'De pronto, sin saber cómo, Nietihw y Sinuhé descubrieron que se hallaban en la plaza de la Lastra, en la recóndita aldea soriana de Sotillo del Rincón, caminando sin prisas hacia la Casa Azul. Un sol radiante hacía brillar dulce y discretamente el bronce de la Diana Cazadora, mientras el caño seguía manando en silencio, como si nada hubiese ocurrido...' [Juan José Benítez, 'La rebelión de Lucifer', Editorial Planeta, 1988] H acía tiempo que tenía deseos de visitar este pequeño pueblecito de Soria, motivado por la curiosidad que me produjo en su momento la lectura de esta conocida novela del periodista de origen navarro, aunque afincado en Bilbao, Juan José Benítez. Feliz por mi anterior experiencia en Tera y con la mente todavía dándole vueltas a los descubrimientos narrados en mi anterior entrada, me esperaba cualquier cosa, salvo que el primer ser viviente con el que me topé en Sotillo, fuera un gato negro que, circunstancialmente, se encontraba tomando el ...
S iempre he pensado en Soria, como en una inmensa matrona que deja fluir sus sentimientos de una manera espontánea, sin tapujos, y por supuesto, sin ocultar en absoluto sus diferentes estados de ánimo. Tal vez por eso, apenas me sorprende encontrarme con una niebla tan espesa como humo de chimenea en Medinaceli; un cielo nublado, con pequeñas ráfagas de cierzo en Almazán, y un espléndido sol dorando los campos algunos kilómetros más allá, en esas tierras legendarias por las que iba y venía a su antojo el soberbio Almanzor, en el transcurso de sus innumerables expediciones de castigo contra los reinos cristianos del norte. Un sol, dicho sea de paso, acompañado de un vientecillo salsero, capaz de acariciar la piel con abrazos de siroco sahariano. Ahora bien, sea como sea, con niebla, nubes y cierzo, sol y siroco, siempre me rindo ante la evidencia de observar que, a pesar de los pesares, Soria, la Soria de siempre, vamos, la de toda la vida, todavía continúa existiendo...
C onfieso que el flash de la cámara se disparó por error. Lo supe apenas una fracción de segundo después, cuando percibí que una sombra dantesca profanaba la pétrea y cuasi-perfecta concavidad del ábside, mientras un grito, estridente, amenazante y de proporciones desmesuradas, me indujera a pensar que una arpía había burlado las leyes de la física y aplicándose arbitrariamente una oscura magia medieval, hubiera abandonado su destacada posición en un ignoto capitel. Hasta ese momento, no recordaba que, una vez dejada atrás con tristeza la ermita de San Baudelio -sumida en el caos provocado por su designación como una de las sedes de las Edades del Hombre- hubiéramos decidido entrar en un cine y asistir a la proyección de una nueva secuela de la saga de El Señor de los Anillos, donde hombres, hobbits, enanos, elfos y orcos pugnaban duramente por el control de la Tierra Media. D espués de la bronca, y una vez superado el estupor inicial, sí recuerdo, no obstante, que una frase de una can...
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