lunes, 21 de julio de 2008

De camino a Barahona: Romanillos


'Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos...'.
[Gabriel García Márquez: 'Cien años de soledad' (1)]

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Como el inmortal Macondo de García Márquez, algunos pueblos causan en el viajero la curiosa sensación de que el tiempo -cansado, después de todo- hubiera tomado la decisión de pararse en un lugar concreto, para descansar un momento. Romanillos, bajo mi punto de vista, es uno de esos afortunados pueblos. Situado aproximadamente a mitad de camino entre la señorial Medinaceli y la 'brujeril' Barahona, el tiempo, en Romanillos, parece discurrir de una manera mucho más lenta que en cualquier otro lugar. Pero que nadie se llame a engaño; no por ser un pueblo pequeño, situado lejos de las grandes vías de comunicación que unen las principales ciudades de la provincia, deja de tener su historia y su interés.
En efecto, a pesar de su aparente tranquilidad; de ese pervivir lento y parsimonioso que parecen tener todos los pueblos pequeños, en Romanillos la Historia -no tan caprichosa y a veces injusta, como parece- así lo atestigua, habiéndonos dejado un impresionante cementerio medieval, que dice mucho de su importancia en el pasado. No en vano, hemos de tener en cuenta que Romanillos se encuentra en tierras donde la arqueología brota con alegría a poco que el pico se hunda en ellas, como atestiguan los yacimientos de Conquezuela, Miño de Medinaceli y el más soberbio de todos: Ambrona.
Incluso se piensa que la actual carretera que atraviesa Romanillos, está levantada sobre una antigua calzada romana que enlazaba las ciudades de Ocilis y Uxama, sin olvidar, que por allí campeaba a sus anchas Almanzor y sus huestes, siendo escenario de numerosos hechos de armas, de cuyo recuerdo, aún queda una vaguada que lleva por nombre 'La Matanza'.
Sin olvidar mencionar la importante y singular iglesia románica, dedicada a San Miguel Arcángel, así como la pequeña ermita o humilladero que hay al comienzo del pueblo -si se viene de Medinaceli- y las numerosas crucetas pétreas del Vía Crucis, que llaman inmediatamente la atención.
En definitiva, como decía Ortega y Gasset, refiriéndose a Romanillos, he aquí 'una aldeíta náufraga en un mar de espigas'.


(1) Gabriel García Márquez, 1967; Edición Círculo de Lectores, 1995


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