viernes, 23 de enero de 2009

Leyendas de Tiermes

Tiermes, Termes o Termancia, todo un enigma cavernícola localizado en el extremo suroeste de la provincia, a escasa distancia de Montejo de Tiermes, Retortillo de Soria o Caracena, y apenas a una treintena de kilómetros de San Esteban de Gormaz. Una ciudad increíble cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, sobre la que historiadores y arqueólogos aún no terminan de ponerse de acuerdo. Un lugar que sorprende y sobrecoje, por un lado; que motiva a la investigación y hechiza, por otro. Un lugar, en definitiva, que aún tiene mucho que contar.
No resulta difícil, pues, pensar que un lugar así fuera foco y origen, en tiempos, de multitud de leyendas; de mitos extraños y poco comprendidos, algunos incluso recogidos en cantares épicos, como el de Mío Cid, y por supuesto, hiciera saltar la chispa de la ambición entre los vecinos de las localidades cercanas, hasta el punto de que aún hoy, a alguna de estas localidades, se la conoce con el sobrenombre de 'pueblo de los ladrones'. De hecho, la huella del expolio aún puede verse en la gran cantidad de objetos termestinos que adornan sus casas y sobre los que, al parecer, las autoridades -tanto en su momento, como hoy día- decidieron correr un tupido velo. En fin, temas que en la actualidad se controlan más, pero que en otros tiempos causaron un enorme daño al patrimonio histórico-artístico de la provincia.
Pero no es mi intención comentar ese tipo de actuaciones en la presente entrada, sino repasar, aunque sea someramente, algunas de las historias, leyendas y mitos asociados a este lugar. Historias, por supuesto, las hay a montones y variadas. Algunas forman parte de ese siglo XIX en el que, de similar manera a como ocurrió con la llamada 'fiebre del oro' en California, acerca de Tiermes comenzaron a circular todo tipo de historias relativas a los fabulosos tesoros que aún escondía ésta enigmática ciudad. Lo singular de este tipo de historias, es que, sin saberse a ciencia cierta cómo, dónde y por qué surgieron, todo el mundo termina dándolas por ciertas. De manera que tenemos esa historia en la que unos vecinos de El Burgo de Osma, provistos de picos y palas y sabiendo el lugar exacto donde excavar, regresaron a sus casas con las alforjas repletas de monedas de oro y otros objetos de incalculable valor. La antítesis de esta historia, podría ser aquélla otra en la que se dice que un labrador encontró en el interior de una de las casas termesinas no la olla repleta de monedas de oro -he aquí un curioso paralelismo con las leyendas irlandesas acerca de los leprechauns- que pensaba encontrar regocijado, sino un pavimento revestido de grandes baldosas de mármol y las paredes pintadas con adornos y figuras y que, viéndose despechado, decepcionado o frustrado, que tanto da, la emprendió a golpes con el lugar, destruyéndolo todo.
Pero quizás las más importantes -y aquí podemos hablar de historias que generan mitos- sean aquellas relativas al becerro y a la bañera de oro.
Resulta poco menos que imposible deshilvanar las oscuras fuentes en las que se basa el mito del becerro de oro termesino, aunque quizás pudieran tener su base en antiquísimos cultos a la figura del toro. En efecto, se sabe que muchas culturas de la Antigüedad sentían un cierto grado de filiación con el toro, incluidos, por supuesto, los celtas. El culto al toro constituía, a todas luces, un culto de carácter solar.
Culto, por otra parte, arraigado profundamente en los pueblos y culturas de la provincia, como demuestra la pervivencia de las tradicionales fiestas de San Juan, así como también, las fiestas del Toro Jubilo, de Medinaceli. Un detalle importante relativo a dichas festividades, radica, precisamente, en su coincidencia con los dos solsticios: el solsticio de verano y el solsticio de invierno.
El tema de la bañera de oro resulta más extraño aún, si cabe, porque constituye una enigmática historia, en la que se localiza una persona, aparentemente real, con nombres y apellidos, y arqueólogo de profesión, que no, parece ser, de vocación.
De nombre Blas Taracena, se rumorea que durante unas excavaciones realizadas hacia el año 1930, apareció un objeto singular, cuyo valor e importancia no tardaron en hacerse evidentes a los ojos del arqueólogo: la bañera de oro.
La historia tiene poco más que contar, salvo el hecho de que al día siguiente de su descubrimiento, ya no existía indicio alguno de tan fabuloso objeto -cuyo rastro parace haberse perdido para siempre- y sí, por contra, un cierto resentimiento entre las gentes de la región, que a partir de entonces comenzaron a ver en los arqueólogos unos meros expoliadores de tesoros.
Pero si fascinante resulta la aventura de intentar adentrarse en los mitos y leyendas de Tiermes, no menos fascinante resulta indagar en los vericuetos del que probablemente sea el mito más espectacular y espeluznante de cuantos se asocian con ella. Me refiero, como ya apuntaba al comienzo de la presente entrada, al mito de Elpha, la terrorífica y descomunal serpiente que, se supone, hibernan su sueño milenario en lo más recóndito e insondable de las grutas de la troglodítica ciudad.
La mitología hace que coincidan, enfrentándose, Elpha y Hércules. A éste último, la historia le asocia el nombre de Álamos, y ambos, serpiente y semi-dios, son citados en el Cantar de Mío Cid, cuando el héroe deshacía el camino de la ruta de Corpes; es decir, se dirigía, como es lícito suponer, hacia Castillejo de Robledo, lugar donde, al parecer, fueron vejadas y ultrajadas sus hijas, por sus maridos, los condes de Carrión.
Lejos de permanecer como un mito aislado, la historia de Elpha -tal vez basada, en mi opinión, en ancestrales ritos de adoración a la serpiente, animal que no en todas las culturas queda asociado con las fuerzas oscuras y el Mal- deja un rastro definido dentro de los elementos decorativos de un estilo arquitectónico y artístico, sobre el que se podría divagar eternamente: el románico.
Este rastro lo encontramos en los capiteles de dos de las iglesias más antiguas de la provincia -San Miguel y la Virgen del Rivero- localizadas ambas en la cercana población de San Esteban de Gormaz. Y más allá de las fronteras de Castilla y León, en los Picos de Europa, concretamente en uno de los capiteles del extraordinario y no menos legendario monasterio de Santo Toribio de Liébana.
Por último, añadir un poco más de picante, con el descubrimiento del llamado Niño Adoración, unas escultura de factura renacentista y origen desconocido -al que las leyendas han querido relacionar, también, con los templarios, de abundante presencia en la zona- que durante muchos años estuvo situado a los pies de la imagen románica de la Virgen de Tiermes, y del que se ignora todo por completo, salvo que en la actualidad, sendas imágenes se encuentran en el Museo Numantino y en la catedral de El Burgo de Osma, respectivamente.

4 comentarios:

mariano santiso dijo...

Felicitarte por tu blog.Tiermes como enamorado de Soria es uno de mis lugares preferidos que siempre recomiendo y que visito al menos un par de veces al año y siempre me sorprende.
Lástima que el "restaurante" que conocí cuando era solo una cabaña haya bajado sustancialmente de calidad y subido los precios cuando antes era una excusa ideal para recomendar el sitio y que los amigos conocieran los secretos de Tiermes.
Soria esa gran desconocida.

juancar347 dijo...

Gracias, Mariano. Creo que compartimos idéntico cariño por esta provincia y por muchos de sus emblemáticos e inolvidables lugares. Yo no conocí el restaurante como tú, cuando dices que era sólo una cabaña. Pero a juzgar por lo que es ahora, supongo que los dueños habrán pensado en compensar a toda costa la inversión. Pero aún así, yo tampoco dejo de recomendarlo.
Saludos, y por cierto, bonita foto de familia.

Anónimo dijo...

Juancar amigo eres un pozo de sabiduria.
Cuando tengamos la ocasion ya me gustaria visitar contigo algun lugar emblematico (por ejemplo Numancia o la ermita de Gormaz) seguro que aprenderia un monton.
Abrazos/jose Maria

juancar347 dijo...

Gracias, José Mª, pero no hay que exagerar. Todos podemos aprender de todos, pero lo más importante de todo: nada como ir a los sitios y observar como a base de detalles, estos te responden; aunque a veces lo hacen con reserva, obligándote a volver, lo cuál, bajo mi punto de vista, no deja de ser una suerte.