalgo caballero, Don Quijote de la Mancha; me refiero al episodio -seguramente de carácter iniciático, como muchas otras aventuras del personaje- de la cueva de Montesinos, donde se encontró con el espíritu encantado de un moro de igual nombre que aquél otro que, curiosamente, protagonizó un episodio mariano medieval que daría lugar a uno de los santuarios marianos más conocidos de la vecina provincia de Guadalajara: el de Montesinos, localizado en el Alto Tajo.

Y no obstante, dentro de los datos conocidos de la vida de San Prudencio, está aquél que refiere hechos que podrían ser considerados fantásticos también -dejando aparte las connotaciones milagrosas- pero que tienen precedentes no sólo en las acciones achacadas al Maestro de Maestros -Jesús- sino también a la vida de otros santos y santas: la capacidad de andar sobre las aguas; en éste caso, las del Duero. Detalle que ha quedado recogido en una parte de la colección artistica que se puede apreciar en la ermita y equiparable a las levitaciones de San José de Cupertino, a las experiencias místicas de Santa Teresa de Jesús o, por qué no, a las bilocaciones de la famosa Dama Azul de Ágreda: Sor María Jesús, que llegaron a levantar los clamores de la siempre peligrosa Inquisición.

Yo sólo me pregunto una cosa: si una visita a semejante lugar es capaz de traer a la mente tantas sensaciones, cuando no tantos arquetipos, ¿qué experiencias no conllevaría una vida en el lugar?. ¿Qué vivencias, qué sensaciones, una existencia más o menos prolongada en semejante aislamiento?. De cualquier forma, no deja de ser una curiosidad, así mismo, saber que existen representaciones de San Prudencio que lo muestran tal cual a su Maestro Saturio: únicamente de torso. Y sin pretender echar más leña al fuego, de momento sólo me resta añadir, que cada uno saque sus propias conclusiones; pero claro, no antes de dejarse caer un día por tan enigmático y a la vez emblemático lugar.




(1) Gustav Meyrink: 'El dominico blanco', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, marzo de 1987, página 14.

miércoles, 22 de junio de 2011

Viaje al corazón de San Saturio

'...abrí una ventana y respiré muchas veces. El Duero venía de la Sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológicas, y en él se reflejaban, con su exacto matiz de plata, los hitos de la chopera. No se veía un alma, no se oía un rumor. Pasó rato hasta que graznó una corneja y culebreó un barbo, deshaciendo por dos segundos la lámina del río. Me fijaba en las aguas, que luego viajarían por tierras de Burgos, Valladolid y Zamora, hasta acabar en la Lusitania, proporcionando la más bella de las disyuntivas: o dejarlas correr, acompañándolas en su periplo, o quedar quieto, bebiendo siempre el agua de San Saturio, que es la del río Razón y la del recodo de Numancia...'.


[Juan Antonio Gaya Nuño (1)]



Desde que lo leí por primera vez, hace ya algunos años, siempre he sentido una especial devoción por este capítulo del famoso Santero de Gaya Nuño, así como por otro párrafo, que le precede, en el que éste, reflexionando mientras se prepara para pasar su primera noche en la ermita, define al Santo Patrón como el primer santo surrealista, con busto cortado como en un college de Max Ernst. Creo que esto define muy bien lo que es el personaje en sí, así como el entorno en el que se ubica su ermita: misterio, belleza y surrealismo a raudales, regado por el mejor de los espirituosos naturales: el Duero. Quizás por eso, aún a riesgo de parecer pedante, sí que me gustaría hacer una pequeña recomendación a todos aquellos que estén interesados en conocer Soria: en primer lugar, les recomendaría leer el libro de Juan Antonio Gaya Nuño; y después, por supuesto, visitar San Saturio.

No es una recomendación baladí, desde luego, si tenemos en cuenta que el libro describe, con absoluta maestría y todo lujo de entrañables detalles, la idiosincrasia de una provincia en la que, aún a pesar de los pesares y de ese olvido gubernamental que la emparentan muchas veces con Teruel, se puede encontrar una riqueza cultural tan impresionante, que sería poco menos que un pecado no intentar siquiera concederse el beneplácito de conocer, al menos, algunos de sus lugares más emblemáticos e inolvidables. Sin duda, San Saturio lo es. Hasta el punto, de que una visita deja huella en lo más profundo del ser.

Un viaje, sin duda interesante, instructivo y reparador para el espíritu, a la vez que iniciático, que comienza dejando a ambos lados los fructíferos huertos que una vez, hace siglos, pertenecieron a los templarios y atravesando la puerta ojival que parte en dos lo que antaño fuera su impenetrable monasterio: San Polo. Hoy es propiedad privada, pero, si una vez atravesado el arco, nos situamos a la izquierda y con disimulo nos asomamos por encima de una pequeña verja de hierro, veremos, algunos metros más allá, y a ambos lados de un pequeño puente de madera, varias estelas funerarias que un día indicaron el lugar de reposo de algunos de los belicosos frailes-soldado que poseyeron y custodiaron con celo este lado de la ribera del Duero. Algunos metros más adelante, aunque situados ahora a la derecha, no obstante también en propiedad privada, veremos una cruz de piedra, escalonada, como si fuera una auténtica mont-joie que señala, según la tradición, el lugar donde el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, situó una de sus leyendas más conocidas: El rayo de luna.




Precisamente en algún lugar entre ésta cruz y el comienzo del paseo que Machado describió como de colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas y álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña, un tal Alkaest y una tal Polvorilla dejaron grabado, como cientos de parejas antes que ellos, un corazón con sus nombres: nombres de enamorados, cifras que son fechas.

El viaje continúa por este pequeño universo poético, sin perder nunca la perspectiva de una ermita colgada como un farol en la ladera del Monte de Santa Ana -téngase siempre presente, que la prolongación de este monte se convierte, una vez al otro lado del viejo puente medieval, velando esa incomparable obra maestra que es el monasterio de San Juan de Duero, en el famoso Monte de las Ánimas- unos doscientos metros más allá, donde el solitario Duero de Gerardo Diego traza, no obstante, según el pensamiento machadiano, una curva de ballesta en torno a Soria.

En la orilla, antes de llegar a ese arco de ballesta y muy cerca de donde el terreno se ensancha lo suficiente como para formar una pequeña playa, los esqueletos descarnados de algunos álamos asoman por encima de unas aguas apenas agitadas por un viento en calma, tan dulce y suave como una canción de cuna, que apenas mece las hojas de otros álamos que, aunque peligrosamente inclinados, hacen un esfuerzo titánico para no terminar vencidos, dejándose llevar por la corriente río abajo. Ese apego a la vida de éstos álamos de la ribera, me recuerdan el apego a la Tradición. Y la Tradición se empeña en hacer de la cueva esa primigenia escuela donde es preciso acudir para alcanzar un conocimiento superior.



La ladera sobre la que se asienta la cueva, es un auténtico útero materno que conserva, en el imaginario líquido amniótico de la memoria, una sabiduría milenaria que se transmitía de forma oral. Acceder a ella, es despojarse de los convencionalismos y dejarse llevar por esa humildad con la que las buenas gentes acuden a honrar a su viejo Patrón, recorriendo un viaje interior, que asciende desde lo más profundo hasta alcanzar lo más alto, saliendo otra vez a la luz del sol. Una renovación espiritual que conduce al neófito por un reducido universo de sombras, hasta alcanzar otra vez la gloria de la luz. En el camino, destellos de viejos cultos, que comienzan en esa emblemática sala que el pueblo heredó, la Sala de los Heros -o de los Héroes, tal vez un recuerdo olvidado de aquéllos mistéricos caballeros que un día guardaron el camino y la tradición trovadoresca quiso convertirlos en custodios del Grial- continúan por el lugar del hallazgo de aquél cuerpo santo, que pudiera ser el de San Saturio -la losa del sepulcro del Glorioso situada enfrente del altar de San Miguel, y ambos custodiados por el óculo que, localizado en lo alto de la pared de enfrente, atrae hacia el lugar las influencias del sol y de la luna- y finaliza más arriba, dentro del cuerpo principal de la ermita, de planta sagrada y octogonal, donde el Santo Patrón despide a los fieles, otorgándoles su bendición.


Quien se acerque a Soria y no realice esta visita, no entenderá nunca al Santero de Gaya, ni podrá decir, tampoco, que conoce Soria y a los sorianos.