domingo, 2 de noviembre de 2008

Medinaceli: Colegiata de Santa María la Mayor

'Nos basta con saber que las maravillas de nuestra Edad Media contienen la misma verdad positiva, el mismo fondo científico, que las pirámides de Egipto, los templos de Grecia, las catacumbas romanas, las basílicas bizantinas...'.
[Eugene Canseliet, 1923, para el prólogo de la 1ª edición de 'El misterio de las catedrales', de Fulcanelli]
Produce una extraña sensación de soledad, independientemente de que haya o no gente en su interior. Una verja de hierro, siempre cerrada -excepto en los días de misa-, protege el altar del acceso de los visitantes. Detrás de éste, y en ambos laterales, dos figuras atraen todas las miradas, produciendo en el observador un desdoblamiento afectivo, que va de la ternura a la piedad. Me refiero, obviamente, a las matizaciones figurativas de Jesús, 'el de Medinaceli', crucificado y expirando en la cruz de su martirio, y al otro Jesús, 'el Nazareno', inmediatamente anterior en la historia y a punto de ser traicionado y prendido en el huerto de los Olivos, cuya vistosa túnica -violeta y ribeteada con motivos dorados- posiblemente no haga justicia a la pobreza pregonizada en los Evangelios.
Algo más allá del altar y de ésta doble visión de Jesús el Cristo, costeado por los Duques Don Juan Francisco Tomás de la Cerda y su esposa, Doña Catalina Antonia de Aragón, un retablo de origen barroco expone en su centro -cuál estrella en el punto álgido de un árbol de Navidad- una imagen virginal que no deja a nadie indiferente.
Imagen y retablo pertenecen a siglos y estilos artísticos diferentes: gótica, fechada en el siglo XVI una, y barroco, colocado a finales del siglo XVII otro. Si nos dejamos llevar por las suposiciones, no costaría demasiado esfuerzo admitir que tan bella imagen de la Virgen, pertenecía, con toda probabilidad, a la antigua iglesia de Santa María, que se levantaba -a juzgar por los panfletos explicativos- en el lugar en el que actualmente se levanta la torre de la Colegiata.
Se trata, para más señas, de una hermosa talla que conserva la posición sedente de aquéllas otras vírgenes románicas que tanta admiración despiertan, y aunque su cabeza se ve limpia de coronas y otros adornos encaminados a ofrecer un concepto de regia idiosincracia -a excepción de un sencillo velo con el que el autor, supongo, quiso poner en evidencia el concepto de pureza asociado-, no me cabe duda alguna de que se trata de una auténtica Reina. Cuando le pregunté a la guía por la talla -reconozco que al principio, y dadas sus dimensiones, así como el hecho de no poder examinarla más de cerca, la tomé por Santa Ana- me contestó que se trataba de Santa María la Real y en el retablo estaban representados, de forma escalonada, los tres Misterios de la Virgen. No quedé muy convencido de su respuesta, aunque sí de su amabilidad al atenderme, pues en mi opinión, con ella sucede lo mismo que con la gran mayoría de imágenes marianas pertenecientes a los períodos románico y gótico: la falta absoluta de información fidedigna acerca de su verdadero origen y de las manos que las labraron, siguiendo el modelo de los primeros evangelistas, como San Lucas.
El Niño, desnudo, reposa en su regazo, y tal vez sea cuestión de resaltar el color rubio de su cabello, abundande y rizado, así como la manera en que Madre e Hijo se unen, estrechando sus manos; la derecha, en el caso de los dos. Con su mano izquierda, la Virgen sujeta al Niño.
A la izquierda del ábside, y en un pequeño retablo de madera descolorida por el tiempo e invadido en gran parte por un polvo que podría ser centenario, dos pequeñas figuras invitan a detenerse a reflexionar durante unos instantes: la Virgen del Pilar, pequeña, muy querida y milagrera, colocada sobre un pedestal que se eleva por encima de una media luna de color negro; debajo de ella, con su rostro severo y tocado con la mitra de obispo en la cabeza, San Pedro, piedra angular de la Iglesia católica, cuyo edificio como entidad -y para no dejar duda de tal afirmación- levanta simbólicamente sobre su mano derecha.
Algunos metros más allá de este punto, y en las capillas laterales -clausuradas así mismo con sendas verjas de hierro que impiden también el acceso al visitante- se contempla un mundo en el que gobiernan, indistintamente, candilejas y sombras. Es en ese punto, donde una vez situado, el visitante se da cuenta de que, independientemente del murmullo producido por la gente que pueda haber a su alrededor, el silencio impera con una fuerza tal, que llega un momento en el que puede llegar a producir un involuntario estremecimiento que le recorra el cuerpo de la cabeza a los pies. Tal vez influya en ello el detalle de que allí, posiblemente con más perentoriedad que en otros lugares, las paredes y el techo reclaman a gritos una restauración que lleva años proyectándose, pero que nunca llega.
Porque la Colegiata de Medinaceli está enferma. Sufre una cardiopatía estructural aguda, producida por años de descuido y una falta increíble de mecenas, siquiera del estamento eclesial, que la mimen y restañen sus múltiples heridas.
Erigida en el año 1563, mediante bula promulgada por el entonces Papa Pío IV, la Colegiata de Medinaceli no posee esa magnificencia y esa magia goética, que se pueden observar en otras construcciones contemporáneas, como la no muy lejana Colegiata de Nª Sª del Mercado, levantada en Berlanga de Duero, también a expensas de algunas iglesias más pequeñas, cuyo rastro, centenario y románico, aún puede seguirse en algunos elementos decorativos de su torre y su fachada.
Aunque la Colegiata de Santa María la Mayor carece de estos elementos, y posiblemente, dada su sencillez y austeridad ornamental, no acapare demasiado interés entre los seguidores de ese arte promulgado por Fulcanelli, no deja de ser interesante resaltar que estamos frente a todo un símbolo. Un símbolo atacado por el tiempo y el abandono, cuya torre domina una ciudad -la 'Ciudad del Cielo'- multicultural y musa de poetas, como Ezra Pound, y que allí, inmersa en una soledad destacada, pide a gritos una ayuda que nunca termina de llegar. De manera, visitante, si alguna vez pasas por Medinaceli y visitas su Colegiata, no te extrañe encontrar, justo en la entrada al templo, un cartel sencillo que reza así:
'¡Medinenses y visitantes!. ¿Quieres salvar de las ruinas tu Colegiata?. Tienes ocasión al iniciar las obras de urgente reparación, colabora y contribuye depositando tu donativo. ¡Que Dios te lo recompensará!'.

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