domingo, 27 de diciembre de 2009

Adradas


Esta podría ser una crónica de la Soria Feliz; de esa Soria, rural y entrañable, formada por cientos de pueblecitos de peculiar y autóctona idiosincracia. Pueblecitos, como Adradas, que persisten en su resistencia a dejarse llevar por el espejismo de la suerte urbana a la que han sucumbido tantos otros, estando, otros muchos, a punto de claudicar.

No recuerdo exactamente las docenas, por no decir las centenas de veces que he circulado arriba y abajo por esta carretera N-111 que une Medinaceli con Soria capital. La he recorrido con lluvia, con nieve, con niebla y también con un calor de mil demonios -por no decir perseguido por mil danzarines boteros, por referencia al famoso Pepe y sus Calderas- y siempre, desde que comenzara a patearme esta entrañable provincia, he mirado hacia Adradas con la curiosa sensación de contemplar, en la distancia, un pueblecito de postal en el que Cronos, inexorable Señor del Tiempo, ha decidido claudicar en su imparable carrera hacia el futuro, para echarse una breve siesta en el presente, por no decir un breve, brevisimo garbeo por el pasado.

Desde luego la sensación es otra, naturalmente, una vez que se toma, con toda conciencia, la pequeña arteria que la separa de una carretera nacional en proceso de transformarse en una hidalga y distinguida autovía. Se trata de una arteria aquejada de un mal endémico que afecta a muchas, quizás demasiadas arterias de la provincia, necesitadas de la inmediata atención de los cardiólogos del MOPU. Pero seguramente, eso ya lo sepan en las urgencias vasculares gobernadas por la Junta de Castilla y León.

Una vez se alcanza el corazón de Adradas, uno no tarda en darse cuenta de que, aparte de pueblecito de postal, el Señor Cronos, viajero infatigable, después de todo, apenas ha tomado hospedaje en el pueblo; y si lo ha hecho, ha sido para dejar simple testimonio de al menos un símbolo arquitéctonico rural semiderruído a la entrada del lugar, así como algún rastrillo en la mole, inconmensurable y secular, de su amurallada parroquial. Del árbol genealógico de ésta, o en referencia a su románica añada, apenas sobreviven un pórtico de entrada, circunvalado por motivos diamantinos y un par de tristes capiteles, de los que sólo se puede conjeturar que uno de ellos -el de la derecha- debió de rendir tributo un día a la Señora Naturaleza, mostrando motivos de inequívoca procedencia vegetal. Con el capitel de la izquierda, no obstante, ocurre algo similar a lo que consta en millones de cartillas militares, en cuanto al valor se refiere: se le supone, aunque realmente, se ignora. Lo que sí destaca por encima del mencionado pórtico, sobre todo por su inmaculado colorido, es la heráldica eclesial, que muestra una mitra de obispo con una cruz patriarcal a la que escoltan -sólidas, de buena cerradura- las simbólicas llaves de Pedro, con el añadido implícito, y es de imaginar que intencionado, de mostrar hacia arriba los extremos inferiores, como si quisieran hacer bueno el concepto hermestino de que lo que está arriba es igual a lo que está abajo.
Junto a la iglesia, y a falta de arpías, dragones, serpientes, quimeras o sirenas cuya siniestra mirada distraiga la atención del ocio deportivo de los jugadores, un frontón observa con inmutable pasividad el pilón vecinal que en la actualidad posiblemente espere nostálgico un ganado que antaño acudía en tropel a saciar su sed, acuciado por la vara del pastor.
No lejos de allí, separado de la iglesia y el frontón por una enorme casona de piedra, que hace -es de buena ley añadir que sin pretenderlo- las veces de frontera urbanística, un pequeño y cuidado parque infantil, pone de manifiesto lo que a mi juicio el adradense considera su mayor y más preciado tesoro: esos niños que, en el fondo, saben que constituyen su única esperanza de continuidad y de futuro, pues a pesar de las naves industriales, los almacenes e incluso algún caminón de gran tonelaje que se pueden contemplar en las inmediaciones, su principal fuente de recursos, la agricultura, necesita, imperiosamente, sabia nueva.
Quizás sean estos detalles, así como el hecho de ser un enclave situado en las cercanías de dos núcleos poblaciones de cierta importancia -Medinaceli y Almazán- los que ayuden a mantener una imagen de pueblecito feliz y de cierto estatus, que lo diferencian, en mi opinión, de otros pequeños núcleos que se pueden encontrar por las inmediaciones.
No me crucé con nadie en Adradas, aunque sí me pareció atisbar un rostro observando a través de las cortinas de una de las ventanas de la gran casona situada enfrente de la iglesia, cuando regresaba hacia mi coche, dejando atrás el pequeño parque infantil envuelto en jirones de niebla. Tentado estuve de llamar a la puerta e intentar recabar más información del pueblo. Pero el día había amanecido intempestivo, y aunque satisfecha a medias mi curiosidad, aún tenía un largo camino por delante.

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola Juan Carlos! La lluvia y la neblina, dar un color especial al pueblo ¡Dormido! y la música con que lo acompañas, preciosa. "Las arterias" que nos unen, tan necesarias, como a veces, defectuosas. Cronos para bien o para mal ¡Despertara!
Oye majete, entre tus entradas en preparación, las que continuaran... ¡Jolín! Aunque son mágicas.
Un abrazo.

juancar347 dijo...

Tienes razón, Kalma. Son sensaciones curiosas, extrañas, como si te desplazaras repentinamente a otro mundo. Procuraré ser más literario en el futuro, aunque veces, hasta esa maravilla no del todo comprendida por la Ciencia, que se llama cerebro se niega a aportar a la mano las ideas que se necesitan en un momento determinado. Cronos nunca se ha dormido, aunque a veces y en algunos casos concretos, lo parezca. Es el mejor de los vigilantes, aquél que siempre duerme con los ojos bien abiertos. Un abrazo