domingo, 6 de julio de 2008

Itinerarios Culturales 2: San Baudelio de Berlanga (vídeo Nº1)


'A media ladera, enterrada en parte, y a ocho kilómetros de Berlanga, está la modesta ermita de San Baudelio. Exteriormente se ven dos cuerpos rectangulares, cubiertos, en distintas alturas, por vulgares tejados. Los muros son mampostería, con ángulos y guarniciones de huecos, de sillarejo. Estos son: una puerta de arco de herradura con doble archivolta; una pequeña ventana con igual arco en el testero del cuerpo menor, y otra ventanita insignificante en el mayor. La orientación es de NE a SO; hacia aquel viento está la cabecera o ábside...'.

[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]


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Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.

Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera, quedando, en muchos casos, a merced de ladrones y traficantes.

Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.

No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.

Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...

Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.

Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.

Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál las brumas que dicen ocultan la sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.

Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santo, representada en forma de paloma.

Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, sienta la tentación de echar un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente obtener alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...

En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.

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