miércoles, 17 de agosto de 2011

Regreso a Fuentegelmes

¿Han muerto las cigarras en los campos de Castilla?, recuerdo que pensé apenas aproximándome a Fuentegelmes, una hora más o menos después de abandonar la capital soriana con un nuevo chasco en el Museo Numantino acerca del paradero del famoso efebo de Tiermes. Pasaban algunos minutos del mediodía y el sol, pleno por encima de un horizonte azul celeste, comenzaba a hacer justicia sobre unos campos en los que se alternaban labor, barbecho y monte bajo, con requiebros, collados y encrucijadas, largo tiempo ha utilizados por Almanzor en sus expediciones de arrase y conquista. Dejé el coche en la plaza, muy cerca de la ermita-humilladero cuya estructura, cuadrada y sin apenas florituras, no difiere en absoluto de otras que he visto a lo largo y ancho de la provincia, aunque con la diferencia de que en ésta, alguien colocó en su día una canasta de baloncesto en la fachada. Tampoco los palomares, algunos de ellos, por no decir todos, medio hundidos y silenciosos, mortalmente heridos por la estocada impía del tiempo y el abandono, que apenas difieren de aquéllos otros que, en mejores condiciones, dan la bienvenida al viajero que entra en Yelo, según viene de Medinaceli.

Apenas me apeo del coche, observo a un longevo vejete que permanece sentado a la sombra, junto a la puerta de su casa, meditativo en algún universo particular, con las manos, rugosas y nervudas como las raíces de un viejo roble, firmemente cerradas sobre la empuñadura de su bastón. Un bastón sencillo, sin florituras, y desde luego desprovisto de símbolos de maestría, a excepción de esa forma curva de la empuñadura que, de alguna manera, pretende emular a los báculos de los pontífices. Algunos pájaros evolucionan, ruidosos, por encima de los tejados de las casas aledañas a la plaza y el viento, apenas perceptible, como el parpadeo de una cerilla, arrastra consigo el rugido monótono de una máquina en las cercanías. Un breve saludo y un corto trago de agua, después -posiblemente hubiera sido más largo, de no tener a esas alturas las características termales de un caldo- comienzo una breve exploración por las calles del pueblo. En realidad, me interesa especialmente una, que no tardo en localizar, donde se encuentra una casona, con aspecto de llevar cerrada mucho tiempo, pero en cuyo dintel, un enigma del pasado me hace volver una segunda vez a Fuentegelmes. Mi anterior visita, dos años atrás y motivada por las circunstancias de entonces, fue tan breve como el paso por el firmamento de una estrella fugaz. No obstante, esto me recuerda, echando un vistazo en derredor, que por las calles del pueblo sobrevuelan, sin orden ni concierto, esos espíritus familiares que ya describiera con maestría Charles Dickens en una sus obras inmortales (1), los cuales no serían otra cosa que los fantasmas del Pasado, del Presente y del Futuro.

Independientemente de las inscripciones correspondientes al siglo XVII, que bien pudieran haber sido realizadas sobre la pieza ya existente y de posible labra varios siglos más atrás, el dintel muestra dos serpientes, una a cada lado de una cabeza que, a simple vista y dejándose llevar por la imaginación, podría corresponder al misterioso y poco comprendido baphomet de los templarios. De hecho, en los sillares que conforman el cuadrado de una pequeña ventanita, aún se puede apreciar una pequeña cruz paté, encima de la cuál, un no menos pequeño triángulo deja pensamientos trinitarios, cuando no masónicos en el aire. Más o menos éstas eran las preguntas que me estaba formulando, procurando atisbar todos y cuantos detalles se ponían a tiro del objetivo de mi máquina (2), que apenas me percaté de otro vejete que subía parsimonioso la cuesta y que, después de un breve saludo y viendo mi interés, se ofreció como cicerone:


- ¿Has visto las serpientes y la cabeza del diablo?, -me dijo.


Ante mi afirmación, y mi pregunta de si había más símbolos parecidos por las casas del pueblo, el vejete ladeó la cabeza a uno y otro lado, y contestó rotundo:


- No, no hay más. Tan sólo una custodia en una de las casas de ahí arriba.


Reconozco que aquello me desilusionó un poco, por cuanto que esperaba encontrar algún detalle histórico más, de los que tanto abundan por los pueblecitos de Soria, y que conforman un puzzle histórico y milenario que muchas veces se nos escapa por la rapidez de la visita a un lugar. No obstante, me sentía sumamente intrigado, y aprovechando la oportunidad y buena disposición del hombre, le pregunté si sabía qué había sido este edificio en el pasado:


- Aquí hubo en tiempos, un convento de monjas, -me contestó, sin apenas darle importancia al detalle.


Agradecido, me despedí de él y continué mi pequeña exploración, dirigiéndome hacia el lugar señalado, aunque haciéndolo por la parte de arriba, por encima de la iglesia, en una zona donde, como he dicho, a juzgar por el estado de los palomares y de los tejados de algunas casas más abajo, bien se podría considerar como el feudo del fantasma del Pasado.

Situada muy cerca de la parte dominada por el fantasma del Presente, a juzgar por la imponente fachada de la Casa Rural La Posada de Almanzor, la custodia no era exactamente tal, sino una cruz monxoi o monte del gozo, que me pareció curiosamente reveladora. Una segunda cruz, en forma de crucero y situada a las afueras del pueblo, me indicó que, de alguna manera, aquél pueblecillo cuya historia en la actualidad pasaba sin pena ni gloria, situado entre Villasayas y Bordecorex, tuvo que ser, en tiempos, un lugar de cierto interés y cierta relevancia, no exento, tampoco, de la presencia de ciertas órdenes medievales cuyo recuerdo, como el enigma histórico de la muerte y enterramiento de Almanzor, permanecen sumergidos en los profundos ríos de la Historia.





video




(1) Charles Dickens: Cuento de Navidad.


(2) Sirva como anécdota añadir que ese día, precisamente, estrené la vieja Nikon regalo de un gran amigo y Maestro: Don Rafael Alarcón, y me congratuló hacerlo, vaya en su honor, aunque es de él conocido, con un posible enigma templario.

6 comentarios:

KALMA dijo...

Hola! Qué mejor que un dintel como puerta a la vida de un pueblo, una vida más longeva que la del abuelete que encontraste a la sombra, una forma, un guiño al pasado vivo de un lugar poblado y lleno de historia y que en la actualidad es como un fantasma.
Y te vuelvo a repetir ¡Qué bien escribes! Un beso.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Qué razón tienes: sobre longevidad, la cantidad de cosas interesantes que nos podrían contar los edificios de época, los dinteles, las diferentes muestras culturales que nos legaron nuestros antepasados y tanto y tan mal hemos tratado. A pesar de todo, en Fuentegelmes hay vida: la restauración de muchas de sus casas (incluida la Casa Rural) y los campos cultivados de alrededor, dan buena fe de ello. Lo que sí es una lástima, es que se vaya perdiendo la memoria de las cosas, las tradiciones...ahí sí que se van convirtiendo, irremisiblemente, en fantasmas; el Fantasma del Pasado. Un abrazo

Anónimo dijo...

Qué bonito... gracias.

Lo enlazaré con tu permiso en el blog de fuentegelmes.

juancar347 dijo...

Me alegro que te guste, y en cuanto al enlace, sin problemas. Gracias y un saludo

Aritul dijo...

Hola Juancar. La foto es tan deslumbrante que me dio pausa. Hay algo especial en la soledad del pueblo.

juancar347 dijo...

Hola Aritul. Hay algo especial en estos pueblitos. En esta zona de Soria, de hecho bastante más seca, la luz, sin embargo, dota de un colorido muy particular tanto a las casas como a los pueblos. Me alegro que te guste. Saludos