martes, 4 de abril de 2017

San Caprasio in excelsis


Son apenas media docena los kilómetros que separan a Narros de otra antigua población mesteña, que como en su caso, va manteniéndose con mayor o menor holgura en base a los réditos de una sufrida agricultura y una ganadería quizás venida a menos, pero cuya antigua gloria late con fuerza todavía en su nombre: Suellacabras. De igual manera que Narros, Suellacabras mantiene también, en su conjunto urbano, esa ruda predilección por el encanto natural de la piedra y esa fidelidad –tal vez motivada adecuadamente en los siglos oscuros por la Santa Inquisición-, de aplicar a los dinteles de sus casas el santo sacramento de la bendición, con cruces monxoi, custodias, soles y aves, que paradójicamente y como en el caso de la estela funeraria de Narros, a la que ya hicimos referencia, también ocuparon alguna interesante reseña cuando fueron tímidamente sacados de su ostracismo original, allá por los felices años ochenta, en aquél referente de la España mistérica, que fue la revista Mundo Desconocido que dirigiera el ya fallecido, aunque polémico periodista y escritor Andreas Faber Kaiser (1). Pero de igual manera –o quizás mucho más acentuado aún que en Narros y otras poblaciones vecinas-, en los haberes de Suellacabras existe una imaginaria contabilidad de enigmas y misterios, que si bien en la actualidad no parecen inclinar la balanza de la cuenta de resultados hacia una notable expectación –referida, sobre todo, al ámbito del turismo de masas, como ocurre, por ejemplo, con el Cañón del Río Lobos y su emblemática ermita templaria de San Bartolomé-, sí asientan, sin embargo, los réditos y débitos de un pasado rico en historia, leyenda y tradición. Lo más interesante, y por defecto, lo que invita a la aventura, sirviendo, a la vez, como cebo irrechazable para el hermeneuta –como diría Mircea Eliade- o incluso para el aficionado que espera serlo algún día –como diría el que suscribe-, se localiza fuera del ámbito urbano, aproximadamente a kilómetro o kilómetro y medio de distancia, atrapado en el limbo del recuerdo, perdido entre montes, parameras y algún rebelde brote de tristes sauces, cuyas raíces se mal nutren, acaso, de las peligrosas aguas de ese arroyuelo, cuyo nombre, Malo –sirva de aviso para los intrépidos-, invita siempre a respetar, por mucha que sea la sed que se pase en el trayecto: la enigmática ermita de San Caprasio.

Certeras son, por otra parte, las manifestaciones de Sánchez Dragó (2) cuando, haciendo alardes de suficiencia naturalista, comenta el tipo de plantas que crecen con mayor profusión en una tierra aparentemente baldía: nuzas o tomatitos del diablo –posiblemente, las más abundantes y cuya identificación no genera dudas-, belladona, beleño, estramonio y cicuta. Contando con tales antecedentes –siglos antes de que Castaneda descubriera las virtudes del peyote de la mano del brujo yaki Don Juan o de que Aldous Huxley comenzara a ser un modelo para las futuras generaciones hippies con sus trabajos relacionados con esas puertas de la percepción, a las que antiguamente se accedía después del consumo adecuado de ciertos hongos, como la amanita muscaria, que generalmente recibían el glorioso apelativo de alimento de los dioses, y por la misma época, aproximadamente, en que el doctor John C. Lilly sorprendía con sus experiencias extrasensoriales en cámaras de aislamiento instaladas bajo control en la Universidad de Berkeley (3)-, podemos encontrar aquí, en un lugar cuya soledad vampiriza el alma, los agentes diabólicos –o al menos, una buena parte de ellos- que pudieron afectar decisivamente a la fama de brujerías y aquelarres mantenida a lo largo del tiempo, justificando, de paso, la presencia aparente de un santuario cristiano, cuyas características y advocación, no obstante y después de todo, huelen a heterodoxia a kilómetros de distancia. 

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San Caprasio –nombre que ya de por sí debería sugerirnos la probable cristianización de unos cultos celtíberos anteriores, a la mayor gloria de oscuros dioses cornudos, como Pan o Cernunnos, pues no olvidemos, que después de todo, estamos en tierra pelendona-, resulta en Soria –o lo fue en el pasado-, un nombre relativamente corriente. No así, desde luego, en un devocional cristiano, donde, aparte de la presente ermita tan sólo existe otro precedente en la Península –al menos del que yo tenga constancia, desde luego, aunque campanillas me suenan por la zona del Maestrazgo, dato que habrá que verificar en un futuro-, en un sitio muy específico y no menos interesante, como es la ermita mudéjar de San Caprasio, situada en la población oscense de Santa Cruz de la Serós, a insignificante distancia de un lugar mítico, como es el monasterio de San Juan de la Peña, donde se ocultó durante siglos una de las reliquias más sagradas de la Cristiandad: el Santo Cáliz o Grial, que actualmente se custodia en la catedral de Valencia. Por otra parte, a tan misterioso personaje, podría encuadrársele dentro de esa categoría especial de santos renacidosrebautizados o reabsorbidos-, que quizás señalan lugares muy especiales, conservando unas devociones populares que han ido menguando con el paso de los años, entre los que podrían citarse, como ejemplo, aquél curioso San Veremundo –patrón de los peregrinos en Navarra-, o aquélla hercúlea gigantona, Santa Trahamunda, cuyo sarcófago de piedra –sólo identificado con una cruz ahorquillada y posiblemente de origen suevo o visigodo-, se venera en el monasterio pontevedrés de San Juan de Poio, en una capilla donde, curiosamente, comparte protagonismo con la copia de una Virgen Negra, con fama de muy milagrera y que todavía, en la actualidad, goza de una especial devoción popular: la riojana de Valbanera.

La ermita, de una rusticidad asombrosa, ha sido recientemente liberada de los escombros y hierbajos que prácticamente invadían la planta de la nave –iniciativa de recuperación de patrimonio histórico, que habrá que agradecer al Ayuntamiento de Suellacabras y a la Junta de Castilla y León-, detalle que permite apreciar, en su totalidad, el formidable –y casi me atrevería a decir que único, cuando menos en la provincia-, conjunto simbólico, que por sí mismo, constituye no ya una rareza, sino todo un tesoro que hay que saber conservar y apreciar. Lo más impresionante, quizás, sea el genuino laberinto que se aprecia en el suelo, enfrente de la puerta de acceso a la ermita. Una puerta, que ya no conserva la madera donde, según la leyenda, los cascos del caballo del Apóstol Santiago dejaron su huella cuando la golpearon, buscando refugio mientras huía de un terrible dragón (4). Aparte de anunciar algo sagrado y permitir el acceso a los iniciados –como reza el cartel explicativo-, el laberinto nos sugiere mucho más. Y como dice Joseph Campbell (5), es un símbolo que nos remite a la Diosa. De estas representaciones, el arte románico cuenta con un verdadero repertorio –se me ocurre citar, como ejemplo, el extraordinario capitel de la iglesia vizcaína de Délika-, si bien, general y erróneamente, se las suele interpretar, sobre todo en ámbitos académicos, como una representación de la lujuria. Existe también, la curiosa leyenda relativa a una piedra, situada en la nave de la iglesia –seguramente disimulada entre las numerosas hexapétalas representadas-, que afirma que el mozo que la pisa con fe encuentra pareja antes de finalizar el año, si bien, Sánchez Dragó va mucho más allá, en el libro oportunamente citado, alegando que se dice que la moza que la pisa da a luz, aunque no esté casada por la Iglesia. En definitiva: sea como sea, créase o no en los viejas historias y leyendas, de lo que no cabe duda es de que una visita a este enigmático lugar da cancha, cuando menos, a poder disfrutar de una más que curiosa aventura.
  (1)Polémico fue, por ejemplo, y todavía continúa dando coletazos, su libro ‘Jesús vivió y murió en Cachemira’, basado en las experiencias de un viajero ruso de finales del siglo XIX y principios del XX, de nombre Nikolai Notovich. También corrió bastante tinta en relación a si su muerte fue natural, accidental o interesadamente provocada. 
F(2) Fernando Sáchez Dragó: ‘Soseki, inmortal y tigre’, Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, octubre de 2009, páginas 74, 75.
 ((3) Posiblemente, de esas experiencias, recogidas cuando menos en una primera etapa y publicadas en España por la editorial Martínez Roca bajo el título de El Centro del Ciclón, se nutrieran los guionistas de Hollywood para hacer todo un clásico en la materia, Viaje alucinante al fondo de la mente, película interpretada por el actor William Hurt.
) (4) Estas leyendas, referentes a las huellas dejadas por el caballo de Santiago, bien huyendo de los moros bien de algún terrible dragón, como en este caso, son abundantes y casi todas ellas se enclavan, sospechosamente, en lugares de influencia megalítica, que además contaron con profusión de cultos precristianos, en algunos de los cuales, coincidiendo, también, con una presencia no menos misteriosa: la de los caballeros templarios. Tal sería el caso de la supuesta huella del casco del caballo de Santiago, dejada en una roca cercana a la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos. Idéntica tradición se recoge, así mismo, en otra roca situada en las inmediaciones de la ermita de planta octogonal de Santiago, enclavada en la cima del Monsacro asturiano.

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