domingo, 13 de enero de 2008

Arcos de San Juan de Duero: Magia y Esplendor


Curiosamente, a lo largo de mis viajes, tanto por la provincia, como por otras provincias que hacen frontera con Soria -como es el caso de Segovia y el altar que se encuentra en la sala de armas de la Veracruz- he podido encontrar suficientes referencias que me han traído inmediatamente a la memoria un nombre: San Juan de Duero.

Estoy seguro de que quien visita este milenario monasterio por primera vez, queda inmediatamente hechizado por su magia y su belleza; su perfección y su sobrenatural encanto, no dejando de maravillarse con la multitud de detalles que le llamarán la atención en el transcurso de su contemplación.

Poco o nada importa, en mi opinión, la eterna controversia que enfrenta a partidarios de Hospitalarios y Templarios en cuanto a la autoría de su ejecución y construcción.

Tampoco importa el hecho en sí, de que una vez sus ruinas estuvieran ocupadas por gitanos o que los ganaderos de los alrededores las aprovecharan para guardar el ganado y sus aperos de labranza, ante la indiferencia de las autoridades de la época, completamente inconscientes del daño que estaban consintiendo.

Importa el hecho -feliz acontecimiento- de que éstas, por fin, comprendieran su importancia, lo restauraran y convirtieran en Monumento Histórico-Artístico, brindando la oportunidad de que todo el mundo pudiera acceder con libertad y dejarse hechizar por la magia -convertida en matemática pura- de su diseño.

Porque San Juan de Duero, en el fondo, representa precisamente eso: el pensamiento mágico de una época considerada, generalmente, como oscura y salvaje, convertido en pura Ciencia. Matemática, Geometría y Astronomía, conforman, sin duda, las disciplinas que convierten esa pequeña parcela aledaña a la orilla del Duero, en un lugar único y privilegiado.

Entre la maravillosa factura de sus arcos, varios son los escritores que se dieron de bruces con la Diosa Inspiración, y cuyas historias, no por terribles, dejan de tener un considerable encanto, siquiera subyaciendo éste en el más puro romanticismo.

Tal es el caso, naturalmente, de Gustavo Adolfo Bécquer y su estremecedora leyenda 'El Monte de las Ánimas'. Dicho monte existe, en realidad, y hasta es posible que en la Noche de Difuntos la niebla, con las formas caprichosas que adopta en ocasiones, ayude a confundir sus jirones con las mortajas que ocultan los despojos de aquellos monjes guerreros que, siempre según la leyenda, murieron en una absurda y terrible carnicería.

Más romántico, incluso, será aquél que entre dichos jirones, vea el alma atormentada de Beatriz, vagando eternamente por haber inducido a su enamorado a encontrar una muerte horrible.

Pero serán muchos más los que hablarán de San Juan de Duero desde el fondo de su corazón, sin duda atrapados para siempre por los barrotes invisibles de esa cárcel de belleza que los maestros canteros medievales dejaron para la posteridad.

Lo repito y lo afirmaré siempre: nunca me canso de volver a los Arcos de San Juan.


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