miércoles, 24 de junio de 2009

San Pedro Manrique: crónica de una noche mágica




La Magia del Fuego


El Fuego, uno de los cuatro elementos primordiales de la Alquimia. Algo vivo y poderoso, cuyo descubrimiento supuso uno de los mayores hitos en la Historia de la Evolución humana. Un poder que hechiza, y al que se ha venerado desde el alba de los tiempos como a un dios. El Fuego, como un camaleón, adopta formas que actúan sobre el intelecto, dando lugar a mitos y leyendas. En definitiva, un elemento subyugador que protege, conforta y también devora y mata, según sea su estado de ánimo.



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El Paso del Fuego

Se acerca el ocaso, y en las Tierras Altas sorianas, la población de San Pedro Manrique se prepara para vivir, un año más, la nohe de San Juan. Hablar de la noche de San Juan, es hablar -que a nadie le quepa la menor duda- de Tradición, y por supuesto, de Magia; no en vano, cuando nos referimos a ella, la describimos como la noche más mágica del año. Y desde luego, la magia se deja sentir. Basta echar un vistazo a las calles del pueblo, engalanadas con banderolas y guirnaldas, que inmediatamente atraen a la memoria esa entrañable canción de Serrat, que lleva por título Fiesta. Y es que esto, constituye una auténtica fiesta, aunque, a diferencia de la canción, en San Pedro Manrique no hay villanos ni prohombres, sino una variada y rica mezcolanza de gentes de diferentes puntos de España, a los que se unen gran número de extranjeros, sin duda atraídos por una tradición, cuya fama ha dado la vuelta al mundo, como quinientos años antes lo hiciera Juan Sebastián Elcano.

No obstante lo dicho, no hemos de olvidar, en absoluto, que nos encontramos en una tierra que bien podríamos considerar como parte importante del corazón de la Celtiberia soriana. Esa misma tierra, cuyos pueblos dotaron de guerreros a la sitiada Numancia -situada en Garray, a apenas una treintena de kilómetros- y aún en su derrota, conservaron más o menos vigentes sus tradiciones, sus ritos y fundamentalmente, sus costumbres.

Con referencia a ello, se puede añadir, que hay quien opina que lo que en la actualidad conocemos como el Paso del Fuego y origen de una festividad que atrae multitud de miras, no es, si no, una reminiscencia de los antiguos ritos celtíberos en honor de Beltane, dios del Fuego. Ritos que tienen su origen en cosmogonías de muerte y resurrección; de purificación y fertilidad, que se celebran a la sombra de uno de los dos principales solsticios: el de verano.

Ritos que, aunque nos asombre, no son exclusivos de los antiguos pueblos de Occidente, sino que, a poco que nos fijemos, encontraremos numerosas similitudes con los ritos y celebraciones de otros pueblos y culturas oriundas de países lejanos, como algunas tribus africanas, o aquéllas otras tribus norteamericanas, o, si vamos más lejos aún, de países asiáticos como Tailandia, donde los thai o pasadores del fuego, reproducen en sus celebraciones, una imagen desconcertantemente similar a la de los pasadores del fuego de San Pedro Manrique.

En el caso de San Pedro Manrique, hay que añadir, así mismo, la ya cristianizada tradición que une al rito purificador del fuego, el concepto medieval de las Móndidas, así como el milagro atribuído a una Virgen de connotaciones originalmente negras: la Virgen de la Peña. De hecho, el acontecimiento se repite, año tras año, en un graderío -denominado Recinto del Fuego- especialmente habilitado, que se encuentra situado al pie mismo de la antigua ermita románica -apenas sobrevive el pórtico y poco más, de ésta época- que lleva su nombre.

En ésta versión cristianizada, las Móndidas serían las doncellas que el pueblo debía de pagar como tributo al caudillo sarraceno que gobernaba la comarca. Según esto, y cansados de cumplir con un tributo tan deshonesto, los hombres de San Pedro Manrique se encomendaron a la Virgen, prometiendo atravesar descalzos las brasas ardientes si ésta intercedía por ellos, poniendo fin a dicha situación. Por supuesto, el caudillo sarraceno asistió a la prueba e impresionado por tan singular prodigio -es de notar el carácter supersticioso que en este tipo de relatos se concede siempre al sarraceno- aquél, impresionado, desiste de sus pretensiones, y en honor a la Virgen, comienza una tradición que se perpetúa a través de los siglos en la siempre mágica noche de San Juan.

Sea como sea, no es cuestión de restar mérito al paso del fuego, pues aunque la Ciencia ha intentado racionalizar el prodigio desde un punto de vista exclusivamente natural y medible, también es cierto que todavía no ha dicho la última palabra acerca del por qué los pasadores atraviesan las brasas descalzos, sin sufrir quemadura alguna.

Por último, añadir un detalle significativo: la madera que se utiliza para hacer la pira, es de roble. Y como todos sabemos, el roble era el árbol sagrado por excelencia de los celtas.



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El Recuerdo de una Noche Mágica

Pasan algunos minutos de las siete de la tarde, cuando subo por las empinadas y estrechas callejuelas con sabor medieval que, cual metafóricos meandros, desembocan en la plazoleta donde se levanta el Ayuntamiento de San Pedro Manrique, con su fachada blanca, renacentista y las banderas a merced de la suave brisa. En el entarimado del escenario, situado enfrente del Ayuntamiento aunque ligeramente ladeado y al comienzo de una bocacalle, los músicos desarrollan su frenética actividad: en la noche de San Juan no puede haber fallos; todo ha de ser minuciosamente revisado para que ambas magias -la musical y la del solsticio o magia de los equinoccios- procuren a propios y extraños un acontecimiento inolvidable. Como inolvidable es, por cierto, ver las terrazas de los bares rebosantes de gente, que brindan con entusiasmo augurándose una feliz noche. Otros, tan numerosos o quizás en mayoría a aquéllos otros que están cómodamente sentados, permanecen de puerta de bareto para afuera con los vasos de plástico en la mano. Los abuelos pasean lentamente por el rústico empedrado, llevando de la mano a sus nietos pequeños, esos mismos que, a buen seguro, en el futuro y pelo en pecho, cargarán con la moza en sus espaldas, desafiando el embrujo de las brasas.

No lo puedo evitar: soy un nostálgico. Y en mi añoranza de pasado, encamino mis pasos hacia el cementerio con la intención de volver a echar un vistazo a las abandonadas y misteriosas ruinas de San Miguel. Para penetrar en su interior, es necesario empujar y atravesar la verja del camposanto y enfrentarse a esa faceta tenebrosa que es la muerte. En las sepulturas, solitarias a esta hora de la tarde, ángeles, cruces y madonas reciben la mortecina luz de un sol que va perdiendo intensidad a marchas forzadas, anunciando la proximidad del ocaso. Será entonces, a partir de medianoche -si hemos de hacer caso a las leyendas- cuando se liberará, hasta la próxima alborada, una auténtica legión de seres fantásticos, entre los que, desde luego, no han de faltar espíritus inquietos y demonios agazapados en los cruces de caminos o en las esquinas mal alumbradas de las callejas, dispuestos a avalanzarse sobre el confiado incauto. Por si acaso, y recordando la experiencia del año pasado en el Cañón del Río Lobos -donde un auténtico diluvio estuvo a punto de convertirlo en una nueva Atlántida- miro con desconfianza al cielo. Hay algunas nubes, sí, pero su aspecto no parece amenazador y respiro aliviado.

Sin embargo, los rayos solares apenas penetran en el interior de un lugar que, por sus características góticas, así como por otros pequeños detalles, me induce a sospechar que existe una sombra mucho más espesa que aquélla otra proporcionada por una jungla vegetal, que se extiende a su antojo por un suelo que hace años, muchos años, perdió para siempre su primigenio enlosado. Me refiero a esa peculiar sombra, chinesca y espesa como ninguna otra, que se remonta al periodo comprendido entre 1118 y 1307: la sombra de los templarios.

Afortunadamente para mí, no estamos en vísperas de todos los Santos y en San Pedro Manrique, que yo sepa, no existe, tampoco, ningún Monte de las Ánimas que albergue unos huesos descarnados, envueltos en sudarios, pero dispuestos a continuar una disputa que tiene visos de ser eterna. Aunque nunca se sabe, pues, como he dicho anteriormente, la noche es especial y cualquier cosa, por increíble que parezca, puede suceder.

Después de tomar varias instantáneas, desando el camino y vuelvo a cerrar la verja detrás de mí. No tengo que andar mucho hasta el Recinto del Fuego, pues se encuentra situado en el mismo camino, justo enfrente del cementerio y de la malograda iglesia de San Miguel. Cierto es el refrán que dice que no por mucho madrugar amanece más temprano; en contra de lo que esperaba, ya hay gente ocupando los graderíos, extranjeros en su mayor parte. A pie de pista, veo la leña amontonada a un lado, y sin poder evitarlo, me estremezco involuntariamente, pensando en el momento en que esos enormes leños se conviertan en brasas ardientes esperando el desafío de unos pies anónimos.

Algo más tarde, no deja de impresionarme la rapidez con que se monta la pira en el centro de la pista -en ese mismo lugar, donde todavía se pueden apreciar los efectos de la hoguera del año anterior- entrecruzando los maderos hasta conformar una especie de montículo de forma rectangular. Por los huecos dejados en la parte baja de éste, los montadores han dejado, ex-profeso, huecos más que suficientes para introducir en ellos papel de periódico, que servirá como agente detonante para la combustión. En pocos segundos, una espesa humareda blanca se extiende hacia lo alto, desplegándose por los cuatro costados de la pira, mientras las llamas comienzan a devorar la dura carne del roble sacrificado. Todo está calculado milimétricamente, a pesar de que aún faltan varias horas para las doce de la noche. Hipnotiza ver la danza de las llamas y el cambio en la tonalidad de sus colores, que las confiere características camaleónicas.

¿Son imaginaciones mías, o en el ambiente se está desplegando cierto tufillo a azufre?. No importa, lo cierto es que, en cuestión de segundos se despliega un calor tan intenso, que acercarse para tomar fotografías constituye, si no una hazaña, al menos un deseo que conlleva cierto riesgo. Pero estamos en la noche de los deseos; esa noche especial que se repite cada trescientos sesenta y cinco días y en la que éstos, aún maquillando el ritual, conllevan siempre la intención de purificar en las llamas todo lo negativo y atraer la buena suerte para el nuevo periodo.

Noche cerrada. Se acerca el gran momento. Los pasadores todavía no han hecho acto de presencia, y en las gradas, a rebosar, no cabe un alma, literalmente hablando. De la grada de enfrente a aquella en la que me encuentro situado, se eleva una fuerte ovación cuando hacen acto de presencia las autoridades, acompañadas de Don Jaime de Marichalar. Hay una nueva ovación cuando éste, sentado en el graderío central, se coloca al cuello el pañuelo rojo de los sanjuanes.

La expectación aumenta, aunque los minutos pasen lentamente; quizás, anormalmente lentos, o al menos, así lo parece. A pesar de que no cabe un alma más en el recinto, la gente continúa acudiendo. Durante unos segundos -a lo mejor la eternidad tan sólo se reduce a eso, a unos segundos- tengo la impresión de estar en un circo romano, rodeado de gente entusiasmada que espera impaciente un espectáculo que se las promete de lo más subyugador. Las largas trompas imperiales se ven sustituídas, sin embargo, por las jaraneras notas de las trompetas, las dulzainas y los tamboriles. Así, marcando el ritmo al son de las tradicionales sanjuaneras, la banda entra en el Recinto del Fuego. Y por fin, tras ella, los pasadores y acompañantes que, entre aplausos y ovaciones, dan varias vueltas bailando en círculo alrededor de las brasas, bastante más que vivas todavía, pues de atizarlas se han encargado, cuidadosamente, varias personas.

El hombre tiene espaldas de leñador. Tal vez por ese detalle de fortaleza, apenas sienta como una pluma el peso de la mujer que acaba de colgarse, abrazándose a él como una lapa. Me refiero al primer pasador, que gira con su pareja a cuestas, saludando al público y obteniendo un fuerte aplauso desde las gradas. Lo dicho, ovación y aplausos; aplausos y ovación. En cuestión de segundos, suena, semejante a un floreo taurino, el conocido ta-chán y la consiguiente cuenta de los pasos: uno...dos...tres...nueve. El paso del fuego ha sido impecable, pisando con fuerza, manteniendo las pisadas acordes con un elegante movimiento de piernas de noventa grados. La segunda pareja, notablemente más bajo y menos corpulento el hombre, no les va a la zaga y realizan el paso de las brasas de manera espectacular también. Detrás de estos, me llama la atención lo que, a priori, parece un hombre con su hijo de seis o siete años, y sobre todo, el comentario que hacen mis vecinos de grada:

- Ese niño no olvidará nunca la experiencia...

Pero, desde luego, lo que yo no olvidaré jamás, fue el paso valiente, decidido, confiado y sin vacilar, de la última participante: una guapa jovencita rubia, por completo vestida de blanco, a la que tuve ocasión de volver a ver al día siguiente, en una entrevista para la televisión:

- Lo hice en memoria de mi abuelo, que falleció hace un año.

Creo que su abuelo estará orgulloso desde esa estrella particular a la que los antiguos cristianos pensaban que iban las almas de los fallecidos, como creo que lo estuvimos todos los que lo presenciamos. Vaya, pues, desde aquí, mi más sincera admiración y enhorabuena por tan gallarda valentía.

Cuarenta minutos de Magia, que estoy seguro de que en cualquier otra crónica darán para mucho más. ¿Quién fue el estúpido que dijo una vez que el valor es sólo cosa de hombres?.

San Pedro Manrique, 23 a 24 de Junio de 2009



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10 comentarios:

Esca dijo...

Que pasa Juancar un saludo y una pregunta¿tu pasarias?
Esca

juancar347 dijo...

Hola, Esca. Para serte sincero, no, no pasaría.

Esca dijo...

Joer Juancar estaba esperando la respuesta desde hace dias y ahora con eso me despachas,mojate un poco mas por que tu con esas raices celtas no puede ser,otra pregunta de romantico a romantico¿y con la pareja amada a tus espaldas? como se dice por ahi "va por ti" ¿que?
un saludo Esca

juancar347 dijo...

Esca, eres un sinvergonzón: ¡cómo comprometes! Perdona que no te haya contestado antes, pero es que he estado por esos caminos de Dios de mi Asturias patria querida. De romántico a romántico: por la persona Amada (fíjate que lo pongo con mayúsculas, que es como se merece un buen amor) me dejaría quemar hasta el tuétano. ¡Palabrita de celtíbero!. Aunque claro, por sucedáneos...'ni se me ocurriría!.

Anónimo dijo...

JUancar, en primer lugar felicidades aunque con retraso en tu santo.
Yo no pasaria ni con la Amada ni con un carga de oro, porque soy muy cobardica y seguro que pisaria sin fuerza y asi quemadura segura.
Hay que tener mucho valor para hacerlo con fuerza y pensar "esto no me quemara" pues unicamente ese es el secreto.
Saludos/Jose Maria

juancar347 dijo...

Gracias, José Mª. Sí, imagino que la experiencia en todo es un grado y que pisar con fuerza es uno de los secretos. Yo creo que, para no quedar demasiado mal, deberíamos dejar el tema del valor en lo que figura en nuestras cartillas militares: 'se le supone'.

Esca dijo...

Esos secretos divulgados a los cuatro puntos cardinales son como encantamientos de brujas quitanto la magia a esos ritos y lugares ,brujas a la hogera
saludos Esca

juancar347 dijo...

Tienes razón: ¡prohibido chivar secretos!. Toma nota, José Mª

pallaferro dijo...

Hola!

(He "vuelto" !)

Pues yo pensaba que podía pasar todo el que quisiera y que, con la noche, la magia del fuego y el ritual se entraba en un trance colectivo que uno se quemaba y ni se enteraba... hasta el dia siguiente. Qué ignorancia la mía. Gracias por tu extensa y detallada explicación. Aunque hayas dejado el secreto sin exponer. Como todo secreto que quiere seguir siéndolo.

Oye, ... siempre contaban hasta nueve pasos? No lo he oído bien en el vídeo.

Un abrazo,

juancar347 dijo...

Los secretos, secretos son. A ciencia cierta, el secreto puede estribar en pisar con fuerza, pero en fin, es sólo una opinión. Contaban los pasos que daba el pasador; unos dieron nueve, otros ocho, uno al final salió corriendo...
Se trata de una tradición restringida a los pasadores; de hecho, es un recinto demasiado pequeño para toda la gente que va, y existe, también, el factor riesgos. Esas brasas no son broma, amigo.
Un abrazo