lunes, 28 de mayo de 2007

Cruces en el camino, ¿símbolos de fe o algo más?


Se levantan en mitad de los caminos; en las encrucijadas; en las cercanías de ermitas, iglesias y lugares consagrados; a la entrada y a la salida de los pueblos. A veces en solitario, y otras en grupo -como las de la fotografía de la derecha, localizadas en el pueblo de Pinilla-, las cruces, cruzetas o pairones, constituyen un interesante enigma, tan fascinante, quizás, como el misterio que envuelve las marcas de cantería que acompañan siempre a las principales construcciones de estilo románico diseminadas a todo lo largo y ancho de la geografía peninsular.
Algunas contienen elementos bellamente labrados, como una con forma de doble cruz o cruz de caravaca, que se encuentra a la salida de la población de Berlanga de Duero; incluso existe otra en dicha población -situada junto a un parque infantil, muy cerca del castillo-, con la figura martirizada de Cristo; otras -posiblemente la mayoría- están con la piedra tan desnuda de adornos, símbolos y cualquier tipo de abalorio, que recuerda al ser humano cuando nace. Existen las que señalan la proximidad de una ciudad; otras, fueron donadas a los caídos en las guerras. Están, también, por supuesto, las que recuerdan el punto kilométrico de la carretera donde el destino se llevó un día aciago a un ser querido. Y aún hay otras más, que marcan las estaciones del viacrucis en las procesiones del Viernes Santo.
Las hay que determinan, estratégicamente situadas, un camino iniciático, como el Camino de Santiago, señalando al peregrino las etapas de su largo y tortuoso viaje.
Para algunos investigadores, las crucetas, en muchos casos y a falta de una iglesia, constituían el punto de reunión para celebrar las misas.
Pero, quizás, el lado más romántico de estos símbolos solitarios, tristes y melancólicos, sea el que ofrece la Literatura.
En efecto, cuando la leyenda y la fantasía se confabulan, las crucetas se convierten en el cerrojo que asegura -en algunos casos- la puerta del infierno que impide que los espíritus impuros se manifiesten en el mundo. Pongamos, como ejemplo, la leyenda 'La Cruz del Diablo', de Gustavo Adolfo Bécquer, y el espíritu perverso, inquieto y vengativo del señor del Segre. Aunque, por cierto, en este caso la cruz era de hierro, como esa cruz de triste recuerdo -comparativamente hablando- que muchos oficiales alemanes buscaban ansiosamente conseguir en la II Guerra Mundial.
Incluso resulta curioso, a mi modo de entender, observar éste tipo de manifestaciones sacras -figuras de Jesucristo, de la Virgen y de los santos- en muchas películas de terror de la 'saga Drácula', producidas por la productora británica Hammer Films en los años setenta. Es fácil observarlas en las encrucijadas de caminos, así como en las cercanías del siniestro castillo que el conde vampiro utiliza como guarida.
Pero, en cualquier caso, ¿qué viajero no dirige su atención hacia ellas cuando se las encuentra en el camino y se deja arrastrar por el pensamiento de que tal vez no representen lo que realmente parecen?. ¿Quién, utilizando el recurso de la curiosidad, no se ha preguntado alguna vez, por qué se levantaron y sobre todo, quién las levantó?.

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