domingo, 1 de junio de 2014

San Esteban de Gormaz: las legiones perdidas


- Dígole yo, don Dimas, que en cuestión de Cultura y Patrimonio, continuamos siendo unos Quijotes en este país.
- Qué razón tiene, don Senén. Como decía nuestro ilustre paisano Fernando, sólo hay un Quijote de la Mancha, nuestro dios, y Cervantes es su profeta... (1).
 
San Esteban de Gormaz, la antigua Castromoros de los cronicones medievales; solaz y baluarte del moro a este lado de la frontera del Duero. Una frontera que, durante siglos, fue tan impenetrable como aquél famoso muro de Berlín que fraccionó también Europa en dos mundos antagónicos. Tal vez fuera el bueno de Don Quijote, o el Orlando de Ariosto furioso, o el inconstante Campeador Rodrigo Díaz o, por qué no, la misma Parca cansada de tanto clasicismo e imperio en cultura de toro y caballo quien empleó el filo de su guadaña emponzoñada para hacer añicos las lápidas de las legiones -entiéndase no sólo milites, sino también patricios y siervos, procuradores y legados y demás camuña parida por la gran Loba en los Apeninos- caídas por el águila jupiteriana o los cuernos de Tutatis en sagrada tierra numantina. Pudo ser cualquiera, excepto, quizás, ese entrañable aunque a veces bobalicón cierzo que desciende cual travieso chiquillo de las abigarradas cumbres del lejano Moncayo, para partirse los pulmones a este lado de unas parameras ancestrales, cuyo suelo abreva lágrimas de oro en los charcos inconstantes del recuerdo. Un atisbo la noche anterior, después de cenar, cuando la luna menstruaba a hurtadillas en un cielo cubierto de nubes, que auguraba un amanecer de angelotes meones precediendo a una jornada de altibajos, donde se empezaba a echar de menos el tradicional canto del gallo tocando a rebato. Una Plaza Mayor herida de soledad, bancos y soportales silenciosos y un reloj, allá, en lo alto del Ayuntamiento, obstinado -quizá por sortilegio de algún diablo cojuelo-, en no rebasar la frontera de las ocho. Deslizándose como ladrones furtivos por los tejados de una ciudad dormida, volutas de blanco humo advierten, quizás, que hay alquimistas en vigilia que se dedican a la noble labor de transmutar la materia prima que descansa en el fondo de sus hornos, en mágico pan inmaculado. Es la piedra filosofal del mundo, el maná que se cuela en los hogares, sin importar rango y condición. El Santo Grial que proporciona la tierra con la sementera y el sudor del campesino. Adelante y cuesta arriba, la calle Mayor parece tener fin en el puerto donde encalló, allá por el siglo XII, la nave de la iglesia de Nª Sª del Rivero, cuya espadaña, desplegada como el palo mayor de una nao, parecida, quizás, a aquéllas que gustaban arribar a las costas gallegas dejando como tesoro reliquias de apóstoles y santos, vigila, impertérrita, el desembarco de turistas, herido su corazón con monótona languidez, como diría el poeta Verlaine. A la derecha, y como queriendo no ser mayor con la calle, un antiguo palacio muestra en su escudo cruces templarias y palmeras jerusolimitanas que invitan, siquiera sea el tiempo que tardan en desvanecerse como pompas de jabón esos mundos de don Manuel Machado, a especular, que especulando también se hace camino. De vuelta a la calle, que no por llamarse Mayor deja de ser estrecha como el cuerpo de un gimnasio, los fragmentos de lápidas romanas rellenan, como los parches en los codos de las chaquetas, otro edificio señero e inmemorial, con olor a escribanía e inquisición. Algunas, acompañan de cuerpo entero los alféizares de unas ventanas a las que difícilmente llegan los rayos del sol, que tal vez no se atrevan a iniciar siquiera el intento, por miedo a que los barrotes les impidan la salida. En su diseño, se advierte, que si bien las hexifolias y las cuadrifolias de antaño han dejado paso a los claveles y los pensamientos de hogaño, la flor, como el caballo o como el toro, continúan siendo, después de todo, el elemento psicopompo del pueblo.
En las viejas puertas abiertas de par en par de la medieval muralla, los sueños, afortunadamente, ya no pagan portazgo.
San Esteban de Gormaz, 20 de abril de 2014 

video
 
(1) Fernando Sánchez Dragó: 'Discurso numantino: segunda y última salida de los ingeniosos hidalgos Gárgoris y Habidis', Editorial Planeta, S.A., primera edición: mayo de 1995, página 66.

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola Juan Carlos! A veces, Sánchez Dragó está acertado y la palabra Quijote ¡Me encanta, ya lo sabes! Aunque para mi más que Dios es un soñador. Me encanta, la forma de exponer, vas narrando tus pasos calle a calle, desde la calle Mayor, que también me admiró su tamaño, a las marcas medievales que dejaron su antiguos moradores. Tendré que volver más veces para poder ojear lo que como bruja volé.
Un beso mi Quijote favorito!!!

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Siempre le he respetado como intelectual y un gran conocedor de la España Mágica, además de magnífico escritor, rayando en muchas ocasiones (es mi opinión) en la genialidad. Y en ese sentido, no tengo ningún problema en ponerlo como referente y referencia. Y de don Quijote, qué puedo decir, salvo que es mi caballero preferido: ojalá la claridad de su locura me alcance a mí algún día, ja,ja... Los lugares, cuando se tiene la oportunidad, hay que ojearlos con kalma; o lo que es lo mismo, con ojo de bruja, porque siempre guardan algo que puede sorprendernos en las sombras de la más tranquila de sus callejas. Y San Esteban, como bien sabes, tiene muchas sombras y mucha Historia.
Un fuerte abrazo