martes, 12 de mayo de 2009

Aventura en Calatañazor I

Primera Parte:
La ermita en ruinas de San Juan

Decía Carlos Castaneda, en su libro 'El arte de ensoñar', que a través del ensueño podemos percibir otros mundos. Ignoro hasta qué punto puede o no ser verdad; pero sí sé que a veces, cuando me encuentro frente a una obra de Arte echada a perder por sus peores enemigos, el tiempo y la estupidez humana -entre otros, aunque, no obstante, los principales- no puedo evitar detenerme unos minutos y dejar que la imaginación -una posible derivación de la ensoñación, según se mire- divague a su libre albedrío y que el águila -animal totémico donde los haya- de los pensamientos remonte el vuelo y con su ojo avizor, indague en los abismos insondables del tiempo, en busca de respuestas para tantas y tantas preguntas.
Entonces imagino una ermita, pequeña, auténtica y primordial, que seguramente fue precursora en el tiempo de iglesias más grandes e importantes, a cuya sombra -maldición de maldiciones, el olvido- ha ido languideciendo y perdiendo importancia a lo largo de los siglos. Observo el terreno donde se ubica -en la actualidad llano, de campos cultivados dorándose al sol- e imagino una protohistoria rica en señales ancestrales, pertenecientes, en muchos casos, a pueblos de más que probable arraigambre celta -los cercanos restos arqueológicos así lo confirman- que posiblemente sacralizaron el lugar para honrar a unos dioses presentes en el ánima pétrea, chorreante de sangre, de los altares de sacrificio.
Esos mismos altares o dólmenes o simplemente piedras de sacrificio donde siglos después -pondría la mano en el fuego por los siglos XII ó XIII- los cristianos levantaron sus templos y veneraron al Bautista -típico santo de advocación templaria- y a la Señora -no deja de ser fascinante estudiar la posible relación entre vírgenes negras y templarios-, esa Virgen del Castillo cuyo estado de conservación, aunque mejor en comparación con el de la ermita, denota características de la Isis primordial que, en el fondo, adoraron todas las culturas y aún conserva, sobre su manto, ese peculiar polvo de oro que el artista insufló, seguramente con la intención de denotar su origen solar o divino.

De murallas de la ciudad hacia fuera, aún es posible percibir el fragor de las escaramuzas de cristianos y sarracenos, aunque esos formidables cruzados -non nobis, Domine, non nobis sed nomini tua da gloriam- aparecieran (lo digo, porque en otra entrada detallaré un temilla relacionado con ellos) mucho tiempo después de la muerte del azote de los reinos cristianos, al que aún hoy en la actualidad, se le rinde homenaje -que cada uno juzgue si justo o no- en un pueblo orgulloso de conservar su rancio sabor medieval.
Para dejar testimonio de su presencia, unos hombres toscos -posiblemente de baja estatura, lo normal en la época- pero sabios, expertos en hablar con el mazo y el cincel -que a fin de cuentas, no deja de ser otro medio de comunicación-, dejaron su impronta, por ejemplo, en la cenefa serpentiforme que rodea al pórtico de entrada, idéntica, para más referencias, a la que también se puede admirar en la cercana ermita de la Virgen de la Soledad, y que, de hecho, parece constituir un pequeño denominador común en las ermitas de la comarca.

Y aún así, muñones enhiestos en estos campos que al atardecer el sol colorea de rojo sangre; invadidos de árboles y maleza cuyas flores gimen con el viento, ocupando lo que antaño fueran presbiterio y ábside, continúan desafiando al tiempo; planteando al hombre el enigma de su existencia; negándose a morir definitivamente como aquéllas otras que dotaron de importancia al lugar: San Roque, San Lázaro, San Nicolás, Santa Ana y Santa Coloma. Esta última, santa enigmática donde las haya, cuyo recuerdo aún perdura en la monumental iglesia de igual nombre -en la actualidad, rehabilitándose- en Albendiego, pueblo situado en las estribaciones de la Sierra de Pela, en la vecina provincia de Guadalajara.
Es tarde, cuando el águila regresa, y aunque en su vuelo no ha vislumbrado la presa que quería, despliega sus alas feliz, pensando que tal vez otra águila sea más afortunada a la hora de sortear esos abismos que el Tiempo, celoso guardián donde los haya, atesora como un avaro y sólo revela cuando el capricho o la casualidad -en la que desde luego no creo- así lo determinan.

Diario de un Caminante, Calatañazor, 9 de Mayo de 2009


2 comentarios:

Riviere dijo...

Iba a decir:ésta si que es lástima...pero es que lo son todas las que se han abandonado a su suerte.(Por decirlo suave)...En fin...

Un saludo.

juancar347 dijo...

La verdad es que sí, a mi se me cae el alma a los pies cuando me encuentro con alguna en ese estado. Aunque parezca mentira, es mucho lo que perdemos todos...