martes, 28 de octubre de 2014

Torreandaluz: iglesia de Santo Domingo de Silos


Sin duda, el otoño es una buena estación para recordar. Tal vez no sea la mejor, pero me consta, que al menos lo disimula muy bien, hasta el punto de parecerlo. Como hojas que se balancean al menor atisbo de brisa, los pensamientos adquieren la dimensión de esas pompas de jabón que inundaban los mundos sutiles de un hombre bueno, otorguémosle el apellido Machado, sólo por poner un ejemplo relevante y revoloteando con imperiosa rebeldía, rechazan la barrera física de los candados, abandonando los carcomidos barrotes del Semper fidelis y nostálgico baúl de los recuerdos. Se convierten, comparativamente hablando, en reos atrapados y reducidos sin misericordia por los sabuesos de la prosa. Cualquiera diría, que en apenas unos segundos, demostrando la teoría de la relatividad de Alberto Einstein -me otorgo a mí mismo el capricho de la familiaridad, porque tal vez ambos pertenezcamos a alguna de esas doce tribus perdidas de Sefarad-, punto de partida y de llegada se fraccionan en apenas unas décimas de segundo, hasta el punto de tener la relativa sensación -que si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, será porque quizás nace con la habilidad innata para el tropezón- de que en realidad, uno ni se ha movido; y si lo ha o hubiere hecho, ni siquiera se ha percatado de ello. Tal vez por eso, tengo ahora la impresión de que ya no estoy plácidamente sentado en esa habitación que destila sabor a hogar por sus cuatro paredes, atestada de libros y recuerdos que se acumulan también en el alma como pequeños e inquietos bastardos que me producen interminables instantes de satisfacción y sinsabor, ni me dejo tampoco embelesar por las volutas de humo del cigarrillo que ascienden suave y perezosamente, explotando como frágiles supernova contra esa frontera del caos final que es el techo.

 
Desde luego, no creo mentir, si afirmo que la prosa hace que, una vez atrapados tan rebeldes e inestables pensamientos, un servidor, que no en vano lleva el merecido apodo de Caminante -ganado posiblemente con más derecho que muchos honorables caballeros que lucen sin escrúpulo la Cruz Laureada de San Fernando en sus pechos, sin otros méritos que una chusquera y ordenancista vida de cuartel-, se imagine, sienta o recuerde que acaba de dejar atrás Rioseco de Soria -localidad a la que en su momento piensa hacerle el cumplido homenaje que merece-, y enfila como una estrella fugaz hacia unas infinitas soledades que alternan monte bajo, algunos solitarios campos de labor y una extensa zona de paradigmática, misteriosa e indefinible frontera paramérica, cuya sola visión, siempre hace que el espíritu se solidarice con la lírica del viento, con el susurro de lo desconocido agazapado entre las matas y los arbustos, así como con la acuciante sensación de una épica aventura en ciernes. Pocos kilómetros más allá, tres, tal vez cinco a lo sumo -que en España, el ojo de buen cubero siempre ha sido un deporte genuinamente practicado-, un cartel señala hacia un lugar -Escobosa de Calatañazor- que desde hace años engrosa la terrible lista negra de los despoblados de la región. Aunque no se ve a simple vista, las copas de los álamos, tristes en su soledad, mecen unas ramas que todavía conservan el mortal abrazo del gélido invierno, inmutables en el mismo lugar donde sus fenecidas hojas estancan el agua que antaño rebosaba alegremente de la vieja fuente, situada en la parte baja de una cuesta sobre la que impera el entramado desmochado de una no menos vieja iglesuca, en cuya sencilla espadaña, el campanil ya no entona ni siquiera el lastimero toque de ausencias la víspera de la noche de difuntos y la cigüeña, quizás sólo por este año, pasó completamente de largo por San Blas.
 
Siguiendo el ejemplo de la cigüeña, y pasando, pues, de largo, Torreandaluz aparece, seis kilómetros más adelante, como una jaima mahometana extendida entre las finas arenas del desierto. Más allá de las casitas de blanca fachada y de rojo tejaroz -algunas luciendo símbolos que ya eran paradigmas desde el alba de los tiempos-, se divisa, cercana a ese punto donde el camino continúa, dándole la espalda al pueblo como un río que se aleja hasta fundirse con el mar, la torre de la iglesia. Se trata de la parroquial de Santo Domingo de Silos, y de ella, parte una pequeña pero interesante ruta románica que, no obstante el grado de remodelación o deterioro de sus templos, proporciona, sin embargo, multitud de detalles de interés.
 
 
Cierto es, por otra parte, que en ésta parroquial de Torreandaluz, se conjugaron otros humores que, previsiblemente en el siglo XVII, terminaron por modificarla casi por completo. De tal actuación, apenas sobrevive la portada principal. Una portada, por más señas, espléndida, que no deja de sorprender, en primer lugar, por su voluminosa constitución, que denota, probablemente, la grandes del templo románico original que la albergaba, y en segundo lugar, por los interesantes elementos, si bien escasos, que todavía contiene. Aparte del ajedrezado tipo jaqués que se evidencia en una de sus arquivoltas, estos elementos no son otros que los varios capiteles historiados, cuya esmerada labra y temática, llaman poderosamente la atención. En ellos, no es difícil apreciar esa lucha de caballeros, similar a aquella otra en la suele fijarse el peregrino que en Estella y dirigiéndose hacia la iglesia de San Pedro de la Rúa, repara en el Palacio de los Reyes de Navarra. Tremenda, así mismo, es la lucha de un Sansón, ajeno a la pérdida de cabellera en la Salomé le arrebató su fuerza, desquijando al león. Evidentemente, y esto es una llamada de atención, pues el elemento abunda hasta el punto de parecer, comparativamente hablando una marca personal del cantero, las arpías, aquéllas terroríficas bestias que el gran poeta Dante Alighieri situaba en la segunda zona del Séptimo Círculo de su Divina Comedia con el cometido de desgarrar los troncos de árbol en que se habían convertido los suicidas, campean a sus anchas, no muy lejos de otro capitel que muestra, quizás para serenar el alma aterida del cristiano, una humilde y melancólica hoja de acanto. Pero posiblemente, por la perfección de su labra, por el equilibrio de sus figuras y quizás porque al fin y al cabo, la música y la danza siempre ha tenido una importancia capital desde el alba de los tiempos, el capitel de los músicos y las danzarinas podríamos, incluso, llegar a considerarlo como poco menos que único en la provincia.
 
En definitiva, un pequeño tesoro, que merece la pena descubrir.

2 comentarios:

El Deme dijo...

Precioso el paseo por Torreandaluz, al que todavía no he llegado: me quedé en Andaluz.

juancar347 dijo...

Imagino que conocerías entonces a Rosa Mari. Hace unos meses me llegaron noticias de que lo está pasando mal la mujer, a la que mando recuerdos y un abrazo desde aquí. Me alegro que te haya gustado Torreandaluz y te emplazo a que estés atento a la ruta que continúa en las próximas entradas, si el románico, como creo, entra también entre tus preferencias. Un abrazo