domingo, 14 de junio de 2009

Soria: ¡no te la puedes perder!

- Despertad, mi señor Don Quijote. Está amaneciendo y el camino es largo...
- Cierto, mi fiel Sancho. ¿Hacia dónde dices que nos dirigimos?.
- Vamos a Soria, mi señor, tierra de mil y una aventuras.
- ¡Hum!, no recuerdo que mi buen amigo Cervantes la mencionara en su hidalga novela.
- Cierto, mi señor, pero como dice el refrán y sabe bien vuesa merced, nunca es tarde si la dicha es buena...
- Dices bien, mi buen Sancho. Partamos, pues, sin más pérdida de tiempo.
- ¡Ea, burro, ande!.
- Adelante, Rocinante, sigamos el camino que nos marca el horizonte. Hay mil y un entuertos que desfacer en esta tierra.

- Y bien, mi señor Don Quijote, ¿qué os parecido la ciudad de Medinaceli?.

- Gloriosa, como afirma su nombre árabe: Medinat al Salim, la Ciudad del Cielo.

- ¿Y el arco romano?. ¿Y el castillo de Almanzor?. ¿Qué me decís de su Colegiata? ¿Y de su nevero?. ¿Y de las ruinas de San Adrián?. ¿No es, acaso, todo un primor su plaza mayor, de estilo renacentista?. ¿Y los murales romanos de su Aula Arqueológica?. ¿Y el monumento a Ezra Pound, ese poeta norteamericano que oía cantar a los gallos al amanecer?...

- Maravilloso, Sancho, maravilloso. Pero te olvidas de un detalle...

- ¿De cuál, mi señor Don Quijote?.

- ¡Ah, truhán!. ¡Qué pronto has olvidado cuánto ha agradecido tu estómago los exquisitos dulces de las hermanas clarisas!.

- Cierto, mi señor. Pero ya lo dice el refrán: a Dios rogando y el estómago llenando...
- ¡Calla, malandrín!. ¿Qué ven mis ojos?. Rápido, Sancho, mis armas. Veo al frente un ejército de gigantes...

- Pero, mi señor, no son gigantes. Son molinos de viento...

- Extraños molinos, vive Dios, que parecen el brazo de un gigante y tienen los dedos de la mano afilados como cimitarras...

- Los llaman eólicos, y según dicen, proporcionan energía barata y no contaminante.

- ¡Por las barbas del Profeta, extrañas brujerías éstas de hoy en día, que causan espanto a la vista y destruyen el paisaje!.

- Mirad, mi señor, ya llegamos...

- Fijáos bien, mi fiel escudero: ¿será en nuestro honor que estas gentes tan amables cubren sus calles de banderolas de colores, en número tan generoso que parece que celebraran el triunfo en una gran batalla?.

- Son el preludio a las fiestas de San Juan, mi amo. ¿No os parece que el sol brilla de otra manera en vísperas del solsticio de verano?.

- ¡Pardiez, mi buen Sancho, que razón no os falta!. Ved cuantos pañuelos de colores se agitan en las ventanas para dar la bienvenida al visitante...

- Son flores, mi señor Don Quijote. Soria es la ciudad del color y de las flores. ¿Véis a vuestra izquierda?. Es la Alameda de Cervantes, un parque dedicado a nuestro patrón, y como el resto de la ciudad, está engalanada y dispuesta para recibir al domingo de Calderas...

- ¿Y esa fortaleza de muros semiderruídos que veo a mi derecha?. ¡Que se prepare su señor, si no es un caballero de Ley y de Fe demostradas!...

- Ved, señor, que no se trata de una fortaleza. Es la iglesia de San Francisco. Se cree que fue el propio San Francisco de Asis quien la fundó en 1214.

- Un lugar piadoso, entonces, a fe mía.

- Muy cierto, mi señor, muy cierto. Tan piadoso es, que los historiadores piensan que en algún lugar de su interior recibió cristiana sepultura el rey mallorquín Jaime IV, que falleció en Almazán en 1315...

- Ah, pero qué ven mis ojos: alguaciles del soberano de este reino...
- No son alguaciles, mi buen caballero, sino policías que velan por la seguridad de la ciudad, de sus habitantes y también de los visitantes que se acercan hasta ella con la intención de saborear su magia y su tradición...
- ¡Rediós, que un caballero no necesita un ejército, pero bueno es saber que hay gente dispuesta a acudir en su ayuda en caso de un apuro!. Decidme ahora, escudero: ¿a quién pertenece ese retrato que muestra la faz de un hombre de cabello largo, bigote fino y perilla recortada?.
- Os referís a Gustavo Adolfo Bécquer, mi señor. Poeta laureado por sus célebres Rimas y Leyendas y sus Cartas, escritas desde la celda que ocupó en el Monasterio de Veruela. ¿Véis aquél monte pelado y desierto que se alza a la izquierda del viejo puente de piedra, bajo el que discurren alegremente las cantarinas aguas del Duero?. Es el Monte de las Ánimas...
- ¿Por qué te santiguas, escudero?. ¿Qué mal temes que no pueda solucionar el filo de mi lanza?.

- Dicen que en la Noche de Difuntos, los huesos descarnados de los caballeros templarios, así como los de los nobles con los que combatieron por una cuestión de tierras, se levantan de sus tumbas y prosiguen su encarnizado combate, aterrorizando funestamente a todo aquél que se cruce en su camino...

- ¡Paparruchas, Sancho!. ¡Paparruchas!.

- Seguidme, mi señor. Ved con vuestros ojos tamaña maravilla que se encuentra justo enfrente de tan siniestro monte...

- Decidme, mi fiel Sancho: ¿qué palacio encantado es éste que estamos pisando?. ¿Son acaso los arcos del Palacio del Paraíso?.

- Mi señor, es el Monasterio de San Juan de Duero. Fue construído en los siglos XII-XIII por los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Observad que sus arcos, de estilo mudéjar, son únicos en su género. No hallaréis obra igual en toda la geografía peninsular...

- A fe mía que esos caballeros merecen estar en la gloria de Dios por semejante hazaña. Fijáos, Sancho, ¿quién será ese caballero solitario que escribe embelesado sentado en un banco, allá, en la orilla derecha de tan generoso río?.

- Os referís, sin duda, a Don Antonio Machado, mi señor. Nadie como él supo cantarle a Soria. No se extrañe, vuestra merced, de que esté mi frente arrugada, pues yo vivo en paz con el mundo y en guerra con mis entrañas...

- Pero, ¿qué decís, mi buen escudero?. ¿Habéis perdido, acaso el juicio?.

- Quía, mi señor. Son versos de tan querido poeta. También cantaba aquellos otros que decían así: he vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, trás las murallas viejas de Soria -barbacana hacia Aragón, en castellana tierra-. Estos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas...

- Vive Dios, mi buen Sancho, que tienes tantas sorpresas como barriga...

- Ya lo dice el cantar, mi amo: para estar siempre alegre, es preciso beber y yantar. Pero dejadme, mi señor, dejadme que os enseñe ese camino de enamorados que alaba el poeta. Es ese mismo camino, donde él se haya sentado, que comienza cuando uno atraviesa la Puerta de San Polo, antiguo monasterio templario, y termina en aquélla ermita que véis colgada de la roca, cuál fantástica luminaria...

- A fe mía, escudero, que es una hermosa ermita. Pero, dime, ¿cuál es su cuna y su advocación?.

- Su cuna es de las más humildes, mi señor, pues en sus inicios era una simple gruta. Se llamaba San Miguel de la Peña. En el siglo XV se descubrió un cuerpo santo, que decían ser de San Saturio, un piadoso y noble godo que repartió toda su fortuna entre los pobres y se retiró a este lugar buscando la paz de Dios. Dada la vocación que tal descubrimiento provocó entre las humildes gentes de Soria, y dados, también, los milagros atribuídos al Santo, siglos después se construyó la planta superior, aquélla que tiene forma de octogono, pasando San Saturio a ser patrón indiscutible de la ciudad, y de hecho, el santo más querido en toda la provincia...

- Presto, vayamos, pues, a presentar nuestros respetos a tan noble Señor...

- Observad, Sancho. Veo la planta de otra hermosa iglesia en lo más alto de aquél cerro, al lado de lo que parecen unas murallas arruinadas...

- Cierto es, mi señor Don Quijote. Veis el Cerro del Castillo y las antiguas murallas de la ciudad. Junto a ellas, la iglesia de Nª Sª del Mirón, una virgen digna de elogio -junto con la del Espino, cuya iglesia está situada en la otra parte de la ciudad, pegando al cementerio- y con merecida fama de milagrera...

- Vayamos entonces, sin tardar, a presentarle nuestros respetos, pues no se ha de decir jamás que Don Quijote fue un bribón, que estuvo en Soria sin visitar a tan bienhechora Señora, la Virgen del Mirón.

- Bien hablado, mi hidalgo señor. Entrad y contemplad qué cuadros tan hermosos y cuán alto su valor: la Natividad, María Magdalena, Santiago Matamoros, San Antonio de Padua, Santa Teresa de Jesús... Pero mirad allí, a vuestra derecha; la ocasión la pinta calva para admirar una de las pocas representaciones de cuerpo entero de San Saturio. Y por encima de él, aunque de menor tamaño, una genuina imagen de su discípulo San Prudencio, ataviado con las vestiduras de obispo, ya que llegó a serlo de Tarazona, ciudad aragonesa, como bien sabéis, situada muy cerca del Moncayo.

- Decidme, Sancho, si aquélla hermosa y engalanada dama que ven mis ojos en el retablo situado detrás del altar, es la Dulcinea de los Cielos, por más señas, la que llaman del Mirón...

- La misma, mi señor, ataviada con su manto de verde y grana, regia corona ceñida a su frente y orbe en la mano.

- Una vez presentados mis respetos a tan galana Señora, vayamos, Sancho, hacia la Plaza Mayor. Creo ver dos enormes fieras amedrentando a la gente...

- Calmaos, caballero Don Quijote, que son leones mansos. Fijáos cómo conviven con las palomas...¿Véis?. Guardando eternamente el Ayuntamiento.

- Veo mucha nobleza en ese escudo. Rápido, decidme, Sancho, ¿a quién pertenece?.

- Es el escudo de los Doce Linajes. Mirad bien, mi señor. Está dividido en doce partes iguales, que representan a las doce familias nobles que repoblaron Soria allá por el siglo XII: Calatañazor, Barnuevos, San Llorente, Velas, Chancilleres, Cancilleres, Santa Cruz, San Esteban o Santisteban, Morales blancos o someros, Morales negros u hondoneros, Salvadores blancos y Salvadores negros...Pero acerquémonos hasta la Plaza del Rosel y los veréis al detalle uno por uno.

- A fe mía que hay Historia, y si éstas piedras hablaran, cuántas hazañas e hidalguía describirían, pues en sus armas se ve que rebosan nobleza y valor...Pero, ¡albricias!. ¿Qué ven mis ojos?. ¡Un palacio encantado!. Presto, Sancho, que seguro que hay alguna dama en apuros, pues veo unos gigantes intentando robar el blasón...

- Deteneos, mi señor, que no son gigantes malandrines, sino maceros arquitectónicos que sostienen el escudo de los condes de Gómara, pues a ellos perteneció tan emblemático edificio, mandado levantar por don Francisco López del Río en el siglo XVI, y que hoy en día es la sede del Palacio de Justicia. Pero seguidme, mi buen amo. Subamos por la calle de la Aduana hacia la iglesia de Santo Domingo...

- Hinquemos rodilla en tierra, mi fiel escudero, porque a fe mía que tenemos frente a nosotros un hermoso templo, que merece contemplación y devoción.

- Su origen se remonta al siglo XII, mi señor. En él celebraron sus nupcias Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra en 1171. Ved, mi amo, cuán hermosa portada, posiblemente modelo de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de Poitiers. Observadla mejor, mi señor Don Quijote. Fijáos con cuanto esmero el artista cinceló las escenas de la Asunción de la Virgen, la Anunciación, la Natividad y la Adoración de los Magos. Ved, también, entre otros muchos detalles arquitectónicos, la Pasión y la Resurrección de Nuestro Señor en aquélla última arquivolta, cerca de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis...

- Muy cierto, Sancho. ¡Qué destreza debió de poseer en sus manos tan portentoso cantero!. ¿Y qué maravillosa magia es esa que hace como si flotara en el aire una de las rosas más hermosas que jamás haya visto?.

- Habláis del rosetón, amo, con sus ocho radios y sus cuatro círculos concéntricos, una alegoría alquímica y virginal, de transformación y renacimiento.

- ¿Y toda aquélla gente, Sancho?.

- ¿Os referís a aquéllos que se arremolinan a la entrada de la Concatedral de San Pedro?. Gente inteligente, mi buen amo. Ahí quería yo llegar, pues reservaba para vuestra merced el acontecimiento principal que pone el broche de oro en la visita a tan emblemática ciudad: las Edades del Hombre. Una exposición única, universal, que todos deberíamos ver, al menos una vez en la vida.

- Démonos prisa, entonces, y aguardemos nuestro turno, que Don Quijote no se ha de perder semejante espectáculo.

- Ea, pues, y no se hable más, que aunque fuera sin Edades, a Soria siempre merece la pena tornar.

'Fantasias de un Caminante': Soria, 13 de Junio de 2009

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8 comentarios:

Javier dijo...

Simplemente genial. La pena es que el amigo Sancho no pudiera explicar a su señor ese medio de transporte tan rápido y veloz que te debería acercar a Soria que es el AVE

Un abrazo.

juancar347 dijo...

Gracias, Javier. Ni Sancho ni nadie, sabria explicarlo. Sin embargo, Guadalajara y Segovia ya estan cubiertas. Creo que Soria merece algo mas; el por que nunca llega, a mi tambien me gustaria saberlo.
Un abrazo

KALMA dijo...

¡Genial! Describes con toda la fantasia y detalle, el camino a tan bonita ciudad, Soria y todo esto "adaptando" un clásico a los nuevos tiempos, "los molinos gigantes-eólicos". Un abrazo.

juancar347 dijo...

Gracias, Kalma. Pero que nadie olvide que todo el merito es de mi buen amigo Don Miguel de Cervantes. Me alegro que te guste. Un abrazo

Lima dijo...

Antológico, amigo Juancar, y digno de figurar en los libros de texto de nuestros niños para que empiecen a conocer Soria, o para que sepan lo que era cuando desaparezca, convertida en reserva natural. El soriano es ya un especimen en peligro de extinción

juancar347 dijo...

Gracias, Lima. Aunque la idea es antigua (por desgracia, como se suele decir, no hay nada nuevo bajo el sol) sí creo que deberían hacer gala de más imaginación. Al menos para conseguir que los niños disfrutaran conociendo su provincia, que desde luego, tiene maravillas para sentirse orgulloso de ella.
Espero que con el soriano, no se llegue a los niveles del lince ibérico.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Juancar amigo, solo puedo decir dos cosas.
En primer lugar precioso.
Y en segundo lugar: Gracias por tenerte entre mis amigos.
Fue un placer estar contigo y con todos los demas, son uno de esos dias que no se olvidan.
Saludos/jose Maria

juancar347 dijo...

Gracia a ti, José Mª. Para mí también fue un placer. Agradezco tus atenciones, así como las gestiones que hiciste con Alvaro. Gracias de corazón.