miércoles, 28 de agosto de 2013

Valtajeros



Situado a algo más de mil doscientos metros de altura y a una distancia aproximada de diez kilómetros de San Pedro Manrique, otro de los pueblecitos de las Tierras Altas por los que merece la pena darse un paseo, es Valtajeros. Teóricamente, tanto la estructura como la distribución de sus casas, no difiere en absoluto de aquellas otras con las que el viajero se va encontrando a lo largo de su recorrido por estas inmensas soledades serranas: sólidas estructuras, en las que la piedra constituye la materia prima principal. Una piedra, amiga y familiar, que se amolda al carácter de estas gentes, protegiéndoles de los rigores de los duros inviernos, y a la vez, procurándoles aislamiento y frescura en los tórridos días de verano, cuando grillos y cigarras reproducen cantos de violín, homenajeando a la calima.
Apenas recién entrado en el pueblo, el viajero se encuentra, prácticamente de frente, con el primero de los dos elementos, que muy probablemente, le llamen más la atención. Se trata de la picota, o rollo jurisdiccional, cuya visión le ofrece una idea aproximada de la importancia e independencia que el lugar tuvo en el pasado. De aspecto barroco, aunque desprovista de florituras que tiendan a hacer aún más tétrica su siniestra función como lugar de represión y ejecución de penas, la picota de Valtajeros se yergue enhiesta, cual obelisco apuntando hacia el divino cielo, a escasos metros de la puerta del club social, cuyo cartel luce, para más señas, Casa de la Villa. Si tomamos esta referencia, y continuamos la marcha hacia la derecha y hacia arriba, siguiendo una estrecha calle donde las casas están tan juntas, que apenas permiten que los rayos del sol iluminen unas sombras que tienden a ser eternas, desembocamos en la parte más alta del pueblo, allá donde la pradera todavía muestra rastros de las últimas nevadas y donde se asienta, para nuestra sorpresa y disfrute visual, una curiosa estructura de inequívoco aspecto militar: se trata de la iglesia parroquial. Quizás al viajero más experimentado, no le suponga una novedad fuera de lo común, ateniéndose a que no es el único caso de iglesia-fortaleza que se ha podido encontrar durante sus excursiones por la provincia, siendo un ejemplo interesante, quizás, la parroquial de Fuensaúco, bastante más cercana a la capital. Pero puede que sí le llame la atención, algunas afirmaciones (1), donde, a mucha menor escala, desde luego, suelen comparar este curioso templo de Valtajeros, con la iglesia-castillo de San Miguel, situada en la vecina población segoviana de Turégano. Y es que, tanto los hastiales, como los matacanes y los merlones, le confieren un sólido aspecto de pequeña fortaleza, que fue convenientemente modificada en los albores del siglo XII, cuando las hostilidades entre dos reyes –Sancho el Fuerte de Navarra y Alfonso VIII de Castilla- parecían hallarse en su punto más álgido.

Un fragmento de Historia, en un pueblo serrano que, a pesar de las instalaciones modernas, como el frontón que se localiza junto a la fuente o abrevadero, aún conserva, en su patrimonio, algunos enigmas que descifrar.


 
(1) Cayetano Enríquez de Salamanca: ‘Rutas del románico en la provincia de Soria’, Codex-Rom, 1998, páginas 56-57.

2 comentarios:

El Deme dijo...

Da la sensación de que toda la belleza y toda la soledad se dan cita en Valtajeros, un lugar perfecto para esconderse del mundo.

juancar347 dijo...

Que no te quepa duda, Deme. Tal y como dices, belleza y soledad son adjetivos que suelen definir, bastante cumplidamente, dos de las principales características de nuestros pueblenis, sin importar la zona geográfica en la que se encuentren ubicados. Y aún añadiría que ambas cualidades, en el fondo, no hacen sino realzar aún más ese espíritu rural, bajo cuyo contexto se oculta mucha historia y por desgracia, también muchas tradiciones que con el tiempo se van olvidando. Un abrazo