'Es la gloria del muerto verano
la que se ha dormido en mi corazón,
es el trémulo gris del otoño
el que abre caminos con trémulo sol,
tras los campos de viñas doradas
el alma dormida se me adormeció,
hoy me cercan lejanos y altivos
los vagos recuerdos que el viento llevó...' (1)
Son odiosas. Lo sé. Pero si tuviera que hacer una comparación, pensaría que el Otoño es como esa Luz maravillosa al final del túnel con la que Madre Gaia premia el ocaso de plantas y árboles. El Omega que promete una nueva resurrección; una sabia vuelta a empezar; un Alfa interminable que se hará realidad dos estaciones más tarde, cuando aquello que se fue retorne de nuevo con toda su fuerza y esplendor.
De Salvador Dalí se han escrito ríos de tinta; listas interminables de adjetivos calificativos -honoríficos ouroboros, que siempre se muerden la cola- para describir aquello que, gustando o no, se define sencillamente como genialidad. ¿O quizás locura?. Creo que a veces, una y otra apenas están separadas por una frontera tan ambigüa como inexistente. ¿Qué tienen que ver San Esteban de Gormaz, Salvador Dalí y el Otoño?, os preguntaréis. Posiblemente nada, o quizás mucho. Todo depende siempre del color del cristal con que se mire y, por supuesto, de los pensamientos y sensaciones que animan en el interior de la persona que, por decirlo de alguna manera, mira.
A los dos últimos, les he de agradecer, sinceramente, el no haber elegido la pintura como medio de expresión: no hubiera estado a la altura de ejercer un trabajo digno. Pintores, no temáis la perfección -decía Dalí-. No la lograréis nunca. Si sois mediocres, por más que os esforcéis en pintar terriblemente mal, siempre se verá que sois mediocres.
¿Del Otoño, qué puedo decir?. Tan sólo rendirme a la evidencia de su clásica perfección; de su señorío alquímico, que consigue unas tonalidades únicas, incapaces de imitar por las demás estaciones, y mucho menos por las infinitesimales mezclas de color de la paleta de un pintor.
¿Y de San Esteban de Gormaz, la milenaria, la antigua Castromoros?. Tan sólo agradecerle que, como faro amigo, atrajera la nave de mi alma hacia puertos de magia y de color.
Ya lo véis: cuando del Otoño se trata, hasta se es mediocre escribiendo. Hay que reconocer las limitaciones. Y yo reconozco que el Otoño me apasiona -no en vano, nací a finales de septiembre- pero, a la vez, también me limita.
Después de todo, ¿no será cierto que una imagen vale más que mil palabras?.
(1) Mari Trini: 'Vals de Otoño'.

4 comentarios:
Hola Juancar! Se me hace raro que hagas una entrada de San Esteban de Gormaz y no hables del maravilloso pórtico de San Miguel ¡¡¡Estás hecho un romanticón!!! Jajaja, el otoño es rojo, cómo la pasión.
Y has elegido unas canciones, la primera siempre me ha puesto muy triste, por más alegre que fuese la voz de Robin Williams diciendo ¡Good morning Vietnam! Pero la otra, me pone los pelos de punta "as time goes by".
Un besote.
Hola, bruja. Es verdad, resulta difícil hablar de San Esteban de Gormaz y no mencionar sus dos joyas románicas, de las más veteranas de la provincia, como son la iglesia de San Miguel y la de la Virgen del Rivero. Pero este paisaje de otoño, tan intenso, tan especial, fue una novedad para mí, en cuanto a ésta ciudad por la que he rodado bastante se refiere. Los temas, son dos auténticos temazos que siempre me han gustado y que en cierto modo creo que se acoplan muy bien al mensaje otoñal: ambas canciones tienen un saborcillo a nostalgia muy acorde con los sentimientos que esta estación puede llegar a provocar. Casablanca, de hecho, es una de mis películas favoritas. Un abrazo
"Si yo fuera pintor
no pintaría, Soria, tu yermo y tu pastor.
En mi paleta habría un rosa de rubor,
un amarillo augusto y un verde verdecido,
porque tienes la gracia de un país recién nacido".
[Gerardo Diego].
No podría describirse mejor, ese otoño soriano que acabamos de vivir, de beber hasta embriagarnos de su esencia: "un amarillo augusto..."
Salud y fraternidad.
En efecto, Magister. Frente a tan emérito poema, creo que poco o nada puedo decir. Quizás dejar una pregunta en el aire, para que cada uno encuentre la respuesta por sí mismo: ¿qué tendrá Soria, para ser la Musa indiscutible de parte de lo más granado de nuestra Literatura Universal?. Gerardo Diego, Antonio Machado o Gustavo Adolfo Bécquer se dejaron seducir por un encanto que va más allá de la prosa de un aficionado. Es lo que siempre he deseado y quizás, consciente o inconscientemente buscado: no escribir como ellos, desde luego, porque sería tarea harto imposible, pero sí Vivir Soria como ellos la vivieron. Por eso el Camino me sigue atrapando: porque todavía hay objetivos, quimeras y sueños por alcanzar. Un abrazo
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