miércoles, 25 de febrero de 2009

Callejeando por San Pedro Manrique

No sería justo terminar -al menos momentáneamente- este pequeño monográfico dedicado a San Pedro Manrique, sin hablar, aunque sólo sea a grosso modo, del propio San Pedro Manrique. Seguramente nos encontramos ante el lugar más popular e interesante de las denominadas Tierras Altas sorianas. A esta popularidad, sin duda, ha contribuído, y mucho, su inigualable Fiesta del Fuego que consigue hacer de la mágica noche de San Juan un acontecimiento único y comentado en el mundo entero.
Pero a veces, lo más evidente no es, sino, una cortina de humo -nunca mejor utilizada la expresión- que puede hacer que no veamos otros lugares; que no paladeemos otros sabores, o que no experimentemos otras experiencias -valga la redundancia- dignas siempre de tener en cuenta.
La historia de San Pedro Manrique se remonta hasta el Neolítico; más allá, incluso, hacia ese periodo jurásico en el que los dinosaurios campaban a sus anchas por un mundo que parecía demasiado pequeño para albergar eternamente a unos seres verdaderamente titánicos.
En el siglo VI después de Cristo, las invasiones celtas de la Península trajeron a la zona unos pueblos y una cultura, cuyas raíces han sobrevivido hasta nuestros días, aunque convenientemente maquilladas por la ortodoxia eclesiástica, pudiéndose rastrear su huella en las numerosas fiestas y tradiciones que, con mayor o menor intensidad, han llegado hasta nosotros. Entre ellas, lógicamente, la ya mencionada del paso del fuego en la noche de San Juan, que recuerda las ancestrales celebraciones celtas en honor de Beltane o, ¿por qué no?, los rituales de purificación de los nativos norteamericanos danzando alrededor del fuego antes de entrar en combate.
No hemos de olvidar, tampoco, que de San Pedro Manrique y los pueblos de alrededor -pongamos un sencillo ejemplo, mencionando algunos como Yanguas, Villar del Río o La Cuesta- se nutrían las reservas de guerreros celtíberos -en su mayoría pelendones- que acudían a defender la vecina población de Numancia -situada en Garray, a apenas 26 kilómetros de distancia- haciendo que su épica resistencia -'la resistencia numantina', inmortalizada, entre otros, por uno de nuestros escritores del Siglo de Oro más universal, Miguel de Cervantes- fuera más tarde hábilmente utilizada como arma política, contribuyendo a despertar en el pueblo el comienzo de un sentimiento nacional que haría posible -no importa donde prendiera la chispa- la Reconquista.
Después del pequeño paseo virtual por las ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo; por los interiores de los enigmáticos restos de la iglesia de San Miguel -hoy convertidos prácticamente en una pequeña amazonia- y, naturalmente, de la visita a la ermita de la Virgen de la Peña y el Recinto del Fuego, nada más lejos de la realidad que suponer que, 'agotada la inspiración, el poeta rompió la pluma'.
Bien es cierto, que cuando se lleva un rato paseando por el pueblo, la inspiración -casquivana, como la musa que suele concederla- va y viene a medida que ese tren imaginario que es la Historia se detiene en los apeaderos ocasionales que son sus calles. Porque en San Pedro Manrique, como en otros muchos pueblos, como en las grandes ciudades hace tiempo condenadas por el exceso de población, la avidez urbanística -mal presentada como 'desarrollo'- va acelerando el proceso de eliminación de esa arquitectura tradicional, autóctona y rústica que conforma la auténtica alma de los pueblos.
Por eso, cuando uno encamina sus pasos hacia la parte alta del pueblo, subiendo por calles empinadas y angostas, flanqueadas a uno y otro lado por robustas casonas de piedra -algunas luciendo aún con orgullo los antiguos blasones de sus inmemoriales habitantes- siente una curiosa sensación de bilocación temporal difícil de describir.
Estrechos callejones, recuerdo de una época feudal; encrucijadas inmersas en mortecinas candilejas donde a veces se dirimían los destinos de una persona bajo el devenir de espadas y cuchillos.
La ropa colgada de ventanas y balcones, que recuerda las propias carencias de un patio interior en la barriada natal, pero donde los vecinos, de una forma sencilla y callada se confiaban mutuamente sus intimidades. Ancianos sentados al sol, en el escalón de su puerta con un cigarrillo entre los labios y el perro tumbado a sus pies...
A veces los nombres de las calles esconden enigmas. Una de las calles más antiguas de San Pedro Manrique, es la calle Rochela. Durante la Edad Media, esa calle debía de tener cierta importancia, pues aún sobrevive, tal cuál, la puerta abovedada así como algún resto de la muralla que hacía de protección y salvaguarda.
Resulta imposible conocer la presencia en la zona de órdenes militares como el Temple y no asociar el nombre de Rochela con La Rochelle, el puerto templario más importante de Francia, utilizado por los alemanes siglos después, durante la II Guerra Mundial, como base de submarinos en el Atlántico.
Desde la puerta medieval que comunica la calle Rochela con el casco urbano de San Pedro Manrique, se puede ver, aún enhiesta, la torre de la iglesia de San Miguel; a poca distancia de ésta, y hacia la derecha, la ermita de la Virgen de la Peña -construcción románica en tiempos, a la que se le fueron añadiendo elementos de origen barroco-renancentista que la hacen semejar una pagoda- unida indivisiblemente con el anfiteatro poligonal que constituye el Recinto del Fuego.
Entre ambas, y a cierta distancia asentados en lo más alto de la colina, los muñones de castillo que permanecen todavía en pie, dan testimonio de la importancia que tuvo en tiempos un lugar que, a pesar de todo, ni siquiera el tiempo ha conseguido doblegar: la flor de las Tierras Altas sorianas. San Pedro Manrique.

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