domingo, 20 de abril de 2008

Almazán, iglesia de San Miguel: un enigma gótico


'Se ha dicho de San Miguel que tiene influencia cisterciense en su disposición, catalana en el ornato del ábside y musulmana en los detalles ornamentales y cúpula'
[Gaya Nuño]


Muchos son los enigmas que invitan a visitar y a especular sobre la iglesia de San Miguel, en Almazán. Algunos son bien visibles de puertas para afuera, como el desvergonzado 'onanista' que hay labrado en uno de los ventanales del ábside; la curiosa cabeza humanizada de un erizo, que inmediatamente acapara simpatías, por su curiosa originalidad o aquélla otra, de un erizo también, que más pequeña, sale de una especie de cesta de mimbre. Pero los más interesantes, en mi opinión, son aquellos que se pueden observar de puertas para adentro, entre los cuales, no está de más citar los siguientes: la cúpula morisca que conforma una magistral estrella de ocho puntas y es, sin duda, la pieza estelar por antonomasia, frente a cuya visión lo demás deja de tener importancia; el Cristo articulado del siglo XVI, cuyo estado de conservación le da una nota ciertamente desgarradora, que fue descubierto enterrado cerca del altar mayor, el día 2 de diciembre de 1998, en el transcurso de las obras de restauración que se estaban llevando a cabo en el recinto; el trío de figuras góticas que conforman una Pasión, procedente del cercano pueblo de Bordejé, de cuya iglesia de San Antón expuse algunos enigmas en varias entradas anteriores; las dos figuras representativas de San Miguel, que merecen un estudio aparte por su simbología y singularidad; la representación de Santiago Peregrino, y la falta de su mano derecha que, unida a la falta del brazo derecho de una curiosísima Virgen datada en el siglo XIII, de la que se desconoce prácticamente todo -a excepción de que fue descubierta enterrada como el Cristo, antes de estallar la Guerra Civil- obliga a plantearse una serie de interrogantes acerca de su intencionalidad, pues impide llegar a conocer el símbolo o atributo que portaba; y algunos otros que, quizás por escasez de tiempo o falta de atención, aún permanecen incógnitos, aguardando pacientemente a que alguien -no importa quién, y posiblemente tampoco cuándo- les ofrezca una oportunidad de ver la luz.

Hasta el momento, dos han sido las ocasiones en las que he permanecido algún tiempo en el interior de ésta sorprendente iglesia, disfrutando prácticamente con absoluta tranquilidad, de su contenido e idiosincracia, sin otra compañía que la de la mujer encargada de abrir y velar por el recinto. Y en las dos, las circunstancias meteorológicas me han hecho observar algunos detalles que quiero poner aquí de manifiesto, pues pueden constituir una nota de interés si cualquier persona que lea estas líneas se acerca un día por San Miguel, y se entretiene el tiempo suficiente, como para intentar disfrutar lo más posible de su visita.

La primera visita se produjo el sábado, 19 de abril, cuando venía de vuelta de una ruta que se había desarrollado por tierras de Berlanga, El Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz y Garray. Cierto que el día no acompañaba para viajar, y las previsiones meteorológicas preveían abundantes lluvias prácticamente en toda la Península.

Contra todo pronóstico, y aunque el cielo estuvo cubierto durante toda la jornada -detalle que en mi opinión, dotaba a la aventura de un cierto carácter bohemio que saboreé a placer- no comenzó a llover hasta, aproximadamente, las dos de la tarde, hora en la que estacioné el coche junto a la puerta del 'Bar Goyo', en Garray. Allí permanecí por espacio de algo más de una hora, disfrutando de un café, así como de la compañía y agradable conversación de una amiga que se encuentra residiendo allí temporalmente.

Sí llovía, y en abundancia, sobre las cuatro de la tarde, hora en la que llegué a Almazán ý me encaminé hacia San Miguel, subiendo lo más rápido posible la Cuesta de Jesús, mientras el agua discurría velozmente hacia abajo, desembocando en la carretera, donde comenzaban a formarse los primeros charcos. Acababan de abrir la iglesia, y la penumbra precedente al encendido de los focos, dotaba al interior del recinto de ciertas connotaciones de misterio, caracteristicas de una novela gótica al estilo de 'El castillo de Otranto', de Horace Walpole, sólo por citar un ejemplo clásico. En modo alguno resultaba perturbador. Por el contrario, unida a aquél silencio, una curiosa sensación de paz se fue adueñando poco a poco de mi ánimo, hasta el punto de hacerme aprehender sensaciones hasta entonces desconocidas.

Cualquier sonido proveniente del exterior, se podía oir allí con una claridad absoluta, no dejando de ser toda una sinfonía, escuchar el sonido del agua caer. Durante unos minutos, tuve la impresión de encontrarme cómodamente instalado en mi habitación, escuchando el sonido relajante del agua a través de la música sensorial de Guillermo Cazenave. Este sonido, se hacía aún más receptivo en algunos lugares de la iglesia. Pero no fue, sino, en la zona del coro, en el lugar donde se encuentra la figura articulada y a tamaño natural del Cristo del siglo XVI, donde tuve la certera impresión de oir el agua deslizándose por el interior de las paredes. Fue una experiencia extraña, sin duda, pues -se crea o no- durante una fracción indeterminada de tiempo -relativo, como la famosa teoría de Einstein- tuve la sensacional impresión de encontrarme en el umbral de la puerta a otro mundo. La mente, a veces, juega también buenas pasadas; y la mía, en ese momento tan íntimo y particular, estaba dispuesta a permitirme 'ver' lo que realmente se ocultaba detrás de aquéllas centenarias paredes: una pradera de hierba fresca, verde, que desembocaba en un pequeño lago que se nutría del agua procedente de un manantial de montaña que caía a través de una maravillosa cascada. Se crea o no, fue una sensación extraña, pero sin duda sublime.

Más cercano en el tiempo, el sábado, 26 de abril, el día amaneció meridianamente despejado, acompañándome el sol, gratificante, durante toda la jornada. Al igual que la ocasión anterior, llegué a las puertas de San Miguel segundos después de que hubieran abierto. No puedo decir que disfrutara de una experiencia sublime, aunque sí me pareció interesante observar la nave del templo en penumbras, mientras la luz de los focos -tardan unos cinco minutos en encenderse completamente- mortecina al principio, conecta con la luz del sol que se filtra a través de los pequeños ojivales de la cúpula, formando una extraña luminosidad verdosa que, unida a la opacidad caracteristica de las sombras, consigue un curioso efecto de irrealidad y misterio accidental, difícil de igualar.

Constituyen, pues, dos datos de carácter sensorial que cualquiera puede comprobar por sí mismo. Hace falta, claro, que en el primer caso se den las circunstancias oportunas. No obstante, en el segundo, al menos, si la tarjeta gráfica de la cámara no falla, las fotos nunca decepcionarán.


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