jueves, 26 de febrero de 2009

Historias de Reliquias: La Cuesta y el misterio de la Sábana Santa

Por dos veces la causalidad -lo siento, pero prefiero creer en 'la conspiración del Universo, parafraseando a Paulo Coelho, en detrimento de la simpleza del azar- quiso que se cruzara en mi camino este curioso pueblecito despoblado, situado tan sólo a 13 kilómetros de San Pedro Manrique. Poco o nada hubiera sabido, como digo, de La Cuesta y de la misteriosa historia que voy a intentar describir a continuación, si cierto día, hace ya algunos meses, un curioso libro -'La España extraña'- escrito por Javier Sierra y Jesús Callejo no hubiera caído en mis manos -por 'causalidad', también- mientras deambulaba por la librería de un establecimiento Alcampo -la publicidad es gratuíta- cercano a mi casa. No voy a negar a estas alturas, que siempre me han fascinado los misterios, los enigmas, esa Historia Oculta pero real, que nunca veremos consignada en los libros de Historia ortodoxa; esa Historia, pues, maldita y absurdamente relegada al olvido y que a veces, investigadores como los anteriormente mencionados sacan a la luz para deleite de unos y preocupación de otros, que ven tambalearse los cimientos de lo social y moralmente establecido.
En el fondo, todos sabemos, o al menos intuimos, que la Historia -o una buena parte de ella- no deja de ser una gran mentira. Una mentira consentida, pero mentira al fin y al cabo. Porque la Historia la escriben siempre los vencedores y la moldean y maquillan a su antojo y conveniencia, restándole siempre puntos a la objetividad.
En la zona donde se encuentra este pueblecito, la Historia la han ido escribiendo siempre aquellos que, llegados más tarde, se impusieron a los autóctonos. De tal forma, que los romanos sojuzgaron a los celtíberos; posteriormente, y con la caída del Imperio Romano, los godos tomaron las riendas de una Roma decadente, hasta que fueron vapuleados por los árabes en el año 708 después de Cristo, siendo éstos, a su vez, expulsados de la Península muchos, muchisimos siglos después, cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada, poniendo punto y final al periodo conocido históricamente como la Reconquista.
El gran enigma de La Cuesta empieza ahí. O, para ser más exactos, durante las Cruzadas. ¿En cuál de ellas?. Se ignora. Pudo ser en la Primera, donde la fiebre de reliquias generó un mercado tan fructífero -sobre todo para los comerciantes árabes y judíos, que llegaban incluso a profanar los cementerios y mutilar los cadáveres para presentarlos como auténticas reliquias-, que éstas no tardaron en extenderse por toda Europa, traídas por peregrinos, por cruzados o por Ordenes Militares de Caballería que regresaban de Tierra Santa. Entre ellos, evidentemente, templarios y hospitalarios, cuya presencia fue notable en la provincia y destacada particularmente en esta zona.
La referencia acerca de la Sábana Santa que se custodiaba en la iglesia de la Asunción -actualmente en ruinas, como se puede apreciar en el vídeo- aunque escueta, detalla lo siguiente: 'se decía que tenía auténticas manchas de sangre de Jesucristo', añadiendo que 'desapareció cuando el pueblo se quedó despoblado'.
Con el tema de las Sábanas Santas, ocurre un fenómeno similar al de los Lignum Crucis o trozos de la cruz donde Cristo fue crucificado: existen tantos -y todos pretendidamente auténticos- que más de un investigador a apuntado la posibilidad de que si se juntaran todos ellos, se podrían reconstruir innumerables cruces. A este respecto, conviene señalar que el trozo más grande de Lignum Crucis que hay en España, se conserva en el monasterio cántabro de Santo Toribio de Liébana, siendo particularmente célebres, también, los que se custodiaban en la iglesia de la Vera Cruz y en la ermita de igual nombre, que se encuentra en el pueblecito segoviano de Maderuelo.
El despoblado de La Cuesta -en realidad, lo es hasta cierto punto, pues existe una casa rural con todas las comodidades, que lleva por nombre 'El Pajar del Búho' y me consta, también, que se están realizando reformas en varias casas, así como también que algún rumano tiene alli su hábitat permanente- depende, administrativamente hablando, del Ayuntamiento de Villar del Río, donde sería oportuno indagar para recopilar más datos y bucear, dentro de lo posible, en su historia.
Sí pude averigüar, sin embargo, que en La Cuesta hubo, hace algunos años, un centro de rehabilitación de drogodependientes. Y este detalle no deja de ser curioso, por cuanto que, si observamos la simbología que hay en el interior de la iglesia, descubriremos, sobre fondo rojo -color del hábito hospitalario- una cruz de ocho beatitudes utilizada por la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalém -el Temple también las utilizó, aunque la más conocida fue la cruz redonda o cruz patada- cuya principal función era, aparte de la acción de defensa de los Santos Lugares -junto con el Temple, la Orden rival-, ofrecer servicio al enfermo y asilo al peregrino.
El entorno, desde luego, resulta privilegiado, pues el pueblo de La Cuesta se encuentra situado en pleno corazón de las Tierras Altas, junto a la Sierra del Alba y el Hayedo de Diustes. Lugar de nacimiento del río Milanos, forma parte de dos rutas de interés histórico y cultura: la Ruta de las Icnitas y la Ruta de la Trashumancia. Y desde luego, a pesar de su aparente soledad, no se trata de un lugar aislado, pues apenas a 2 ó 3 kilómetros, se encuentran las poblaciones de Villar del Río y Yanguas.
Prácticamente imposible de seguir el rastro del Santo Rostro de La Cuesta -es conveniente señalar, que la foto que se ve al final del vídeo corresponde a un antiguo grabado, enmarcado, que se conserva en la ermita conquezuelense de la Virgen de la Santa Cruz- no puede uno por menos que preguntarse si fue robado -cosa bastante probable, habida cuenta de los numerosos expolios cometidos a lo largo de los años en la provincia- o, por el contrario -otra posibilidad a tener en cuenta- el paño (como en la película 'En busca del Arca perdida'), reposa en el olvido en algún ignoto y polvoriento archivo diocesano.
De cualquier manera, la historia no deja de ser fascinante y anecdótica.
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