Crónicas de la Soria Blanca: Medinaceli I
A esto se añade el poema de la nieve de sus tejados derritiéndose y cayendo en alegres y cantarines torrentes sobre el empedrado, formando pequeños lagos entre los que se bañan, a ráfagas, los tibios rayos del sol.
Porque en Medinaceli, la poesía brota de cada piedra. Hasta tal punto, que seducido por su belleza, uno se perdona a sí mismo del pecado capital de la gula, saboreando cada instante que deambula por ella.
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