lunes, 17 de noviembre de 2008

El Espino

'No desestimes, por tanto, la advertencia que hacíamos al inicio del libro, y recuerda: al introducirte en nuestro cuaderno de bitácora -a fin de cuentas, eso es este libro- te estás adentrando en un terreno desestabilizador. Muchos de tus dogmas serán puestos en la picota, al tiempo que algunas de tus sosprechas recibirán la confirmación que tanto tiempo llevabas esperando. Si decides acompañarnos, no te saltes ningún tramo, pues todos encierran alguna enseñanza. Y cuando termines de leer, no dudes ni un instante: prepara un equipaje ligero, un buen cuaderno de notas y lánzate a recorrer un país lleno de pistas que te llevarán hacia aquéllos ("los de arriba") que manejan nuestros hilos.
Será entonces cuando descubras las claves de nuestra España extraña.
Palabra.'
[Javier Sierra y Jesús Callejo: 'La España extraña', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, febrero 2008]


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La ermita de San Bartolomé

Esta curiosa ermita, que por su estructura y orientación, puede recordar algo más que vagamente a la vecina ermita de San Caprasio, se encuentra situada al final del pueblo, anclada profundamente en un alto del terreno, desde el que se domina el contorno a su alrededor. Este se compone, básicamente, de parameras y alguna que otra pequeña extensión de tierra de labor, convenientemente señalizada por los surcos del arado. Algunos metros la separan de las casas más postrimeras y adosada a ella, por su lado orientado hacia el este, el pequeño recinto funerario local, con cuyos deudos la muerte se ha llevado, seguramente, el mejor testimonio oral que pudiera encontrarse acerca de la historia y los misterios del lugar.
Al contrario que su homóloga en la provincia, aquél pozo de belleza y misterio enclavado en pleno corazón del Parque Natural del Cañón del Río Lobos, la ermita espinense de San Bartolomé, no revela nada -al menos en el ámbito de su estructura exterior-, que asegure la importancia que tuvo la zona en aquéllos oscuros tiempos de la Reconquista, en los que los cascos de los caballos de la caballería templaria hendieron orgullosos su tierra, estableciéndose en ella.
Como pude comprobar al visitar las ruinas de la ermita de San Caprasio, en Suellacabras, aparte de estar bajo la advocación de otro santo poco grato -o suavizando algo la cuestión, incomodo- a la Iglesia, la ermita de San Bartolomé no tiene ninguna simbología; ninguna señal -siquiera una simple marca de cantería- sobre la que especular y aventurar algún comentario, por muy hipotético que éste pudiera resultar. Los canecillos de su ábside están completamente lisos; completamente mudos. Se echa de menos en ellos la vida que el cantero medieval, seguramente por encargo expreso, decidió no insuflar, impidiendo, de ese modo, que la piedra -al contrario que la gran mayoría de construcciones de índole románica- hablara.
Tal vez en el interior, exista alguna referencia, algún detalle que establezca la relación entre el lugar y esos frates milites, que tanto ansía encontrar el investigador interesado. Pero, por el momento, se trata de una tarea ardua y difícil, cuando no imposible, pues la desconfianza hacia el forastero -no diría yo que injustificada- está a la orden del día.
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2 comentarios:

BARUK dijo...

El espino es un árbol.

No tengo ni idea, pero si hablas de "zona templaria", no tendrá nada que ver ese nombre con la espina del árbol de la Vida, que según cuentan algunas escuelas mistéricas cayó junto a Adán y Eva del Paraíso?



Salud y románico

juancar347 dijo...

¿El Árbol de la Vida o de la Ciencia? Es muy posible, Baruk. Como curiosidad, te diré algo: hay dos vírgenes hermanas y muy veneradas en la provincia, que se llaman del Espino y están hechas con la madera de éste árbol. Una se encuentra en la catedral de El Burgo de Osma, y la otra, en un pueblecito llamado Barcebal -fonéticamente hablando, ¿no te recuerda nada?- que se encuentra a unos 6 kms de El Burgo, en dirección a Ucero. ¿Casualidades?