Una anécdota de San Bartolomé
Ocurrió el pasado sábado, día 11 de agosto, en el transcurso de mi segunda visita a la ermita templaria de San Bartolomé y su entorno en el Cañón del Río Lobos. Me complace pensar que soy una persona cuidadosa, observadora, que procura poner todos sus sentidos alerta cuando el tema merece una especial atención, y sin duda, éste lo merece. Pero he de confesar que la ermita de San Bartolomé, así como el entorno en el que está situada, me desborda por completo. Cuantos más y más datos creo encontrar, más y más datos, parádójicamente, se me escurren de entre las manos como el agua de una catarata que se precipita en el vacío. Hacía calor, aunque, afortunadamente, no tanto como durante mi primera visita, la cuál se produjo a finales de julio cuando el sol -posiblemente más 'cabreado' que de costumbre en esta época del año- estuvo a punto de hacerme pagar cara mi falta de planificación, en cuanto a proveerse de agua se refiere. Eran aproximadamente las dos de la tarde, y de pie junto...