domingo, 23 de marzo de 2008

Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta


SEGUNDA PARTE
Los interiores de Santa María

'Dios dispuso todo con peso, número y medida'
(San Bernardo)

El viaje había sido largo desde Molesmes, y a pesar de todos los obstáculos y de todas las dificultades habidas y por haber, el hermano Roberto las aceptaba con complacencia, sabedor de que los designios del Señor, al igual que sus caminos, son y serán siempre imprevisibles. Como imprevisible es, así mismo, el lugar en el que el corazón -independiente y tozudo como un asno- se detiene un día, negándose a continuar viaje.

'Tal vez los hermanos tengan razón en el fondo y sea este un lugar terrible', -pensó Roberto, echando una ojeada a su alrededor.
Ante sí, como esos áridos caminos de Palestina que un día hoyaron los pies de Cristo portando la Luz del mundo, un agreste infinito se extendía a todo lo largo y ancho del horizonte, sin otra señal de vida que el planeo ocasional de alguna ave rapaz oteando la tierra en busca de cualquier presa que se pusiera al alcance de sus garras. Los rayos del sol lamían las faldas de las numerosas quebradas y farallones, aplicando un tinte dorado a las laderas de los valles, moteadas de arbustos y matorrales, que atraían al olfato aromas de jara, tomillo y yerbabuena. Tierra de nadie, frontera entre reinos moros y cristianos, el hermano Roberto tuvo conciencia, quizás por primera vez después de cruzar los Pirineos, de que allí, precisamente allí y no en otro lugar, se hallaba el omega de su largo viaje y el alfa de su misión.
Fray Roberto mira a sus hermanos, arrebujados entre las mantas y sonríe con conmiseración. No es la primera vez que intenta hacerles comprender que es imposible detener a un hombre cuando tiene una sagrada misión que cumplir. Y él, sin duda, tiene una. Tal vez por eso, aquél endiablado viento que los aldeanos denominan 'cierzo', lejos de hacerle desistir, le anima aún más, si cabe, a continuar, sin importarle, siquiera, las veces que su gélido aliento le hacen estremecer.
Observa la aldea, apenas unas casuchas que sólo se tienen en pie por la infinita misericordia de Dios, y a sus gentes, que sobreviven milagrosamente en la precariedad de una tierra que apenas les da lo suficiente para sobrevivir. Entonces, tiene la primera de sus visiones: ante sí, tan real que casi puede tocarlo con las manos, se extiende, a todo lo largo y ancho de la vega del río Jalón, un prometedor vergel que proveerá de alimento a la futura comunidad, la cuál, por otra parte, será una prolongación del Císter en el lugar.
Incluso ve el sitio preciso donde ésta se levantará; en un pequeño valle a orillas del río que, casualmente o por intercesión de Dios, está siendo marcado en ese preciso momento por la luz del sol, que se encuentra alto y glorioso, liberando de sombras hasta el último confín de la tierra.
Sabe que no verá la obra terminada, pero de igual manera, reconoce que ese es un detalle sin importancia. Como buen campesino, él plantará la primera semilla, sabedor de que sus raíces se hundirán profundamente en la tierra, convirtiéndose, con el tiempo, en una hermosa planta. Del tronco de la planta, brotará una iglesia que estará dedicada a Santa María y alrededor de ella, en lo que constituirían las ramas o extremidades, el resto de edificios albergarían en su interior a una gran comunidad de monjes, que comulgarán con Dios en la pobreza, el trabajo y el silencio. Lejos de la rica aunque decadente opulencia de Cluny, siguiendo siempre los preceptos de la Regla de San Benito.
Extasiado, el hermano Roberto ve ante sí un conjunto arquitectónico extraordinario, cuyos cimientos se levantan en base a los fundamentos de peso, número, medida y austeridad que caracteriza el pensamiento cisterciense. De tal manera, que el pórtico de entrada a la iglesia dispondrá de esmeradas arquivoltas que estarán sustentadas por capiteles finamente labrados con motivos vegetales. Por encima de éste, ocupando el centro geométrico exacto, un hermoso rosetón será el símbolo de la Virgen María y se verá en la distancia, como la luz de un faro señalando el camino donde encontrará puerto y descanso el peregrino.
Dispondrá, así mismo, de varias capillas y una sacristía, que se verán bellamente iluminadas por los rayos del sol filtrándose a través del vidrio coloreado de las ojivas y ventanales, y a las que se podrá acceder desde el claustro, en cuyas galerías abovedadas los hermanos dispondrán de un lugar de recogimiento y meditación, que les acercará a la trascendente verdad de Dios.
Su visión también le muestra los aposentos de los monjes, descansando sobre los cimientos de éste, no lejos del coro, cuya sillería será primorosamente tallada por un hábil maestro escultor, posiblemente venido de Zaragoza o de Toledo. Habrá, de igual manera, otras habitaciones y otro claustro que acojerán a los numerosos visitantes y que se llamará, por tal motivo, de los conversos.
Desde luego, en la visión del hermano Roberto no podía faltar, por imprescindible, un lugar donde preparar los alimentos; y junto a él, un enorme refectorio, capaz de albergar a una floreciente comunidad, donde amplios ventanales se extenderán a los lados y al frente, garantizando la iluminación en todo momento. Se imagina, en uno de sus laterales, unos escalones de piedra que, escoltados por columnas, lleven a un púlpito desde donde se leerán pasajes del Evangelio, pues no es cuestión de olvidar nunca que esos dones son misericordiosamente dispensados por Dios.
Hacia semejante y digno lugar -la imaginación del hermano Roberto no tiene límites-, se volcarán las miradas de reyes y nobles, que después de finalizada su existencia sobre esta tierra querrán descansar eternamente allí, sin que su paz se vea alterada, a excepción del sonido de las suelas de las sandalias de los hermanos, caminando despacio por el claustro.
Es evidente, que en tal pequeño reino espiritual, no podía faltar la alegría de la pintura, cuyas alegorías de carácter evangélico, llenarían las paredes con la magia de las enseñanzas del Señor. Tal es la fuerza de su visión, que apenas le cuesta ver una pequeña capilla al final del extremo derecho de la iglesia, representando, con vivos colores, el viático de San Benito, con un pantócrator principal dominando el conjunto, donde no faltarán escenas evangélicas, las anunciaciones, el cireneo, la Magdalena y Cristo resucitado...
Sí, Roberto de Molesmes sabe que, una vez colocada la primera piedra, el monasterio que allí se levante, perdurará y será motivo de orgullo y admiración para las generaciones futuras. En cuanto a él, una vez reunido con el Señor, poco importará que su nombre, así como el polvo de sus huesos, sea llevado lejos, muy lejos por el cierzo, viento que, al fin y al cabo, dueño y señor en la región, es también enviado por Dios.

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2 comentarios:

Piedad Maya dijo...

Me encantó tu página por tanto dato sobre Soria, ciudad que tengo la dicha de conocer y, de verdad, sentí un no sé qué de volver a ver esos mismos lugares que recorrí y que me traen tantos gratos recuerdos. Felicitaciones.
mi blog protocolocomentarios.blogspot.com

juancar347 dijo...

Agradezco mucho tu comentario Piedad. Muchas gracias por mandarme la dirección de tu blog. Prometo visitarlo. Un abrazo