domingo, 27 de enero de 2013

Omeñaca: siete cabezas de infante para un almuerzo



'Las ruinas son el mejor testimonio del poder del tiempo, ellas enlazan la generación viva con la generación muerta, el hombre que las contempla con el hombre que las construyó. Y luego..., si la tradición les hace hablar..., la tradición es la lengua de los monumentos antiguos y los monumentos antiguos son el documento de la tradición. Entre ambos hacen inmortal al hombre... y el hombre, sin embargo, generalmente los desprecia'. (Ibo Alfaro) (1)
 
Dentro del románico mencionable de la provincia, y lejos, quizás, de los detalles de excelencia y calidad, cuyo modelado roza la perfección en muchos de sus templos más significativos, existe otro románico, menos voluptuoso, pero no por ello menos interesante, que permanece inalterable dentro de esa línea clasificatoria -costumbre ésta, demasiado humana, por eso, quizás, me resulta tan fea- entre lo espectacular y lo sencillo, lo rural y lo circunstancial, lo egocéntrico y lo práctico. A este románico fronterizo entre uno y otro pertenece, bajo mi punto de vista, la iglesia de Nª Sª de la Concepción, situada en el pueblecito de Omeñaca.
Perteneciente al municipio de Arancón, dentro de los límites que conforman la denominada Comarca de Campo de Gómara, y alejado de la capital poco más de una veintena de kilómetros, se sitúa Omeñaca al pie de la Sierra de la Pica y al sur de la Sierra del Almuerzo. Quizás el nombre de ésta sierra -del Almuerzo-, provenga de esa curiosa, cuando no simbólica y ancestral asociación entre historia, leyenda y tradición, que hace de la zona, un pequeño foco mitológico y cultural, que vería su prolongación, durante aquélla fascinante Edad Media, en la denomina Sierra de la Demanda -situada entre las provincias de Burgos y Logroño-  y la persistencia de un mito no menos fascinante: el Santo Grial. De hecho, el nombre completo de ésta otra sierra, sería de la Demanda del Santo Grial. Y como en esta pinturesca zona de Soria, se localizan elementos comunes, de los que destaca, por su fuerza y su alto valor simbólico, el tema de los Siete Infantes de Lara. Tema que, a juicio de algunos historiadores, no pasaría de ser una mera leyenda, a pesar de que en la iglesia de Santa María, en Salas de los Infantes, se guarden los supuestos cráneos de los infantes, los sarcófagos que, supuestamente acogieron sus restos, en el monasterio riojano de San Millán de Suso -tal honor, se lo disputó en tiempos, el monasterio de San Pedro de Arlanza- y el cuerpo de Mudarra, el hermano de sangre árabe y vengador, en la catedral de Burgos.
Cuenta la leyenda -y retomo el tema del posible origen del nombre- que en esta Sierra del Almuerzo y en las proximidades de Omeñaca, se encontraban almorzando los siete infantes, cuando se les apareció la Virgen, avisándoles de la proximidad de los moros y conminándoles a poner sus almas en paz en la iglesia de Omeñaca. Llegados a esta parte, como suele ocurrir con todo aquello que de alguna manera se transmite de forma oral, la leyenda se transforma, cuando menos, en una pequeña hydra: por una parte, hay quien dice que al aproximarse a la iglesia, se abrieron milagrosamente siete puertas, una por cada infante; otros, sin duda más cabalísticos -no olvidemos el sentido ctónico del caballo, como animal conductor de almas al otro mundo- afirman que los hermanos, huyendo de la avanzadilla mora que les pisaba los talones, atravesaron la fachada de la iglesia en la que, milagrosamente, se abrieron siete puertas. Estas puertas son, evidentemente, los siete preciosos arcos que conforman su galería porticada.
La mesa del almuerzo, curiosamente existe, y se trata de un elemento megalítico, que indica la existencia en el lugar de cultos pretéritos posteriormente cristianizados. De hecho, y no menos curioso, es el detalle de la magnífica cabeza de origen celtíbero que actualmente se puede ver formando parte de la fuente del pueblo. Sin olvidar, por supuesto, que Omeñaca formaba y forma parte del tramo jacobeo conocido como Camino Soriano Aragonés, que debió de ser también determinante en tiempos para los peregrinos que, maravillados, se desplazaban por lugares con tradición mistérica, que ayudaban a hacer de su penoso jubileo una aventura trascendente y maravillosa. No olvidemos, tampoco, los lugares cercanos, poseedores, cuando menos, de no pocos misterios:Almenar y el Santuario de la Virgen de la Llana; Narros, donde se encontró una fascinante estela medieval, actualmente acoplada a la fuente de la plaza del pueblo; Renieblas, con sus fascinantes estelas medievales y los restos de uno de los campamentos romanos que asoló Numancia; Suellacabras, con la ermita en ruinas de un santo cuya heterodoxia no deja lugar a dudas, San Caprasio; el pueblo de El Espino -recordemos el sentido iniciático del espino, en el sentido de que nadie alcanza el Conocimiento sin sufrimiento ni dolor-, con una iglesia de San Bartolomé, una ermita de la Virgen del Espinar, y en las cercanías el que quizás sea el más famoso despoblado de Soria, el de Masegoso y las ruinas de San Adrián que, al decir de la tradición, fue convento de templarios. Lugares todos que, como decía Ibo Alfaro, constituyen la lengua de los monumentos antiguos y harán que un viaje, siquiera sea por curiosidad, se convierta en el reencuentro ideal con los viejos mitos de nuestra Historia.   

 
(1) Extracto sacado de la introducción a la biografía de Ibo Alfaro.Bravo Vega, Julián (editor) (2001), Manuel Ibo Alfaro. Cuentos tradicionales y fantásticos. Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones. ISBN 84-953d-5.

2 comentarios:

Alkaest dijo...

Un templo que nos deja con la miel en los labios, pues sus escasos restos arquitectónicos, románicos, son señal del rico simbolismo que debió mostrar en tiempos más prósperos.
No obstante, dejando vagar la vista sobre esos machadianos "campos de Soria", todavía llenos de espigas -no sabemos por cuanto tiempo- podemos soñar con los Siete Infantes, cabalgando en pos de su legendario destino.
Ellos también son una muestra del rico simbolismo ancestral, que para no perder el recuerdo de la magia pasada, lo transforma, lo reencarna continuamente.

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Es cierto, esa riqueza simbólica bien merece un recuerdo de vez en cuando, pues no sólo se tiene la ocasión de contemplar esos bellos campos que cantara Machado, sino también de sentir, en parte, el espíritu de las antiguas tradiciones que aún vagan por el lugar como fantasmas y de paso, ver una pequeña joya románica de la provincia, cuyo interior los vecinos, supongo que con buenos motivos, mantienen oculto a cal y canto alegando que 'no hay nada de interés dentro'. Pero aún así, el viaje merece la pena. Un abrazo