jueves, 17 de mayo de 2007

Ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga (s.XI)







A medio camino entre las poblaciones de Caltójar y Casillas de Berlanga, la ermita mozárabe de San Baudelio, construída a finales del siglo XI, aguarda al visitante callada, recogida sobre sí misma en mitad de ninguna parte, celosa custodia de unos secretos arcanos, que ni siquiera la Arqueología moderna -ni aún haciendo acopio de todos los medios tecnológicos a su alcance- ha conseguido todavía descifrar. Bien es cierto que si el visitante, dejándose aconsejar por el guarda -las fotos con flash en el interior están prohibidas, y en esto el buen hombre es tozudo e inflexible- compra la guía de D. Agustín Escolano Benito al módico precio de 10 €, llegará a averiguar una provechosa cantidad de datos relativos a la parte exotérica, visible y no por ello menos llena de matices, que a buen seguro dejarán un agradable sabor de boca durante las tertulias con compañeros, amigos y familiares.
En plena huida de ese Madrid urbanita, atascado -no en vano, los viernes parece que todos nos ponemos de acuerdo para salir del trabajo a la misma hora, pretendiendo llegar a casa a la velocidad de la luz, aunque para ello tengamos que pasar por encima del vecino-, la primera vez que mis pies hollaron el entorno de San Baudelio, tuve la certera sensación de que el tiempo -ese padre homicida que va devorando sin piedad a todos y cada uno de sus hijos- me había transportado, sin yo pretenderlo, a otra época y lugar.
Una época y lugar -valga la redundancia, que por algo el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra- donde el hombre y lo místico parecían indisolublemente fundidos en el maravilloso atanor del Conocimiento. Y digo Conocimiento con mayúsculas, porque fueran quienes fueran los que diseñaron la ermita mozárabe de San Baudelio, dejaron testimonio entre sus muros de un saber cuya clave se ha ido perdiendo con el paso de los siglos.
Importa, y mucho -yo así lo creo- saber que quizás parte de esa clave se encuentre allende los mares, entre los muros celosamente custodiados del Museo de Bellas Artes de Boston, del Museo de los Claustros de Nueva York, en el Museo de Cincinatti o en el de Indianapolis. Quizás en un lugar más cercano a nosotros: en esas pequeñas muestras que llegaron al Museo del Prado en el año 1957 por intercambio con la iglesia románica de San Martín de Fuentidueña (Segovia), que fue trasladada piedra a piedra a Nueva York. Y es que esto forma parte intrínseca -en mi opinión- de un mal que aqueja a la sociedad española: su deprimente falta de memoria, así como la falta de esa clase especial de orgullo que conlleva ser plenamente consciente de que sus raíces se hunden profundamente en un pasado rico, cargado de matices, y sobre todo multicultural, que muchos países como Estados Unidos -que compran Historia a golpe de talonario- bien habrían querido para sí.
Y aún así -parece que mi 'redundancia' se está convirtiendo en una costumbre, por lo que pido disculpas-, a pesar de contemplar atónito lo que por fortuna el expolio de la bien llamada 'capilla sixtina' castellana no consiguió llevarse a un lugar que no le corresponde, no deja el visitante de preguntarse, contemplando la desolación del paisaje circundante, ¿qué sentido tenía una ermita en tal lugar?. ¿Por qué, precisamente en ese lugar -perdido en un océano de valles, montes y quebradas, donde ocasionalmente se ve a lo lejos el vuelo majestuoso de un ave rapaz- y no en cualquier otro lugar, más cercano, como sería lógico pensar, a un pueblo, a un asentamiento; en definitiva, a una comunidad de personas?. ¿Qué sentido tiene, pues, una ermita que parece alejarse, esconderse de los fieles?.
La respuesta, a priori, parece -si no sencilla- al menos, evidente en apariencia: la magia del lugar; y sobre todo, la soledad.
La magia, porque antiguamente, este tipo de construcciones no solían levantarse al azar, sino que su edificación obedecía a un plan muy concreto, siendo el lugar cuidadosamente elegido por sus especiales características morfológicas. Y la soledad, porque, en mi opinión, San Baudelio -más que una iglesia-mezquita, pues en su interior ambos estilos se dan la mano sin molestarse el uno al otro- era un lugar de Iniciación, un lugar energético que brindaba al 'buscador' la oportunidad de 'comunicarse' con esa fuerza vital que emana de todo lo que existe, y que a falta de otra denominación mejor, conocemos como Dios.

1 comentario:

Diario de un burgense dijo...

Bienvenido a la blogosfera Soriana. Te deseo mis mejores deseos para tu blog. No dudes en ponerte en contacto conmigo para cualquier duda o ayuda.

Un saludo.

P.D.: Tan solo te pediria que publiques con asiduidad y frecuencia, para que tu blog no se quede abandonado como nuestra provincia Soria.