miércoles, 10 de abril de 2013

Paseando por la ribera de los poetas


Muchos poetas lo alabaron. Algunos, incluso lo despidieron, lamentándose de que ya nadie a acompañarle baja ni se detiene a oír su eterna estrofa de agua (1). Otros, tanto o más melancólicos, lo acompañaron un trecho por su ribera, soñando bucólicos con iniciales que son nombres de enamorados, números que son fechas (2). Y aún hubo quien, cortejado por la Musa inquieta, supo arrancarle un rayo de luna (3), que por la noche se transformaba en una dona del auga, como dirían en esas tierras celtas del Norte, donde todavía la magia forma parte de la vida cotidiana. Fue el mismo poeta que, alejándose algunos metros de su cantarina orilla, imaginó una cruenta historia de fantasmas para conmemorar el Sammain celta bajo la piadosa forma de la noche de Todos los Santos. Es Júpiter, el Padre Duero; aquél, cuya sabia canción, posiblemente inspiró también a los alarifes mudéjares que soñaron unos arcos, a golpes de escuadra y cincel, que imitaban la magia de Dios. Y quizás también a aquéllos otros, que mirándose en el espejo celestial que son sus aguas, levantaran las antiguas murallas de la ciudad. Y al pontífice desconocido pero sabio, que dotó de ojos a su puente. Ojos que el río, al pasar, convertía en círculos perfectos que hacían buena la vieja conseja de Hermes Trismegisto, o el Tres Veces Grande, referida a que, igual que arriba es abajo. Y por encima de las murallas, la iglesia de la Virgen del Mirón, cuya imagen milagrera encontraron unos bueyes que se negaron a arrastrar el arado de un humilde labrador. Ribera de monjes, guerreros y labradores; de eremitas y santones; de despedida de Sanjuanes; de recuerdos y añoranzas; de un te quiero y un adiós, contenidos todos ellos en esos frágiles barquitos de papel, que son nuestros recuerdos, y que se lleva el río para jamás volver.


(1) Gerardo Diego.
(2) Antonio Machado.
(3) Gustavo Adolfo Bécquer.

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