domingo, 15 de junio de 2008

Curiosidades sorianas: la historia jeroglífica de la construcción de la iglesia de Nª Sª del Mirón

Mi anterior y única visita a la iglesia de Nª Sª del Mirón, en Soria capital, me dejó completamente frustrado. Recuerdo que fue un caluroso sábado del mes de agosto del año pasado, y accedí a ella por la parte de atrás; es decir, por un camino polvoriento circundado por los restos de las antiguas murallas. Enclavado frente a la iglesia, el hotel Leonor constituía un auténtico punto de ebullición, donde los huéspedes y algunos minutos después, los invitados a una boda, se mezclaban sin orden ni concierto, no pudiendo discernir quiénes eran unos y quiénes los otros. En realidad, este detalle carecía de importancia. No así, desde luego, el llegar a un sitio de interés, en el momento más inoportuno.
Sabiendo que con tanta gente no me sería posible gozar de las maravillas que intuía se hallaban presentes en el interior de tan emblemática ermita -recordemos que se ubica en el cerro del Mirón, enfrente del monte de las Ánimas, desde donde se domina, aparte del monasterio de San Juan de Duero, una espléndida panorámica de la ciudad- decidí, no de muy buena gana, es justo confesarlo, dejar la visita para una ocasión más propicia.
Pues bien, ésta ocasión se presentó el pasado viernes, día 13 y para más señas, festividad de San Antonio.
Tenía previsto asistir a un acontecimiento en Garray -como así fue-, aunque, acostumbrado a salir de viaje temprano, decidí pasar primero por Soria y visitar dos lugares de los que no me importa confesar un sentimiento de admiración, que raya en una más que probable fiebre romántica. Me refiero, como ya habréis adivinado aquellos que me conocéis y quizás también aquellos que me váis conociendo, a la ermita de San Saturio y al monasterio de San Juan de Duero.
La paz que se respiraba en el primero, contrastaba notablemente con la algarabía turística que comenzaba a adueñarse del segundo a medida que llegaban autocares procedentes de diversos puntos del país. De manera que tuve que posponer para mejor ocasión, el intento de hacer un vídeo-documental, cuyos protagonistas fueran -única y exclusivamente- esas piedras milenarias que tanta admiración despiertan y seguirán despertando en el futuro, pues no en vano fueron creadas precisamente para perdurar.
Con la bolsa al hombro y las cámaras a buen recaudo, me despedí de mi querido monasterio sanjuanista -mal que le pese a mi forofismo templario- y ni corto ni perezoso, enfilé el camino hacia la iglesia de Nª Sª del Mirón. De todas formas, me pillaba de camino. Decepción de decepciones, la iglesia, para gran fastidio mío, estaba cerrada.
- Suelen abrir un rato por las tardes, -me comentó, amablemente, una señora que pasaba casualmente por allí.
Como no es mi intención extenderme más de la cuenta, decir que pasaban de las tres de la tarde cuando abandoné Garray -contento por haber pasado una interesante e inolvidable jornada, cuyos pormenos narraré más adelante- y como aún no me apetecía volver a Madrid, decidí pasear un rato por las calles de Soria y hacer tiempo para volver a intentarlo.
Pues bien, en ésta ocasión a la segunda fue la vencida, y cuál no sería mi alegría cuando, comprobando que las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par, aparqué ipso-facto el coche junto al hotel Leonor, y colgándome al hombro la bolsa, me apresuré a entrar en su interior.
Iluminada se hallaba sentada en el último banco de la derecha, junto a la puerta, hablando por teléfono -según pude entrever- con su hijo José Luis. Cuando terminó de hablar, le expuse cuáles eran mis deseos, y aprovechando el cierto grado de amistad que me une con Don Carmelo Enciso -párroco de Garray, Abad de San Saturio y actualmente supliendo al párroco de titular de la iglesia del Mirón, que está de vacaciones- pude acceder -lo reconozco, agradecido- a ciertos lugares de la iglesia, normalmente vedados al visitante.
Fue así como me topé con ésta curiosidad -recordad que era así como antiguamente se representaban y narraban las historias- que me complazco en compartir con todos vosotros, por si acaso fuera de vuestro interés. Eso sí, pido humildemente perdón por la oscuridad del vídeo, pero cada uno debe apañarse con el material de que dispone. Espero, no obstante, que la fotografía que acompaña la presente entrada, sea lo suficientemente elocuente como para que éste constituya un detalle sin importancia.

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