jueves, 1 de mayo de 2008

Pueblos con encanto: Castillejo de Robledo


A pesar de que el vídeo fue tomado a finales del mes de agosto del año pasado, y recuperado por obra y arte de un inapreciable programita informático de recuperación de archivos borrados o dañados -no es la primera vez que la tarjeta gráfica de la cámara me juega una mala pasada- es difícil sustraerse al encanto tan especial que derrocha un pueblo como Castillejo de Robledo.
Pero el encanto de un pueblo sería decididamente superficial, si no se incluyera la idiosincracia y el importantísimo valor vital que tienen sus habitantes.
No puedo sustraerme a ésta última conclusión cada vez que recuerdo Castillejo de Robledo; inmediatamente, asociado a su nombre, acude a mi mente la imagen bonachona, dicharachera, divertida, y por encima de todo, derrochadora de simpatía de Francisco, el custodio de la iglesia románica de Nª Sª de la Asunción.
La última vez que visité Castillejo de Robledo -allá por el mes de noviembre- no pude entrar al interior de la iglesia, porque estaban rehabilitando el tejado. Pero sí tuve ocasión de volver a charlar unos minutos con él, y comprobar que el tiempo, aunque atípico y sin terminar de asentar, no había enfriado ni un ápice su sentido del humor:
- Aún hay gente que se cree que eso de ahí es la tumba de las hijas del Cid -comenta, ladino, señalando hacia un rectángulo de cemento que se levanta enfrente de donde un pequeño mojón recuerda la Afrenta de Corpes del celebérrimo Cantar de Mío Cid, que hace que me venga a la mente, también, una notable frase que Federicho Schlegel -orientalista alemán nacido en Hanover en 1772- pronunció al respecto, allá por el año 1811:
'España, con el histórico poema de su Cid, tiene una ventaja peculiar sobre otras muchas naciones; es éste el género de poesía que influye más inmediata y eficazmente en el sentimiento nacional y en el carácter de un pueblo. Un solo recuerdo como el del Cid es de más valor para una nación, que toda una biblioteca llena de obras literarias hijas únicamente del ingenio y sin un contenido nacional'.
- ¡Hombre! ¿Y lo contentos que se van, pensando que han fotografiado algo importante?, -responde, poniendo cara de santo, cuando le reprocho cariñosamente esa mentirijilla.
Y es que Francisco, curtido en las mil y una lides de toda una vida, es un espíritu burlón, que no se cansa de decir que cuando era joven, provocaba hasta terremotos en la región. Desayunaba, comía y cenaba con vino. Ese vino sacrosanto de la comarca, agradable al paladar y leña para el estómago, que actualmente le tiene prohibido ese juez implacable que es, en ocasiones, el señor doctor.
Hay tristeza en sus ojos, y por un momento se advierte un ligero movimiento en sus labios, como si recordara el último chato que estos saborearon. Y no es de extrañar esta tristeza, porque las cepas de Castillejo, al igual que las raíces de su gente, son verdaderos triunfadores frente a un clima que hace del invierno un enemigo implacable, que ataca con saña en un lugar que hace frontera con Segovia y Burgos.
Tampoco me cabe duda de que algo especial tiene que tener esa tierra, para que se instalaran en ella unos caballeros legendarios, que nunca elegían sus emplazamientos al azar, y por el contrario, sí por una muy buena razón. Me refiero, naturalmente, a la Orden del Temple. Y no tengo más remedio que hacerlo, porque son los primeros que acuden a la mente cuando se menciona el nombre del pueblo. Es imposible no ver sus huellas, cuando uno penetra en el interior del templo y observa sus colores destacando -al cabo de los siglos- en la geométrica concavidad de su ábside.
Del castillo, situado a unos cien metros aproximadamente de la iglesia, poco se puede decir; salvo que los restos que aún se mantienen en pie, solitarios y yermos en lo alto de la colina, persisten en su negativa a desaparecer, plantando cara a los organismos oficiales que parece que es ahora cuando comienzan a comprender la importancia histórica de una provincia como Soria que, aún a pesar de sus carencias, siente con orgullo la gloria de un pasado histórico espectacular.
Sabiendo que la morbosidad es una cualidad innata en el ser humano, no sería objetivo terminar la presente entrada, sin hacer referencia, siquiera, al elemento que más curiosidad despierta en turistas y visitantes: los dos canecillos de alto contenido sexual que permanecen, burlonamente, al igual que Francisco, en lo más alto del ábside de la iglesia, desafiando al tiempo y al pudor.
- Todos vienen buscando siempre lo mismo -comenta éste, no sin cierta 'nostalgia', agregando con contundente objetividad: claro, ahora eso ya no tiene tanta importancia; las cosas han cambiado mucho, pero antes...
Declina la tarde cuando dejo a Francisco navegando por el mar de los recuerdos, seguramente recordando esos tiempos en los que, según él mismo cuenta, 'había que quitarse de encima antes de...', y posiblemente también aquéllos otros en los que la bota, aparte de leña para el fuego de su estómago aterido, era, sin duda, una inseparable compañera, de la que también había que saber apartarse 'antes de'...
De cualquier forma, sería injusto terminar esta entrada dedicada a Castillejo de Robledo, sin recomendar el cocido tradicional que se puede degustar en la Venta de Corpes, y que a buen seguro, complacerá con mucho al estómago más exigente, sin menospreciar, en absoluto, platos típicos del lugar, como las almorzaderas (en tiempo de matanza) y el cordero.

4 comentarios:

esca dijo...

He dado con esta entrada por un casual,pero coño me ha gustado ,a si que te lo digo para que lo sepas que yo tambien me he sentado al lado de Francisco y tu Juancar en este relato
un saludo Esca

juancar347 dijo...

Gracias, Esca. Un tipo realmente peculiar e interesante, este Francisco. Hace tiempo que no paso por Castillejo. La última vez, en octubre o noviembre del año pasado, no le pude ver y aún continuaban las obras en la iglesia. Pero que no te quepa duda de que es todo un personaje, con el que charlar resulta una experiencia tan interesate o más que visitar la iglesia y las viejas ruinas del castillo.
Saludos, amigo

Anónimo dijo...

He encontrado este articulo por casualidad y me ha gustado mucho. Solo una puntualización: el nombre de este singular sacristán no era Francisco sino Félix. Y digo era porque falleció hace unos meses. Que descanse en paz

juancar347 dijo...

Muchas gracias por el comentario. Es cierto, se llama Félix. Lamento mucho que haya fallecido, pues realmente era un hombre simpático. Estuve con él varias veces, visitando la iglesia, y siempre tuvo una actitud cordial y bonachona que encandilaba. La última vez que lo vi, fue en abril de 2014. Creo que las próximas visitas, no serán ya lo mismo. Que descanse en paz. Saludos cordiales