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Paseando por la ribera de los poetas

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M uchos poetas lo alabaron. Algunos, incluso lo despidieron, lamentándose de que ya nadie a acompañarle baja ni se detiene a oír su eterna estrofa de agua (1). Otros, tanto o más melancólicos, lo acompañaron un trecho por su ribera, soñando bucólicos con iniciales que son nombres de enamorados, números que son fechas (2). Y aún hubo quien, cortejado por la Musa inquieta, supo arrancarle un rayo de luna (3), que por la noche se transformaba en una dona del auga , como dirían en esas tierras celtas del Norte, donde todavía la magia forma parte de la vida cotidiana. Fue el mismo poeta que, alejándose algunos metros de su cantarina orilla, imaginó una cruenta historia de fantasmas para conmemorar el Sammain celta bajo la piadosa forma de la noche de Todos los Santos. Es Júpiter, el Padre Duero; aquél, cuya sabia canción, posiblemente inspiró también a los alarifes mudéjares que soñaron unos arcos, a golpes de escuadra y cincel, que imitaban la magia de Dios. Y quizás también a aquéll...

Viaje al corazón de San Saturio

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'...abrí una ventana y respiré muchas veces. El Duero venía de la Sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológicas, y en él se reflejaban, con su exacto matiz de plata, los hitos de la chopera. No se veía un alma, no se oía un rumor. Pasó rato hasta que graznó una corneja y culebreó un barbo, deshaciendo por dos segundos la lámina del río. Me fijaba en las aguas, que luego viajarían por tierras de Burgos, Valladolid y Zamora, hasta acabar en la Lusitania, proporcionando la más bella de las disyuntivas: o dejarlas correr, acompañándolas en su periplo, o quedar quieto, bebiendo siempre el agua de San Saturio, que es la del río Razón y la del recodo de Numancia...'. [Juan Antonio Gaya Nuño (1)] D esde que lo leí por primera vez, hace ya algunos años, siempre he sentido una especial devoción por este capítulo del famoso Santero de Gaya Nuño, así como por otro párrafo, que le precede, en el que éste, reflexionando mientras se prepara para pasa...

Romance del Duero

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P oco antes del alba, en ese preciso, inatrapable instante en el que se cierra el portal de las leyendas y el rayo de luna que perdió al enamorado Manrique desaparece arrastrado por las aguas del Duero, el paisaje vuelve a dibujar otra vez un sendero tranquilo, que se difumina a lo lejos -incluso más allá de la ermita de planta octogonal que se asienta sobre la ladera del monte de Santa Ana- hasta fundirse con una quimera que, a falta de nombre mejor, conocemos como horizonte. D e igual manera, río y ribera se funden en un estrecho abrazo, íntimo, personal, atrapados en la engañosa superficie de un espejo, en el que dos mundos, lejos de chocar, simplemente se aparean y confunden como amantes inseparables. H ay algunas hojas caídas en el suelo, que apenas revolotean, pues aún el cierzo, cual doncella encantada esperando el beso del príncipe otoño, duerme profundamente allá a lo lejos, en las cimas encantadas del Moncayo, anciano de rostro severo que en cuestión de meses lucirá leonina y...