jueves, 16 de agosto de 2007

El Cristo templario de San Bartolomé de Ucero



Muchas son, no me cabe duda, las cosas verdaderamente interesantes que ofrece un lugar tan emblemático, especial y por regla general incomprensible, como es la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero. Cerrada a cal y canto como la caja fuerte de un banco durante la mayor parte del año, tener la oportunidad de poder atravesar su umbral porticado de seis hermosas arquivoltas, puede llegar a conseguir, en un momento determinado, que el visitante piense que los milagros existen o, en su defecto, que las misteriosas leyes que rigen la casualidad, no sean tan fáciles de entender, como a priori pudiera pensarse. Supongo que eso fue, más o menos, una de las sensaciones emocionales que tuve ocasión de experimentar cuando, resignado a tener que volver otra vez a contemplarla por fuera, me encontré sus puertas abiertas de par en par.
Reconozco que al principio pensé que como se acercaba la fecha de la festividad de San Bartolomé -24 de agosto- los responsables diocesanos de la ermita habían enviado a alguien con el fin de limpiarle un poco la cara por dentro -digámoslo así- e ir dando comienzo a los preparativos de la romería en ciernes. En ese momento, por supuesto, ignoraba la iniciativa y puesta en marcha, por parte de la Junta de Castilla y León, del Programa de Apertura de Monumentos en Castilla y León, bajo el prometedor eslógan de 'Restauramos y abrimos en verano'. Vaya, por ello, mi enhorabuena a la Junta por tan prometedora iniciativa.
En ocasiones, intentar exponer con palabras la sensación, impresión o efecto que nos produce algo, no resulta tarea fácil. Supongo, que una vez que se atraviesa el umbral, todavía no repuesto de la agradable sorpresa que acabas de recibir por encontrártelo abierto, te pasa lo que al marinero novato que se embarca por primera vez en un portaviones: todo le parece tan grande, tan espectacular, que no sabe por dónde comenzar a buscar su cuarto. Eso mismo sentí yo cuando entré en la ermita de San Bartolomé. Me parecía todo tan grandioso, espectacular y desconocido, que tuve verdaderos problemas para decidir por dónde comenzar a mirar. Quizás por eso, decidí sentarme en un banco, cerca de la entrada, y apuntar en el cuaderno de notas todo cuanto comenzaba a entrever. Es posible que tal acción 'abriera' la puerta -Xavier, ya me comentarás, si no- al milagro. Pero lo cierto es que, la Junta, el Obispado, o sencillamente Dios, puso un ángel de la guarda para guiar mis pasos e indicarme multitud de detalles -a cuál más interesante- que sin su generosa ayuda, posiblemente hubieran pasado por completo desapercibidos.
Mi ángel en San Bartolomé no tenía alas, al menos visibles; ni tampoco una espada flamígera con la que ahuyentar a los demonios y a los vándalos que se atrevieran a presentarse en un lugar al que ella -textualmente- 'adora'. Mi ángel, solícito como el más solícito de los ángeles, se acercó a donde yo me encontraba sentado -recuerdo que intentaba dibujar, con más o menos acierto una pila bautismal añadida a la pared- e indicándome con sus delicados dedos en una y otra dirección, me susurraba al oído: '¿te has fijado en esto?'; '¿y en aquéllo?'. Gracias a mi ángel, descubrí al Santo Cristo, así como algunas de las muchas 'curiosidades' que le acompañan en la capilla en la que se encuentra.
Bajo la afortunada compañía de mi ángel, me percaté del juego de perspectiva con el que los maestros canteros habían jugado con las figuras de los capiteles que guardan uno de los sepulcros. En efecto, a indicaciones de mi ángel, lo que en un principio veía como -por poner un ejemplo- un motivo floral, visto desde otro ángulo, representaba a la perfección los rasgos de un carnero.
Pero no era esa la única sorpresa que me aguardaba. En efecto, a los pies del Santo Cristo, en el lateral izquierdo del escalón del altar sobre el que se levanta, una diminuta cabeza había pasado por completo desapercibida para mi -no tengo ningún reparo en reconocerlo- repentina 'ceguera'. Gracias a Dios, allí estaba mi ángel, que, como un fiel lazarillo, guió con paciencia mis pasos. Aquello, sencillamente, era fantástico. Arrodillado para poder estudiarla mejor, he de confesar que por mi mente pasaron mil y una conjeturas, a cual de ellas más fantástica y atrevida:
- ¿No se decía de los templarios que eran 'adoradores de cabezas'?. ¿Representaba aquélla diminuta cabeza una alegoría al controvertido, enigmático y poco comprendido Baphomet?.
- ¿Era, quizás, una alegoría a la cabeza de San Juan Bautista, figura por la que los frates milites sentían una especial veneración, o sencillamente se trataba de la cabeza de un simple fraile, utilizada como motivo de ornamentación?.
Claro que, si este fuera el caso, ¿por qué aparece sólo en el lado izquierdo?. ¿Por qué no adornar con otra cabeza semejante el lado derecho?. ¿Qué sentido tiene adornar un extremo y el otro no?.
Reconozco que hasta la fecha, este pequeño enigma me desconcierta.
- ¿No te sugiere nada la figura del Santo Cristo -hay quien se refiere a Él como el 'Cristo Miserere'-; no observas algo diferente?, -preguntó mi ángel, observándome con atención.
Mi desconcierto iba en aumento; y supongo que por temor a hacer el ridículo, o quizás para no evidenciar más de la cuenta mi manifiesta ignorancia, decidí -creo yo que prudentemente- guardar silencio. Aquélla pequeña 'estratagema' dio resultado, porque a los pocos segundos, y sin duda percatándose de mi turbación aunque haciendo gala de una delicadeza intachable, mi ángel prosiguió:
- Es una de las pocas figuras de Cristo, en la que se pueden observar dientes y lengua. Ven, sitúate debajo...
En efecto, tenía razón.
- Pero todavía hay algo más, -continuó, mientras yo no dejaba de observar la boca entreabierta del Cristo. Fíjate que visto desde esa posición y a esa distancia, se aprecia que sus ojos están entornados, dando la impresión de estar agonizando...
Era cierto. Observado desde mi posición, se podía apreciar a un Jesús crucificado, a punto de expirar.
- Acércate ahora hasta donde yo estoy. ¿Observas algo más?.
Visto desde esa nueva posición, el Santo Cristo tenía los ojos cerrados, ofreciendo la consecuente impresión de haber expirado.
En ese momento, nuestras miradas se cruzaron durante un instante. Sobraban las palabras.
Aparte de otros detalles, mi ángel no me puso en aviso acerca del tipo de cruz sobre la que se desarrollaba la escena brutal de la crucifixión: era una cruz en forma de Tau.
Sin palabras. Aquél detalle, de por sí, constituía otro enigma. Pero eso forma parte de otra historia.
Vayan, eso sí, desde estas humildes líneas, mi más sincero agradecimiento a mi ángel: con ella aprendí, que una de las características del Cielo -posiblemente la mejor- es la Solidaridad.

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