Suellacabras: ermita en ruinas de San Caprasio
[Washington Irving: 'Leyendas de la Alhambra']
******
Hubo una voz anónima que dijo en cierta ocasión, sin duda alguna sintiéndose sorprendido por uno de esos singulares e inesperados momentos de lucidez con que a veces la Diosa Razón nos obsequia, que 'los amigos de la verdad son aquellos que la buscan y no aquellos que presumen de poseerla'. Yo en modo alguno presumo de poseerla, pero sí puedo presumir, al menos, de buscarla. Y la busco, quizás siguiendo el consejo -sólo el tiempo dirá si acertadamente o no- de José Ortega y Gasset: 'quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos'. Porque, en efecto, no importa lo lejos que tenga que ir uno -incluso remontándose en el tiempo-, cuando sabe que el viaje merece la pena. Tan lejos de Madrid, que son necesarias al menos tres horas de viaje, Suellacabras -como ya apunté en una entrada anterior- es un pueblo que guarda tantos misterios, y todos envueltos por las sublimes nieblas del tiempo, que cualquier inversión de éste, en mi opinión, nunca será una inversión perdida.
No me cabe duda de que Soria es una tierra de misterios. Una tierra, por tanto, y a pesar de los pesares, que atrae. No en vano fue musa de escritores cuyos nombres constituyen hoy día parte de los pilares de la Literatura Universal, cuyos nombres todos conocemos; también de otros, actuales, tanto o más prolíficos en cuanto a obras publicadas, pero menos laureados que, como Juan José Benítez y en un periplo de sus más de cien mil kilómetros tras los OVNIs, situó parte del entramado de una de sus novelas más conocidas -La Rebelión de Lucifer- en el pueblecito soriano de Sotillo del Rincón.
Aún no he tenido el gusto de conocer este pueblo, situado al noroeste de Soria, en las cercanías de la llamada Sierra Cebollera y comprobar si el reloj de la torre del Ayuntamiento no ha dejado de funcionar desde 1984, año en el que Benítez escribió su novela, afirmando que lo hizo de una forma poco menos que milagrosa, pues llevaba muchisimos años estropeado. Pero estoy seguro de que si éste hubiera pasado por Suellacabras, tal vez hubiera cambiado el emplazamiento de su novela y lo hubiera situado en ese enigma de difícil solución que es la ermita en ruinas de San Caprasio, sustituyendo el reloj por el sonido de unas campanas inexistentes, y por lo tanto, fantasmales. También, porque en Suellacabras no hay Ayuntamiento, propiamente hablando, aunque sí una alcaldesa -Feli Gómez- cuya vitalidad y entrega ya quisieran para sí más de un alcalde de los pueblos de alrededor.
Sin duda, la mañana del sábado no fue una mañana ociosa para Feli. El día, a medida que avanzaba, se le complicaba por momentos, amontonándosele las obligaciones. Y si no fuera por ese valor, por ese empuje y esa amabilidad de cuya constancia ya tengo sobrada cuenta, una de dos: o se hubiera tirado de los pelos con desesperación o hubiera mandado a hacer puñetas a ese madrileño pesado que venía a molestarla en un momento tan inoportuno. Ni una cosa ni la otra: Feli pasó la prueba con una merecida nota de sobresaliente, que ya me hubiera hecho falta a mi en mis tiempos de escuela.
La vida de la alcaldesa de Suellacabras, como digo, es un continuo trajín. Sus múltiples ocupaciones, aparte de aquéllas consecuentes con su cargo, se basan en las tareas domésticas, el ganado caprino -que tenía en aquéllos momentos abandonado por el monte- y quizás la que mayor tiempo le resta, y en el fondo, posiblemente sea la menos agradecida de todas: atender el bar del Centro Social y suplir las necesidades de unos parroquianos desesperados por desayunar.
Situado enfrente de la iglesia de el Salvador, la fachada de éste aún conserva una placa y una fecha, 1869, que dan cumplida cuenta de su primigenia función: Escuela Nacional.
Cuando llegué a Suellacabras, aparcando el coche en la misma puerta del Centro Social, sito al comienzo de la calle dedicada a su ilustre vecino Don Juan Caprasio Ruiz González, el bar todavía estaba cerrado. La puerta, no bostante, estaba abierta, y en su interior un longevo suellacabrense manipulaba algunos sobres de correo con manos temblorosas. Después de los saludos de rigor, y vistas frustradas mis intenciones de tomar un café, le pregunté si aún quedaba algo en pie de la antigua ermita de San Caprasio. Dada su respuesta afirmativa, y recordando la fotografía aparecida en el artículo que Antonio Ruiz Vega escribió para la revista Mundo Desconocido hacía la nada despreciable cantidad de 28 años, le pregunté si aún se mantenía en pie la espadaña de la iglesia, pues se trataba del mejor símbolo, sin duda, para reconocerla.
El viejete sonrió ladino, y juntando la correspodencia que debía entregarle a la alcaldesa, se levantó de la silla, comentando irónicamente:
- ¿Es que piensas restaurarla tú?.
- Si pudiera, no me importaría, -le contesté, recordando, aún sin saber exactamente el verdadero estado en el que se encontraba la ermita -de la que no esperaba ver mucho, sinceramente-, que iglesias posiblemente más ruinosas se estaban levantando de nuevo. El ejemplo más significativo lo teníamos en la iglesia románica de Alcózar.
Bajando por la calle ya mencionada de Don Juan Caprasio Ruiz González, nos dirigimos a casa de la alcaldesa -el viejo con la correspodencia 'oficial' en la mano-, mientras me explicaba cómo llegar a las ruinas de la ermita, pues éstas se encuentran situadas a una distancia aproximada de 1 kilómetro del pueblo.
Con la confianza implícita a las pequeñas comunidades rurales, el viejo se coló en la casa de la alcaldesa a través del portón del garaje, mientras yo esperaba en el exterior, preguntándome si Feli me reconocería, pues mi aspecto había cambiado desde nuestro primer encuentro, cuando las greñas me conferían una imagen beatlemaniana cercana a la del desafortunado John Lennon.
- ¡Pero qué quiere!..., -escuché la voz de ésta, ligeramente alterada. Estoy poniéndole ahora el desayuno a unos invitados...
Reconozco que en un principio me sentí ligeramente cohibido. Sobre todo, porque soy una persona muy respetuosa con el tiempo de los demás y también perfectamente consciente de que éste precisamente no sobra en las pequeñas comunidades rurales. Mucho menos, desde luego, a esas horas de la mañana.
Feli me reconoció enseguida. Después de unos breves minutos de conversación, en los que le expuse mi deseo de visitar la iglesia de el Salvador, pensando que allí encontraría algún rastro del enigmático San Caprasio -el viejo me había comentado que las 'cosas' de la antigua ermita 'estaban en la iglesia', aunque no especifió en cuál- ésta, aún disculpándose por su falta de tiempo, accedió a mostrármela, citándome alrededor de las once, mientras yo aprovechaba el lapsus visitando la ermita en ruinas de San Caprasio.
- Tienes como unos veinte minutos andando, -me explicó. No tienes pérdida. Baja por aquí y sigue el primer camino que te encuentres a la derecha. Después de pasar un puente de piedra, sigue caminando y al poco verás la ermita.
Desde luego, el día se prestaba al paseo. Hacía fresco, sin duda, pero el calor que proporcionaba aquél sol, cuyos rayos se expandían entre medias de las ramas de los árboles del bosquecillo cercano, proporcionaba una agradable sensación de bienestar, que animaba a seguir adelante.
A la altura de la perrera -seguramente no exista en el mundo animal más fiel, pero tampoco más escandaloso y gruñón que el perro- el camino, llano hasta entonces, se prolongaba en un descenso, al final de cuya curva no tardé en divisar el primer puente -después comprobé que había otro- cuya sencilla estructura se levantaba peremne sobre las perezosas aguas del Arroyo Malo. Unos metros más allá de ese punto, donde el camino volvía a adquirir una pequeña pendiente, no tardé en divisar las ruinas de la ermita, situadas en la parte más alta de un pequeño promontorio.
Para ser sincero, la mole que apareció ante mis ojos me hizo pensar en lo equivocado que había estado, suponiendo que quizás no encontraría piedra sobre piedra, como así hacía suponer la foto aparecida en el artículo de Antonio Ruiz Vega. Desde luego, y aún visto en la distancia, aquél edificio religioso parecía más un pequeño priorato monacal, de relativa importancia en el pasado, que una simple ermita rural. Ahora comprendía las afirmaciones del viejo, cuando me comentó que hubo un tiempo en el que incluso acogió a una pequeña comunidad de monjas.
No hay un camino, propiamente dicho, para subir al promontorio donde se levanta la ermita. Dadas las caracteristicas del terreno, hablamos de una especie de pequeñas terrazas, donde la piedra hace de parapeto y en el firme formado por la arena, hierba y arbustos se disputan protagonismo a su antojo. Una vez situados en una pequeña pradera, donde la hierba -salvaje y alta- aún conserva el color albino de los meses de verano, llama la atención la placa situada sobre la puerta de entrada, que dice escuetamente: ermita de San Caprasio. Unos centímetros por encima de ésta, y grabadas en la piedra con letras mayúsculas, dos palabras superpuestas, recuerdan a nuestro personaje y el cargo que ostentó: 'Caprasio Abad'.
Aún sin penetrar todavía en el interior del recinto, y más concretamente en la nave de la iglesia, uno no puede evitar preguntarse por qué se dejó perder ésta singular ermita. Después, una vez traspasado el umbral, y enfrentándose a la pequeña amazonia, que cuál ejército invasor, ha tomado el lugar donde una vez los bancos albergaron a multitud de fieles que acudían a rezarle al santo con esperanza y devoción, resulta imposible no sentirse como en el castillo encantado de la Bella Durmiente, donde las enredaderas parecen, incluso, haber detenido el tiempo en aquél preciso e infausto momento en que las sandalias del último monje se alejaron para siempre del lugar.
La nave no tiene techo. Hace años que el armazón de madera -sin duda, mortalmente herido por el tiempo y las termitas- claudicó al peso de las tejas. Resulta imposible, por tanto, precisar en qué momento el tejado dejó de albergar los frágiles nidos de unas aves, cuyo vuelo en la actualidad se remonta por encima de las copas de los árboles más altos, situados en la cercana arboleda, junto al curso serpentino del arroyo.
No obstante, cuando uno accede al lugar más sagrado de la iglesia, aquél determinado por el ábside, donde se levantaba un altar de piedra, desmoronado por completo hoy día, y contempla los muros semicurvados, la indignación no es, si no, el primero de los múltiples sentimientos que van recorriendo la escala de adjetivos hasta llegar al de la ira. Ira e indignación, no contra el tiempo, que al fin y al cabo siempre juega limpio y no engaña a nadie a la hora de ejecutar su trabajo, sino ira contra la barbarie humana y su profunda estupidez.
La bóveda absidal aún conserva, con cierto grado de lucidez, ese entretejido pictórico -posiblemente de origen mozárabe o quizás una imitación barroca de este estilo, muy posterior- que en tiempos debió de parecerse a un 'hogar' para la Divinidad que presumiblemente moraba en tan sagrado lugar.
No se aprecian evidencias de marcas de cantería que, cuál cheques firmados al portador, ofrezcan pistas acerca de la identidad de aquél maestro que, posiblemente ayudándose de su cayado y su compás como señas de identidad de su rango y profesión, tuviera mucho que ver en las construcciones religiosas de los pueblos de alrededor, pues, en mi opinión, no dejan de tener cierta similitud los ábsides de ésta ermita de San Caprasio y aquella otra de San Bartolomé, en el cercano pueblecito de El Espino.
Como en el caso de ésta última, los canecillos del ábside de la ermita de San Caprasio, están completamente lisos; mudos e intranscendentes, sin ofrecer esos característicos mensajes subliminales que en la actualidad nos resultan tan hipotéticos, pero que para el hombre del medievo constituían un auténtico catecismo que englobaba el pequeño universo en el que vivía.
Impresionado aunque desalentado a un tiempo, abandoné las ruinas de la ermita de San Caprasio, enfilando cuesta arriba el camino de regreso al pueblo. Dos perros me salieron al encuentro, ignoro si soltados a propósito o fugados por cualquier hueco de la verja de la perrera. No obstante, aplicando el viejo refrán de 'perro ladrador, poco mordedor', pasé por su lado, resollando cuesta arriba e ignorándolos por completo.
Faltaban cinco minutos para las once de la mañana, cuando llegué a las puertas del Centro Social. A los pocos minutos, apareció Feli, subiendo la cuesta acelerada, pues tenía desayunos que preparar, y una vez dispuestos éstos, debía atender a las cabras, que pacían sin vigilancia por el monte.
No obstante sus múltiples obligaciones, en la mano traía un libro, que me dejó ojear en el tiempo en el que los vecinos desayunaban, y del que obtuve algunas informaciones interesantes, así como alguna que otra fotografía de nuestro misterioso San Caprasio, cuya figura -ataviada con la mitra obispal y guanteletes negros en las manos- así como algunos otros elementos de la desafortunada ermita que lleva su nombre, se conservan en la cercana ermita de la Virgen de la Blanca. Desgraciadamente, y debido a la falta de tiempo de Feli, no pude completar el trabajo, visitando ésta. De manera que, agradeciéndole todas las atenciones que había tenido, quedé en telefonearla a primeros de diciembre para concertar la visita.
Hasta entonces, me despido aquí, momentáneamente, de Suellacabras y sus numerosos misterios.
Comentarios
Enhorabuena por este paseo y gracias por compartirlo. Un abrazo
Conservo cuatro diapositivas, que ya van perdiendo el color, y el confuso recuerdo de un templo arruinado cubierto de maleza. No recuerdo, sin embargo, ni el pueblo, ni el cerro, ni haber subido la cuesta... La memoria, que nunca fue buena, pierda también el color como las viejas fotos.
Sin embargo, siempre que pienso en ese verano y la enloquecida ruta, que nos llevó por el Maestrazgo, la Castilla soriana, la Rioja, el Camino de Santiago entre Burgos y León, parte de Asturias, Galicia y Portugal, para finalizar en Córdoba en plena canícula, siempre recuerdo las ruinas de san Caprasio y una tumba con su lauda sepulcral que, en el muro de la ermita, decían ser del enigmático Santo Patrón.
Veo que no la nombras, ni aparece en el vídeo. ¿Acaso ha desaparecido, como tantas otras cosas?
Al menos, ha sido una grata sorpresa, encontrar que los viejos muros resisten, al agravio del tiempo y de los humanos. Y pensar, que han de durar más que nosotros...
Salud y fraternidad.
abi.
Muchos saludos y muchas gracias en adelanto con tu proxima entrevista con Feli.
Abi.
El sábado santo visité la ermita de San Caprasio por primera vez. Me había atraído porque había visto fotos en libros y por internet. Me encantan las iglesias en ruinas, porque invitan a explorar el misterio y a meditar, como en el romanticismo. Y además proliferaban las leyendas en torno a ella, que unían a templarios con el apóstol Santiago,dragones y cultos precristianos. La ermita está en un paraje (que me costó encontrar) muy bonito, con un cercano puente y un molino muy curioso. Al mismo tiempo es un ejemplo del mal estado en el que se halla gran parte del patrimonio soriano. Puedes comprobarlo en los pueblos abandonados de Valdenegrillos y Vea, entre otros. Del mismo modo, te invito a visitar la iglesia en ruinas de San Pedro el Viejo en San Pedro Manrique.
Saludos de otro apasionado por los templarios.
Diego
Saludos,
Tengo además el honor de ser hijo y nieto de sorianos y poder visitar nuestra querida tierra en vacaciones. Y aunque mi querida Soria está ya vieja y un poco abandonada siempre guarda secretos que merece la pena explorar.De Dragó solo he leído Gárgoris y Habidis, que fue una de las causas para que me lanzase a investigar la España mágica. Estoy precisamente preparando un libro sobre la Soria oculta e histórica (básicamente la Edad Antigua y la Edad Media). Por eso me encanta compartir esta pasión por los secretos medievales-esotéricos y demás.
Lo dicho, un saludo y gracias por las recomendaciones.
Diego
Saludos,
Saludos cordiales,