viernes, 3 de mayo de 2013

Revisitando el claustro románico de la concatedral de San Pedro


Sorprende pensar, que los primeros orígenes de este representativo monumento histórico-artístico, se remonten, según algunas fuentes que se reparten en la propia concatedral, al año 1118, fecha en la que, en Tierra Santa, se concibió un proyecto religioso-militar, cuya historia continúa atrayendo la atención de un mundo todavía ávido de respuestas imposibles hacia los grandes misterios de todos los tiempos: la creación de la Orden del Temple. Pobres y poco conocidos, como suelen ser, generalmente, todos los inicios que se remontan milenios en el tiempo, se supone que los orígenes de la actual concatedral, se constituyeron alrededor de una humilde ermita dedicada a la figura de San Pedro, el guardián de la Llave, figura a la que, vaya Vd a saber por qué, los gremios compañeriles no hicieron santo patrón de las canteras de las que se nutrían, para hacer Arte de su esfuerzo y su sudor. Y no obstante, a juzgar por los restos de aspecto prerrománico que aún pueden observarse, quizás hubiera que plantearse la posibilidad de que dichos orígenes fueran incluso mucho más antiguos de lo que generalmente se cree. Quizás fuera por lo que, a juzgar por estos datos relativos, casuales e insignificantes, así como por las innumerables huellas dejadas en su maravilloso claustro románico, o quizás por una mala jugada de las Musas, escritores de talla y sorianos por derecho de nacimiento, como Fernando Sánchez Dragó, hicieran, en una de sus obras más atrayentes y fascinantes (1), mención a la templariedad de cierta ermita de San Pedro, situada a los pies del celebrado Monte de las Ánimas (2).
Cabría pensar, que con tal descripción, pudiera haberse referido a un lugar no menos emblemático, mágico sin duda alguna y ejemplo merecido de belleza y perfección, como es el monasterio de San Juan de Duero, del que se sabe, que perteneció a la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Pero no se entiende tal confusión, a no ser que se dejara llevar por la irresistible atracción de las leyendas de Bécquer. O quién sabe, hipotetizando con la idea de que, de una manera subjetiva –en ningún momento, se me ocurriría poner en duda la inteligencia y la asombrosa capacidad intelectual de una persona a la que admiro en su faceta de escritor- pretendió hacer un guiño a este templo que, con las sucesivas modificaciones y ampliaciones que se acometieron a lo largo del tiempo, hicieron de él la actual concatedral.
Sea como sea, y lejos de enfatizar una cuestión que me temo, pocos investigadores tienen en cuenta –de hecho, Soria tiene los suficientes lugares templarios y también las suficientes confusiones como para no pretender marear más la perdiz- es un hecho remarcable –y con esto, voy finalizando esta soberana especulación- que el lugar fue repoblado por el rey aragonés Alfonso I el Batallador, soberano de gran carisma y alma de cruzado, en cuyo testamento –Historia pura y dura- donaba prácticamente sus reinos y territorios, a las órdenes militares, principalmente al Temple y el Hospital.
Tampoco tiene nada de particular, decir que en los sillares del claustro románico, se siguen viendo, marcados profundamente en el alma de la piedra, numerosos símbolos –incluidas las más comunes de las cruces utilizadas por los Pauperi Christi, el modelo patado- que destilan cierta heterodoxia y que llaman poderosamente la atención. Símbolos y señales mudas –ajenas a las especulaciones de generaciones de personas que las contemplan, responsables de su propio misterio- que se pueden encontrar, también, en los claustros de otros lugares relevantes de culto, como, por ejemplo, el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campóo, Palencia.
Ignoro cuántas veces he estado en este lugar, pero sí sé que en cada nueva visita, extraños pensamientos acuden a mi mente. Pensamientos que, erradas o no las conclusiones que generen, están motivados por nuevas visiones, nuevos descubrimientos –por ejemplo, ese imponente capitel que juzgo más en consonancia con la idea de la Diosa Madre, que de la lujuria que generalmente quieren hacernos creer; o el recuerdo de las manos de ese ángel, cuyas desproporcionadas dimensiones recuerdan similar costumbre entre la imaginería cátara- que alteran las sensaciones y animan no sólo a disfrutar de la belleza implícita, sino también a soñar con la magia de los dobles sentidos, a los que tanto se prestaban los canteros medievales y quizás, también, por qué no decirlo, a ver fantásticas posibilidades en un lugar donde, después de todo, el mensaje burlón e iniciático de éstos sea tan claro, que no sería descabellado sopesar la posibilidad de ponerse gafas en el alma, para poder leerlo con toda tranquilidad.
Simplemente, una pequeña reflexión que se me ocurrió revistando el claustro románico de la concatedral de San Pedro.



(1) La obra en cuestión, no es otra que ‘Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España’, edición Círculo de Lectores, 1983.
(2) La referencia se puede localizar en el Tomo I de la edición anteriormente consignada, páginas 404-405.

2 comentarios:

El Deme dijo...

Un claustro maravilloso, a pesar de haber perdido la cuarta hilera de arcos. Al menos quedan las otras tres.

juancar347 dijo...

Es verdad, Deme. Muchas veces me pregunto dónde estarán los motivos ornamentales de ese arco desaparecido y cuáles no serían también sus enigmas, teniendo en cuenta la calidad que los que todavía podemos contemplar. Como siempre, bienvenido por aquí y un abrazo.