domingo, 5 de agosto de 2007

El Cañón del Río Lobos y la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero


'Casi había transcurrido el día sin que nos pudiéramos evadir de este ambiente de poesía y novela...'.
[Washington Irving: Leyendas de la Alhambra]
'Estás en las fauces de un profundo y estrecho cañón calcáreo de 26 serpenteantes kilómetros. Comprende varios rincones y ambientes inaccesibles muy bien conservados, donde se encuentran diversas especies florísticas y faunísticas de gran singularidad y rareza en todo el territorio nacional...'.
Así comienza parte de la información proporcionada en el Centro de Interpretación de la Naturaleza, situado a las afueras del pueblo de Ucero, lugar al que acude el visitante primerizo ávido de información, aunque deseoso de comenzar una excursión, que espera le depare múltiples y variadas sorpresas, a cual de ellas más instructiva e interesante, empezando con la contemplaciópn de una variada gama de animales autóctonos disecados, 'muertos por accidente', como bien indica un cartelito informativo.
Llaman la atención, por su situación de privilegio, emplazado en lo alto de un promontorio rocoso entre los ríos Chico y Lobos, muy cerca de la entrada del cañón, los restos del castillo de Ucero, de probable origen templario -de hecho, la presencia del Temple en la zona fue bastante más que notable- lugar que aparece nombrado por primera vez en 1157, durante el reinado de Alfonso VII. Del emplazamiento, se sabe que dicho castillo se asienta sobre los restos de un castro celtíbero, existiendo huellas de población humana en la comarca, que se remontan hasta la Edad del Bronce. Existe, también, un cementerio visigodo, así como señales de la presencia romana en la zona, como demuestra el Canal Romano de Ucero, cuyo túnel abastecía de agua a la ciudad de Uxama.
En la pared del edificio que alberga las instalaciones del Centro de Interpretación de la Naturaleza, bien visible en el lateral izquierdo, junto a la puerta de entrada y por encima del rótulo que especifica 'Casa del Parque', un símbolo esotérico de trascendente significado, ofrece al visitante un pequeño anticipo de los misterios que le aguardan más adelante, una vez comience la excursión, propiamente hablando.
Se trata del pentagrama -formado por cinco corazones entrecruzados- de una de las ermitas más desconcertantes y esotéricas de la geografía peninsular: la ermita de San Bartolomé, conocida, también, como de San Bartolo o de Santo Tomé.
Siguiendo las indicaciones de los guías, y provisto del pequeño mapa que acompaña al folleto previamente proporcionado por ellos, la aventura comienza aproximadamente dos kilómetros más adelante, girando a la izquierda una vez pasado el puente.
Hace tiempo que la visión del paisaje vaticina -al igual que el pentagrama, en lo que se refiere a esoterismo y tradición- la belleza salvaje de un lugar que hace miles de años fue un mar primitivo, en cuyas aguas la vida se abrió camino de diferentes maneras, como así lo evidencian los numerosos fósiles hallados.
Depués de dejar el coche en cualquiera de los dos aparcamientos habilitados para ello, y al poco de comenzar a andar -se tiene la opción de seguir una pista asfaltada durante un buen trecho de camino o seguir la pinturesca ruta del río- el visitante no tarda en percatarse de que no está solo. Basta con echar un simple vistazo a los farallones que se levantan a ambos lados del camino, para tener una idea bastante aproximada de la biodiversidad tan especial que habita en esas inmensas soledades, y no es de extrañar que en algún momento de la excursión, se tenga la certera sensación de haber penetrado en un mundo perdido que, por un extraño sortilegio, ha quedado para siempre atrapado en los abismos insondables del tiempo.
En efecto, a medida que uno se va adentrando en el serpenteante cañón, dejándose atrapar por el singular magnetismo de los elementos que lo conforman, no puede evitar verse invadido por una sensación de extraordinara 'pequeñez' e irrelevancia en comparación con ellos. Es por eso que, sin los inconvenientes y riesgos que acompañan siempre a un viaje inducido tan propio de las tradiciones chamanísticas de muchos pueblos primitivos, contemplar, por ejemplo, la imponente silueta de los buitres desplegando sus alas en la inmensidad azul del cielo, puede conseguir que la imaginación llegue a vislumbrar un pequeño atisbo de las impresiones que cruzaban por la mente de los hombres primitivos, a la hora de intentar describir, simbólicamente hablando, el hábitat tan peculiar en el que se desenvolvían y lo abstracto de los motivos con que decoraban el interior de las cavernas.
Y es que, en mi opinión, todo cuanto rodea a este increíble lugar, está revestido de un simbolismo especial, en el que nada parece haber sido dejado ex-profeso al azar, teniendo sentido hasta el más mínimo detalle.
Ésta es, en mi opinión, una de las sensaciones que se tienen cuando, aproximadamente dos kilómetros más allá de la zona de aparcamientos, y como un Arca de Noé en la distancia, el visitante se encuentra, casi de sopetón, con la ermita templaria de San Bartolomé.
Según se va acercando, y dependiendo mucho de la perspectiva con la que se la contemple, puede tenerse, también, la impresión de ver un barco que está a punto de ser engullido por el mar, una vez desafiados los peligros -metafóricamente hablando, por supuesto- del estrecho protegido por Escila y Caribdis, formados, en este caso, por el impresionante farallón que da cobijo a la denominada Cueva Grande y la depresión situada detrás de la ermita, por cuya orilla discurren plácidamente las aguas del río, acompañadas de gran número de nenúfares, que les confiere un aspecto misterioso, y sin duda, evocador.
Más adelante, y una vez situados frente al pórtico de entrada, constituido por seis arquivoltas apuntadas -el simbolismo de cuyos canecillos y capiteles constituye un pequeño entremés de la inalterable pasividad con que el espíritu guardián de la ermita guarda sus arcanos secretos- es prácticamente imposible no detenerse un momento a pensar que nos hallamos frente a la Cueva de Alí Babá y hemos olvidado la palabra mágica, la clave necesaria para acceder a ella, así como a todas las maravillas que oculta en su interior.
Sintiendo el mal humano de que se nos dé con la puerta en las narices, uno no deja de preguntarse -en vista de lo que ve en el exterior- qué no habrá, oculto y en silencio, en el interior de su estructura románica, en forma de cruz latina y nave dividida en cuatro tramos abovedados en cañón.
Suponen los entendidos que la edificación de la ermita se realizó en varias etapas, durante el primer tercio del siglo XIII, siendo el ábside -de estilo gótico- la última dependencia en construirse.
Clasificada como 'románica con detalles góticos de influencia cisterciense', los elementos decorativos, sin embargo, ofrecen una variada gama de símbolos, sobre cuya interpretación se han vertido numerosos ríos de tinta. No es de extrañar, por tanto, que en los folletos oficiales se puedan encontrar frases -con cierto grado de despectiva idiosincracia- relativas a la suposición de que 'este sitio se haya convertido en un centro de peregrinación de "templaristas", "esotéricos" y de una legión de curiosos que tratan de encontrar aquí la quintaesencia de la religiosidad medieval, el ombligo de la Cristiandad y mil alquimias para tratar de explicar lo inexplicable'.
Ciertamente, hay algo de verdad en ello. Pero también es cierto -y considero que es de justicia comentarlo en estas páginas- que gracias a eso, se nutre la comarca de un considerable número de visitas, que hacen bueno el eslógan de 'Soria, ni te la imaginas'. Y es cierto. Resulta muy difícil que alguien pueda llegar a conocer Soria y su provincia, sin una adecuada promoción. También es cierto que, aunque en la actualidad la Junta de Castilla y León está poniendo mucho de su parte en este sentido, también han sido muchos los años de abandono y olvido, así como mucho el trabajo que queda por hacer en una región que posee uno de los patrimonios históricos y culturales más ricos y variopintos de España.
Por esa razón, y por algunas otras, creo que, sean cuales quiera que sean los motivos que llevan al visitante a San Bartolomé o a cualquier otro lugar de la -en mi opinión, y soy sincero- maravillosa tierra soriana, han de ser siempre tratados con el debido respeto. Pero, volviendo al tema que nos ocupa, y estando o no de acuerdo con la opinión oficial; simpatizando o no con la Orden del Temple o con cualquier otra filosofía de índole oculta o esotérica, creo que la ermita de San Bartolomé merece un estudio mucho más profundo que la simple ojeada por encima que, en mi opinión, le ha dedicado la historiografía oficial.
Por otra parte, negar la evidencia de un lenguaje simbólico, de un modelo de identidad e iniciación -entiéndase en el sentido de enseñanza o ilustración, pues es de todos conocido que la mayor parte del pueblo, en aquél entonces, era decididamente analfabeto- conservado en el mejor material que existe -y de hecho, en el único 'libro' de la época al alcance de todos-, la piedra, no me parece, en absoluto, el mejor camino para hacer de nuestra Historia una experiencia más enriquecedora, gratificante y culta.
Se comparta o no; se sienta más o se sienta menos, San Bartolomé es un lugar especial. No en vano formaba parte del Camino de Santiago como ese otro Axis Mundo -Centro del Mundo- con el que era conocido en su época y al que acudían numerosos peregrinos, y estoy convencido de que sus buenas razones habría, pues si de algo parecen estar de acuerdo los investigadores, es de que este tipo de dificaciones no eran levantadas al azar, siendo determinante el lugar.
Poco importa, también, en mi opinión, si Juan García Atienza -'La meta secreta de los templarios', Editorial Martínez Roca- cometió un error de cálculo al situarla en el centro milimétrico de los dos cabos más distantes de la Península Ibérica -error demostrado en posteriores investigaciones, con ayuda de elementos más modernos, como es el GPS y las localizaciones vía satélite- aunque error utilizado convenientemente como reclamo de atracción en el Centro de Interpretación de la Naturaleza, donde, además de esta teoría, se expone aquélla otra que hace de la ermita de San Bartolomé el centro de una cruz paté, tomando como referencia otros enclaves templarios de cierta importancia de la Península.
Es cierto que puede resultar verdaderamente plausible la interpretación oficial de algunos de los curiosos canecillos que adornan la fachada, en el sentido de elementos descriptivos de una romería. De hecho, cada 24 de agosto -festividad de San Bartolomé- los romeros de las localidades cercanas, así como numerosos visitantes, acuden a la pradera a ver salir a la Virgen de la Salud (previo cambio de vestido y pujando para obtener el honor de poder llevarla a hombros) y poder pasar un día inolvidable de alegría y asueto. Estos elementos, serían: el hombre con tonel, el juglar con instrumento, las personas bailando...Esa sería una visión exotérica, dedicada, en definitiva, al pueblo llano. Pero un hombre 'culto', o si preferimos, un iniciado, posiblemente vería en ese barril, por ejemplo, una referencia de carácter más profundo y connotaciones alquímicas, que haría referencia al concepto de 'recipiente'; en definitiva, al atanor donde se conjugarían todos los elementos necesarios para la consecución de la Gran Obra.
Los danzantes abrazados, dos en éste caso, juegan con la dualidad, concepto muy arraigado entre los templarios, en muchos de cuyos sellos, pueden apreciarse dos caballeros compartiendo un mismo caballo, señal de la pobreza inicial de que hacía gala la Orden, etc.
También podemos encontrar, rodeando con su cuerpo los ventanales del pórtico, la terrible figura de la anfisbena, la serpiente de dos cabezas, cuyo simbolismo es tan rico y variado, como extraordinario.
Pero si curiosa y apasionante puede llegar a ser la experiencia de intentar 'arañar' en el significado simbólico de las numerosas y extrañas figuras que conforman los canecillos, los capiteles y los ventanales de San Bartolomé, no lo es menos, puedo dar fe de ello, la interpretación de la gran cantidad de símbolos de cantería que lucen sus paredes por los cuatro costados -entre los que destaca la figura del llamado 'báculo'-, que nada tienen que ver con el salvajismo de algunos individuos, que dejan grabado su nombre y la fecha de su visita en las paredes sin mostrar respeto alguno por un Patrimonio histórico que pertenece a todos y que es digno de admiración.
Sería muy largo, aunque digno de un exhaustivo trabajo de investigación, exponer uno a uno los numerosos enigmas históricos y simbólicos de la ermita de San Bartolomé. Baste al lector, por el momento, saber que una visita a la ermita y al maravilloso entorno que la rodea, no le dejará nunca -busque lo busque- de ninguna manera indiferente. Es más, posiblemente cuando se dirija hacia el aparcamiento donde espera su vehículo, no deje de repetirse a sí mismo: 'partir para volver'.

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