miércoles, 26 de septiembre de 2007

Escenas de Soria (sensaciones II)



'-Me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas
a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún
día'.
[Antoine de Saint-Exupéry: 'El Principito']



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¿Qué hubiera pensado el Principito -me pregunto yo- al visitar el claustro románico de San Juan de Duero?. ¿Qué, al pasar debajo del arco de San polo, antiguo monasterio templario, y encaminarse, siguiendo el curso del Duero, hacia la ermita de San Saturio?. ¿Qué hermosa estrella vería iluminar esos milenarios arcos; esos enigmáticos capiteles; ese ancestral y romero camino?. ¿Qué idea no se le hubiera ocurrido, frente a la imaginación del maestro cantero medieval?. ¿Qué le hubiera dicho en silencio a San Saturio o qué hubiera escrito en el libro de firmas de la ermita?. ¿Qué favor le hubiera pedido al santo?. ¿En qué persona estaría pensando, o qué persona le hubiera gustado que le acompañara en su paseo?. ¿Se hubiera detenido, curioso, a leer las inscripciones que los enamorados, como viene siendo tradición, graban en las cortezas de los árboles?. ¿Hubiera lanzado una piedra desde la orilla del río y se hubiera entusiasmado viéndola rebotar una, dos, tres, o incluso cuatro veces antes de hundirse definitivamente en el fondo?. ¿O quizás se hubiera sentado tranquilamente en uno de los bancos, acompañado de un afable anciano que le contara, para su deleite, las maravillosas historias del lugar?.
Supongo que hubiera sentido y hecho de todo un poco. Al menos, esas sensaciones suelen acompañarme cada vez que visito ambos lugares y me embriago con su belleza, con su paz. Como al entrañable Principito, son muchas, también, las preguntas que me vienen a la mente. A veces, como a él, me gustaría encontrarme en el desierto o en cualquier otra parte del mundo, y tener la oportunidad de conversar con un piloto experto, aunque varado en tierra, que supiera explicarme el sentido de las cosas; hacerme comprender que nada -ni siquiera lo más ínfimo en esta vida- es casual.
Me hubiera gustado poder integrarme -como Antonio Machado- en el alma del paisaje y ver y escuchar 'esos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua', con los mismos ojos con que éste los contemplara y tener la suficiente sensibilidad -visión artística o genialidad poética, llámese como se quiera- para trasladar al papel, lo más fielmente posible, ese conjunto de vivencias, esas inolvidables sensaciones.
Recuerdo mi primera visita al claustro románico de San Juan de Duero. Sucedió a primeros de marzo, cuando la primavera -sin duda enfurruñada con el invierno, que había sido tardío y no parecía estar dispuesto a batirse en retirada- daba la impresión de no encontrar su sitio y lugar. Hacía frío aquella mañana y una densa niebla se extendía desde la orilla del río, elevándose sobre los muros del monasterio, e incluso más allá, cubriendo parcialmente la ladera pelada del Monte de las Ánimas.
Faltaba media hora, aproximadamente, para las diez de la mañana, momento en el que -de manera milimétricamente oficial, supuse- debería aparecer el guarda y abrir la cancela de la puerta. Junto a ésta, herido de muerte -puede que como el famoso olmo de Machado, aunque sin duda, con muchísima menos notoriedad- un centenario chopo asistía, impertérrito, a un conciliábulo de gatos que de alguna forma -sólo de alguna forma-, me recordaban las reuniones de las brujas momentos antes del aquelarre. Había tantos gatos, y eran todos tan diferentes, aunque parezca mentira, que pensé en una sorprendente 'Internacional Gatuna' que hubiera decidido hacer coincidir su reunión en Soria con el Centenario de Antonio Machado.
Jocosidades aparte, apenas pasaba un minuto de las diez de la mañana, cuando el guarda -aparcando su vapuleado Renault cinco blanco enfrente del chopo, junto al pequeño parque, para más señas- resolvió todas mis dudas, haciéndome volver otra vez a la realidad: se trataba, tan sólo, de una simple cuestión de mendicidad animal.
Es difícil encontrarse en un ambiente como el descrito -frío, nebuloso, solitario...argumentos para un excelente thriller-, y no echar una mirada retrospectiva hacia atrás; hacia esas horas de interesante lectura al calor del hogar, donde la narrativa de Gustavo Adolfo Bécquer te produce escalofríos, pensando que te encuentras en el lugar donde la leyenda deja entrever una sobrenatural resurrección de monjes templarios en la víspera del día de Todos los Santos, deseando vengarse de todo aquél que se encuentren en su camino. Luego, una vez en el interior del claustro, inmerso hasta las rodillas en una niebla que parece ser ley y física a un tiempo, gobernándose a sí misma a su antojo y capricho, mientras se desliza en fumarolas por todos y cada uno de los lugares del antiguo monasterio, la imaginación -ese duende burlón que todos llevamos dentro y que nos acompaña a donde quiera que vayamos- se manifiesta y comienza a hacer de las suyas.
Por fortuna, la niebla es solo un fenómeno físico, que no alberga -como el clásico de terror de John Carpenter- sorpresas sobrenaturales. Pero impone. Dejándose llevar por su magnetismo, se agudizan los sentidos, esperando ver una señal, una manifestación; en definitiva, algo maravilloso que nos devuelva ese mundo fantástico que perdimos con la pubertad. Hay quien se pasa la vida -supongo que yo, entre ellos- buscando ese mágico Mundo de Oz en el que cualquier cosa es posible. Si allí los espantapájaros y los hombres de hojalata hablaban, ¿por qué no esperar el milagro de que algún día las figuras de estos capiteles retornen a la vida que les insufló el artista medieval -como el rabino Loew con el Golem, leyenda que anima las noches románticas de Praga- y te hablen al oído, susurrándote sus secretos?.
Lo confieso: siempre que paseo por Soria, no dejo de sentirme, como el Principito, un niño cuya curiosidad quiere hacerle crecer.

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