martes, 1 de febrero de 2011

Crónica de la Soria Blanca

No es inhabitual, desde luego, que en una provincia de las características de Soria, las precipitaciones en forma de nieve sean abundantes y a la vez, tenaces y de cierta consistencia. Tampoco son habituales, para los que vivimos a alguna distancia, los desplazamientos de placer en tales condiciones, y sin embargo, una vez superado el reto de llegar -y aún con el fantasma de la incomunicación rondando por la mente- resulta un auténtico deleite disfrutar, siquiera por unas horas, de una ciudad engalanada de cabello de ángel.




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La Plaza del Ayuntamiento, o de los Doce Linajes; San Juan de Rabanera; las ruinas de la malograda iglesia románica de San Nicolás; la Concatedral de San Pedro; el puente medieval sobre el Duero, y los Arcos de San Juan, entre una infinitud considerable de lugares, constituyen, así vistos, toda una oportunidad de ofrecer a los sentidos, caprichosos como veletas al viento, unas panorámicas que, estoy seguro, dejarán siempre huella en un rincón del alma, como cantara Alberto Cortez.

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Esta no es, pues, una crónica en el sentido restringido a la palabra escrita, sino más bien, una crónica visual; una crónica hecha sólo por y para el deleite, que espero que os guste tanto como a mí.