domingo, 5 de octubre de 2014

Villaciervos


De la medieval Villaciervos de Yuso, o de Abajo, como se la conocía allá por el siglo XII, cabe reseñar esa curiosa torre del reloj, construida hacia 1884, que el viajero se encuentra prácticamente de sopetón unos tres kilómetros más adelante, apenas abandonado Villaciervitos, continuando viaje por la carretera nacional 122 que une Soria con Valladolid. Cuentan, que entre sus tradiciones perdidas, estaban unas curiosas danzas que se crearon hace justamente cien años; que se cantaban albadas en las bodas, como en Aragón y que los mozos pedían la gallofa el Martes de Carnaval, el segundo día de Pascua y también por Santa Ana, la Madre de la Madre. De sus cofradías, dicen que todavía continúa vigente la de la Vera Cruz. Dicen, así mismo, que ayudaron a una reina y su séquito, que se quedaron atascados en el puerto, en el lugar conocido a partir de entonces como Cuesta de la Reina, y que de similar manera a como ocurriera frente al moro, que había puesto cerco a las murallas del castillo toledano de San Servando, fueron las mujeres quienes resolvieron la situación. Que en su término, nacen los ríos Mazos e Izana y que el santo titular, aquél que brilla por encima de San Cristóbal y San Roque -titulares de sencilla ermita-, no es otro que San Juan Bautista. De su caldero histórico, pues, no hay duda que se desprende, en lo más espeso de su caldo, cierto aromilla heterodoxo, que no hace justicia, en la actualidad, a un pueblo que parece dormido sobre sí mismo, observando con parsimoniosa monotonía el ir y venir los vehículos por una carretera nacional distante trece kilómetros de Soria.
 
Cumplidas las exigencias del guión, de mis recuerdos, me quedo, Dios mediante, con el momento especial de una tarde de abril y una imagen detenida en el tiempo. Una imagen extramuros de la ciudad, que quedaba detrás, enmarcada en la resaca de unos cielos de tormenta, que horas antes habían soltado todo el agua que precede a la ventosa del viento del norte. Los prados del color de las esmeraldas que portan las casacas de los elfos; los álamos, tristes y silenciosos, llorando melancolía sobre las aguas tranquilas de una charca, apenas mecidas por un viento que parecía haberse sosegado a instancias de un invisible San Telmo. Y algo más allá, reflejados sus tejadillos de roja porcelana en el espejo transparente de las aguas, una iglesia que, aunque moderna, imitaba en su concepción la magia arqueométrica de la ilusión de los sapientes canteros medievales.

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