domingo, 13 de julio de 2008

Rutas del Temple 3: San Juan de Rabanera


Preside el altar mayor del templo, enlutado, con su faldón negro ceñido a la cintura, que le llega hasta las rodillas; curiosamente, su sombra se proyecta sobre las paredes del ábside, y por esas curiosas escenas de comparación asociada, me recuerda -mientras procuro no perder detalle con la cámara, una vez conseguido el permiso del párroco para grabar en el interior de la iglesia- la forma de algunos canecillos que se pueden encontrar en numerosas iglesias románicas de la región, cuyo significado, a falta de las claves oportunas, se ignora. Me refiero al Cristo que en su día presidió los actos litúrgicos de los frates milites; aquellos Pauperes Milites Christi Salomonis Templi que hace siglos, y desde su privilegiada posición en el monasterio de San Polo, defendían la ribera izquierda del Duero, controlando, de paso, el acceso a la antigua ermita de San Miguel de la Peña, en la actualidad, de San Saturio.
Captan inmediatamente la atención del observador, los maderos sobre los que se sostiene martirizado, clavadas sus manos y sus pies, puesto que, lejos de constituir una cruz clásica, representan todo un símbolo al que no fueron ajenos los belicosos monjes y al que San Francisco, por ejemplo, profesaba una especial devoción: la última letra del alfabeto griego, la Tau.
Nos encontramos aquí, con un símbolo de antigüedad considerable -es citado ya en el Apocalipsis, por poner un ejemplo- cuyas connotaciones esotéricas son de tal magnitud, que no resulta extraño tropezarse varias veces con él en lugares relacionados con la Orden. El caso más evidente y cercano, lo tenemos en la propia ermita de San Saturio, y por partida doble. Pero ese constituye parte del tema que desarrollaré en una futura entrada.
Baste, de momento, saber, que éste Cristo que hoy se venera en la iglesia de San Juan de Rabanera -no es el único elemento ajeno aprovechado, pues el pórtico principal pertenecía a la malograda iglesia de San Nicolás, actualmente en ruinas- es aquél mismo que, como hemos aventurado, se veneraba en el monasterio templario de San Polo, y que, de hecho, protagonizó una de las maravillosas leyendas que circulan por la capital: la leyenda del Cristo templario, cuyas referencias son fáciles de encontrar.
Independientemente del Cristo templario, la iglesia de San Juan de Rabanera constituye un hermoso exponente del románico de la región, cuya visita -recomendada- no dejará a nadie indiferente.

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2 comentarios:

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juancar347 dijo...

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