martes, 11 de mayo de 2010

Crónicas de la Soria Natural: La Cascada de Fuentetoba

No debe extrañar que en Fuentetoba se celebren, cada 8 y 9 de septiembre, sus fiestas patronales en honor de la Virgen de Valvanera, pues, según parece, fueron precisamente monjes procedentes de este santuario riojano quienes, allá por el año 1120, fundaron el pueblo, estableciéndose, con toda probabilidad, al cobijo del Pico Frentes, o en sus inmediaciones.

Situado al este de la Sierra de Cabrejas y con una altitud aproximada sobre el nivel del mar de 1380 metros, ésta singular formación rocosa representa aún el recuerdo de un mundo antediluviano, a juzgar por la gran cantidad de restos fósiles encontrados en sus inmediaciones. Un mundo posteriormente habitado por pueblos neolíticos que dejaron, en rocas y cavidades, sus concepciones mágico-animistas, en forma de pinturas y grabados que el hombre moderno, en su incomprensible estupidez, apenas ha sabido valorar y conservar como lo que precisamente son: un auténtico legado.


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Es precisamente el hombre moderno, ávido y especulador, quien también, sin prejuicios ni considerandos hacia el hábitat y su entorno, estrecha el cerco cada día más en relación a uno de los parajes más singulares de la provincia: allí donde, deslizándose en cascada, o en chorrón, como dirían los tobenses, se constata el nacimiento del río Golmayo.

Pero no es de ese mal endémico que conllevan los estigmas de una civilización cada día más industrializada y agresiva hacia el medio ambiente de lo que quiero hablar, sino de un lugar situado en las afueras de este pueblo. Un pueblo que, aunque hoy día no lo parezca, es señalado por algunas fuentes como paso del Camino de Santiago Soriano, o Camino Castellano-Aragonés, que se ensancha como un Vía Crucis simbólico hacia las legendarias tierras de Calatañazor, distantes apenas una quincena de kilómetros, y más allá aún, en dirección a la magia de las tierras riojanas, con Santo Domingo de Silos como uno de los ejemplos más significativos.

Quiero hablar, siquiera brevemente y acogiéndome a ese derecho, personal y espero que correcto, que me otorga siempre la prosa poética, de un lugar que presiento especial; un lugar de márgenes muy reducidas, también es cierto, pero indudablemente vital, en el que, cuando te adentras, tienes la impresión de haber cruzado una frágil barrera dimensional, penetrando en un jardín mitológico similar, comparativamente hablando, a aquellos otros embellecidos por la ensoñadora pluma del escritor británico Thomas Burnett Swann.

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Doscientos metros más allá de la amenaza del cemento, se llega a la cascada o chorrón, que desciende, en caída libre, desde las alturas del Pico Frentes. Aunque no tuve ocasión de comprobarlo, estoy seguro de que cualquier abuelo del lugar, con su rostro curtido y lleno de arrugas pero con esa chispa de viva emoción en los ojos, me hubiera contado -entre calada al pitillo y los pensamientos perdidos en ese nirvana feliz que resulta siempre todo recuerdo de juventud- que el chorrón ha conocido tiempos mejores. Tiempos tan extraordinarios -aconsejable es abrir, llegados a este punto, las ventanas que dan al palacio de la imaginación- como aquéllos, que aunque lejanos, aún subyacen en la memoria de los árboles, cuando los peregrinos de siglos pretéritos, deseando encontrarse a sí mismos interpretando los símbolos del Camino para encontrar su Verdad Vital, atravesaban espesos senderos forestales, mientras se encaminaban hacia su destino, situado al final del Camino de la Vía Láctea, para reposar y seguramente, llegados a esta pequeña, idílica piscina natural, emular a la diosa Diana, regalándose con un confortable baño bajo sus frías y limpias aguas.

Ensoñación que no se pierde, si a cada paso y entre el susurro del agua que se aleja y el viento que mece las hojas de los árboles, uno piensa que, después de todo, aún existen lugares donde, siquiera sea circunstancialmente, todavía se perciben los ecos de la Antigua Religión, y los seres, de etérea naturaleza, que la conformaban...

Ah, y por cierto -en ocasiones, a la memoria le gustaría ser tan cristalina como estas aguas- ¿leí en alguna parte que por estos lares, hubo un tiempo en que el Temple plantó su divisa o bauceant?. En fin, pudiera ser que pudiera, como cantara hace años Alberto Cortez. Ahora bien, de lo que no me cabe duda, es de que una visita al lugar bien que merece la pena. Y una cosa certera: incluso si uno se acerca por allí con el espíritu bajo de guardia y un lamento en la mente, cuando no en el corazón, sus aguas no son medicinales, desde luego, pero escucharlas y observarlas, consuela, relaja y hasta cierto punto, anima.

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola! Un sitio precioso, la madre natura es el auténtico legado, que desprende magia para los sentidos. Un beso.

juancar347 dijo...

Pues sí, bruja, un sitio precioso e interesante, aunque se haya visto muy reducido por la urbanización. Aún así, da gusto verlo como está este año, no tan espectacular como antaño, pero por lo menos lo suficientemente interesante. Un abrazo