domingo, 11 de mayo de 2014

Ruinas en la campiña: Guijosa y el convento de Jerónimos


'La Naturaleza es una inflexible contable y siempre hace el balance de sus libros'.
[Arthur C. Clarke (1)]
 
Cuando Arthur C. Clarke -autor quizás más conocido por su gran obra, 2001, una odisea espacial, llevada a las pantallas cinematográficas por el genial director Stanley Kubrick-, escribió sus Cánticos de la lejana Tierra, pensaba en una hipotética pero previsible catástrofe global, que haría desaparecer en el polvo cósmico este planeta, con sus millones de años de antigüedad y sus millones y millones de historias, acumuladas en ese metafórico cuerno de la abundancia, que es la memoria colectiva. En ocasiones, cuando bien a propósito o bien por capricho del azar, uno se encuentra en su camino con lugares como Escobosa de Calatañazor o estos abrumadores restos de lo que antaño fue un imponente convento de monjes jerónimos, no puede por menos que pensar en la catástrofe que se abatió sobre el lugar, y desde luego, en parte de esa historia, que sin lugar a dudas tuvo.
Visto así en la distancia, lo que sobrevive de la parte occidental de la antigua iglesia -aquella parte que mira hacia el oeste, hacia el reino de los muertos-, semeja, bien una de las muchas torres que jalonaban esta histórica frontera del Duero que separó durante siglos los reinos cristianos de los musulmanes. o quizás, yendo un poco más allá en la ensoñación romántica de una protohistoria rica pero incomprendida, otro de esos milenarios lugares sagrados, cuyos menhires verticales semejaban falos enhiestos que se introducían en la vagina de la propia Madre Tierra -todavía queda alguno de ellos, con inequívoca forma, en ciertas zonas de esa emblemática Sierra de la Demanda- para fecundarla y tener el privilegio de disfrutar del fruto de semejante unión. Es decir, de ese hijo tan amado, que no puede ser otro que la cosecha.
Resulta evidente, en vista del estado de los campos, que la generosidad de la Madre Tierra continúa siendo abundante y por su aspecto, no cabe duda de que la cosecha, gestada en el misterio de su profundidad y silencio, será, cuando menos este año, probablemente bienvenida y abundante. 

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Ahora bien, dejando aparte el romanticismo implícito en toda ensoñación, y centrándonos en estos muñones, que por algún extraño milagro han sobrevivido a una tragedia netamente catastrófica, si no la historia, sí al menos el recuerdo, nos dice que fue por los siglos XV-XVI cuando se estableció en este lugar, cuya iglesia estaba consagrada a la figura de Santa María, una comunidad de monjes jerónimos -parece ser, que el principal impulsor de su fundación fue el por entonces obispo de Osma, Pedro Fernández de Frías-, cuyas principales ocupaciones, aparte del cultivo de unas tierras que, como se puede apreciar, parecen bastante pródigas, eran la fabricación de casullas y la elaboración de libros cantorales. Idílica vida basada en la regla cisterciense -hubo en las cercanías otro convento de monjas que profesaban precisamente esta afiliación- del ora et labora, aproximadamente hasta el año 1821, en que la desamortización y la supresión de las órdenes religiosas promulgada por Mendizábal, dejó a los monjes compuestos, sin cobijo y sin tierras entre las que había que contar excelentes huertos frutales y establos.
Cuentan, así mismo las buenas o malas lenguas, que en 1939, cautivo y desarmado el ejército rojo -que por aquél entonces, constituía el Demonio a batir por los conservadores y la Santa Madre Iglesia-, el templo continuaba en pie, aunque, no obstante, éste fue derribado por los vecinos de la zona, ante el temor de que los monjes regresaran por sus fueros y reclamaran no sólo el edificio y las escasas dependencias que quedaban en pie, sino también las tierras. Lo que nos demuestra que, después de todo, hay catástrofes netamente humanas, en las que el Universo, al que se le achacan buena parte de esas confabulaciones en las que tanto creen algunos, no tiene, al menos en este lugar, nada que ver. y si no es la Madre Tierra quien reclama esa contabilidad que tan paciente desarrolla, ahí están sus descendientes, que después de todo, no dejan de ser sus más directos herederos. Sea como sea, el lugar, dentro de lo que cabe, no deja de ser una auténtica curiosidad y un paseo por sus alrededores, una experiencia cuando menos romántica y cultural.

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(1) Arthur C. Clarke: 'Cánticos de la lejana Tierra', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Janés Editores, S.A., Barcelona, 1987, página 17.

2 comentarios:

El Deme dijo...

Y de un triste muro milagrosamente en pie, has creado un viaje emocional y literario.

juancar347 dijo...

Imaginación, ensoñación...Hay que dejarse llevar, Deme. El mundo de la crónica y la aventura es lo que tiene: que todo se aprovecha. Además, la Literatura siempre ha sido para mí un auténtico placer.
Un abrazo