domingo, 6 de julio de 2008

Itinerarios Culturales 2: San Baudelio de Berlanga (Vídeo Nº2)


Había en sus caras una visible nota de decepción; un mudo reproche por haberse desplazado hasta tan lejos para ver algo que, a priori, no parecía tan sensacional como les habían contado. Por la matrícula del coche en el que viajaban, supe que venían de Vitoria. Lo siguiente que supuse -tal vez sea demasiado suponer-, es que quizás 'huían voluntariamente' de una fiestas de San Fermín que, a fuerza de costumbre -ocurre a menudo con gente que vive en la costa, que prefieren aprovechar sus vacaciones haciendo turismo de interior- habían terminado aburriéndolas y buscaban otra cosa. De lo que no me cabe duda, era de que en realidad se trataba de tres peregrinas que, bajo mi punto de vista, estaban aprovechando unos días de vacaciones para alimentar su espíritu.
La ermita todavía estaba cerrada. Aún faltaban algunos minutos para las diez, hora oficial de apertura, y el guarda todavía no había llegado.
Al principio, cada uno por nuestro lado nos desperdigamos por los alrededores, escudriñando todo aquello cuanto se apreciaba en torno nuestro. Fue precisamente en el punto álgido de la montañita que se levanta detrás de la ermita, donde coincidí con una de ellas, y mientras el sol bostezaba perezosamente por el este, nos detuvimos unos minutos a charlar.
Puedo decir acerca de ella, que tenía el cabello negro, ensortijado; y en su rostro, de matices greco-latinos no exentos de interés y ojos del color del carbón recién extraído de las profundidades de la mina, parecía haberse asentado para siempre, como huésped, una sonrisa. Me resulta imposible pronunciar su nombre. No es que se trate de un secreto o su pronunciación conlleve dificultad, pero ocurre que, después de todo, posiblemente no consideramos importante presentarnos. Supongo que tampoco hacía falta, aunque a partir de este punto, comencé a ser simplemente 'el madrileño'.
En cierto modo, resultaba divertido: ella preguntaba y yo contestaba, intentando hacer lo mejor posible el papel de cicerone involuntario que me había caído en suerte. De esa manera tan sencilla, le comenté algunos aspectos de la ermita, entre los que no podían faltar algunos retazos de amargura relacionados con la desafortunada historia de sus pinturas.
Evidentemente, junto a la sección The Cloister's del Museo Metropolitano de Nueva York, salió también a relucir el nombre del Museo del Prado, de Madrid:
- Es que en Madrid os lo quedáis todo, -reprochó, aunque como ya he dicho antes, sin perder ni un ápice de esa sonrisa que parecía haberse hospedado para siempre en su cara.
¿Qué podía decir?. Ciertos privilegios del Centralismo no tienen por qué gustar a todo el mundo. Tampoco me gustan a mi. No obstante, pasada esa nube de tormenta, y contestando a su siguiente pregunta, me vi explicándole que Andaluz -cuya iglesia románica de San Miguel Arcángel conforma otro plato fuerte de la zona- se hallaba a unos 15 ó 20 kilómetros de distancia.
- ¡Eh, chicas, venid!. ¡Este madrileño sabe mucho!, -llamó en voz alta a sus compañeras, que se encontraban cerca de la puerta de entrada con forma de herradura.
¿Cómo calificar lo que vino a continuación?. ¿Fe?. ¿Locura?. ¿Pasión por la vida, o simplemente esa clase particular de entusiasmo que hace al mundo avanzar y sirve como título a este blog?.
La idea se le ocurrió a mi interlocutora, y la expuso alegremente cuando sus compañeros estuvieron a nuestra altura:
- Nosotras podemos ir andando, y luego tú nos recojes con el coche...
A la conductora, sin embargo, no le pareció muy genuino; pero, mientras se ponían de acuerdo, apareció el guarda y todos nos encaminamos hacia la entrada. Lo único que puedo afirmar, no obstante, a ciencia cierta, es que la expresión de sus rastros, una vez en el interior de la ermita, no dejaba lugar a la duda: era, sencilla y llanamente, de admiración.
No podía ser menos, porque, bajo mi particular punto de ver y entender algunas cosas, ahí precisamente radica la verdadera magia de San Baudelio: que nunca decepciona a nadie.
Ignoro si realizaron a pie el peregrinaje hasta Andaluz. Nos despedimos en Berlanga de Duero. Yo pasé de largo, mientras ellas paraban y apuntaban sus cámaras hacia las murallas y el castillo.

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